Autor: Espacio Sonido

  • Dafne Castañeda: “¿Qué soy? No puedo descifrarlo, pero sigo preguntando”

    Dafne Castañeda: “¿Qué soy? No puedo descifrarlo, pero sigo preguntando”

    Entrevista por Víctor Pérez

    Viernes 01 de abril, 2022

    Ha terminado el concierto en el Centro Cultural de España. Dafne desciende las escaleras del escenario a media luz, con una flor (tal vez un tulipán) en la mano. Por unos momentos en la tarima permanecen un micrófono, una silla de madera y su guitarra. Algunos amigos y el público la abordan para saludarla o tomarse fotografías. Yo espero…

    La primera vez que oí de ella, me la presentaron bajo el rótulo del nuevo baluarte de la música peruana, a propósito de Posguerra, un álbum catalogado como uno de los mejores lanzamientos del año 2020. Por supuesto, desconfié un poco del tono categórico que había en tamaña afirmación, y postergué algunos días la escucha del disco, distrayéndome, más bien, con algunas canciones de su primer EP Una banda que no se formó. Pero supongo que fue inevitable, luego de oír “Canción para andar bajo la lluvia”, que me volcara de manera creciente hacia la totalidad de sus proyectos, y a la exploración definitiva de Posguerra.

    ¿Quién es esta joven cantautora, más allá de los intentos por clasificar sus rasgos musicales (pop, electrónica, new folk, hyperpop, etc)? ¿Por qué algún oyente la describe con admiración “como una mujer que hace observaciones de su mundo interior”?

    Un par de fotografías más. Y ahora sí, el público se dispersa. Tenemos unos minutos antes de que nos inviten a abandonar el lugar. Afuera sus amigos la esperan para celebrar, pues hoy es su cumpleaños, de manera que es un gesto aún más grato el hecho de que nos conceda esta entrevista.

    —¿Cómo te has sentido en esta presentación? ¿Usualmente estás en este tipo de escenarios?

    No es muy seguido, la verdad. Pero disfruto mucho cuando pasa. He tocado con guitarra y voz varias veces. Y siempre es como un enfrentamiento. Porque siento que me gustaría usar más instrumentos en el escenario. Pero creo que la guitarra y la voz es lo mínimo, y para mí vale un montón también, es como reunirte con los amigos y cantar para ellos. Por eso acepto hacer acústicos, porque me gusta esa forma punky de hacer con la voz los arreglos de producción. Me divierto mucho.

    —¿Sabes de qué depende el que te sientas más conectada con el público en el momento en que estás cantando?

    El público es aterrador. No soy muy extrovertida, pero me gusta expresar. Hay como un choque, porque cuando canto las canciones que escribo, revivo los momentos; es como irme a otro tiempo, y no sé cómo puede aparecer un público en ese momento. Entonces trato de, en la inseguridad, pensar “espero no les dé un bajón” o de no caer pesada porque sé que tengo un discurso a veces bastante denso, me voy por la melancolía y la introspección. La gente también es crítica, me han dicho cosas que me han puesto insegura en cuanto a lo que estoy haciendo. Pero cada uno es único, irrepetible, y eso es lo que me mantiene en el escenario, en mi centro. Al final, no me gusta obedecer, cuando me dicen “canta de esta forma” o “no vas a pegar con esto”, pienso que tengo que creer en mí, me pongo a analizar esto porque necesito darme fuerzas sola. La escena local es así, estás solo, no hay de dónde sostenerse, no hay dinero para comprarse instrumentos y no es que todo sea ganar dinero pero hay que hacer esto sostenible. Son cosas que a veces te hacen retroceder, pero al final es la expresión lo que vale, y siempre ir mejorando, eso siempre lo tengo presente, el entrenar la voz o algo que me nazca hacerlo, por ejemplo improvisar, algo que hago mucho en vivo. La improvisación es algo original, exclusiva de la persona que lo haga. Todo eso pienso antes de una presentación, que no debería minimizarme por tocar en acústico, o porque no tengo una voz muy sostenida. No pienso en que hoy me voy a ganar al público, entro con mucho temor y nerviosismo.

    —¿De alguna forma te separas de ellos?

    Cuando ensayo, pienso en el público, me meto como si estuviera en el escenario. Me medio preparo para el miedo, porque sea como sea hay nervios. Esta vez, no se podía ver la cara de las personas (ríe), eso fue bastante loco.

    —¿Estableces contacto visual con el público?

    A veces lo hago. Cuando siento que hay palabras intensas. Por ejemplo, cuando toco “Si alguien pregunta”.

    Últimamente hay más conciertos en vivo, ¿piensas que esta dinámica te anime a explorar nuevas formas de acercarte al público?

    Creo que aparecerá con el tiempo. Yo creo que es como cuando invitas a alguien a tu casa. Está en la puerta. Luego en tu sala. Y después de repente usa tu baño. De pronto, ya está dentro tu casa. Eso es lo chévere. No me gusta ser invasiva, en lo que pasa en su mente, pero siento que tengo algo para ofrecerles humildemente.

    —Recuerdo que en alguna entrevista mencionas que te gusta entretenerte sin molestar a nadie

    De verdad que sí. Paso mucho tiempo sola, y me gusta. Es curioso porque he crecido con una familia muy numerosa. Estoy acostumbrada a la bulla, pero siempre en mi modo solitario.

    —En tus composiciones hay algo que no es usual en la música de la escena peruana: te haces preguntas, hay mucho diálogo contigo misma. ¿Crees que más allá de la soledad, hay otro factor que haya influido en esa manera en que te vinculas contigo misma a la hora de crear?

    Yo he aceptado que soy muy curiosa. Y puedo hablar de algo que me llame la atención, desde lo más primitivo. Realmente me gusta hacerme preguntas. Me gusta descifrar cómo es la vida en sí, conocer gente y cómo es la realidad de un sistema. Me gusta saber lo que significa ser yo haciendo música. Y digo ‘ser yo’ porque soy mujer, marrón, sin economía, sin padres pudientes, sin contactos. Todo eso vuela siempre en mi cabeza. Yo creo en mí, creo en la gente que está acá y que puedo hacer cosas increíbles, como ustedes. Este mundo mezquino, este sistema para pocos… todo eso siempre me ha generado mucha curiosidad. Cada vez es más complejo, ¿qué soy? No puedo descifrarlo, pero sigo preguntando. Ahí está todo. Es inevitable no hablar de la vida y no conversar con uno mismo, el ser humano es experimentador, explorador.

    —¿Te sientes más acompañada ahora que en el pasado en esos cuestionamientos? ¿Crees que eso pueda cambiar la forma en la que creas?

    Con Posguerra experimenté eso. Me metí más a conocer la música electrónica, cómo puedes manipular el sonido. Porque más allá de crear algo, estás tomando el control de ti. Siento que eso me ha ayudado mucho. Hay una evolución, y la seguirá habiendo.

    —Ahora que cada vez más gente se va interesando en tu trabajo, ¿sientes algún miedo en las cosas que vayan a venir?

    Tengo ciertos problemas para ser responsable. Me gusta estar a mi ritmo. Eso me ha traído bastantes problemas. Incluso hay gente que se ha alejado de mí por eso, y es doloroso. Creo que estoy preparándome para eso. Siempre habrá un temor porque es natural del ser humano, pero ¿qué es lo peor que puede pasar? No sé…

    —¿Tienes referentes culturales que sientas que son un soporte para ti?

    Siempre digo Violeta Parra y Mercedes Sosa porque las siento muy cercanas. Si vemos la vida de ellas, no es muy distinta a la de nosotros. Nina Simone es una persona única. Atahualpa Yupanqui tiene una sensibilidad increíble; dentro del mundo machista, ver a un señor con terno hablando tan tiernamente de su tierra, sus historias… Yo de verdad siento que estoy ahí. Victoria Santa Cruz es muy despierta, hay una entrevista que tiene con Marco Aurelio Denegri donde ella prácticamente lo sabe todo, es adelantada a su tiempo. Creo que estos personajes que no son extremada ni estéticamente famosos (para la estética estándar de la industria musical de hoy en día) son seres humanos importantes. 

    —Literalmente tú ves su alma en lo que crean…

    Sí. Bjork y Arca también son una gran influencia. Me llama mucho la atención cómo estas personas siempre buscan sentirse libres. Eso es básico para el arte. Tú tienes que sentirte libre para poder controlar tu cuerpo, tu voz…

    —Pareciera que la gente es cada vez menos libre. ¿Crees que eso puede afectar el cómo se vinculan con la música?

    Es que la industria lo que hace es llamar tu atención, sea como sea. Hay una sobreexposición del arte que no permite que la persona busque, y se limite a recibir algo de la televisión, radio, Internet. Yo creo que la música que hagas llegará en el momento adecuado, tengo fe en eso, más allá de las fórmulas comerciales.

    —Hay también una renuncia hacia lo triste, las dudas, en la música popular o la música que más se te impone…

    Cuando dicen que la música es entretenimiento, lo considero válido. No tengo nada en contra de los hits mundiales. ¡Me gustaría componer uno! Sería muy interesante. Pero son muchos factores, además de la industria, que no la conozco por completo. Por ejemplo, cuánto se invierte en cultura en un país. Más allá de si algo puede funcionar, hay que ver las cosas a largo plazo.

    —¿Hay canciones que te has guardado para ti?

     Sí, de hecho (risas). Tengo muchas canciones.

    —¿De qué depende?

    De repente puede ser demasiado profunda. Eso es lo bonito, de que también puedes tener cosas que obsequiarte. Es una forma de querer también. A veces cuando uno expresa lo que siente, yo creo que debe haber un segundo filtro por parte del creador. Uno tiene que escuchar lo que ha hecho en diferentes momentos, y tomar una decisión. Esas canciones no han pasado mis filtros para publicarlas.

    —¿Qué tipo de filtros son?

    Son filtros muy personales. Sinceramente, es cuestión de tiempo. De repente necesito estar más segura y publicarlas. Pero mi actitud antes ha sido de lanzar algo y desaparecer (risas). Es inevitable, me pasó con Posguerra. Yo sentí que no quería ver a nadie, no quería que me digan nada. Sin embargo, es una experiencia que he disfrutado mucho.

    —Cuando has escuchado nuevamente tus anteriores trabajos, ¿sientes en algún momento que tú no has creado esas canciones? ¿O te sientes muy dueña de lo que has hecho?

    No, para nada. A veces me lo tienen que recordar. Por más que crea que es por un tema de autoestima, no sé por qué, evito escucharme, evito ‘hincar’ ahí. Hay momentos que las personas me lo recuerdan, cuando tengo algún bajón. Eso es interesante, quiero mejorar esa satisfacción.

    —Creo que fue Ribeyro el que dijo “prefiero ser una buena persona a ser un buen escritor”

    Totalmente. Pueden haber ideas, y las entiendo. Creo que hay que ponerse a hacer cosas con una conciencia bien realista de lo que sucede acá. Bueno, no soy una persona que sale mucho de su casa, entonces no puedo dar un panorama de lo que pasa en la escena, pero veo que va por un buen camino. Pero esta idealización de ser el artista de los ránkings no es tan importante.

    —Si no creces como persona, no es importante 

    Sí, eso es importante, ser buena persona. Poder llevar una vida justa.

    —Algunas de las canciones de Posguerra surgieron de un viaje que hiciste a Pichanaki. Cuéntame de ese viaje, ¿cómo se convirtió en un lugar fértil para la creación?

    Me fui a la selva central, a Pichanaki, no recuerdo el año. Viví allá por tres años. Fue mi primera experiencia saliendo de mi casa. Me fui con mi enamorado. No tenía nada, fue un cambio bastante brusco. Pero estaba muy curiosa por todo lo que iba a vivir. Tuve experiencias muy buenas, y muy malas también (risas). Y tuve mucho tiempo para componer. En Pichanaki escribí ‘Si alguien pregunta’, la primera canción del disco. Pichanaki me enseñó a ver Lima de otra forma, a apreciar su belleza y entender a la gente. Eso me importaba un montón, yo trabajaba de mesera en una pizzería en Pichanaki. Necesitaba ‘volar’ sola, sin ver a la familia. Tuve perros allí (risas). Me enseñó un montón. No es nada que no se pueda vivir ahora, estoy acá y me siento como en Pichanaki, con esa tranquilidad. Me gustaría volver allá o ir a otro lugar que no sea Lima a explorar algo musicalmente.

    —¿Qué otras canciones surgieron en Pichanaki?

    En el 2017 hice un EP llamado Una banda que no se formó. Antes de irme a Pichanaki, tocaba en Fábula, una banda de punk melódico (chikipunk). Nos separamos porque había responsabilidades más serias como buscar un trabajo (risas). Hice este EP porque quería hacer una banda, pero mis habilidades sociales no me permitieron (risas). Tiene canciones bastante íntimas, con una estructura no convencional, con escritos cantados. Todo ese EP lo compuse en Pichanaki. Vine a Lima para producirlo, en una semana. Pero tengo más cosas como composiciones con guitarra. Pero está en mi banco de audios de celular en celular.

    —Entiendo que algunas de las cosas que te influyen para propiciar tu creación es un espacio cercano a la naturaleza

    Siempre ha coincidido con eso. Me estresa mucho el tráfico, siento todos los sonidos en mi cabeza, siempre he renegado por eso. Cuando llegaba a casa de trabajar, solo quería estar tranquila, podría dormir pero tocaba la guitarra y, con suerte, me salían un par de temas. Recuerdo eso como una contradicción: si uno ya tiene mucho tiempo libre y puede tener el espacio para componer, uno extraña cuando tienes el tiempo ocupado, es algo que estoy aprendiendo a controlar. Creo que es el ritmo de la ciudad lo que me ha hecho ser así. Lo experimentaré cuando vuelva a vivir por Lima, no lo sé.

    —¿Actualmente tienes más tiempo libre para crear?

    Sí. Ha sido bastante forzado por la pandemia. Las cosas se han direccionado de una forma. Todo el 2020 ha sido bien revelador. Estaba asustada y no quería publicar nada, entré en pánico, pero salió Posguerra.

    —Esos tiempos en que trabajabas y desfogabas creando, ¿han terminado?

    Así de intenso, sí. En ese trabajo hacíamos horas extras y no nos pagaban por eso. Era pesado.

    —¿Piensas que podrías regresar a eso o ya estás viviendo de la música?

    Siempre estoy haciendo eso. Para mí es importante hacer cosas manuales, cosas diferentes. Me estimula más. Apoyar en una parrillada, por ejemplo. Claro, no creo que vuelva a esos horarios tan intensos, espero que no, pero hacer otras actividades me regresa un poco a esta naturaleza urbana. Y también vengo de una familia que es muy exigente, que me empuja a trabajar mucho, ser profesional. Por un lado, entiendo el mensaje positivo de mis padres, pero lo tóxico no. Uno se siente agradecido también cuando mueves el cuerpo. Puedes hacer cualquier cosa más, caminar, coger plantas, no necesariamente trabajo dentro de un sistema laboral.

    —¿Cómo llegaste a cubrir la parte económica de tus producciones?

    El primer EP lo cubrí yo. Posguerra fue una propuesta de Catenaria Discos. Yo estaba financiando el disco en primer lugar. Antonio Espinoza escuchó lo que estábamos haciendo con Daniel Quiñones, le gustó mucho y me propuso eso y yo acepté. De hecho, creo que hubiéramos tenido Posguerra el año pasado o este año, si es que eso no salía (risas). Con Antonio hay un montón de libertad, el equipo de Catenaria es bien paciente y aprecian mi trabajo.

    —¿Sientes alguna presión para crear? ¿Hay planes para un próximo álbum?

    Sí, tengo suficientes cosas como para sacar un álbum. Y esto de la presión… Quiero estar mejor preparada. Si lo hago por una presión, saldría algo que las demás personas estarían buscando. Pero si lo hago esperándome a mí, sería algo más real de repente. No sé. Tampoco siento que tengo que publicar algo ahora. Tengo un single que saldrá a mitad de año.

    ¿Cómo es tu proceso creativo? 

    Casi siempre es improvisación con la guitarra. Dejo que hable y yo contesto. Es una relación un poco extraña. Hay momentos en que en la calle se me ha ocurrido algo, y tomo notas en el celular, lo uso mucho para eso. Cuando hago música es un acto de amor propio, cuando toco el instrumento que me gusta o cuando canto. Hay vibración, resonancia que crea un efecto en mí y, lo más precioso, crea efectos en otras personas.

    —¿Sueles recordar los momentos en los que empezaron a nacer tus canciones?

    Sí. Es más, cuando las toco, puedo revivirme en esos momentos. Eso es lo que más me gusta (risas). Siento que es una especie de puesta en escena, porque cuando tú estás hablando puede que tu mente esté en otro lado. Me acuerdo totalmente cuando compuse «Si alguien pregunta», lo primero que hice fue la última parte. La vez pasada encontré un cuaderno donde estaban los apuntes para «Antes de nacer». «Contra el viento» la compuse en mi casa, en Santa Rosa. Esta canción y «Lo digo de verdad» se hicieron en el proceso de producción de Posguerra. «Frío 2020» estaba compuesta antes, pero la versioné para este disco.

    —¿Cómo ves tu proyecto musical a largo plazo? ¿Hay algo en lo que dirías “esto no puedo dejar de hacer mientras esté viva”?

    Hacer música es lo que quiero hacer toda mi vida. De repente el diseño gráfico también. En realidad, me gusta crear. Me salen muchas cosas de la improvisación, es inevitable, es como comer.

  • La inventiva híbrida del jazz

    La inventiva híbrida del jazz

    Reseña por César Zevallos

    Vaya vuelta de tuerca la que Steve Lehman y compañía emprendieron en 2016. Los esfuerzos se dirigían a conducir el jazz por un nuevo estadío. Atrás quedaron las placas magnánimas del siglo XX que hoy parecen revelarse como milagros inalcanzables, y digo atrás porque ha pasado mucho tiempo desde la épica del Kind of Blue (1959) de Miles Davis, The Black Saint and the Sinner Lady (1963) de Charles Mingus, A Love Supreme (1964) de John Cltrane. Más de medio siglo después, con oyentes de un ethos y sintonía completamente diferentes, aparece el álbum Sélébéyone, inmerso en un ambiente global poco alentador y con muchos retos para el progreso de este género musical. 

    Sin tapujos, podríamos asumirlo como una placa con importantes lecciones al establecer un vínculo poco explorado entre jazz, hip hop y electrónica, así conoceríamos más a fondo sobre cómo su gesta bebe de los principios de la música espectral y disfrutaríamos visceralmente de sus rutas para llevar al oyente a una estación lejana y misteriosa. En definitiva, entender a Sélébéyone como un disco de una inventiva híbrida que fue compuesta con diferentes tradiciones estilísticas en una alquimia salvaje, pero controlada.

    Rastreamos el inicio de esta historia antes de que el compositor, intérprete y académico Steve Lehman (Nueva York, 1978) reúna al productor y MC HPrizm, al saxofonista Maciek Lasserre, y este último al rapero senegalés Gaston Bandimic para conformar la génesis de Sélébéyone. Y es que después de que Lehman publicara en 2009 su disco Travail, Transformation & Flow bajo el sello Pi Recording, ya estaba recibiendo consultas sobre su método de trabajo, además de una recepción bastante positiva, por su “síntesis de armonía espectral, materiales rítmicos muy estructurados e improvisación”1.

    A su ánimo por combinar la música espectral con el jazz, aunaba las formas afrológicas de la improvisación2 con las cuales se siente profundamente influenciado no solo por el propio sonido (él mismo ve a su trabajo como parte de un linaje musical que encabeza artistas de la talla de Charlie Parker, John Coltrane, Anthony Braxton, Henry Threadgill, George Lewis, entre otros), sino también por el modelo de trabajo colaborativo que privilegiaban estos artistas para intercambiar ideas en el proceso de composición. 

    Steve Lehman ha logrado establecer un vínculo creativo entre jazz, electrónica y hip hop

    Estas inquietudes por incursionar modismos de música experimental en el jazz rompen con la idea de que el siglo XXI es poco fecundo para estos fines. Una lectura interesante es la que atribuye los esfuerzos por reinventar el jazz como un “fenómeno de innovación sostenida” en la que Steve Lehman sería “el más original representante de esta camada”3, en comparación al resto de exponentes jóvenes del sello Pi Recording . Rondan pocas dudas al respecto. Una razón más se encuentra en una línea de análisis similar en la que se reconoce que Lehman “se une a un movimiento de músicos que están ampliando la conversación entre el jazz y el hip-hop, un venerado grupo que incluye a artistas como Kamasi Washington, Thundercat y el rapero Kendrick Lamar”4. Pero la dirección a la que busca llegar Sélébéyone no se limita a expandir el territorio sonoro conocido como jazz rap, sino a la electrónica underground. 

    Sélébéyone es el fruto de un músico con una mirada modernista que busca abrir nuevos horizontes. Esa máquina con una andadura orgánica y cruda que ha creado confirma las sospechas arriba expuestas. Basta oír Laamb’ con su inicio sigiloso y denso, determinado y conciso, narrando con filosofía y un énfasis casi pugilístico que “The criminalize the victim, the truth sets is, contrasted drastically faces, casted from plastic, smile back wickedly, no mask on”; ‘Are You in Peace?’ con sus múltiples capas sonoras superpuestas en un torbellino de sonidos insidiosos, casi neuróticos; ‘Cognition’ con sus ecos IDM, su carácter progresivo y sus divertidos mecanismos de acoplamientos (entradas, uniones y salidas) entre los sonidos, o ‘Hybrid’ con sus bases sonoras que recuerdan a los momentos cumbre del álbum Vaudeville Villain de Viktor Vaughn (álter ego de la leyenda fallecida Daniel Dumile, más conocido como MF Doom). 

    Son pocas las obras que gozan de un interesante follaje electrónico con un espectro sonoro ambicioso, uno donde los parajes densos y sombríos dejan al saxofón, la batería, el bajo y la programación electrónica desvariar hacia lo desconocido y emocionar por su júbilo antitanático. Hay una actitud clara por fusionar estilos y ritmos de forma sintética y hasta totalizadora, como si de Sélébéyone dependiera difundir las estrategias rítmicas que el jazz requiere para seguir apuntando hacia el futuro.

    A mi parecer, la técnica de fundición que aplica Lehman hila un complejo organismo sonoro con una frescura sugerente, proyectiva, y un groove oscuro en el que pululan visiones inquietantes del goce. La exploración de los límites entre armonía y timbre, tono y ruido, electrónica y acústica, y ritmo y duración —características y componentes de la música espectral— “se ve reforzada por la naturaleza tradicional y fundamental de la improvisación como práctica creativa situada en los umbrales de la estructura y el desorden”5. De modo que la improvisación batuteada por el rigor intelectual, y Sélébéyone es la prueba, es un camino de amplias posibilidades para la música, en especial para el jazz. Habrán quiénes sigan este camino. O inventen uno nuevo. 


    Notas

    1. Lehman, S. (2012). Liminality as a Framework for Composition: Rhythmic Thresholds, Spectral Harmonies and Afrological Improvisation. Universidad de Columbia. https://doi.org/10.7916/D8RJ4RKM ↩︎
    2. Lehman, S. (2012). Liminality as a Framework for Composition: Rhythmic Thresholds, Spectral Harmonies and Afrological Improvisation. Universidad de Columbia. https://doi.org/10.7916/D8RJ4RKM ↩︎
    3. Almenara, A. (2014). Pi Recordings y las nuevas direcciones en el jazz. La Mula. https://redaccion.lamula.pe/2014/02/09/pi-recordings-y-las-nuevas-direcciones-en-el-jazz-actual/alonsoalmenara/ ↩︎
    4. Zimmerman, B. (2016). Steve Lehman. Sélébéyone. Downbeat. https://downbeat.com/reviews/detail/selebeyone ↩︎
    5. Smith, S. (2016). Complete Communion: The Best Jazz Of 2016 With Stewart Smith. The Quietus. https://thequietus.com/articles/21438-jazz-albums-of-the-year-review-wadada-leo-smith-donny-mccaslin-esperanza-spalding ↩︎

  • Mute

    Mute

    Hace mucho que no oigo a la ciudad. Que no le presto atención a sus sonidos. Supongo que a veces los detesto.

    Si hay música, está huyendo en los parlantes de una moto que veloz desaparece; si no la hay, en realidad está allí, oculta y deformada en canciones que se aglutinan unas sobre otras. Los sonidos de la calle se mueven de esa manera, hundiéndose, ahogándose constantemente entre sí. 

    Esa mañana, sin embargo, ocurrió de otra manera. Como siempre, salí a callejear por los alrededores del parque San Juan Masías, y los fruteros en la esquina traían sus equipos de sonido en silencio. No había “What is love” ni “The Rhythm of the Night” a tope de volumen, solo una escueta conversación y, de fondo, el típico barullo del mercado modelo. 

    En alguna otra ocasión ese silencio me habría confortado, pero entonces me pareció inverosímil. En el frontis de la iglesia ocurría algo similar: no oí el clásico “Hossana, Hossana” y ningún otro canto sagrado se ofrecía al cielo. Al abordar el autobús para ir al centro, la radio estaba apagada.

    Casi parecía que alguien estaba ocultando la música del mundo. Recuerdo que al acercarse una mototaxi, pensé: no me decepcionará… mas solo se oía el fatigoso run run de un viejo motor que se perdía por otra bocacalle. Era un día sin música… un día extraño, ajeno. Solo proseguí mi paso, seguro de que todo formaba parte de una pequeña cadena de casualidades.

    Tal vez impulsado por una mínima sospecha (¿sospecha de qué?) caminé hasta el Jirón de la Unión, a fin de hallar a los músicos ciegos que sin duda estarían desentonando alguna vieja canción de Pedro Suarez Vertiz. En efecto, estaban allí, el cuenco sin monedas entre sus manos: ninguno cantaba. 

    Eso era raro. Pensé en una nueva prohibición municipal, en un extremo absurdo del copyright. ¿O acaso bastaba una sola moneda para echar andar nuevamente la enorme rueda de la música? Avancé entonces hacia uno de los cuencos y arrojé unos centavos. Esperé unos instantes… Fue en vano, la ciega decidió ignorar por completo el significado de aquel sonido. Caminé luego hacia una iglesia evangélica donde antes funcionaba un cinematógrafo. Me dirigí hacia los bares lícitos de Quilca y hacia los peores… Debía ser una broma. No había música y a nadie parecía importarle. Y tal vez debí aceptar esa ausencia, como he aceptado cualquier otra. En cambio, empecé a sentir una terrible curiosidad por cada individuo que veía pasar con auriculares. 

    En las combis podía verlos: su débil expresión de goce, los ojos cerrados (como para la muerte), un gesto rítmico en sus manos o en sus cabezas. También dispersos en las calles: dos muchachas unidas en el paso compartiendo audífonos in ear. Un guardia de seguridad oyendo un partido de fútbol o un bolero, con la radio pegada al cuello. Y en la cima del Backpacker’s Hostel distinguí una firgura quieta que llevaba unos llamativos audífonos amarillos, contemplando el paisaje ahumado de la tarde enrarecido por el ruido.

    Daban ganas de abordarles, detener su paso y preguntar: ¿qué canción estás oyendo? (como en los videos de Hey You! What Song Are You Listening To?) Pero a esa hora, en que las fábricas y oficinas se vacían, quién podría detenerlos. ¿Y para qué? 

    Digo, si de alguna forma, no sé cómo ni con qué tecnología, pudiera saberlo… Ver las canciones moviéndose entre las calles como gráciles criaturas de la ciudad… “Enter Galactic” de Kid Cudi cruza frente a mí a toda velocidad sobre las ruedas de un skate. “Seven forty seven” de Boards of Canada, anda sin prisa por la misma vereda, extraviándose en una luz vehicular. “How to disappear completely” de Radiohead flota sobre los techos como la luna o un globo blanco que ha soltado un niño. Y entre las miradas de dos jóvenes enamorados se columpia eternamente “Sing” de Travis. Quizás las canciones se movían etéreas entre los callejones que empezaban a oscurecer, y yo era demasiado corpóreo para alcanzarlas. 

    Desatento a mis circunstancias, afectado quizá por el cansancio y el humo de un cigarrillo, me encontré al morir de la tarde nuevamente al pie del Backpacker’s Hostel con auténticas ganas de mirar la ciudad desde su más alta perspectiva. Volví a mirar hacia la terraza, donde había distinguido al hombre de los audífonos.

    Dudé un instante, pero al entrar al edificio ningún guardia detuvo mi paso, por lo que seguí sin problemas hacia las escaleras de mármol. Parecía que no había gente o que estaban todos dormidos. De más está decir que tampoco oí canción alguna. A medida que me acercaba sentí cómo crecía un ruido pesado.

    La puerta que daba a la azotea se encontraba entreabierta, desde allí logré distinguir a un hombre de inquietante estatura, que llevaba un chaleco de contención. Estaba de espaldas a mí, pero sin dudas era el hombre de los audífonos amarillos. 

    Sé que advirtió mi presencia por la sombra que proyecté frente a él.  Viró hacia mí y dijo sin enfado: Por favor no se acerque, estoy trabajando. Luego volvió a colocarse los audífonos que —entonces pude distinguir— se trataba de un equipo aislante de sonido. En seguida cogió una máquina taladradora y siguió destruyendo un muro bajo. 

    A pesar de que la amabilidad de su invitación parecía sincera, no sé por qué alcancé a sentirme avergonzado. Antes de bajar de las escaleras, de súbito me pregunté: ¿qué estoy haciendo aquí? Pero permanecí quieto por un tiempo corto para demostrarme a mí mismo que no estaba obedeciendo al extraño (al menos no con tanta premura). Después me marché.

    Mientras descendía las escaleras, en el punto justo donde se perdía el ruido del taladro y empezaba el ruido de la ciudad, intenté silbar una canción. Tampoco pude hacerlo. 

    Setlist: “What is love” – Addaway,  “The Rhythm of the Night” – Corona, “Enter Galactic” – Kid Cudi, “Seven forty seven” – Boards of Canada, “How to disappear completely” – Radiohead, “Sing” – Travis.