Etiqueta: experiencia de escucha

  • M(emo)rias

    M(emo)rias

    Crónica por Yerson Collave
    Diseño de portdada por Víctor Pérez

    Ese día el cuello me dolía. Era suficiente motivo para intentar llorar mientras los demás me veían en el patio de recreo. Expresar, casi vomitar los sentimientos en público, era parte esencial de ser emo, y yo lo era. Mis dos mejores amigos lo eran. Miles de adolescentes en la primera década del 2000 lo eran. Y la música nos unía.

    Un día antes, encerrado en el cuarto que compartía con tres de mis hermanos, había puesto a todo volumen los discos piratas de mis bandas preferidas del momento: Panda y Simple Plan. Agité tanto la cabeza que los músculos del cuello se inflamaron. Tenía 15 años y mi primera novia había roto conmigo. Una canción en especial acompañaba esas horas: “Mi huracán lleva tu nombre”.

    La música había cambiado todo el espacio que habitaba en casa: afiches y ropa negra, delineador y pintauñas, mochila a cuadros y una pila de discos ‘Princo’. Por momentos, el sonido de la batería y los gritos —como los llamaba mi madre— traspasaban las paredes y conversaban con los boleros y huaynos que ella escuchaba en la cocina. Una charla que se tornó habitual en momentos en que me cuestionaba muchas cosas y lo único que sostenía mi adolescente corazón eran mis dos amigos, las chicas y también los chicos que me gustaban en secreto.

    Había renegado del fútbol y toda la performance masculina. Podía expresar, entonces, mi fragilidad con la estética del movimiento emo: los pantalones ajustados, los ojos delineados de negro, las uñas pintadas, el flequillo… y gritar con las canciones nuevas que hallaba cada día en un recién lanzado YouTube. Y lo más importante: tenía derecho a llorar. “Helena”, de My Chemical Romance, me recuerda esos días.

    La música me unía a mis dos mejores amigos. Solíamos ‘quemar’ o grabar canciones que habíamos descargado a través de Ares, un popular programa donde encontrabas desde pornografía hasta películas recién estrenadas. Esas piezas tenían nuestro sello personal, y las intercambiábamos en un acto de solidaridad poco frecuente. Cada vez que nos sentábamos en una cabina de internet, la búsqueda de nueva música era una tarea obligatoria y frenética: teníamos solo una hora. Los lunes eran días de hablar de las nuevas melodías.

    Éramos un grupo que, con el tiempo, se hizo una comunidad mucho más grande, con egos que se inflaban porque descubríamos las canciones de los artistas más rebuscados del hardcore Así pasamos de unas pocas bandas en español a bandas como Alesana o System of a Down. ¿Eran bandas emo en verdad? A quién le importaba.

    En esos días, pasamos de hablar entre nosotros sobre música para hacerlo en las llamadas comunas, grupos de muchachos y muchachas emo que se reunían en lugares públicos. Mi comuna lo hacía en un pequeño parque de San Juan de Lurigancho, en Lima, cerca de una comisaría. Allí debatíamos sobre quiénes sabían más de música y quiénes descubrían nuevas bandas; a veces nos inventábamos nombres. En ese espacio surgieron los primeros enamoramientos, las primeras riñas, las primeras borracheras, los primeros encuentros sexuales. A veces, todo al mismo tiempo. Alguien llegaba siempre con una radio a pilas que había sacado de su casa a escondidas, y, en tiempos en que pocos tenían un mp3, escuchábamos nuevas bandas en cedés e incluso casetes. Contábamos centavos para la chanchita: así comprábamos las baterías doble A de la radio y nos alcanzaba para el trago corto. Todo nuestro mundo se resumía en la confección y compra de nuevas prendas, cada uno tenía su propia marca: algunos usaban colores específicos, siempre en conjunción con el negro. El mío era el verde, mis amigos usaban el morado y el rojo. La banda sonora de ese tiempo era, para mí, “Ambrosia” de Alesana. Aún tengo el disco, aunque ya no reproduce ninguna canción. 

    Y lo cierto es que nadie en ese momento tenía claro qué música era emo y cuál no, y eso nos llevaba a debates interminables, nuestros principales argumentos salían de foros en línea, portales de emos mexicanos escritos en Blogspot. Pero nos enlazaba el rechazo a lo que todos comenzamos a llamar ‘emo comercial’, representado por bandas como Panda, mi favorita hasta ese momento, por eso muchos dejamos de hablar de ellos. El término poser (posero) se hizo ofensa. En casa, por supuesto, no podía escuchar semejante ruido. Eso aportaba al clima subterráneo de esta nueva etapa del emo, al menos como nosotros lo entendíamos.

    Éramos eufóricos, aunque los demás nos veían como gente triste. Nos apasionaba nuestra música y estética. Cada color y forma tenían un porqué, aunque nadie se cuestionaba el origen de nada. También reíamos. Éramos adolescentes. 

    No hablábamos mucho de la muerte, aunque muchos lo creyeran así. El dolor era el principal hilo conductor de nuestra ‘filosofía’, de nuestra música, es cierto. Pero ¿qué es más universal que el dolor para motivar la composición de una canción?

    Éramos adolescentes, que más allá de llorar y escuchar música triste, también se revelaban, como sucedió en 2008 cuando los emos reunidos en la Glorieta de Insurgentes, en México, decidieron defenderse de los ataques de los jóvenes punk, ante la sorpresa de un país entero que veía un peculiar enfrentamiento por televisión.

    Pero esa vorágine de nueva música y prendas ajustadas, borracheras en parques y peleas con punketos en la calle, lágrimas públicas y exposición mediática, terminaron intempestivamente para muchos de nosotros cuando acabaron los días de colegio. Dejé de ver a mis amigos, el empujón a la vida adulta nos golpeó en la cara, pero la música nunca se fue y la amistad tampoco.

    Han pasado casi 15 años desde entonces. Muchas cosas han sucedido. Mis amigos y yo cambiamos el pantalón ajustado y los polos de colores por la formalidad de la camisa y pantalón de tela bien planchados. Ahora la vida familiar, los hijos, la profesión, las deudas, el tráfico y la presencia de la muerte son temas recurrentes en nuestras limitadas charlas.

    Hace unos meses, cuando visitamos el cementerio donde se encuentra uno de mis mejores amigos de aquella época de flequillo, no hallamos mejor manera de recordarlo que poniendo en el altavoz del celular una canción de Panda. Encendimos un cigarro y abrimos una cerveza frente a su tumba. Él sabía mucho más de la cultura emo que todos nosotros. Y estábamos allí, llorando por un motivo común, sin fingir. Tras su partida, retorné a varias canciones, que hoy acompañan mis días de oficina. Soy un emo que ya creció.

  • Escucha Animal 6

    Escucha Animal 6

    En el tercer piso de un edificio antiguo, de cara a una enneblinada Plaza San Martín, pudimos oír indescifrables piezas sonoras de proyectos como Evamuss, Sajjra, Fiorella 16, Diosmehaviolado, Wilder Gonzlaes Agreda, entre otros.

    Espacio Sonido registró las impresiones de nueve oyentes, en el calor del momento. Esto es lo que escribieron en un pequeño cuaderno:

    fin de la infancia
    una infancia diáfana
    párvulo escindido
    roto
    hendido por
    sus vicisitudes

    – Julio Hermoza

    indeterminado
    efímero
    dolor
    extraño
    vacío 

    – Maricielo Pérez

    quiero ingresar al mar
    al sur hasta ahora
    me había limitado
    a mirar desde afuera

    – Eddison Trejo

    Transmitimos lo que hicimos sentir. El ambiente, la energía que emitimos, se transforma en música. 

    – Shirley Vivas

    Luxsie se sintió como en un viaje al
    silencio interior y al abrazo
    caótico de Lima, con
    cantos desde profundidades
    con reverb, de la tierra
    y del aire de Perú.

    – Luz Cáceres (Luxsie)

    escapar
    embellecer la incertidumbre
    di hola
    estamos abajo
    tur
    momentos
    en pie, hasta el des

    – César Zevallos

    [no hay palabras, solo el dibujo de una locomotora avanzando]

    Holaaaa xd me llamo Jorge y lo disfruté mucho

    Despertar veloz de sueños antiguos
    Desplazamientos de alma
    paso hacia atrás para volver en sí

    – Víctor Pérez (vultur)

    Foto de portada: Gabriel Castillo

  • Las tardes en San Marcos

    Las tardes en San Marcos

    Relato y diseño de portada por Víctor Pérez

    En 1994, varios años después de la desintegración de Se busca (banda de la escena under peruana), Rafo Ráez presentó lo que sería su primera producción firmada únicamente con su nombre: Si pudiéramos vivir.

    Dentro de esa maqueta, luego de 35 minutos con 34 segundos de hondos desenfados (los poemas musicalizados de Lucho Hernández y de Bertolt Bretch, la primera versión de “Doctor Merengue”, la oscuridad de “Y van años”, etc) suena una melodía en arpegios de guitarra y liberada de palabras, que lleva por título el nombre de un lugar y —por qué no— el de un tiempo: “UNMSM”. Bajo el influjo de ese mismo sentimiento, escribí un relato en clave prosa poética:

    ‎

    ‎

    ‎En las tardes de San Marcos, cuando el cielo declinaba sus pañuelos de oro luz, había un camino para mí, ávido de dudas y de amor a lo real.

    Bajo nubes de cuarzo yo solía caminarlo. Desde la huaca confinada hasta el final de la avenida.

    Allí se hendían mis certezas bajo el peso de mis dudas; una pregunta en cada paso, hasta verme claudicar.

    Y están conmigo esos días. Ningún rostro fue ignorado, ninguna luz. Y así me gusta la vida, cuando camino junto a los árboles que revientan las veredas —serenamente— con sus pasos de raíz.