Autor: Espacio Sonido

  • Leche Plus: “Los espacios de promoción artística están desapareciendo”

    Leche Plus: “Los espacios de promoción artística están desapareciendo”

    Entrevista por César Zevallos

    Jonathan Siveroni prefiere mantenerse con el perfil bajo dentro del circuito peruano musical. Curiosamente, no empezamos hablando de música, sino de libros; viene de una feria donde consiguió algo del poeta José María Eguren. En un bar vacío del centro de Lima, admite que el sistema lo está consumiendo. Como a todos, pienso. Dice que está alejándose de la música, pero no le creo. Nadie puede privarse voluntariamente de ella, más aún cuando eres la mente detrás de un proyecto como Leche Plus, rock espacial/psicodélico que gestó en el verano del 2009, cuando vivía en el picante distrito del Rímac.

    Chelas van, chelas vienen, y con algún éxito de J Balvin o Maluma resonando en la rocola, nos vacilamos al coincidir en gustos musicales, por ejemplo, en Primal Scream y lo jodidamente genial que es: él con Vanishing Point y yo con Screamadelica. En un instante de la conversación, me transporto a meses atrás, cuando buceaba en el inventario de Superspace Records, a cargo del no-músico Wilder Gonzales, hasta toparme con la única portada que mostraba un rostro humano: El Círculo Se Cierra de Leche Plus. Convencido de que encierra alguna metáfora, le comenté a Wilder mi “descubrimiento” y él tuvo la gentileza de contactarme con Jonathan. “Él es parte de una movida neopsicodélica del Rímac”, me contó entusiasmado.  

    Siveroni sostiene que su propuesta tuvo poca acogida y eso detonó la desintegración prematura, como sucede con los proyectos visionarios que se atreven a cavar pequeños hoyos para que el distraído disfrute cayendo. En este caso, un hoyo hacia arriba, hacia una nebulosa de erotismo abrasador. El Círculo Se Cierra tiene una vibra similar a Bocanada de Gustavo Cerati, pero se trata de una producción lo fi, sin los lujos ni las muchas mentes que el argentino tenía a su disposición, y aún así con un espíritu más atrevido, sucio, callejero y raspante.

    Al final de la entrevista, continuamos las chelas y encendemos la ilusión en la noche infinita del Centro. Antes de salir del bar, esto es lo que contó Siveroni, disconforme y sentencioso con la realidad, sobre Leche Plus, la música, el arte y sus enemigos.

    —Leche Plus es un proyecto de rock espacial del 2009, cuéntame cómo se formaron

    Me junté con dos personas más: José Carlos Rayo, el vocalista, y Rafael Díaz, quien hacía la segunda guitarra y fue productor de los primeros demos, también tocaba el bajo en las tocadas en vivo. Rafael tiene un proyecto post rock llamado Salomón Jedi. En ese tiempo no teníamos los equipos para hacer una grabación, ahora es más accesible adquirir tecnología para hacer un home studio. 

    —De cuándo son las primeras grabaciones de Leche Plus

    Las ideas las tuvimos en 2005 o 2006, pero no en grabaciones. En ese tiempo yo tenía guitarra, un teclado básico al que le metíamos pedales (reverb y delay), procesamos el sonido del teclado. Cuando se plasmaba la idea o comenzaba a surgir la estructura de los temas, hay una rotación de los instrumentos, por un momento yo improvisaba con la guitarra, después Rafael o José Carlos captaban la idea y la complementaban. No había una persona que tocara un solo instrumento. 

    —¿En El Círculo Se Cierra siguieron esa forma de composición?

    No. José Carlos grabó las voces y las baterías con un programa llamado Reason. Yo grabé teclados, guitarras y efectos, prácticamente hice todo. José Carlos lo mezcló, la verdad es que no teníamos conocimientos de mezcla, remasterización.

    —Aquello que actualmente suelen tener las bandas en su producción

    Claro, ya tienen acceso directo a un home studio, tarjetas de sonido más profesionales, buenos parlantes, tienen la facilidad de sonar mejor.

    —Ese atributo lo fi se oye en el disco. Por ejemplo, en “Mary Anne” se escucha bien baja la voz

    Es que tuvo un problema de mezcla. Con ese disco aprendimos a grabar y ecualizar, de acuerdo a los referentes musicales que escuchábamos como The Stone Roses, Can, The Velvet Underground, Sonic Youth, Silver Apples, Suicide. Queríamos tener una personalidad musical. Nosotros teníamos casi los mismos gustos musicales.

    Leche Plus manda saludos a los seguidores de Espacio Sonido. (Video: César Zevallos)

    —Ustedes son del Rímac

    Sí. José Carlos no vivía por mi casa, pero tenía una enamorada cerca y siempre lo veía tocando guitarra en un parque. Pasaba por ahí, pero no nos hablábamos, hasta que una vez los vi tomando y me quedé parado un momento. En ese momento, José Carlos me invitó a acercarme y empezamos a conocernos. 

    —Wilder Gonzáles me comentó que eras parte de una movida neopsicodélica del Rímac

    Así es. En ese tiempo había grupos pop. Éramos pocos los que nos gustaba esa envoltura hipnótica de la música psicodélica. Conocimos a Hipnoascensión, también a Wilder, él me empapa de la música, me muestra nuevos grupos y con esa ayuda me metí más en ese mundo. 

    —Estoy seguro que uno de esos grupos que te influenciaron bastante fue Primal Scream

    Claro, en especial su álbum Vanishing Point, me encantó desde la primera vez que lo escuché. 

    —Me hablas de inicios de los 2000

    En 1999 y 2000 empezamos a formar el grupo, teníamos gente rotando porque en las tocadas en vivo, que no eran muchas, pasábamos la voz a amigos para que tocaran. Los que siempre ensayábamos éramos José Carlos, Rafael y yo. En casa de Rafael grabamos las primeras pruebas en vivo.

    —En ese tiempo lo que más sonaba en las emisoras radiales o la televisión era la tecnocumbia o la salsa, que siempre ha pegado, ¿cómo se relacionaban con expresiones musicales populares?

    Con indiferencia. Hasta ahora escucho música así porque debo transportarme en los buses públicos. Me tengo que soplar todo eso, es inevitable. En ese tiempo cada uno de nosotros estaba explorando no solo en la música, sino en la literatura, el cine. Siempre hemos compartido libros y películas, atentos a las movidas de Centro Cultural España o Fundación Telefónica.

    —Fundación Telefónica ya desapareció…

    Sí, ahí estuvo Simeon Coxe de Silver Apples. 

    —Acid Mothers Temple también

    Claro, había música que te podía enriquecer. 

    —Fundación Telefónica fue muy importante para la difusión y puesta en valor de la música electrónica experimental, no creo que vuelva a existir un espacio así de grande, ¿cuál es tu lectura de esta situación, hacia dónde crees que va la promoción artística en Lima?

    A nada. Yo veo que nos están acostumbrando a consumir productos prefabricados, plásticos, que no tienen sustancia. El algoritmo del sistema, la big data, te adiestran, te dicen qué debes consumir, pensar y creer. El trap y el reggaetón son de consumo masivo, no transmite nada. Los espacios de promoción artística están desapareciendo porque el gran consumo va direccionado a ese tipo de música, ya no se rescata el arte por el arte, mostrar el talento y la creatividad.

    —O trabajar en algo sin esperar que te paguen

    Claro, trabajar en algo solo por voluntad. Siempre voy a hacer música, por más que no toque en vivo. Nosotros tocamos solo cuatro veces con público lleno en la Casa Ida, un espacio que ya no existe. (…) Yo conocí al que gestaba la Casa Ida. Proyectaban películas independientes por la tarde, brindaban charlas y clases de grabación, programación. En la noche tocaban música de vanguardia. Iban escritores, pintores. Era una ventana cultural donde se podía hacer puestas en escena, instalaciones de arte, exposición de pinturas.

    —Algo así como El Averno, pero con otro estilo musical

    Así es. Las pocas veces que tocamos ahí tuvimos buena acogida, eso fue en 2013 o 2014. Era un espacio para gente que buscaban cosas diferentes. No solo venían del centro de Lima, sino de otros distritos como Miraflores o Barranco. El público conocía de la Casa Ida por Internet. Era el tercer piso, en la parte de al fondo, de una casona. Fue tanta la acogida que contratamos seguridad en la entrada para que las personas subieran con invitación.

    —¿Tú contribuías con la gestión de la Casa Ida?

    Sí.

    —¿Cómo ves tu proyecto Leche Plus ahora, más de diez años después? De repente tu perspectiva ha cambiado con el paso del tiempo

    Creativa y musicalmente lo veo bien. Es original. Se ve la valentía en hacer lo que uno cree. Nosotros nunca cambiamos la manera de ver la música. A veces nos íbamos de vuelo en nuestro feeling, no lo cambiábamos, había amigos en los ensayos que nos decían “está bien, pero suena muy volado, la gente no lo va a captar”, pero no lo hacíamos con la intención de que nos entiendan, sino por el trip.

    —El receptor eres tú mismo

    Exacto. El estado de ánimo, sentirse eufórico con lo que estás haciendo.

    En los últimos años, Jonathan Siberoni se ha desempeñado como bajista en la banda de rock alternativo Rayo Cósmico

    —El cosmos es eso: tú y el universo. “Viajero Espacial”, que Wilder Gonzales incluyó en el disco compilatorio When the music is hotter than girls I am the kosmos, ¿qué te parece ahora? Creo que te has alejado de la música… 

    Tengo dos hijas que mantener, un empleo, la misma vida me somete. Por más que quiera dedicarme de lleno a la música, no voy a poder hacerlo. Las carteleras con grupos de toda la vida, como Río o Libido… No es por despreciar, pero deberían refrescar la escena. Te pongo un ejemplo: el guitarrista y el baterista de Babasónicos, para mí el mejor grupo de Latinoamérica por encima de Soda Stereo, fueron a un concierto de unos amigos argentinos que tienen un grupo llamado Banda de Turistas, les gustaron y decidieron producir su primer disco.

    —Hay una soltura que en Perú no se suele ver porque ponemos muros

    Claro. Banda de Turistas fue nominado a un Grammy, vinieron a Lima a dar un concierto, nos conocimos e hicimos un jamming. Pero, para ese tiempo, estaba haciendo un proyecto con José Carlos que lo llamamos Rayo Cósmico.

    —¿Cuánto tiempo después de Leche Plus?

    Cinco o seis años después. Rayo Cósmico es pop, pero sin perder el toque psicodélico. La escena aquí no cambia. La otra vez pasé por Los Olivos y vi que en un coliseo había una cartelera que es lo mismo que siempre veo: Río, Libido, 6 Voltios, Daniel F. No me jodas (risas). 

    —¿Crees que eso es responsabilidad de las personas que promocionan este tipo de eventos o de los músicos que aceptan una cartelera tan poco variada? 

    Es de los organizadores. No les importa con qué te nutres musicalmente con tal que su inversión funcione. No está mal, tú puedes ganar, pero que metan en esa cartelera a bandas diferentes que merecen un espacio.

    —No hay eso

    Que haya una ventana en esos eventos, que te den la oportunidad de tocar un rato, al menos dos o tres temas para lucirte. Esa es la diferencia con otros países. Como Rayo Cósmico, grabamos un disco llamado Leyenda 2050. Esa banda ya la había creado José Carlos con otra gente. Cuando Leche Plus se desintegra, me vuelvo a contactar con José Carlos y me pregunta si estoy tocando porque necesitaba ayuda con los bajos y la creación. Ya nos estábamos enfocando en tener algo de dinero. (…) ¿Sabes lo que nos dijo Banda de Turistas? Ellos son argentinos. Nos dijeron para grabarnos. Tanto les gustó Rayo Cósmico que nos dijeron que cuando vayamos a Argentina, podíamos usar su estudio e incluso podíamos telonearlos en sus tocadas. Nos dieron la mano siendo nosotros una banda de otro país. Banda de Turistas ha grabado con Babasónicos. 

    —¿Lograron producir a Rayo Cósmico?

    No se pudo. (…) José Carlos los contacta porque él es guitarrista. Se dedica a la música al 100%. Toca en grupos de cumbia sureña. Él viajaba constantemente a Argentina porque tenía giras, entonces un día me escribe y me dice que escuche esa banda. Me parecieron fenomenal. 

    —El Círculo Se Cierra me parece similar a Bocanada de Gustavo Cerati

    Sí… Las guitarras, el delay, la mezcla, los efectos. Tiene esa influencia.

    —¿Cómo has logrado armar esa sensación lisérgica, sensual y placentera que habita en Leche Plus?

    Se produce de forma natural. Cuando comenzamos con Leche Plus, yo tenía mi casa sola, mis padres estaban fuera del país. Un tiempo empezamos a convivir con José Carlos y, a veces, con Rafael. Grabábamos diariamente, fumando, leyendo, escuchando música, viendo películas. Más que adquirir ese tipo de sonidos, nace por la propia vida que teníamos, los psicotrópicos y la música marciana, lecturas como Las puertas de la percepción de Aldous Huxley. No solo estábamos influenciados musicalmente, sino literariamente y por la vida de placer.

    —La relación entre drogas y música se aborda desde muchos prejuicios, ¿cómo lo ves tú?

    Antes había más prejuicios, pero ahora es más ordinario hablar sobre eso. Con el boom de Internet, las personas tienen acceso a cualquier tema. (…) Hay clasificaciones socioeconómicas para las drogas: pasta para el indigente o el ladrón, marihuana para el universitario, coca para el empresario o político… Yo solo he consumido marihuana, cocaína, éxtasis, ácidos y poppers. Hasta ahora, sigo con la marihuana, antes de dormir o para leer. 

    —¿Puedes leer así?

    Me concentro y duro más leyendo así que lúcido. La poesía la leo solo con vino, así la siento más, puedo atar cabos…  

    —“Asimov”, el quinto tema del disco, es una referencia al escritor Isaac Asimov, ¿cómo influenció en ti?

    Asimov me voló la cabeza con Fundación e Imperio. En ese libro hay un personaje que podía manipular la mente con ondas sonoras. En el tiempo que componía El Círculo Se Cierra me impactó, por eso incluí varios efectos, teclados espaciales, para recrear lo que estaba leyendo.

  • Una crónica a destiempo

    Una crónica a destiempo

    Crónica por Julio Hermoza
    Diseño de portada por Víctor H. Llerena

    El tiempo se pasa rápido
    parece que el mío se está acabando
    “19 años” – 6 Voltios

    El 2 de marzo de 2013, Alexis, Mapache y Emilio no lo sabían pero tocaban juntos por última vez. Un concierto accidentado y varios conflictos de por medio hicieron que al día siguiente Mapache y Emilio dijeran hasta aquí nomás y abandonaran 6 Voltios. Nueve años y una pandemia después, los tres músicos vuelven a subirse juntos a un escenario. La excusa: un concierto-reunión por los 25 años de la banda chikipunk más emblemática del Perú.

    ***

    —Tanto pensar y razonar estoy seguro que van a destruirte, ahora estás usando drogas tan solo para aliviar —canta Alexis Korfiatis, 39 años, guitarrista de 6 Voltios. Aunque cantar es un decir, porque Alexis hace cualquier cosa menos cantar. Vocaliza. Articula sonidos. Emite cadencias sonoras. Pero jamás canta. —Ahora sé lo que sientes, yo a veces me siento igual, pero tienes que encontrar otra salida — continúa Alexis, casaca roja, jean negro, su característica voz ronca y leñosa. A unos metros de él se encuentra Emilio, el bajista. Y detrás de ambos está Mapache, el baterista, quien baqueta en mano y pedal en pie aumenta progresivamente la velocidad con que golpea la tarola y el bombo, originando un pogo cada vez más frenético y violento del que ya no puedes —ni quieres— salir.

    Es 2 de julio de 2022, sábado, 11:55 p.m. Estás con tus patas en el interior del Plaza Arena: un recinto de 15 mil m², en Surco, donde los miembros fundadores de 6 Voltios —Alexis Korfiatis (guitarra y voz), Mauricio “Mapache” Llona (batería y coros) y Emilio Bruce (bajo)—  están realizando un concierto-reunión luego de nueve años sin subirse juntos a un escenario.

    Como se recuerda: en marzo del 2013 y luego de la bochornosa actuación de Alexis en un concierto realizado en Ate, Mapache y Emilio decidieron dejar oficialmente 6 Voltios.

    ***

    Entre 1998 —año en que debutan y alcanzan el segundo lugar en el Concurso Hamilton Rock— y  2013 —año en que dos de sus miembros fundadores abandonan la banda—, los 6 Voltios publicarían cinco álbumes de estudio: Desde El Sótano (1999), Generación Perdida (2001), Tan Solo Una Vez Más (2002), Día Plástico (2003) y Descomprensión (2006).

    Todos estos discos, a excepción del primero que posee ciertos dejes ska y reggaes — herencia directa de Asmereir—, se bambolean entre los terrenos musicales del punk rock melódico y el pop punk más mainstream. Entre el sonido de sus referentes locales —Futuro Incierto, Asmereir— y el de sus referentes extranjeros —Bad Religion, The Vandals, No Use for a Name, Millencolin, Blink-182, The Offspring, entre otros.

    En lo concerniente a las letras de sus canciones, los 6 Voltios exploran las mismas obsesiones de Asmereir: el desamor, la imposibilidad de madurar, el sentirse extraviado y alienado en una sociedad donde es imposible encajar.

    Atrás quedaba la mirada madura y crítica, junto con las narrativas contestatarias, que tanto había caracterizado a los subtes ochenteros. Ahora eran otros tiempos —tiempos del posconflicto, del regreso a la “democracia”, del fin de las utopías— y los chikipunks parecían no estar dispuestos a reflexionar sobre otra cosa que no fueran los manidos tópicos adolescentes.

    Esto último totalmente entendible teniendo en cuenta que el movimiento chikipunk no era otra cosa que adolescentes hablando sobre sus problemas adolescentes con la más pura honestidad adolescente —sin filtros ni mediaciones adultas.

    ***

    En Desde el Sótano, el álbum debut de los 6 Voltios, se pueden hallar 4 canciones que —sin dejar de lado los tópicos adolescentes (abuso de drogas, desamor, soledad)— se aproximan a una temática que no es exclusividad de ningún rango etario: el dolor existencial.

    Track #2: “Otra Salida”. El conocimiento como fuente de dolor. Tanto pensar y razonar / Estoy seguro que van a destruirte. (…) / Ahora sé lo que sientes. / Yo a veces me siento igual.

    Track #3
    : “Sonreír”. El dolor provocado por el tedio y el hastío existencial, es decir, por el acto mismo de vivir. Últimamente ya nada me ha motivado. / Y no puedo saber por qué vivir. / Ya nadie tiene la fórmula. / Para hacerme sentir bien. / Un paseo por la muerte. / Creo que será mejor. / Mucho mejor que aquí.

    Track #5
    : “Nube Triste”. El dolor atávico como desencadenante de trastornos psicológicos: disociación, despersonalización y comportamientos asociales. No me trates de hablar. / Hay momentos en que los que solo quiero estar aislado, aislado en mi nube. / Estoy viviendo en la muerte. / En un mundo distorsionado. / Sin nada que temer y tampoco nada que hacer. / Estoy sentado en mi nube triste otra vez. / Y vuelo por los aires, más allá.

    Track #12: “Loco”. El dolor que, de tan velado e interiorizado, suele confundirse con la locura. Y quedé loco, como un enfermo mental. / Y no espero que entiendas todo mi dolor. / Pues siempre supe que nunca podrías.

    Todas estas canciones fueron grabadas y lanzadas en 1999, pero compuestas un par de años atrás: entre 1997 y 1998, cuando Alexis Korfiatis —responsable de las letras, y, por tanto, del éxito de 6 Voltios— tenía 14 y 15 años.

    ***

    “Todos los días siempre lo mismo, siempre la misma mierda. Esta maldita rutina me está hinchando los huevos”, entona Alexis Korfiatis mientras coge vehementemente el micrófono con su mano derecha. Tiene 15 años y la voz agudísima: la típica voz de pito de los adolescentes. Muchos años después, producto de la edad y el consumo excesivo de tabaco y otras drogas, su voz se volverá áspera, ronca, leñosa, y perderá fuerza. Pero para eso todavía falta mucho. Es 1998, hace calor y los 6 Voltios están debutando en el Concurso Hamilton Rock. 

    ***

    “Que levante la mano, por favor, quién quiere chuparme la pinga”, dice un Alexis errático y desaforado, antes de comenzar a tocar. Tiene 30 años, el torso desnudo y varios gramos de coca encima. “Esta canción se la dedico a ustedes, hijos de puta, porque son una maldita generación perdida y me llegan al pincho”, continúa Alexis y ejecuta los primeros acordes de la emblemática canción “Generación perdida”. Los segundos pasan, y a la guitarra de Alexis se le agregan la batería Mapache y el bajo de Emilio. Son tres minutos de puro punk rock melódico. Aunque decir “melódico” es naturalmente una ironía: la voz y la guitarra de Alexis suenan tan sucias y desprolijas que están más cerca del hardcore punk ochentero —Autopsia, Eutanasia, SdM— que de sus afines chikipunks —Diazepunk, Dalevuelta, 40 Gramos.

    Es marzo del 2013 y los 6 Voltios están tocando en el Festival Rock en Ate. Aún no lo saben —no hay forma de que lo puedan saber—, pero dentro de varios minutos Alexis descubrirá que Mapache, cansado de su procacidad e insolencia, ha abandonado abruptamente el concierto y en su lugar ha dejado en la batería a un aficionado que no para de cometer errores; entonces, indignado y totalmente fuera de sí, debatiéndose entre el descontrol y el nihilismo chikipunk, Alexis arrojará su guitarra, pateará desquiciadamente los amplis y, al igual que Mapache, abandonará también el escenario.



    Cinco días después, el trío de punk rock/pop punk lanzará un comunicado oficial donde anunciará “la salida de la banda de Mauricio y Emilio por diferencias irreconciliables con Alexis”. A partir de esa fecha, la formación original nunca más volverá a subirse junta a un escenario. Eso sí, 6 Voltios —como nombre, como marca— seguirá activa gracias a Alexis y dos músicos jóvenes que entrarán en reemplazo de los anteriores. Incluso continuará girando por el interior del país y engrosando su discografía: Para tu Cabeza (2013), Alto Voltaje (2014) y Desde el Ático (2022). Aun así, sin Mapache y Emilio la banda ya no transmitirá lo mismo. Y los primeros en darse cuenta de esto serán sus viejos fans, los que conocieron a 6 Voltios en los inicios del nuevo milenio, los mismos que hace unos meses compraron sus entradas online tras enterarse que la formación original —9 años y una pandemia después— iba a juntarse por única y última vez en un concierto-reunión por los 25 años de la banda.

    ***

    El concierto-reunión de 6 Voltios tiene la peculiaridad de estar dividido en dos zonas: Zona VIP y Zona General. Las diferencias entre ambas zonas son básicamente tres. Uno: la entrada para Zona General —la que tú y tus patas compraron— cuesta cincuenta soles menos que la otra. Dos: mientras en la Zona VIP el público mayoritario bordea los cuarenta años, en la Zona General se concentra un público relativamente más joven —uno con mayor densidad capilar antes que corporal. Tres: mientras que en VIP uno puede apreciar el performance escénico de los músicos, junto con el despliegue de luces, colores y pantallas que los acompaña (2 pantallas horizontales y 3 verticales); en la Zona General a duras penas se distingue el par de pantallas horizontales —dos bichos fosforescentes alumbrando en plena noche cerrada.

    Hace unas horas tú y tus patas estuvieron ahí, en la Zona General, intentando amplificar la experiencia del concierto con alcohol barato y pogos ritualísticos.



    Pero eso fue hace rato, es decir, ayer. Ahora ya es 3 de julio, 1:02 a. m., domingo. Y gracias al descuido de los vigilantes —que debían evitar que los de Zona General se cuelen en la zona más exclusiva— en este instante te encuentras aquí, en Zona VIP, a solo unos cuantos metros de Alexis y compañía, que están tocando la que a tu parecer es una de sus mejores canciones: “19 años”. Diecinueve años de edad. / Viviste cosas que te hicieron caer al piso. / Encontraste en quién confiar. / Buenos amigos, buenos recuerdos. El pogo cada vez se vuelve más bestial, más encarnizado. Si sigues aquí es porque ya no puedes salir de esta marea humana que arrasa con todo lo que encuentre a su paso. Da igual si es un fotoperiodista buscando el instante decisivo bressoniano o una parejita melosa subiendo un nuevo estado a Instagram, esta marea lo barre todo. No me jodas, no me presiones. / Hazlo por mí, solo déjame tranquilo. / No puedes ver que me estoy enseñando a vivir. / Estoy aprendiendo a vivir paso a paso de mis errores. Haces un pequeño esfuerzo para ubicar a cualquiera de tus patas, pero no los distingues. Realmente, a estas alturas ya no puedes distinguir a nadie. A lo sumo puedes sentirlos corporalmente: a través de los codazos, rodillazos y combos en la cara que de cuando en cuando te comes. El tiempo se pasa rápido. / Parece que el mío se está acabando. / Y si creíste que no iba a cambiar / Mírame ahora: sano y en línea. / Es hora de cambiar. Una nariz sangra luego de estrellarse contra un codo, unos dientes se rajan producto de un puñetazo, las bisagras de unos lentes —tus lentes— salen disparadas por los aires. Varios celulares y billeteras son sustraídos subrepticiamente por uno o múltiples ladrones de poca monta. Un hombre cae en medio del círculo humano que gira y gira sobre su mismo eje. Los 6 Voltios dejan de tocar: el círculo humano se detiene.

    ***

    Que se acerca a su fin, aunque nadie lo anuncia ni lo enuncia, es algo que se puede intuir. Ya sea por el agotamiento —el tuyo, el de los músicos— o por la hora —02:00 a. m.—, uno puede presentir que el concierto-reunión de 6 Voltios está a punto de acabar. 

    —Este concierto más que ser un concierto, es como una fiesta, una reunión, una celebración. —dice Alexis y, junto con Mapache y Emilio, interpreta su segunda canción más conocida: “Wirito”, la cual los puso en el radar musical veintitrés años atrás, allá en 1999, luego de que Manuel Sanguineti decidiera pasarla por su radio de rock, Doble Nueve. El cómo llegó dicha canción a los oídos de Sanguineti es algo que no saben ni los propios músicos. Tú, por supuesto, tampoco lo sabes. Lo único que sabes es que hace frío, que estás cansado y que, una vez acabada la canción “Wirito”, los 6 Voltios han comenzado a tocar la archimegaconocida “Lejos”. Estoy cansado. / Tan aburrido. / Ya no me importas. / Ya no quiero estar aquí.

    Minutos más tarde los 6 Voltios anunciarán el fin del concierto y los asistentes comenzarán a retirarse del local. Unos cuantos —los que perdieron sus pertenencias durante el pogo ritual— se quedarán durante varios minutos más, buscando infructuosamente sus cosas entre el mar de plástico y tecnopor que parece querer inundar todo el Plaza Arena.

    Tú también estarás ahí con ellos. Aunque no buscando un objeto, sino a tus patas. Los buscarás durante diez o quince minutos. Tiempo suficiente para percatarte de que cualquier búsqueda que emprendas estará destinada al fracaso absoluto: eres miope, perdiste tus lentes en el pogo y tu celular está sin batería.

    Ni bien abandonas el local, te subirás al primer carro que te lleve a casa. En el trayecto, producto del cansancio y el alcohol, te quedarás dormido y volverás a tus diecisiete, dieciocho años. A tu etapa universitaria. A la época en que tu vida se resumía en tocar covers de 6 Voltios, y escapar de clases para llegar puntual a los “ensayos” con tu banda. O al menos hacer el intento. Porque en honor a la verdad, nunca llegabas a la hora. Daba igual si se trataba de una sala de ensayo en Carabayllo o un lupanar lumpen en Huachipa, tú siempre eras el último en llegar. Siempre tarde, huevón. Siempre a destiempo. Como esta crónica.

  • Electroshock

    Electroshock

    Escrito por John Pereyra

    Tras varias búsquedas infructuosas en Internet, queda claro que Electroshock: Compilatorio Oficial (1999) merece —al igual que tantos otros trabajos diseminados hasta mediados de los 2000— una reedición digital que le ponga a consideración de nuevas audiencias para preservarlo como legado de la escena independiente peruana. Pero al menos la existencia de esa cinta compilatoria es de dominio razonablemente público en el ambiente. Ello no sucede con su predecesora, que asimismo se llama Electroshock y que constituye el principal motivo por el que …Compilatorio Oficial recibiera tal “subtítulo”. El primer Electroshock obra en poder de sólo unas pocas personas, coyuntura más que suficiente para dejarle en modo free download a quien lo quiera escuchar y replicar —y, de paso, contar parte de su historia.

    ENTONCES, LA FRUSTRACIÓN NO LO CUBRÍA TODO (PERO CASI)

    Con Maquinaciones (1997), el split al lado de los magallánicos Lluvia Ácida, el finado Leonardo Bacteria logró desembarazar a Insumisión del sambenito eurobeat que le había colgado su epónima grabación de 1996. En efecto, Insumisión se renovaba en ese 50/50 encausándose hacia el industrial más artero, por momentos cercano al gabber (cf. “Raza Humana” o “Suicidio En Masa”). Leo andaba con todas las pilas puestas tras un año en el que también había lanzado la seminal producción peruano-chilena Infamia (Una Recopilación de Música Electrónica E Industrial), así que no pensaba en otra cosa que no fuera crear/editar/tocar. No necesariamente en ese orden. Decidió, pues, ensamblar una nueva muestra colectiva en tape; a la que bautizó Electroshock. Ésta vio la luz la noche del sábado primero de marzo de 1998.

    Tengo muy presente la fecha por varias razones, todas ellas personales. Aquel día a las 7 p.m., jugaban Sporting Cristal y Universitario de Deportes por la cuarta fecha del torneo Apertura. Tras unos años magros en coronas, la U —equipo por el que he hinchado toda mi vida— había comenzado la campaña arrollando a Melgar FC por 3-0. Desafortunadamente, los dos siguientes lances habían terminado en empates muy sufridos, contra el Sport Boys (que igualó 3-3 sobre la hora) y el Deportivo Municipal (al que Universitario emparejó laboriosamente). Se esperaba un triunfo contra Cristal, que al final no se dio —el match acabó empatado a 1. Yo estaba medio fastidiado con el desenlace, así que se me notaba en la cara una cierta molestia, más allá de mi habitual seriedad.

    Arranqué para el depa de mi hermano Sebastián Pimentel, que entonces vivía en la cuadra 5 de la avenida Benavides. Lo había convencido para ir a un concierto planificado por Bacteria en El Más Allá del boulevard de Barranco —hoy un inmueble cayéndose a pedazos, que están rematando y/o alquilando—. Encontré a Sebastián con un primo suyo, que conocía de vista, y que esa noche me presentaron formalmente: Walter Rojas. Una persona con quien también hemos llegado a ser muy buenos amigos. Días más tarde, me diría Sebas que Walter —quien no se nos unió en la excursión barranquina— le comentaría que se me notaba medio asado (razón no le faltaba).

    La performance comenzó a eso de las 11 p.m. Eran los días en que, en lugar de darte un ticket, te sellaban el dorso de la mano. Más práctico, en cierto modo: podías entrar, salir y regresar; con sólo enseñar la marca impresa, prescindiendo del papelito de marras (que podías extraviar por accidente). Pese a los 24 años transcurridos desde aquella noche, ya casi 25, mis memorias serían más precisas si no fuera por algunas circunstancias. El Más Allá se parecía a la casa desvencijada en medio del bosque de The Blair Witch Project, pues se trataba de un local más bien diminuto, y encima compartimentado. Para peor, la iluminación -adrede o involuntariamente- era precaria, programada la cortadora de luz para disparar senescentes azules cerúleos. Lo avanzado de la hora, por último, nos impidió quedarnos hasta el final —creo que Insumisión y Kyleran fueron los únicos a quienes llegamos a ver.

    El único testimonio objetivo de aquella ocasión, por ende, es el cassette; que escuché al día siguiente y que ha permanecido conmigo todos estos lustros. Un registro que, afirma Kyleran, se confeccionó apresuradamente: diseño y gigantografías corrieron por cuenta suya, y la maqueta se duplicó en masa contratando los servicios de una comadre especializada en hacer esa misma chamba para grupetes de idiotizante tecnocumbia favorecidos por el gobierno de turno. Para más señas, Electroshock sólo se pudo adquirir esa noche, al pagar el derecho de ingreso. No se puso posteriormente a la venta el saldo que no llegó a moverse durante la tocada: si luego ha aparecido alguna vez ofertado en tiendas, ha debido tratarse de ejemplares distribuidos el 1/3/98.

    TROGLODITA DANCE

    El valor de este Electroshock debe aquilatarse mensurándole a través de dos perspectivas diferentes. Empiezo por la menos obvia, al tratarse de una rara avis —la intrínseca.

    Al establecernos en 1998 y mirar hacia atrás, la música electrónica perucha de vieja escuela todavía usaba pañales. Los combos y artistas adscritos a ella cultivaban el synth pop y el industrial/post industrial, y no muchas más gradaciones entre uno y otro extremo. Los subgéneros de sesgo rave y post rave apenas estaban dando sus primeros pasos. De modo que, con distinta suerte, los cuatro nombres involucrados en Electroshock propusieron rutas divergentes para oxigenar el incipiente panorama de nuestras músicas electrónicas, en una época en que éstas todavía libraban muchas y muy duras batallas para romper los prejuicios que dominaban al público consumidor promedio de la movida capitalina. Techno minimal, amagos de trip hop, esbozos de jungle, posología Detroit, gabber… Esos nombres fueron los de DJ Kyleran (cuyo chaplín quedaría reducido luego a Kyleran), Mupne, Vacuna Tu Hijo e Insumisión. Tres de ellos —los tres últimos— repetirían experiencia en Electroshock: Compilatorio Oficial, k-set de rango más abierto que incluyó proyectos experimentales cercanos al post rock como Evamuss, Triplex-b-Macnafusa y DiosMeHaViolado —es decir, el otro frente gracias al cual la electrónica nacional evolucionó y hoy goza de estupenda salud.

    Con media hora de extensión y monedas, Electroshock abre fuego vía Javier Fernández (a) DJ Kyleran. Su póquer de cuatro surcos tienta practicar un dramático update respecto de lo que venían haciendo nuestros créditos hasta entonces. El individualista suena moderadamente cool y comparativamente trippy en “Meridianoø” y en “Casco Viejo”, muestreando este último una secuencia completa de drum’n’bass que taciturna se hibrida con la ominosidad dantesca del EBM (según qué oídos, la pista puede causar una paraplejia auditiva). Ambos números reflejan esa tensión urbana que no captan ni el esmerado ejercicio rítmico de “Conspiración” ni el trippeo devenido en proto jungle vuelta-de-tuerca-mediante de “V/F (Mezcla Errada)”. Sin embargo, la espina dorsal de las programaciones y secuencias de las cuatro piezas —armadas con el Sound Club, una reliquia tracker— es traspasada por el polirrítmico acid funk sci-fi y el tribalismo intergaláctico de los estetas de la Ciudad Motor.

    A la de Kyleran sigue la intervención de Vacuna Tu Hijo, dúo formado por Renzo Ortega y Sun Cok, que después editaría en CD su debut y despedida La Popular Electrónica (1999), referencia que nadie se ha tomado la molestia de rescatar aún. Las letras del dueto son inflamadas, denunciatorias, de airada filiación punk; lo que es un puntazo a favor teniendo en cuenta que en aquellos tiempos la dictablanda fujimontesinista había copado los medios masivos de comunicación y silenciaba toda exposición de los crímenes y de tentativa de crítica hacia el régimen. La conjunción de letras y estilo escogido, no obstante, no favorecía al binomio. Acaso lo más convencional de la cinta, VTH era synth pop del más elemental, que hace pensar en unos Depeche Mode o unos O.M.D., los dos en estado pre-larval. El vector resultante terminaba sonando demasiado naif, y eso les posicionaba cerca de lo que poco después hizo una parodia de banda como Hijo De Marx (Ayacucho).

    Mupne despacha el filo más intratable de Electroshock. Alguna vez bajista en la formación punk Azmereír (donde su desempeño era prometedor), Mark Reátegui colabora con el corte más largo, “Música Para Niños Especiales”. Es éste un conglomerado algo frankensteiniano de diversidad de estilos. Por espacio de más de 7 minutos y medio, Mupne testea diferentes códigos de un solo round. “Música…” empieza en fase proto synth, para luego utilizar beats de hip hop sobre los cuales juguetea la circularidad del artcore. El género de Goldie y Roni Size desaparece prontamente, pero no el pastoso pulso hiphopero. Traspasados los cuatro minutos, Reátegui samplea una risa histérica, a la que intercala la cadencia característica del reggae —golpe de batería en el tercer tempo de cada compás. No puedo decir que me agradara del todo Mupne como acto (menos me convenció el canal que coló en Electroshock: Compilatorio Oficial, “Cornolio For Bonholio”), pero no le puedo mezquinar su ingenio y su natural inclinación a pulverizar prejuicios.

    Finalmente, Insumisión repite aquí dos de los tracks más logrados de Maquinaciones, “Legalicen” y “Retrógrado”. Una vez alabada la sampladelia del primero —ABBA/Erasure, la insípida Alanis Morissette, un cajón afroperuano— y la metamorfosis industrial que ambos comportan, de contundencia sin límite de caducidad, no queda mucho más para decir que lo que ya se ha dicho antes en muchas tribunas.

    ESTUDIOS SIN TRABAJOS

    Bytes atrás, decía que la valía de este Electroshock tiene que juzgarse desde dos puntos de vista. El segundo, el más evidente, es el arqueológico.

    Junto con “Cornolio…”, “Música Para Niños Especiales” es todo lo que llegó a grabar el seudónimo de Mupne. Mark Reátegui parece haber guardado definitivamente esa piel en el baúl de los recuerdos. Mucho después, el ex Azmereír vivió una segunda vida —igual de corta— a través de su unipersonal Rat Brain Dub Sound System (Cerebro De Rata EP, del 2011, es a día de hoy su única entrega). En idéntico sentido, sólo una de las composiciones que Vacuna Tu Hijo cede aquí fue re-empacada en La Popular Electrónica (“Plástico Amarillo”). El tándem se desarmó en el año del Jubileo, fundando Ortega en el 2004 la entidad R-Tronika, permaneciendo tanto él como Cok ligados al mundo de las artes digitales.

    En cuanto a DJ Kyleran, al año siguiente eyectó su estreno Hábitat EP con tomas distintas —mayor duración, sampleos añadidos— de casi todos los temas de Electroshock. Casi. El único que no logró esa merced fue “Casco Viejo”. Luego apareció un disco que no he escuchado, Geometric, tras del cual Kyleran guardó un dilatado silencio antes de volver a sacar algo —Amarillo EP, 2016, por SuperSpace Records. Actualmente, Fernández es padre de familia y vive en Canadá. Parece retirado de la actividad artística; mas, como suele decirse, a todo viejo campeón siempre le queda una pelea más dentro.

    Leonardo Bacteria fue el que más lejos llegó tras Electroshock. Siguió editando maquetas y discos, gestionando conciertos y participando en ellos, hasta dar por concluido su insumiso viaje en el 2005 con Viva La Party, a medias con el ecuatoriano DJ Cholo. Leo se había cansado de Insumisión y se hallaba listo para adentrarse en los predios de la “electroestupidez” con Pestaña. Pero eso ya es parte de otra historia.

    JUNTADO Y DOCUMENTADO