Mañana viernes 18 de agosto, en el restobar Rosa Negra (Centro de Lima), se realizará por segunda vez el Lima Psych Fest, un espacio para visibilizar y promover bandas independientes de géneros que no gozan de grandes reflectores mediáticos ni del interés de los grandes festivales: rock neopsicodélico, rock experimental, post rock, electrónica, noise, shoegaze, y sus derivados; no obstante, aquellas bandas que tienen estilos más afines al rock clásico, también están convocadas. El festival busca congregar a melómanos de gustos heterodoxos, no se limita por intereses comerciales. Se trata de un espacio prometedor para las escenas de música peruana no convencional.
Lima Psych Fest asegura una velada con 18 agrupaciones, entre las cuales resaltan Hipnoascensión, Wilder Gonzáles Ágreda y Transparente, dignos sobrevivientes de la movida neopsicodélica/experimental limeña de los años 90, además de Theremyn_4, representantes de la música electrónica nacional. Completan el cartel Diego RFV, Daniel Soria, Rosa Carrasco, Ansialítica, Frido Martín, Ruri, Astronaut Project, Toxic Animal, El Syd, Miguel Aragaki, Ino Moxo, Los Techos, C1nt1_Y4n3t (a cargo de Gabriel Castillo del sello de música experimental Aloardi) y Polvos Azules (liderado por Giancarlo Samamé de Dorog Record).
Quien encabeza este grato esfuerzo colectivo por reunir una verdadera variedad de sonidos inquietantes y retadores, es Luis Durand, vocalista de Transparente y de la desaparecida banda neopsicodélica Pastizal. En Lima Psych Fest se presentan formaciones que “se sitúan lejos del status quo y las argollas que pudren la escena desde siempre. Se trata de contracultura, underground y transgresión filo-musical”, nos comenta Durand.
Su motivación por desarrollar una plataforma para las escenas musicales alternativas al mainstream, no es reciente. A fines de los años 90, después de la disolución del colectivo de música experimental Crisálida Sónica, Luis Durand junto a Wilder Gonzáles, Juan Roldán (de Hipnoascensión) y Daniel Paruro continuaron difundiendo “no solo la música que producimos esos años, sino también la de otros músicos que no tenían espacio en otras escenas”.
Finalmente, lo que empuja a gestar este tipo de festivales es el amor a la música, no mantener al público en su zona de confort con bandas que ya tienen un reconocimiento consolidado. “Hay un mundo rico que explorar”. Sí, Luis tiene razón. La cita es mañana viernes 18 de agosto a las 5 p.m. en el restobar Rosa Negra (jirón Rufino Torrico 1138). Hoy es el último día de preventa, cuesta 10 soles.
Crónica por César Zevallos Fotografías cortesía de Discos Astromelia
En una crónica lo que busco es retratar de manera honesta la realidad, sensibilizar sobre sus aspectos problemáticos o, por lo menos, lo que me parece sorprendente. Sin embargo, debo confesar que me enfrento a un problema: no pude oír bien la primera presentación en vivo del sexto álbum de Catervas. Por diferentes razones, no experimenté el sentimiento que mis expectativas dictaban, no pude oírlo como quería. Pensé que para escribir sobre una agrupación de ese calibre (nada menos que los estandartes peruanos del dream pop contemporáneo, uno de los exponentes más importantes de nuestro rock, con numerosas presentaciones en televisión nacional, y notables apariciones en el circuito mediático mainstream y alternativo), se vuelve una exigencia sentir un goce intenso, sentirlo honestamente. Una conexión como la que puede encontrar un seguidor fiel o alguien más familiarizado con su trayectoria de más de dos décadas; no es mi caso. Por eso creí conveniente acudir al silencio [1], no escribir por convicción y acto último, guardar el recuerdo del concierto en el fuero interno porque a quien le interesa, pero pocas cosas son tan cómodas y autocomplacientes como cerrar la boca ante algo que voluntariamente desconoces. Busco el movimiento, busco la palabra. Por eso esta crónica está aquí, por una razón que encuentro interesante: si bien nace de una imposibilidad, de ninguna forma es una impostura, porque busqué algo que siempre quiero hallar (y asir) en la música, el arte y la vida, todas juntas en complicidad: una revelación. Eso me basta para contar lo que pienso de aquella vez.
El último álbum de Catervas, titulado «Laberinto», marca un hito estético en la trayectoria de la banda de los hermanos Reyes
El concierto tuvo lugar en el conocido bar “La Noche” de Barranco, el 8 de febrero de 2023. Fue uno de los más esperados en el plano local a inicios del año, por el feeling que despierta Catervas, una banda que ha encontrado un camino fértil para persistir con su propuesta de rock alternativo y experimental, de aura heavy, etérea, de ensueño, y esta vez con el aporte de un artista como Mario Silvania [2] en la producción musical. No recomendaría a nadie perderse la oportunidad de presenciar su música, siempre cambiante. La banda de los hermanos Reyes hace rato que es capaz de sintetizar elementos de diferentes géneros musicales como el synth pop, dream pop, ambient, neopsicodelia, shoegaze, post punk, y así se puede seguir enumerando, hasta volverlos uno solo, o sencillamente ejercerlos de forma individual. Ser espectador de un velada que promete intimidad, mirar desde afuera cuando una obra de nombre Laberinto (un hito estético en la carrera de Catervas) fluye por un cauce diáfano que acaba de forjar y abrir para nosotros, que algo tan abstracto sea capaz de crear su propia materialidad, al lado tuyo.
Cuando terminó el concierto, casi a la medianoche, sentí que se trató de una experiencia fallida. Se lo dije entre risas a un amigo: esperaba oír Laberinto en su plenitud, sin saltos ni omisiones (por supuesto, en el orden original del disco), pero solo interpretaron una intro pequeña de “Ecos del Atlántico” y cuatro de las diez canciones del álbum, para después tocar sus éxitos anteriores (“Latir por ti”, “Garabatos”, “¡Boomerang!”, entre otros). Hace poco me dijeron que las bandas suelen hacer eso en vivo, por algún motivo muestran solo una parte del repertorio esperado cuando presentan un nuevo disco. Supongo que pequé de inocente e inexperto.
En la primera presentación en vivo de «Laberinto» se pudieron oír sus primeras canciones, sin embargo no el disco en su plenitud, como se esperaba
No pretendo cuestionar la calidad de Catervas. Su puesta en escena me pareció espléndida. Alcanzaban un interesante nivel de virtuosismo, su comunicación era bastante efectiva, iban concentrados y seguros, en clara sintonía. Estaba viendo, por primera vez, a una de las bandas más experimentadas, inquietas y reconocidas del rock peruano. Es solo que, como dije, no pude oírlos bien, no logré filtrarme en su música (como hubiera sucedido con alguna otra banda familiar), tal vez porque me desconcentré cuando ya no se trataban de canciones de Laberinto y disfruté parcialmente aquello que ofrecían (casi todo nuevo para mí). Ese puede ser un indicio para entender el problema: los había escuchado poco [3], no anticipaba su música, no tenía cómo hacerlo. Aparecía como una masa apabullante y colorida de melodías, todas frescas y atractivas. No me emocionó como esperaba, no captó completamente mi atención: ¿Cuándo una experiencia artística se vuelve satisfactoria? ¿Qué la procura o constituye? ¿Si uno busca la sorpresa, se predispone a no encontrarla? ¿El problema seré yo? ¿Qué hay del resto?
Recuerdo que el público, además de estar muy atento, o por lo mismo, conocía las canciones; el movimiento de sus cabezas, sus miradas fijas y agudas, el ritmo en los cuerpos, el calor humano en un ambiente calmo y perfecto para una presentación que prometía. En ciertos momentos, Pedro (guitarra y voz) respondía a las peticiones, accedió a tocar algunas. Expresaba su cariño por el público. Fue como un encuentro de viejos amigos, amigos que conocían Catervas mucho más tiempo (quién sabe cuánto) que yo. Esa apuesta por complacerlos (quién no haría lo mismo…) abrió una brecha: el concierto puede resultar grandioso para sus seguidores de antaño, quienes conocían sus álbumes anteriores a Laberinto, y por lo tanto esperaban oír sus clásicos, pero no necesariamente para un oyente explorador. Creo que la banda debió apuntar a este tipo de oyentes, de pronto más jóvenes que el resto, porque presentaban Laberinto, un disco que explora provechosamente nuevas sonoridades con respecto a las anteriores producciones, un hito que como tal marca un derrotero inédito en las aventuras de Catervas y que, al juntarse con las canciones pasadas, generó un cambio abrupto en la estética que esperé contemplar. Es un conflicto que surge cuando se contrasta la experiencia de la música de estudio con la música en vivo, ¿cómo superarlo?
Y es que también, ¿por qué omitir “Aura” o “A Través del Silencio”, tan bellas y melódicas? O, por otro lado, ¿por qué reducir el tiempo de “Ecos del Atlántico” (una de sus canciones con el temple de un himno), hasta convertirla en una intro, una versión de sí misma, con el pretexto de abrir el concierto y preparar a los oyentes? Tal decisión puede ser una estrategia más bien efectista que orgánica: sirve, atrapa, genera unas expectativas, además es linda y recuerda a uno de los puntos más atrevidos y densos de Laberinto, pero ofrecer solo un bocado puede ser también la promesa de lo irrealizable, aquello que no tenemos la gracia de oír. Quizá el concierto fue eso: una versión de la banda, algo alejado de lo que creí su esencia. (¿Existe o no la esencia). Eso puede cambiar, de mi parte, con nuevas escuchas y nuevos conciertos, con el ejercicio de un sentimiento. Y también, de parte de la banda, con un concierto dedicado exclusivamente al álbum en cuestión, para conocer ese lado oculto, si algún día surge ese privilegio.
Presiento que ese concierto representa, por ahora, una estética negada hacia mí, que para otros puede ser lo opuesto, una afirmación, lo cual es igual de válido. Pienso en la imagen de un ave de metal, un ser vivo capaz de volar pero con el peso de cargar un exoesqueleto fríamente diseñado contra los golpes, las inclemencias. Metal que esconde el calor animal dentro, encanto oculto. Queda en uno desarmar ese montaje. Y ya he empezado: disco por disco, de Laberinto hacia abajo, para conocer más a Catervas y encontrar otras rutas de vida. Qué sorpresas habrá…
Notas:
1. Si bien el silencio aún no me ha paralizado, sugiero profundizar en este concepto como una opción honorable, y no como producto de una desidia, desánimo o desperfecto (como se suele creer). Tienen la novela Bartleby y compañía, del escritor español Enrique Vila-Matas, para explorar la vida de los escritores que renunciar a serlo, podrán conocer dónde y cómo se localiza el silencio en la historia de la literatura y cómo la pulsión negativa (no escribir) resulta en un nuevo terreno de posibilidades para renovar la creación literaria, es decir, para escribir.
2. Es necesario conocer la figura de Silvania en la música peruana, los mundos que lograron crear gracias a una música de corte impresionista y romántico: oír Silvania es como dibujar el paisaje de tus sueños (los más bellos) y volverte un personaje de ese paisaje, vivir tu propia ficción. Silvania (conformado por la dupla Mario y Cocó) estuvieron activos desde inicios de los 90’s, aunque no tienen el mismo nivel de difusión que My Bloody Valentine o Slowdive en el género shoegaze, siempre han destacado por su espíritu y personalidad claramente diferenciados, tan relevante como sus contemporáneos. Mario ahora lleva adelante Silvania, sin Cocó, quien falleció en el 2008. Prometemos entrevistar pronto a Mario.
3. La melomanía puede tener un fin bonito, pero puede usarse como una forma pretenciosa de diferenciarse de aquel que no pudo dedicar gran parte de su tiempo a oír música. El problema, es que se suele asumir que el otro carece de una sensibilidad acorde. Confío en que el desconocimiento, la capacidad de descubrir, y saberte cada vez más ignorante, te aproxima a nuevas ideas y experiencias. En el caso de Catervas, hasta antes de entrar al concierto, había oído “b-2ble-p”, esa canción de cruda melancolía que aparece en el recopilatorio peruano de post rock y shoegaze Crisálida Sónica de 1997, “Latir por ti”, que es una de las más populares, y alguna otra de discos anteriores.
Setlist de Catervas en “La Noche” de Barranco (8 de febrero del 2023):
Extendemos nuestra gratitud al sello Discos Astromelia por gestionar nuestro ingreso al concierto y por las fotografías. Ellos han publicado uno de los discos que, como lo dijimos en nuestro especial de reseñas 2022, tiene canciones que pintan como futuros clásicos del dream pop peruano. Enhorabuena.
Jonathan Siveroni prefiere mantenerse con el perfil bajo dentro del circuito peruano musical. Curiosamente, no empezamos hablando de música, sino de libros; viene de una feria donde consiguió algo del poeta José María Eguren. En un bar vacío del centro de Lima, admite que el sistema lo está consumiendo. Como a todos, pienso. Dice que está alejándose de la música, pero no le creo. Nadie puede privarse voluntariamente de ella, más aún cuando eres la mente detrás de un proyecto como Leche Plus, rock espacial/psicodélico que gestó en el verano del 2009, cuando vivía en el picante distrito del Rímac.
Chelas van, chelas vienen, y con algún éxito de J Balvin o Maluma resonando en la rocola, nos vacilamos al coincidir en gustos musicales, por ejemplo, en Primal Scream y lo jodidamente genial que es: él con Vanishing Point y yo con Screamadelica. En un instante de la conversación, me transporto a meses atrás, cuando buceaba en el inventario de Superspace Records, a cargo del no-músico Wilder Gonzales, hasta toparme con la única portada que mostraba un rostro humano: El Círculo Se Cierra de Leche Plus. Convencido de que encierra alguna metáfora, le comenté a Wilder mi “descubrimiento” y él tuvo la gentileza de contactarme con Jonathan. “Él es parte de una movida neopsicodélica del Rímac”, me contó entusiasmado.
Siveroni sostiene que su propuesta tuvo poca acogida y eso detonó la desintegración prematura, como sucede con los proyectos visionarios que se atreven a cavar pequeños hoyos para que el distraído disfrute cayendo. En este caso, un hoyo hacia arriba, hacia una nebulosa de erotismo abrasador. El Círculo Se Cierra tiene una vibra similar a Bocanada de Gustavo Cerati, pero se trata de una producción lo fi, sin los lujos ni las muchas mentes que el argentino tenía a su disposición, y aún así con un espíritu más atrevido, sucio, callejero y raspante.
Al final de la entrevista, continuamos las chelas y encendemos la ilusión en la noche infinita del Centro. Antes de salir del bar, esto es lo que contó Siveroni, disconforme y sentencioso con la realidad, sobre Leche Plus, la música, el arte y sus enemigos.
—Leche Plus es un proyecto de rock espacial del 2009, cuéntame cómo se formaron
Me junté con dos personas más: José Carlos Rayo, el vocalista, y Rafael Díaz, quien hacía la segunda guitarra y fue productor de los primeros demos, también tocaba el bajo en las tocadas en vivo. Rafael tiene un proyecto post rock llamado Salomón Jedi. En ese tiempo no teníamos los equipos para hacer una grabación, ahora es más accesible adquirir tecnología para hacer un home studio.
—De cuándo son las primeras grabaciones de Leche Plus
Las ideas las tuvimos en 2005 o 2006, pero no en grabaciones. En ese tiempo yo tenía guitarra, un teclado básico al que le metíamos pedales (reverb y delay), procesamos el sonido del teclado. Cuando se plasmaba la idea o comenzaba a surgir la estructura de los temas, hay una rotación de los instrumentos, por un momento yo improvisaba con la guitarra, después Rafael o José Carlos captaban la idea y la complementaban. No había una persona que tocara un solo instrumento.
—¿En El Círculo Se Cierra siguieron esa forma de composición?
No. José Carlos grabó las voces y las baterías con un programa llamado Reason. Yo grabé teclados, guitarras y efectos, prácticamente hice todo. José Carlos lo mezcló, la verdad es que no teníamos conocimientos de mezcla, remasterización.
—Aquello que actualmente suelen tener las bandas en su producción
Claro, ya tienen acceso directo a un home studio, tarjetas de sonido más profesionales, buenos parlantes, tienen la facilidad de sonar mejor.
—Ese atributo lo fi se oye en el disco. Por ejemplo, en “Mary Anne” se escucha bien baja la voz
Es que tuvo un problema de mezcla. Con ese disco aprendimos a grabar y ecualizar, de acuerdo a los referentes musicales que escuchábamos como The Stone Roses, Can, The Velvet Underground, Sonic Youth, Silver Apples, Suicide. Queríamos tener una personalidad musical. Nosotros teníamos casi los mismos gustos musicales.
Leche Plus manda saludos a los seguidores de Espacio Sonido. (Video: César Zevallos)
—Ustedes son del Rímac
Sí. José Carlos no vivía por mi casa, pero tenía una enamorada cerca y siempre lo veía tocando guitarra en un parque. Pasaba por ahí, pero no nos hablábamos, hasta que una vez los vi tomando y me quedé parado un momento. En ese momento, José Carlos me invitó a acercarme y empezamos a conocernos.
—Wilder Gonzáles me comentó que eras parte de una movida neopsicodélica del Rímac
Así es. En ese tiempo había grupos pop. Éramos pocos los que nos gustaba esa envoltura hipnótica de la música psicodélica. Conocimos a Hipnoascensión, también a Wilder, él me empapa de la música, me muestra nuevos grupos y con esa ayuda me metí más en ese mundo.
—Estoy seguro que uno de esos grupos que te influenciaron bastante fue Primal Scream
Claro, en especial su álbum Vanishing Point, me encantó desde la primera vez que lo escuché.
—Me hablas de inicios de los 2000
En 1999 y 2000 empezamos a formar el grupo, teníamos gente rotando porque en las tocadas en vivo, que no eran muchas, pasábamos la voz a amigos para que tocaran. Los que siempre ensayábamos éramos José Carlos, Rafael y yo. En casa de Rafael grabamos las primeras pruebas en vivo.
—En ese tiempo lo que más sonaba en las emisoras radiales o la televisión era la tecnocumbia o la salsa, que siempre ha pegado, ¿cómo se relacionaban con expresiones musicales populares?
Con indiferencia. Hasta ahora escucho música así porque debo transportarme en los buses públicos. Me tengo que soplar todo eso, es inevitable. En ese tiempo cada uno de nosotros estaba explorando no solo en la música, sino en la literatura, el cine. Siempre hemos compartido libros y películas, atentos a las movidas de Centro Cultural España o Fundación Telefónica.
—Fundación Telefónica ya desapareció…
Sí, ahí estuvo Simeon Coxe de Silver Apples.
—Acid Mothers Temple también
Claro, había música que te podía enriquecer.
—Fundación Telefónica fue muy importante para la difusión y puesta en valor de la música electrónica experimental, no creo que vuelva a existir un espacio así de grande, ¿cuál es tu lectura de esta situación, hacia dónde crees que va la promoción artística en Lima?
A nada. Yo veo que nos están acostumbrando a consumir productos prefabricados, plásticos, que no tienen sustancia. El algoritmo del sistema, la big data, te adiestran, te dicen qué debes consumir, pensar y creer. El trap y el reggaetón son de consumo masivo, no transmite nada. Los espacios de promoción artística están desapareciendo porque el gran consumo va direccionado a ese tipo de música, ya no se rescata el arte por el arte, mostrar el talento y la creatividad.
—O trabajar en algo sin esperar que te paguen
Claro, trabajar en algo solo por voluntad. Siempre voy a hacer música, por más que no toque en vivo. Nosotros tocamos solo cuatro veces con público lleno en la Casa Ida, un espacio que ya no existe. (…) Yo conocí al que gestaba la Casa Ida. Proyectaban películas independientes por la tarde, brindaban charlas y clases de grabación, programación. En la noche tocaban música de vanguardia. Iban escritores, pintores. Era una ventana cultural donde se podía hacer puestas en escena, instalaciones de arte, exposición de pinturas.
—Algo así como El Averno, pero con otro estilo musical
Así es. Las pocas veces que tocamos ahí tuvimos buena acogida, eso fue en 2013 o 2014. Era un espacio para gente que buscaban cosas diferentes. No solo venían del centro de Lima, sino de otros distritos como Miraflores o Barranco. El público conocía de la Casa Ida por Internet. Era el tercer piso, en la parte de al fondo, de una casona. Fue tanta la acogida que contratamos seguridad en la entrada para que las personas subieran con invitación.
—¿Tú contribuías con la gestión de la Casa Ida?
Sí.
—¿Cómo ves tu proyecto Leche Plus ahora, más de diez años después? De repente tu perspectiva ha cambiado con el paso del tiempo
Creativa y musicalmente lo veo bien. Es original. Se ve la valentía en hacer lo que uno cree. Nosotros nunca cambiamos la manera de ver la música. A veces nos íbamos de vuelo en nuestro feeling, no lo cambiábamos, había amigos en los ensayos que nos decían “está bien, pero suena muy volado, la gente no lo va a captar”, pero no lo hacíamos con la intención de que nos entiendan, sino por el trip.
—El receptor eres tú mismo
Exacto. El estado de ánimo, sentirse eufórico con lo que estás haciendo.
En los últimos años, Jonathan Siberoni se ha desempeñado como bajista en la banda de rock alternativo Rayo Cósmico
—El cosmos es eso: tú y el universo. “Viajero Espacial”, que Wilder Gonzales incluyó en el disco compilatorio When the music is hotter than girls I am the kosmos, ¿qué te parece ahora? Creo que te has alejado de la música…
Tengo dos hijas que mantener, un empleo, la misma vida me somete. Por más que quiera dedicarme de lleno a la música, no voy a poder hacerlo. Las carteleras con grupos de toda la vida, como Río o Libido… No es por despreciar, pero deberían refrescar la escena. Te pongo un ejemplo: el guitarrista y el baterista de Babasónicos, para mí el mejor grupo de Latinoamérica por encima de Soda Stereo, fueron a un concierto de unos amigos argentinos que tienen un grupo llamado Banda de Turistas, les gustaron y decidieron producir su primer disco.
—Hay una soltura que en Perú no se suele ver porque ponemos muros
Claro. Banda de Turistas fue nominado a un Grammy, vinieron a Lima a dar un concierto, nos conocimos e hicimos un jamming. Pero, para ese tiempo, estaba haciendo un proyecto con José Carlos que lo llamamos Rayo Cósmico.
—¿Cuánto tiempo después de Leche Plus?
Cinco o seis años después. Rayo Cósmico es pop, pero sin perder el toque psicodélico. La escena aquí no cambia. La otra vez pasé por Los Olivos y vi que en un coliseo había una cartelera que es lo mismo que siempre veo: Río, Libido, 6 Voltios, Daniel F. No me jodas (risas).
—¿Crees que eso es responsabilidad de las personas que promocionan este tipo de eventos o de los músicos que aceptan una cartelera tan poco variada?
Es de los organizadores. No les importa con qué te nutres musicalmente con tal que su inversión funcione. No está mal, tú puedes ganar, pero que metan en esa cartelera a bandas diferentes que merecen un espacio.
—No hay eso
Que haya una ventana en esos eventos, que te den la oportunidad de tocar un rato, al menos dos o tres temas para lucirte. Esa es la diferencia con otros países. Como Rayo Cósmico, grabamos un disco llamado Leyenda 2050. Esa banda ya la había creado José Carlos con otra gente. Cuando Leche Plus se desintegra, me vuelvo a contactar con José Carlos y me pregunta si estoy tocando porque necesitaba ayuda con los bajos y la creación. Ya nos estábamos enfocando en tener algo de dinero. (…) ¿Sabes lo que nos dijo Banda de Turistas? Ellos son argentinos. Nos dijeron para grabarnos. Tanto les gustó Rayo Cósmico que nos dijeron que cuando vayamos a Argentina, podíamos usar su estudio e incluso podíamos telonearlos en sus tocadas. Nos dieron la mano siendo nosotros una banda de otro país. Banda de Turistas ha grabado con Babasónicos.
—¿Lograron producir a Rayo Cósmico?
No se pudo. (…) José Carlos los contacta porque él es guitarrista. Se dedica a la música al 100%. Toca en grupos de cumbia sureña. Él viajaba constantemente a Argentina porque tenía giras, entonces un día me escribe y me dice que escuche esa banda. Me parecieron fenomenal.
—El Círculo Se Cierra me parece similar a Bocanada de Gustavo Cerati
Sí… Las guitarras, el delay, la mezcla, los efectos. Tiene esa influencia.
—¿Cómo has logrado armar esa sensación lisérgica, sensual y placentera que habita en Leche Plus?
Se produce de forma natural. Cuando comenzamos con Leche Plus, yo tenía mi casa sola, mis padres estaban fuera del país. Un tiempo empezamos a convivir con José Carlos y, a veces, con Rafael. Grabábamos diariamente, fumando, leyendo, escuchando música, viendo películas. Más que adquirir ese tipo de sonidos, nace por la propia vida que teníamos, los psicotrópicos y la música marciana, lecturas como Las puertas de la percepción de Aldous Huxley. No solo estábamos influenciados musicalmente, sino literariamente y por la vida de placer.
—La relación entre drogas y música se aborda desde muchos prejuicios, ¿cómo lo ves tú?
Antes había más prejuicios, pero ahora es más ordinario hablar sobre eso. Con el boom de Internet, las personas tienen acceso a cualquier tema. (…) Hay clasificaciones socioeconómicas para las drogas: pasta para el indigente o el ladrón, marihuana para el universitario, coca para el empresario o político… Yo solo he consumido marihuana, cocaína, éxtasis, ácidos y poppers. Hasta ahora, sigo con la marihuana, antes de dormir o para leer.
—¿Puedes leer así?
Me concentro y duro más leyendo así que lúcido. La poesía la leo solo con vino, así la siento más, puedo atar cabos…
—“Asimov”, el quinto tema del disco, es una referencia al escritor Isaac Asimov, ¿cómo influenció en ti?
Asimov me voló la cabeza con Fundación e Imperio. En ese libro hay un personaje que podía manipular la mente con ondas sonoras. En el tiempo que componía El Círculo Se Cierra me impactó, por eso incluí varios efectos, teclados espaciales, para recrear lo que estaba leyendo.
—Ese feat entre literatura y música, ¿lo has podido ver en la música peruana? Por ejemplo, Wilder Gonzáles tiene una canción en el que narra un pasaje de La Nueva Atlántida de Francis Bacon
En ese libro describe la tecnología del reverb y el delay. En ese tiempo, siglo XVII, cuando nadie se imaginaba, Bacon habla acerca de artefactos que generan y crean la repetición del mismo sonido. Lo hace cuando narra su llegada a la Atlántida, ese continente que supuestamente se perdió y los seres eran superiores. Él describe ese lugar, incluso habla de medicinas en forma de frutas, Bacon dice que había cuartos modificados para la resonancia del sonido. Para mí, es futurismo, la tecnología del ahora.
—Entonces, ¿lograste ver ese feat entre literatura y música en la escena nacional?
No. No he tenido mucho contacto con la escena. Estoy alejado de la música. El único relacionamiento musical que tengo es con José Carlos, nos compartimos canciones. (…) Veo las publicaciones nacionales y es lo mismo de toda la vida. Ya no hay salida porque todo se automatiza. En las radios escucho lo mismo que de niño. Deberían refrescar con música nueva. En la escena Manchester del Reino Unido, había un local llamado The Factory, ahí tocaban The Stone Roses, New Order, Happy Mondays, cuando no eran conocidos, tenían un sitio y un público. Ahí la gente estaba en busca de otra cosa.
—¿Crees que hay esperanza para el futuro?
No vislumbro el cambio por cómo nos manejamos actualmente. Esta sociedad es de un consumismo brutal. Marco Aurelio Denegri dice que solo hay un 5% de calidad en las cosas que se hacen. La gente está direccionada a ver todo de cierto modo, los programas de televisión, realities, TikTok, que es fulminante para estupidizar a la gente… Que un tipo que hace una fonomímica de un dibujo tenga millones de reproducciones, eso es preocupante.
—¿Ves que el libro y la creación artística están en peligro como en el libro Fahrenheit 451?
Claro, como esa historia donde prohibían y quemaban los libros. Como era antiguamente. Los cristianos cuando quemaron la biblioteca de Alejandría donde estaba todo el conocimiento milenario. ¿Qué mierda habrán quemado que hasta ahora no conocemos? Quemaron lo que les convenía en su momento para tenernos sometidos. Si ves la historia siempre ha existido represión para ocultar el conocimiento a las masas. A las masas tú no las dominas si es culta, inteligente, pensante, con voluntad, conciencia y sustancia. Debes mantenerla bruta para domesticarla. Yo, por ejemplo, me mantengo tranquilo en mi trabajo, porque me da dinero para darme mis gustos, eso me domestica porque encuentro en el confort de que solo tengo mis libros, mi música. Ahora tengo mi home studio pequeño, con un teclado, un controlador MIDI, una guitarra, un bajo, y con eso creo las ideas, se las comparto a José Carlos, le pregunto qué le parece, él la modifica y yo la vuelvo a escuchar, así a la distancia trabajamos. En la pandemia, en el primer encerrón total, volvimos a convivir y creamos cuatro canciones que nunca se han publicado. Son temas chéveres. Grabamos tan como locos que cuando venían amigos nos decían que se escuchaba hasta la esquina de la calle, eso fue en Comas.
—¿Como Rayo Cósmico o Leche Plus?
Es algo bien diferente a Rayo Cósmico y Leche Plus, pensamos publicarlo bajo otro título.
—¿Lo van a publicar?
Sí, cuando encontremos el disco duro donde almacenamos las canciones (risas).