Etiqueta: experiencia de escucha

  • Oscura seducción

    Oscura seducción

    Reseña por César Zevallos

    Son pocas las bandas que oí en mi temprana adolescencia, y que hasta hoy me siguen sorprendiendo. Por pura nostalgia. Por ganas de revivir momentos perdidos. Tal vez, estos motivos son falsos, y simplemente no encuentro forma de desanclarme de White Poney, pero una vez que empieza a sonar, prefiero el silencio para examinar mis propias contradicciones, que son tierra fértil para una apreciación más o menos objetiva acerca de este álbum publicado en el año 2000.

    Es innegable la capacidad que tiene Deftones para evocar experiencias por territorios de oscura seducción, usando una paleta sonora ecléctica (electrónica/shoegaze/industrial). Sonidos que se mezclan de forma sólida y efectiva con una voz de suave fluir que sabe navegar en la crudeza instrumental y lírica. Esta capacidad llega a su punto más alto en White Poney, uno de sus discos más celebrados y exitosos a nivel comercial, considerado una obra fundamental para las posibilidades que se vislumbraban en el metal alternativo de inicios del siglo. 

    Derribando las barreras del género, elevan al sufrimiento, el desamor y la muerte a un imaginario atractivo, donde reside una energía que parece sedar y, a la vez, radicalizar el ánimo, bajo la notoria influencia del carácter cambiante en los sonidos (la alternancia de registros heavys y espaciales). 

    En el peculiar estilo de White Poney, se teje una sensación de arrastre, una invitación a dejarse llevar, pero desde una posición todavía hermética y sedentaria, motivado tal vez por el anhelo de algo que parece perdido: ¿confianza? ¿amor? ¿empatía? Como fuera, hay muchos elementos que guardan, sin ostentar mucha complejidad, una mística interesante que envuelve toda la propuesta y eleva al metal a un importante nivel de refinamiento que, hasta hoy, resulta innovadora.

  • Ilusión en trance

    Ilusión en trance

    Crónica por César Zevallos / Diseño de portada por Victor Pérez

    Llevo tiempo pensando en lo que hace años me hubiera parecido inimaginable: no siento a la música como antes. Hablo de sentirla con ese fervor único de la adolescencia, como si del encuentro con un solo de guitarra dependiera mi existencia y mis huellas en la ciudad. Esa era mi regla, pero se ha quebrado. Me siento atrapado, incapaz, no sé cómo lidiar con este pesar que me fulmina lentamente.

    Una tarde decidí acabar con esto. Cargué mi reproductor, alisté mis audífonos, me puse una chompa y salí de casa. Ya había elegido el disco que acompañaría mi ruta: Loveless de My Bloody Valentine.

    Sabía que se trataba de un disco inacabable y multiforme porque en cada escucha, en los varios años que fijo mi atención en Loveless, siempre surge una nueva visión, una envoltura distinta. Pero esta vez, tal vez por mis expectativas en tumbar el maleficio que acechaba mis oídos, su belleza me parecía suprema. Nunca me había dejado tan absorto. 

    En ese tiempo, trabajaba desde casa. Era el primer año de las medidas de aislamiento social por la pandemia, pesadilla injusta. Sin embargo, el día y el camino eran especiales. Atravesé un túnel relativamente nuevo que está cerca de mi barrio. Aún no encendía mi reproductor. 

    Los autos circulaban con tal rapidez que el ambiente se volvía cinemática pura, profunda y envolvente. Antes, aquí habían casas, una panadería y una losa de fútbol donde pocas veces jugué. La dinamita que explotaban en la madrugada para romper el cerro San Cristóbal y construir este túnel, no dejó rastro de la vida pasada. El sonido se volvió, antes que la música, en el protagonista, yo era tan solo un espectador. Mi caminata y mis recuerdos ya presagiaban la naturaleza ruidista de Loveless. 

    Apenas salí del túnel desolado, presioné play: “Only Shallow” levantaba el telón de la realidad. Desde lo alto, veía el mar y buena parte de Lima. El sol y los cerros declinaban frente a la bruma, los edificios del Centro parecían esqueletos, grises e impenetrables. En poco tiempo caería la noche. 

    Hacia la salida del túnel, en dirección al Centro de Lima

    Lima se veía desértica y decadente, como es costumbre. Mientras descendía hacia el llano, Loveless me absorbía en una espiral de melancolía. Vi un recuento de episodios entrañables desfilando frente a mis ojos, estaba sumergido en una ilusión en trance donde todo lo que pensaba cobraba un sentido revelador únicamente en los rasgueos sublimes de Kevin Shields.

    Caminaba mirando, de ratos, a los lados. La avenida era amplia, las pocas personas que circulaban lo hacían con reticencia, era de noche. Sonaba “To Here Knows When”, la más memorable de Loveless para dos de mis amigos, cuando vi el silencio: una especie de fuerte militar sin resguardo, al lado de un mercado y un puesto de periódico cerrados, casonas deterioradas, sin personas, tan solo un vigilante en su rutina nocturna. Por un momento pensé que  la vida se rehusaba a seguir en este lado del Rímac, si no fuera porque, en algunas esquinas, se paraban algunos sujetos, inquietos y atentos, observando a los más distraídos. Poco me importó tener la fortuna en contra. Bilinda Butcher me cantaba a solas: kiss, your fear, your red button, falls from my mouth).

    Me convertí en un sujeto afantasmado, colmado de placer y presto al porvenir incierto de la civilización pese a los peligros de la oscuridad; en los 42 minutos que dura Loveless me hallaba en una épica hacia la cristalización de mis sueños inconclusos.

    Quería llegar al Centro de Lima. No recuerdo si lo logré. Las preguntas venían a mi cabeza como un caudal lleno de impurezas y asperezas. Una de ellas me llevó a concluir que, probablemente, Loveless era la estética adecuada para paliar la furia de esta ciudad. La última gran obra impresionista del rock es un repositorio en el que se puede guardar anhelos de personas que, como yo, buscan una luz al final del túnel. Mi maldición se había terminado.

  • Una crónica a destiempo

    Una crónica a destiempo

    Crónica por Julio Hermoza
    Diseño de portada por Víctor H. Llerena

    El tiempo se pasa rápido
    parece que el mío se está acabando
    “19 años” – 6 Voltios

    El 2 de marzo de 2013, Alexis, Mapache y Emilio no lo sabían pero tocaban juntos por última vez. Un concierto accidentado y varios conflictos de por medio hicieron que al día siguiente Mapache y Emilio dijeran hasta aquí nomás y abandonaran 6 Voltios. Nueve años y una pandemia después, los tres músicos vuelven a subirse juntos a un escenario. La excusa: un concierto-reunión por los 25 años de la banda chikipunk más emblemática del Perú.

    ***

    —Tanto pensar y razonar estoy seguro que van a destruirte, ahora estás usando drogas tan solo para aliviar —canta Alexis Korfiatis, 39 años, guitarrista de 6 Voltios. Aunque cantar es un decir, porque Alexis hace cualquier cosa menos cantar. Vocaliza. Articula sonidos. Emite cadencias sonoras. Pero jamás canta. —Ahora sé lo que sientes, yo a veces me siento igual, pero tienes que encontrar otra salida — continúa Alexis, casaca roja, jean negro, su característica voz ronca y leñosa. A unos metros de él se encuentra Emilio, el bajista. Y detrás de ambos está Mapache, el baterista, quien baqueta en mano y pedal en pie aumenta progresivamente la velocidad con que golpea la tarola y el bombo, originando un pogo cada vez más frenético y violento del que ya no puedes —ni quieres— salir.

    Es 2 de julio de 2022, sábado, 11:55 p.m. Estás con tus patas en el interior del Plaza Arena: un recinto de 15 mil m², en Surco, donde los miembros fundadores de 6 Voltios —Alexis Korfiatis (guitarra y voz), Mauricio “Mapache” Llona (batería y coros) y Emilio Bruce (bajo)—  están realizando un concierto-reunión luego de nueve años sin subirse juntos a un escenario.

    Como se recuerda: en marzo del 2013 y luego de la bochornosa actuación de Alexis en un concierto realizado en Ate, Mapache y Emilio decidieron dejar oficialmente 6 Voltios.

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    Entre 1998 —año en que debutan y alcanzan el segundo lugar en el Concurso Hamilton Rock— y  2013 —año en que dos de sus miembros fundadores abandonan la banda—, los 6 Voltios publicarían cinco álbumes de estudio: Desde El Sótano (1999), Generación Perdida (2001), Tan Solo Una Vez Más (2002), Día Plástico (2003) y Descomprensión (2006).

    Todos estos discos, a excepción del primero que posee ciertos dejes ska y reggaes — herencia directa de Asmereir—, se bambolean entre los terrenos musicales del punk rock melódico y el pop punk más mainstream. Entre el sonido de sus referentes locales —Futuro Incierto, Asmereir— y el de sus referentes extranjeros —Bad Religion, The Vandals, No Use for a Name, Millencolin, Blink-182, The Offspring, entre otros.

    En lo concerniente a las letras de sus canciones, los 6 Voltios exploran las mismas obsesiones de Asmereir: el desamor, la imposibilidad de madurar, el sentirse extraviado y alienado en una sociedad donde es imposible encajar.

    Atrás quedaba la mirada madura y crítica, junto con las narrativas contestatarias, que tanto había caracterizado a los subtes ochenteros. Ahora eran otros tiempos —tiempos del posconflicto, del regreso a la “democracia”, del fin de las utopías— y los chikipunks parecían no estar dispuestos a reflexionar sobre otra cosa que no fueran los manidos tópicos adolescentes.

    Esto último totalmente entendible teniendo en cuenta que el movimiento chikipunk no era otra cosa que adolescentes hablando sobre sus problemas adolescentes con la más pura honestidad adolescente —sin filtros ni mediaciones adultas.

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    En Desde el Sótano, el álbum debut de los 6 Voltios, se pueden hallar 4 canciones que —sin dejar de lado los tópicos adolescentes (abuso de drogas, desamor, soledad)— se aproximan a una temática que no es exclusividad de ningún rango etario: el dolor existencial.

    Track #2: “Otra Salida”. El conocimiento como fuente de dolor. Tanto pensar y razonar / Estoy seguro que van a destruirte. (…) / Ahora sé lo que sientes. / Yo a veces me siento igual.

    Track #3
    : “Sonreír”. El dolor provocado por el tedio y el hastío existencial, es decir, por el acto mismo de vivir. Últimamente ya nada me ha motivado. / Y no puedo saber por qué vivir. / Ya nadie tiene la fórmula. / Para hacerme sentir bien. / Un paseo por la muerte. / Creo que será mejor. / Mucho mejor que aquí.

    Track #5
    : “Nube Triste”. El dolor atávico como desencadenante de trastornos psicológicos: disociación, despersonalización y comportamientos asociales. No me trates de hablar. / Hay momentos en que los que solo quiero estar aislado, aislado en mi nube. / Estoy viviendo en la muerte. / En un mundo distorsionado. / Sin nada que temer y tampoco nada que hacer. / Estoy sentado en mi nube triste otra vez. / Y vuelo por los aires, más allá.

    Track #12: “Loco”. El dolor que, de tan velado e interiorizado, suele confundirse con la locura. Y quedé loco, como un enfermo mental. / Y no espero que entiendas todo mi dolor. / Pues siempre supe que nunca podrías.

    Todas estas canciones fueron grabadas y lanzadas en 1999, pero compuestas un par de años atrás: entre 1997 y 1998, cuando Alexis Korfiatis —responsable de las letras, y, por tanto, del éxito de 6 Voltios— tenía 14 y 15 años.

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    “Todos los días siempre lo mismo, siempre la misma mierda. Esta maldita rutina me está hinchando los huevos”, entona Alexis Korfiatis mientras coge vehementemente el micrófono con su mano derecha. Tiene 15 años y la voz agudísima: la típica voz de pito de los adolescentes. Muchos años después, producto de la edad y el consumo excesivo de tabaco y otras drogas, su voz se volverá áspera, ronca, leñosa, y perderá fuerza. Pero para eso todavía falta mucho. Es 1998, hace calor y los 6 Voltios están debutando en el Concurso Hamilton Rock. 

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    “Que levante la mano, por favor, quién quiere chuparme la pinga”, dice un Alexis errático y desaforado, antes de comenzar a tocar. Tiene 30 años, el torso desnudo y varios gramos de coca encima. “Esta canción se la dedico a ustedes, hijos de puta, porque son una maldita generación perdida y me llegan al pincho”, continúa Alexis y ejecuta los primeros acordes de la emblemática canción “Generación perdida”. Los segundos pasan, y a la guitarra de Alexis se le agregan la batería Mapache y el bajo de Emilio. Son tres minutos de puro punk rock melódico. Aunque decir “melódico” es naturalmente una ironía: la voz y la guitarra de Alexis suenan tan sucias y desprolijas que están más cerca del hardcore punk ochentero —Autopsia, Eutanasia, SdM— que de sus afines chikipunks —Diazepunk, Dalevuelta, 40 Gramos.

    Es marzo del 2013 y los 6 Voltios están tocando en el Festival Rock en Ate. Aún no lo saben —no hay forma de que lo puedan saber—, pero dentro de varios minutos Alexis descubrirá que Mapache, cansado de su procacidad e insolencia, ha abandonado abruptamente el concierto y en su lugar ha dejado en la batería a un aficionado que no para de cometer errores; entonces, indignado y totalmente fuera de sí, debatiéndose entre el descontrol y el nihilismo chikipunk, Alexis arrojará su guitarra, pateará desquiciadamente los amplis y, al igual que Mapache, abandonará también el escenario.



    Cinco días después, el trío de punk rock/pop punk lanzará un comunicado oficial donde anunciará “la salida de la banda de Mauricio y Emilio por diferencias irreconciliables con Alexis”. A partir de esa fecha, la formación original nunca más volverá a subirse junta a un escenario. Eso sí, 6 Voltios —como nombre, como marca— seguirá activa gracias a Alexis y dos músicos jóvenes que entrarán en reemplazo de los anteriores. Incluso continuará girando por el interior del país y engrosando su discografía: Para tu Cabeza (2013), Alto Voltaje (2014) y Desde el Ático (2022). Aun así, sin Mapache y Emilio la banda ya no transmitirá lo mismo. Y los primeros en darse cuenta de esto serán sus viejos fans, los que conocieron a 6 Voltios en los inicios del nuevo milenio, los mismos que hace unos meses compraron sus entradas online tras enterarse que la formación original —9 años y una pandemia después— iba a juntarse por única y última vez en un concierto-reunión por los 25 años de la banda.

    ***

    El concierto-reunión de 6 Voltios tiene la peculiaridad de estar dividido en dos zonas: Zona VIP y Zona General. Las diferencias entre ambas zonas son básicamente tres. Uno: la entrada para Zona General —la que tú y tus patas compraron— cuesta cincuenta soles menos que la otra. Dos: mientras en la Zona VIP el público mayoritario bordea los cuarenta años, en la Zona General se concentra un público relativamente más joven —uno con mayor densidad capilar antes que corporal. Tres: mientras que en VIP uno puede apreciar el performance escénico de los músicos, junto con el despliegue de luces, colores y pantallas que los acompaña (2 pantallas horizontales y 3 verticales); en la Zona General a duras penas se distingue el par de pantallas horizontales —dos bichos fosforescentes alumbrando en plena noche cerrada.

    Hace unas horas tú y tus patas estuvieron ahí, en la Zona General, intentando amplificar la experiencia del concierto con alcohol barato y pogos ritualísticos.



    Pero eso fue hace rato, es decir, ayer. Ahora ya es 3 de julio, 1:02 a. m., domingo. Y gracias al descuido de los vigilantes —que debían evitar que los de Zona General se cuelen en la zona más exclusiva— en este instante te encuentras aquí, en Zona VIP, a solo unos cuantos metros de Alexis y compañía, que están tocando la que a tu parecer es una de sus mejores canciones: “19 años”. Diecinueve años de edad. / Viviste cosas que te hicieron caer al piso. / Encontraste en quién confiar. / Buenos amigos, buenos recuerdos. El pogo cada vez se vuelve más bestial, más encarnizado. Si sigues aquí es porque ya no puedes salir de esta marea humana que arrasa con todo lo que encuentre a su paso. Da igual si es un fotoperiodista buscando el instante decisivo bressoniano o una parejita melosa subiendo un nuevo estado a Instagram, esta marea lo barre todo. No me jodas, no me presiones. / Hazlo por mí, solo déjame tranquilo. / No puedes ver que me estoy enseñando a vivir. / Estoy aprendiendo a vivir paso a paso de mis errores. Haces un pequeño esfuerzo para ubicar a cualquiera de tus patas, pero no los distingues. Realmente, a estas alturas ya no puedes distinguir a nadie. A lo sumo puedes sentirlos corporalmente: a través de los codazos, rodillazos y combos en la cara que de cuando en cuando te comes. El tiempo se pasa rápido. / Parece que el mío se está acabando. / Y si creíste que no iba a cambiar / Mírame ahora: sano y en línea. / Es hora de cambiar. Una nariz sangra luego de estrellarse contra un codo, unos dientes se rajan producto de un puñetazo, las bisagras de unos lentes —tus lentes— salen disparadas por los aires. Varios celulares y billeteras son sustraídos subrepticiamente por uno o múltiples ladrones de poca monta. Un hombre cae en medio del círculo humano que gira y gira sobre su mismo eje. Los 6 Voltios dejan de tocar: el círculo humano se detiene.

    ***

    Que se acerca a su fin, aunque nadie lo anuncia ni lo enuncia, es algo que se puede intuir. Ya sea por el agotamiento —el tuyo, el de los músicos— o por la hora —02:00 a. m.—, uno puede presentir que el concierto-reunión de 6 Voltios está a punto de acabar. 

    —Este concierto más que ser un concierto, es como una fiesta, una reunión, una celebración. —dice Alexis y, junto con Mapache y Emilio, interpreta su segunda canción más conocida: “Wirito”, la cual los puso en el radar musical veintitrés años atrás, allá en 1999, luego de que Manuel Sanguineti decidiera pasarla por su radio de rock, Doble Nueve. El cómo llegó dicha canción a los oídos de Sanguineti es algo que no saben ni los propios músicos. Tú, por supuesto, tampoco lo sabes. Lo único que sabes es que hace frío, que estás cansado y que, una vez acabada la canción “Wirito”, los 6 Voltios han comenzado a tocar la archimegaconocida “Lejos”. Estoy cansado. / Tan aburrido. / Ya no me importas. / Ya no quiero estar aquí.

    Minutos más tarde los 6 Voltios anunciarán el fin del concierto y los asistentes comenzarán a retirarse del local. Unos cuantos —los que perdieron sus pertenencias durante el pogo ritual— se quedarán durante varios minutos más, buscando infructuosamente sus cosas entre el mar de plástico y tecnopor que parece querer inundar todo el Plaza Arena.

    Tú también estarás ahí con ellos. Aunque no buscando un objeto, sino a tus patas. Los buscarás durante diez o quince minutos. Tiempo suficiente para percatarte de que cualquier búsqueda que emprendas estará destinada al fracaso absoluto: eres miope, perdiste tus lentes en el pogo y tu celular está sin batería.

    Ni bien abandonas el local, te subirás al primer carro que te lleve a casa. En el trayecto, producto del cansancio y el alcohol, te quedarás dormido y volverás a tus diecisiete, dieciocho años. A tu etapa universitaria. A la época en que tu vida se resumía en tocar covers de 6 Voltios, y escapar de clases para llegar puntual a los “ensayos” con tu banda. O al menos hacer el intento. Porque en honor a la verdad, nunca llegabas a la hora. Daba igual si se trataba de una sala de ensayo en Carabayllo o un lupanar lumpen en Huachipa, tú siempre eras el último en llegar. Siempre tarde, huevón. Siempre a destiempo. Como esta crónica.