No contentos con la sabrosura de nuestros platos, los peruanos hemos encontrado innumerables modos de fusionarlos, combinando alimentos, ingredientes y texturas, alterando el orden habitual a nuestro más puro antojo.
Probablemente, la expresión mayor de este maridaje de sabores sea el famoso 7 colores: un plato donde encuentras ceviche, tallarines rojos, papa a la huancaina, chanfainita, cau cau y hasta arroz verde, acompañado de mote o también de cancha serrana o yuyo. Obviamente, esta selección no es rígida ni obligatoria, algunos de sus elementos pueden omitirse o reemplazarse, incluso agregar nuevos, de acuerdo a la inventiva de cada cocinero o el hambre de cada comensal.
Lo que nos sugiere la existencia de este plato es nuestra disposición al encuentro heterogéneo y a la abundancia generosa por compartir aquello que a nadie debe negarse: el peruano, rompiendo la ley general de que cantidad no equivale a calidad, sabe que más cantidad significa más calidad porque el tamaño de su amor por la comida es tan grande que se ha vuelto uno de los últimos reductos ante las adversidades y problemas del Perú.
Bajo este axioma, presentamos el minfiest “7 colores” donde buscamos el real junte entre todas (casi todas) las artes: queremos hacer una chanfainita entre música, literatura, cine, visualismo, danza, fotografía y pintura. Es la primera vez que haremos que convivan en un mismo espacio, por ratos ocurrirán en simultáneo como cuando cocinas en diferentes ollas y sartenes.
Música: Calefactor, Almen, Solobones, Juan Camba, High Wantan, Misterio García y Kovako y Di-GO.
Pintura: Ignacio Noguerol
Danza: Jennifer Parra y Chaska Paucar
Fotografía: Pablo Colonia y Almen
Visualismo: Alonzo Vásquez aka Bifurcación
Cine: Giancarlo Espinoza
Literatura: Erick Garay y Peter Cueva
“7 colores” tendrá lugar el próximo sábado 10 de octubre en Terapia Bar y tiene la finalidad concreta de recaudar fondos que permitan producir la primera sesión musical en vivo de Solobones, ensamble peruano conformado por Jonathan Estrada, Juan Camba, Rodrigo Ñiquen y Pablo Colonia, quienes este año han publicado el disco Lienzos. Todos los artistas que nos acompañarán ese sábado han respondido a este llamado a la solidaridad. Esperamos lo mismo del público. La colaboración será únicamente de 25 soles, vía pago digital al Yape 907155715.
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Créditos
Concepto: César Zevallos y Victor H. Llerena Flyer: Victor H. Llerena Organización: Shirley Vivas y Diana Salazar Sonido: Vamsick
Crónica por Diana Salazar / Foto de portada por Andrés Solar
Cuando migramos o nos mudamos, solemos compartir la historia de nuestros barrios a modo de narraciones: hablar del barrio es hablar de tu familia extendida, de tus inicios, de tus familiares y amigos con los que creciste y ya no ves o ya no están, de la construcción de una vida. Así inició nuestra conversación. Mientras almorzaba con César y Erick en el mercado, surgió la curiosidad. “¿Cómo era vivir aquí?”, debo haberle preguntado a César. Hablamos de la alameda Palestina, de su abuela, de sus experiencias de niño y adolescente que recorría extendidamente Caja de Agua.
Llegamos al Parque del Maestro. Siendo las 2:05 p.m., cinco minutos después de la hora pactada, empezaron a llegar pequeños grupos de personas. Todas alegres y dispuestas. Antes de las 2:15 p.m. éramos casi 20. Nos dividimos en grupos para tomar el camino hacia la escalera que nos llevaría al cerro San Cristóbal, pues éramos más de 40 personas. Casi una peregrinación. Una peregrinación bajo el pretexto de escuchar música en colectivo.
Escalando el cerro. (Foto: Diana Salazar)
Reunidos todos al pie de la escalera, empezamos a subir. Llegamos al primer mirador para tomar un descanso, recuperar el aliento y contemplar el panorama que ofrece el cerrito. César llegó al final, trayendo chicha de jora para compartir. Las manos se multiplicaron para que todos puedan refrescarse. Ver a todos tomando fotos, riendo, conversando, compartiendo, muchos sin conocerse, otros reencontrándose, me hizo pensar en el calor que el apu nos regalaba. Aunque la tarde estaba nublada, la energía desbordaba.
César a la cabeza dirigió la segunda parte de la subida. Decidimos no ir por la pista, sino escalar el cerro mismo para llegar a la cima. Mientras emprendíamos la caminata cuesta arriba, me ubiqué detrás de Ceci. Ya por la noche, le comenté y agradecí porque me había detenido a observar que ella escogía y calculaba dónde pisar. Esto hizo que me guíe por sus huellas, para poder tener un trote más seguro. Ceci me comentó que ama caminar. Incluso, cuando estuvo mal del tobillo, no pensó en dejar de hacerlo; por el contrario, se curó haciendo lo que más le gusta: trepar cerros.
Tanto Ceci como César me hicieron pensar en que hablar de tu historia no solo se hace de forma oral: es llevarlo en el cuerpo, en tus pasos, en la forma de experimentar con tu entorno. Ceci no solo me guió, sino que me contó las otras muchas veces en que había hecho lo mismo. César no solo marcó la ruta, nos contó todas las experiencias, voces y sentires que lleva consigo de su vida en Caja de Agua.
Contemplando la ciudad y los cerros. (Foto: Diana Salazar)
Pienso que la salida del 12 de septiembre fue una forma de contarnos sin palabras todo lo vivido, una forma de conocer no una sino muchas historias de niños y adolescentes cuya forma de disfrute era recorrer su barrio: ¿cómo aprendieron esa ruta? ¿cuántas veces subieron? ¿con quiénes se encontraron? ¿qué hacían arriba?, me pregunto ahora. Siento que las palabras no me alcanzan para ilustrar los escenarios que me suscita pensar en la caminata como una conversación. Recuerdo la voz de Centeno gritando “¡La gente de Caja de Agua!”. ¿Habrá subido Centeno, quien vivió toda su vida en este barrio, por esta ruta?
El sábado último, fuimos más de 40 personas impetuosas que transitamos por las faldas del cerro San Cristóbal, hacia lo más alto. Cada persona trajo consigo una parte de su vivencia: aquellos que caminaron cerros en otros conos o en los andes, aquellos que alguna vez vinieron en Semana Santa, aquellos que fueron por la ruta del Rímac. El cerro San Cristóbal nos recibió y, con ello, albergó las historias que cada pisada llevaba consigo.
Habo tocando en el cerro San Cristóbal. (Foto: Diana Salazar)
Mientras iniciaba la sesión de escucha y me preparaba para tomar algunas fotos, me percaté del diálogo entre los cuerpos de las personas y las formas de los cerros vecinos. Casi como un trazo dibujado, muchas líneas y curvas del cerro armonizaban con los hombros, las cabezas, los espacios entre ellos. El cerro no nos habla, pero nos deja muchos mensajes. No nos toma las manos, pero está uniendo el espacio entre uno y otro cuerpo. Se mimetiza contigo, sigue la línea de tu cuerpo: eres parte de él.
Después de la sesión de escucha y las presentaciones musicales, llegó el segundo compartir. Las humitas se han vuelto un corazón en el lenguaje de Espacio Sonido. Algo pasó, algo cambió. Recuerdo la primera vez que César sacó una humita de su mochila en Terapia Bar, alrededor de las 2 a.m. Fue tan imprevisto, pero tan genuino, que nos emocionamos y disfrutamos del gesto y el alimento. Hoy por hoy, es un alimento esencial de nuestros espacios. Es también un recordatorio de las manos trabajadoras que sostienen la vida, los organismos y los afectos.
Compartir con chicha de jora para hidratarse y continuar la caminata (Foto: Diana Salazar)
Al cierre, aún con el cansancio, había mucho ánimo de continuar compartiendo. Ya de vuelta, el Parque del Maestro —importante espacio de organización en San Juan de Lurigancho— fue testigo de los abrazos, las palabras, las ideas y las promesas de reencontrarnos. Ya luego conversamos con César sobre la suerte de que todo el grupo haya podido llegar bien. Y aunque pensamos en algunas precauciones, la convicción y el disfrute de todo el grupo por hacer el recorrido nos movilizó rápidamente hacia la cima. Pensamos también que el apu nos acompañó, nos dio fe y fortaleza. Como semillas, fuimos transitando y llevando con nosotros un espíritu renovado en busca de otro corazón para descansar y conversar.
Abiertas las latas de cerveza y el celular pasando de mano en mano para poner la siguiente canción, Gian y César notan que desde una de las esquinas del parque donde nos hemos sentado a prolongar este encuentro, se puede ver la cruz. Una gran cruz, marcada por las luces y el contraste del oscuro cielo. Nos sorprendió verla y sentir el cerro tan cerca, habiéndonos tomado tanto tiempo subir y bajar. Aún así, se sentía como si al cruzar la pista y llegar al otro lado del parque pudiéramos encontrarnos nuevamente con la experiencia vivida.
Descendiendo del cerro con música. (Foto: Diana Salazar)
“Música para cerranos” fue una excusa para escucharnos en otros espacios de la ciudad. Para visitar el barrio y las historias de nuestros amigos. Para compartir esperanza y música, agua y caminatas, humitas y chicha; pero, sobre todo, para encontrar nuevas sensibilidades que nos permitan habitar nuestras realidades y construir nuestros horizontes. Lo que aparenta ser una salida de vistosos panoramas, fue en realidad un reconocimiento de la presencia y compañía que nos ofrecen nuestros apus. Se sientan junto a nosotros, son borde y sostén, nos atraviesan, nos separan y nos unen. Siempre nos guían.
Hay que olvidar las penas del alma, sentir el calor del amor.
Última actualización el 04 de septiembre (12:14 hrs)
Existen lugares destinados para la música. Se piensan y se construyen con un diseño arquitectónico: arenas, salas de conciertos, teatros, auditorios, anfiteatros, incluso peñas o bares. La experiencia está previamente optimizada, planificada, condicionada. Los espectadores deben ocupar un lugar fijo y adoptar un comportamiento que puede transitar de lo ceremonial al goce. Se busca principalmente la comodidad del público. En varios casos, el consumo de alimentos y bebidas es una prioridad.
Otros lugares se adaptan para la música: centros culturales, museos, galerías de arte, clubes sociales, suelen albergar conciertos o recitales, aunque ello no sea exclusivamente su función; la experiencia puede resultar confortable, pero sigue siendo controlada. También están los lugares que se pueden improvisar para la música, como una plaza, una alameda, una calle peatonalizada, un parque, una vía o cualquier espacio público que se logre apropiar, siempre y cuando existan mínimas condiciones de infraestructura y seguridad. En ambos casos, la comodidad no es indispensable, lo que más importa es el sentido de pertenencia.
Luego hay una larga lista de espacios negados para la música, ya sea por la falta de un diseño arquitectónico, infraestructura o seguridad, o por la estigmatización como espacios incómodos u hostiles para la comunidad (como la entrada a un túnel oscuro, un humedal en Ventanilla o la punta de un cerro en Comas), vaciando así su significado y su potencial para la música y, en consecuencia, para la (re)producción de identidades y la restauración del tejido social. ¿Cuáles son esos espacios? ¿Tienen alguna importancia? ¿Merecen nombrarse y ser redescubiertos, resignificados, reapropiados?
Desde sus inicios, Espacio Sonido ha hecho más que periodismo. Su propósito fue siempre ser un puente hacia lo real, invitar a las personas a experimentar la música en espacios que no están habituados para ella, insospechados para la mayoría. Imaginar lo imposible como posible. Un primer intento fue la incursión a Pamplona Alta, realizada en marzo pasado. Esta vez, vamos por el segundo.
El próximo sábado 12 de septiembre, Espacio Sonido llevará a cabo una excursión y sesión de escucha en el cerro San Cristóbal, entidad espiritual y centro de adoración de las poblaciones prehispánicas del valle del Rímac; en la actualidad es uno de los principales destinos de peregrinación católica tras la invasión española. Con el paso del tiempo, el cerro San Cristóbal ―cuya denominación ancestral es Apu Usharu― se ha convertido en uno de los símbolos culturales, religiosos y turísticos más importantes de Lima, así como uno de los miradores que ofrece una de las vistas panorámicas más completas de la ciudad.
A esta aventura la hemos llamado “Música para cerranos”, un nombre pensado para reivindicar la identidad urbana popular de quienes habitan en los cerros de la capital, proponiendo el nuevo término (“cerrano”) como una variante lúdica al léxico original (“serrano”), con el fin de superar la carga despectiva impuesta por las élites sociales, económicas y políticas hacia los migrantes de la Sierra, sus descendientes y también a los vecinos que crecieron en los conos de Lima.
ITINERARIO
El punto de encuentro será a las 2 p. m. en la estación Caja de Agua de la Línea 1 del Metro de Lima, en San Juan de Lurigancho. Desde allí se dará la bienvenida, una breve presentación colectiva y se iniciará la caminata a pie, por una ruta segura que se ha evaluado previamente, hacia la cima del cerro.
Al llegar, nos reuniremos y se dará inicio a la sesión de escucha. Para ello, se usará un parlante para que los participantes aprecien un compilado de canciones representativas de la identidad peruana, intercambiando ideas y dialogando a través de la música. Además, estarán presentes artistas locales, quienes tienen preparado números artísticos para la ocasión; sus identidades serán reveladas un día antes.
Asistentes concentrados en el festival Bamba Jazz en Terapia Bar, realizado por Espacio Sonido el 30 de abril del 2026 (Foto: Jorge Ingaruca)
Al finalizar la sesión de escucha y la intervención sonora de los artistas, así como la ronda de diálogos alrededor de la experiencia, se descenderá por la misma ruta hacia el punto de encuentro inicial, terminando la excursión.
Esta nueva propuesta cultural será conducida por Cesar Zevallos, vecino de San Juan de Lurigancho y director de Espacio Sonido, quien ha producido y mediado diversas sesiones de escucha en entornos académicos, espacios culturales y lugares públicos.
¿QUIÉNES PARTICIPAN Y CÓMO? PASOS Y RECOMENDACIONES
Esta aventura está dirigida principalmente a personas cuyos intereses giran en torno al arte, la cultura y la ciudad, la forma en cómo generar comunidad o reapropiarse de los espacios públicos. Pueden ser vecinos, profesionales, estudiantes universitarios, cineastas, fotógrafos, músicos, escritores, dibujantes, periodistas, sociólogos, antropólogos, comunicadores, gestores culturales, arqueólogos, historiadores, docentes, entre otros.
Las personas que deseen participar, deben completar el siguiente formulario y esperar una confirmación por correo y la invitación al grupo de WhatsApp donde se comunicarán mayores detalles. La colaboración es de 15 soles por persona, un monto que contribuirá a la sostenibilidad financiera del trabajo independiente en periodismo y cultura de Espacio Sonido. Los pagos se realizan vía pago digital al Yape 907 155 715.
Inscripciones cerradas. Programaremos una segunda edición muy pronto.