Un cancionero para la historia y para el olvido

En el universo tan sesgado, limeñizado y poco difundido del rock peruano, existen algunos pocos discos fundacionales. Mucho más se restringe el espectro, si hablamos de primeros discos: Frágil y su Avenida Larco, Electro-Z y su registro homónimo, Ertiub, El Hombre Misterioso y Serpentina Satélite en algún rincón cósmico; y paramos de contar. Podríamos argumentar más nombres, pero ese debate se torna estéril. Aun así, hay un acto poco presente en el vademécum de la crítica, uno que emerge desde las largas avenidas de Lima Norte.

Futbol en la escuela (FELE) es la banda de Sayo Arriarán, quien junto a Edgar Espinoza Jr. y Edwin Casquero, compuso, grabó y se encargó de difundir uno de los discos más importantes de la década del 2010. Antes, hay que entender que al Perú le fue difícil entrar al siglo XXI en materia musical; las propuestas que se materializaron a inicios de los 2000, arrastraban nostalgias noventeras (Rafo Ráez), se adaptaban con timidez a las nuevas tecnologías (Theremyn_4) y se embriagaron del revival que gestó la primavera democrática post Paniagua. Eran tiempos en que las novedades venían por el lado del nü metal (Por Hablar, Ni Voz Ni Voto), por los vericuetos rockabillescos de Turbopótamos, y las reminiscencias que se arropaban de los vestigios ochenteros que emulaba Catervas. La cuota de peruanidad vino por el lado de Uchpa, y el empuje comercial de Líbido levantó esperpentos como TK y otras sanguazas olvidables. Ni hablar de los esfuerzos cómicos de cosas como Chabelos.

Es hasta cierto punto comprensible, que los nacidos a inicios de los 90s ante la poca originalidad de lo que les ofrecía la música durante su juventud (década del 2000), y teniendo las llaves del paraíso virtual, se hayan volcado a la escucha obsesiva de todo lo que se alejaba de lo antes mencionado. A partir del 2010 aparecen discos maravillosos desde diferentes aristas: Pedro Mo con sus Ensayos, Santa García con su Nueva Ola, La Lá con su Rosa debutante, los Búho Ermitaño destruyendo el Horizonte; y el disco que en estas líneas nos empeñamos, con alguito de placer, en reivindicar.

Cancionero para víctimas de siniestros (2015) es la gran obra maestra del pop rock peruano del siglo XXI. No es difícil imaginar a Sayo recorriendo los pasillos de la ahora Universidad Nacional de Música, absorbiendo esquemas teóricos entre partituras y rigideces que lo constreñían, amando intensamente las reverberancias del Sonic Youth crepuscular (Rather Ripped), y en constante ebullición de melodías que se acerquen a los Stereolab de Fluorescences. No es difícil imaginarlo lateando de madrugada entre las inmensidades de las avenidas Izaguirre y Las Palmeras, estrujando un corazón muy lastimado por aquellas circunstancias que a todos los adolescentes nos ensimisman: los celos, el no saber y las fantasías rubicundas que aparecen cuando tenemos que definir lo que la sociedad competitiva nos exige: saber qué mierda hacer con nuestro absurdo día a día.

No es casual que el disco emane un profundo nivel de ensimismamiento en sus letras. Esta es la generación que fue criada bajo el falso progreso emprendedurista, y que, con sumas y restas, tuvo que tolerar los histrionismos de Alan García II y la farsa del Ollantismo. El descontento y la decepción que antes se enfrentaban de manera contestataria, ahora se afronta con escapismo (la efímera felicidad, nunca nos corresponderá…), y la búsqueda intensa de un color que se destaque en la paleta ya sombría de la originalidad creativa.

Con mucho tino, la apertura del disco se da con la monumental “Música para fantasmas”, y ese punteo dreampop que pareciera emerger desde las profundidades de ese mar sepia que se observa en la portada (dato curioso: la fotografía es del propio Sayo) para en tan solo 10 segundos establecer todos los componentes distintivos de la banda: un bajo marcando melodías a contracorriente, un drum fill que se apodera de los linderos de la imaginación atmosférica y un timbre de teclado tan juguetón como reminiscente, donde todos van arrullando el rasgueo casi arcano que Sayo tenía guardado desde sus épocas de Hipercubo. A partir de allí, el tema que pareciera un andamiaje sólido radioheadiano, se deslinda de las falsas expectativas y te sacude a cachetadas que parecieran sacadas de los pasajes más amables del Daydream Nation.

Pretender resumir las emociones de este periplo no es tarea sencilla. Cuánto hubiera querido tener 17 años y escuchar “Mejor enemigos” y adoptarla como mía, entendiendo esas disonancias como reflejos de las relaciones adolescentes: repletas de vértigo y mera circunstancia, que en nuestras retinas son como retener la eternidad en un instante. Hasta allí, la fórmula pareciera segura: buenas y recordables melodías, con alusiones a coros, intervenidas por algún quiebre instrumental, que se resuelve entre las bien amalgamadas bases rítmicas del combo Casquero (batería) y Espinoza (bajo).

Como toda obra que pretende sembrar con autoridad su presencia, aparece el dinosaurio en la habitación: “El autista furioso” establece la enorme distancia de Sayo con sus pares. Una tonada intrincada, rasgueada de forma desesperada, con una afinación inusual, y por otra vía el noise deambulando sobre una delgada capa melódica que se va y viene, en aparente cortejo de los versos de Sayo (y en silencio entrar por donde no podré salir jamás…). Una oda al denostado Sonic Nurse, que da paso a un track que exuda trip hop por todos lados: “Hospital” es, con creces, la pieza mejor grabada del disco, a pesar de sus enormes limitaciones técnicas. Se observa la enorme dedicación de la banda por elegir los samples de sonidos de batería precisos, bien arropados por el bajo de Espinoza (grabados por Sayo). Los celos supuran en la ronca voz de Arriarán, al punto de culminar manifestando sus odios expresos al haber visto algunas fotografías que nunca debió ver (no sabes cómo los detesto).

El disco no da tregua y clava un hit con “Mi chompa”. Hace poco pude ver a la nueva formación de FELE y me sorprendió lo mucho que fue coreado, toneado, pedido y esperado, este jab al mentón. Desde el riff inicial, envuelto en ese loop psicodélico del sintetizador, pasando por el rasgueo áspero de Sayo y la batería incorporando elementos del primer Incubus. Permanece el rencor, pero por ratos se resigna, como en ese bello interludio repleto de armónicos y aves digitales (dejaré las drogas y me evaporaré, dejaré que escojas cuando moriré). 

La placa deambula por la auto conmiseración (“After party”) y por sensuales devaneos de confianza cuasi funable en “Descartables” (mira cómo voy a jugar contigo, va a ser muy divertido, lo vas a lamentar, pues vas a terminar donde tú me dejaste), que es la balada más arriesgada del disco. Escúchense esos teclados que recuerdan a “Lucky” de Radiohead; no suena igual, pero la intención está allí, y ello se agradece, porque de eso se trata: de hacer con las limitaciones lo que la imaginación alucina en silencio en esas largas caminatas solitarias donde se mascullan las ideas.

El último tercio del disco diera la impresión de agotamiento, pero está bien pensado y estructurado. El inicio casi infantil y optimista de “La mafia”, contrasta con la pesadumbre de “Navegantes futuristas”, que pareciera un cuadro bradburyano en toda ley y que se resuelve en esa fuga trepidante donde bajo y teclado se funden en un obsesivo galope que pareciera nunca querer terminar, para darle muerte ―de un sopapo― en clave recontra nirvanera, dando paso a la celebración final que es “Souvenir”.

Las resoluciones no son concluyentes ni felices. Sayo sigue desangrándose, pero el recorrido ya lleva rabia por montones, y tras ese bellísimo interludio que sirve de puente calmo para lucimiento de la banda, emerge ese último suspiro como un resurgir resignado y contenido, que pinta un cometa en el horizonte más turbio para despeinarnos una última vez (disimular sensaciones, sus cabellos caer sobre los hombros de él). Todo ha sido dicho: estoy mal y no voy a estar bien, pero al menos acepto que seguiré mirando este horizonte mustio para retratar esta historia que se cocinó a fuego lento en madrugadas, habitaciones solitarias y mucho, pero mucho esfuerzo.

Sayo Arriarán tuvo la virtud de buscar a las personas correctas (el disco se masterizó en Chile) y rodearse de músicos muy capaces, invirtiendo para perder, como tantas veces pasa en este país; pues lo que fue una respuesta bastante auspiciosa de parte de la crítica y los medios en su momento, luego se volvió indiferencia y hasta ignominia de algún sello mercachifle que quiso lo que no le correspondía. Mas, fuera de aquellas historias y un penoso recibimiento al buen Bomba Mágica Meravigliotta, FELE oscila entre el olvido y el gusto de algunos pocos entusiastas de la búsqueda de las aristas menos briosas de esta movida pálida que se teje y desteje en esta ciudad de innovaciones nunca bien recompensados. Y allí va este texto, escrito por un fanático silente con el que afirmamos sin reparos y con gratitud, que Sayo y compañía, escribieron su nombre en la historia de la música peruana, aunque esta historia, bien sabemos, le corresponde casi siempre al olvido.

Jonathan Estrada, miembro de Retablo Musical

2 respuestas a «Un cancionero para la historia y para el olvido»

  1. […] último de los tres discos fue Cancionero para víctimas de siniestros, de Fútbol en la escuela, nos abrió a nuevas distorsiones sonoras acompañadas de un cómodo sentimiento de nostalgia. Son […]

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  2. […] Fútbol en la escuela ha decidido celebrar los 10 años de Cancionero para víctimas de siniestros, “la gran obra maestra del pop rock peruano del siglo XXI” y, debemos agregar, un álbum que tiene el suficiente potencial para convertirse en un embajador de […]

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