Han pasado 10 inviernos desde el lanzamiento de uno de los discos más originales, sólidos y audaces en la historia del rock peruano: Cancionero para víctimas de siniestros, de la banda limeña Fútbol en la escuela, vio la luz un 9 de junio de 2015, posicionándose rápidamente como una producción musical destacada, objeto de críticas favorables que le avizoraban un futuro prometedor.
Si bien con el paso de los años el reconocimiento mediático y cultural no ha estado a la altura de su calidad creativa, hoy la historia se encarga de reivindicar este cancionero posmoderno de sonoridades conmovedoras, pensado para espíritus que no temen ver su lado oscuro ni experimentar la soledad más extrema.
Su estética salvaje, su adictiva disonancia psicodélica y la poesía existencial de sus líricas, son atributos ―nada usuales en la escena musical independiente― que Sayo Arriarán (líder y compositor principal), junto a Édgar Espinoza Jr. (piano y sintetizadores) y demás miembros actuales y anteriores, han sabido crear e interpretar, con un marcado afán perfeccionista, en una ciudad aún reticente a cobijar la innovación artística en todas sus dimensiones.
El sábado 2 de agosto, con el impulso de Espacio Sonido, Fútbol en la escuela celebrará los 10 años de Cancionero para víctimas de siniestros, “obra maestra del pop rock peruano del siglo XXI” y, se debe agregar, un álbum que tiene el suficiente potencial para convertirse en un embajador de la música peruana en cualquier parte del mundo. Por su propuesta melódica y la alta carga sentimental, se trata del disco más importante del indie rock peruano.
Por primera y única vez, las 11 canciones del disco se interpretarán en vivo con un sonido de alta fidelidad, así como los temas del segundo disco, Bomba Mágica Meravigliotta, y algunos inéditos de lo que será la tercera producción, La Mala Reputación.
El concierto contará con la participación de Dafne Castañeda, una de las cantautoras independientes de mayor proyección en Perú, quien ha creado el EP Una banda que no se formó, y el álbum Posguerra,el cual ya se ha convertido en un clásico contemporáneo del pop vanguardista hecho en este lado de Latinoamérica. La acompañará en el sintetizador Lofless, ex guitarrista de las agrupaciones de rock Cerebro de Marcus y Macondo. El dúo interpretará un set electrónico, tan lúdico como hipnótico, guiado por la improvisación.
Quien se encargará de cerrar el concierto será Luxsie, proyecto de música electrónica de ensueño y evocaciones eróticas que viene escalando rápidamente en el circuito artístico subte de Lima, quien tocará temas de su próximo primer álbum a publicar.
Acompañárán también jóvenes agrupaciones como Cualquier color combina con negro, con su pop rock nostálgico, Handy, propuesta de rock alternativo, y Misterio García, banda que hará su debut en los escenarios e iniciará la velada. Las canciones son todas de autoría propia, las cuales ofrecen un buen viento de aire fresco al rock contemporáneo local.
La cita es el sábado 2 de agosto en Vichama Conciertos, ubicado en el jirón Carabaya 954 del Centro Histórico de Lima.
PROGRAMA
Misterio García: 7:30 a 8:00 p. m. Handy: 8:20 a 8:50 p. m. Cualquier color combina con negro: 9:10 a 9:40 p. m. Dafne Castañeda + Lofless: 10 a 10:40 p. m. Fútbol en la escuela: 11:10 p. m. a 12:30 m. Luxsie: 12:50 m. a 1:30 a. m.
ENTRADAS
Early bird: S/ 20 (solo hasta el 30 de junio) Preventa: S/ 30 Puerta: S/ 40 (día del concierto)
Pueden adquirir sus entradas al yape o plin de 950119917. Se registrará el nombre de las personas que adquieran sus entradas en el ingreso al local de Vichama Conciertos.
En el universo tan sesgado, limeñizado y poco difundido del rock peruano, existen algunos pocos discos fundacionales. Mucho más se restringe el espectro, si hablamos de primeros discos: Frágil y su Avenida Larco, Electro-Z y su registro homónimo, Ertiub, El Hombre Misterioso y Serpentina Satélite en algún rincón cósmico; y paramos de contar. Podríamos argumentar más nombres, pero ese debate se torna estéril. Aun así, hay un acto poco presente en el vademécum de la crítica, uno que emerge desde las largas avenidas de Lima Norte.
Futbol en la escuela (FELE) es la banda de Sayo Arriarán, quien junto a Edgar Espinoza Jr. y Edwin Casquero, compuso, grabó y se encargó de difundir uno de los discos más importantes de la década del 2010. Antes, hay que entender que al Perú le fue difícil entrar al siglo XXI en materia musical; las propuestas que se materializaron a inicios de los 2000, arrastraban nostalgias noventeras (Rafo Ráez), se adaptaban con timidez a las nuevas tecnologías (Theremyn_4) y se embriagaron del revival que gestó la primavera democrática post Paniagua. Eran tiempos en que las novedades venían por el lado del nü metal (Por Hablar, Ni Voz Ni Voto), por los vericuetos rockabillescos de Turbopótamos, y las reminiscencias que se arropaban de los vestigios ochenteros que emulaba Catervas. La cuota de peruanidad vino por el lado de Uchpa, y el empuje comercial de Líbido levantó esperpentos como TK y otras sanguazas olvidables. Ni hablar de los esfuerzos cómicos de cosas como Chabelos.
Es hasta cierto punto comprensible, que los nacidos a inicios de los 90s ante la poca originalidad de lo que les ofrecía la música durante su juventud (década del 2000), y teniendo las llaves del paraíso virtual, se hayan volcado a la escucha obsesiva de todo lo que se alejaba de lo antes mencionado. A partir del 2010 aparecen discos maravillosos desde diferentes aristas: Pedro Mo con sus Ensayos, Santa García con su Nueva Ola, La Lá con su Rosa debutante, los Búho Ermitaño destruyendo el Horizonte; y el disco que en estas líneas nos empeñamos, con alguito de placer, en reivindicar.
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Cancionero para víctimas de siniestros (2015) es la gran obra maestra del pop rock peruano del siglo XXI. No es difícil imaginar a Sayo recorriendo los pasillos de la ahora Universidad Nacional de Música, absorbiendo esquemas teóricos entre partituras y rigideces que lo constreñían, amando intensamente las reverberancias del Sonic Youth crepuscular (Rather Ripped), y en constante ebullición de melodías que se acerquen a los Stereolab de Fluorescences. No es difícil imaginarlo lateando de madrugada entre las inmensidades de las avenidas Izaguirre y Las Palmeras, estrujando un corazón muy lastimado por aquellas circunstancias que a todos los adolescentes nos ensimisman: los celos, el no saber y las fantasías rubicundas que aparecen cuando tenemos que definir lo que la sociedad competitiva nos exige: saber qué mierda hacer con nuestro absurdo día a día.
No es casual que el disco emane un profundo nivel de ensimismamiento en sus letras. Esta es la generación que fue criada bajo el falso progreso emprendedurista, y que, con sumas y restas, tuvo que tolerar los histrionismos de Alan García II y la farsa del Ollantismo. El descontento y la decepción que antes se enfrentaban de manera contestataria, ahora se afronta con escapismo (la efímera felicidad, nunca nos corresponderá…), y la búsqueda intensa de un color que se destaque en la paleta ya sombría de la originalidad creativa.
Con mucho tino, la apertura del disco se da con la monumental “Música para fantasmas”, y ese punteo dreampop que pareciera emerger desde las profundidades de ese mar sepia que se observa en la portada (dato curioso: la fotografía es del propio Sayo) para en tan solo 10 segundos establecer todos los componentes distintivos de la banda: un bajo marcando melodías a contracorriente, un drum fill que se apodera de los linderos de la imaginación atmosférica y un timbre de teclado tan juguetón como reminiscente, donde todos van arrullando el rasgueo casi arcano que Sayo tenía guardado desde sus épocas de Hipercubo. A partir de allí, el tema que pareciera un andamiaje sólido radioheadiano, se deslinda de las falsas expectativas y te sacude a cachetadas que parecieran sacadas de los pasajes más amables del Daydream Nation.
Pretender resumir las emociones de este periplo no es tarea sencilla. Cuánto hubiera querido tener 17 años y escuchar “Mejor enemigos” y adoptarla como mía, entendiendo esas disonancias como reflejos de las relaciones adolescentes: repletas de vértigo y mera circunstancia, que en nuestras retinas son como retener la eternidad en un instante. Hasta allí, la fórmula pareciera segura: buenas y recordables melodías, con alusiones a coros, intervenidas por algún quiebre instrumental, que se resuelve entre las bien amalgamadas bases rítmicas del combo Casquero (batería) y Espinoza (bajo).
Como toda obra que pretende sembrar con autoridad su presencia, aparece el dinosaurio en la habitación: “El autista furioso” establece la enorme distancia de Sayo con sus pares. Una tonada intrincada, rasgueada de forma desesperada, con una afinación inusual, y por otra vía el noise deambulando sobre una delgada capa melódica que se va y viene, en aparente cortejo de los versos de Sayo (y en silencio entrar por donde no podré salir jamás…). Una oda al denostado Sonic Nurse, que da paso a un track que exuda trip hop por todos lados: “Hospital” es, con creces, la pieza mejor grabada del disco, a pesar de sus enormes limitaciones técnicas. Se observa la enorme dedicación de la banda por elegir los samples de sonidos de batería precisos, bien arropados por el bajo de Espinoza (grabados por Sayo). Los celos supuran en la ronca voz de Arriarán, al punto de culminar manifestando sus odios expresos al haber visto algunas fotografías que nunca debió ver (no sabes cómo los detesto).
El disco no da tregua y clava un hit con “Mi chompa”. Hace poco pude ver a la nueva formación de FELE y me sorprendió lo mucho que fue coreado, toneado, pedido y esperado, este jab al mentón. Desde el riff inicial, envuelto en ese loop psicodélico del sintetizador, pasando por el rasgueo áspero de Sayo y la batería incorporando elementos del primer Incubus. Permanece el rencor, pero por ratos se resigna, como en ese bello interludio repleto de armónicos y aves digitales (dejaré las drogas y me evaporaré, dejaré que escojas cuando moriré).
La placa deambula por la auto conmiseración (“After party”) y por sensuales devaneos de confianza cuasi funable en “Descartables” (mira cómo voy a jugar contigo, va a ser muy divertido, lo vas a lamentar, pues vas a terminar donde tú me dejaste), que es la balada más arriesgada del disco. Escúchense esos teclados que recuerdan a “Lucky” de Radiohead; no suena igual, pero la intención está allí, y ello se agradece, porque de eso se trata: de hacer con las limitaciones lo que la imaginación alucina en silencio en esas largas caminatas solitarias donde se mascullan las ideas.
El último tercio del disco diera la impresión de agotamiento, pero está bien pensado y estructurado. El inicio casi infantil y optimista de “La mafia”, contrasta con la pesadumbre de “Navegantes futuristas”, que pareciera un cuadro bradburyano en toda ley y que se resuelve en esa fuga trepidante donde bajo y teclado se funden en un obsesivo galope que pareciera nunca querer terminar, para darle muerte ―de un sopapo― en clave recontra nirvanera, dando paso a la celebración final que es “Souvenir”.
Las resoluciones no son concluyentes ni felices. Sayo sigue desangrándose, pero el recorrido ya lleva rabia por montones, y tras ese bellísimo interludio que sirve de puente calmo para lucimiento de la banda, emerge ese último suspiro como un resurgir resignado y contenido, que pinta un cometa en el horizonte más turbio para despeinarnos una última vez (disimular sensaciones, sus cabellos caer sobre los hombros de él). Todo ha sido dicho: estoy mal y no voy a estar bien, pero al menos acepto que seguiré mirando este horizonte mustio para retratar esta historia que se cocinó a fuego lento en madrugadas, habitaciones solitarias y mucho, pero mucho esfuerzo.
Sayo Arriarán tuvo la virtud de buscar a las personas correctas (el disco se masterizó en Chile) y rodearse de músicos muy capaces, invirtiendo para perder, como tantas veces pasa en este país; pues lo que fue una respuesta bastante auspiciosa de parte de la crítica y los medios en su momento, luego se volvió indiferencia y hasta ignominia de algún sello mercachifle que quiso lo que no le correspondía. Mas, fuera de aquellas historias y un penoso recibimiento al buen Bomba Mágica Meravigliotta, FELE oscila entre el olvido y el gusto de algunos pocos entusiastas de la búsqueda de las aristas menos briosas de esta movida pálida que se teje y desteje en esta ciudad de innovaciones nunca bien recompensados. Y allí va este texto, escrito por un fanático silente con el que afirmamos sin reparos y con gratitud, que Sayo y compañía, escribieron su nombre en la historia de la música peruana, aunque esta historia, bien sabemos, le corresponde casi siempre al olvido.
Con la aparición en 1993 del álbum Souvlaki, con el que se cimentó buena parte de la estética shoegaze y dream pop actuales en el mundo, la banda británica Slowdive cautivó por siempre a los espíritus jóvenes.
Cuando uno descubre Souvlaki, inmediatamente ama su sonido cristalino y nostálgico, compuesto de voces angelicales, y melodías tristes y distorsionadas de guitarra. En conjunto, es un álbum con notable poder sugestivo, capaz de absorberte hacia su flujo de íntima belleza romántica, juvenil, ilusoria, perfecta.
Yo lo escuché en mi primer año de universidad. Inquieto por mi descubrimiento, no importaba cuántas excusas inventaba para compartirla. Era una facultad donde enseñaban Letras, en San Marcos; quizá por esa confluencia y desmontaje de sensibilidades que la caracterizaba, los amigos sintonizaban con la música de Slowdive. Pude comprobar en diferentes conversaciones que la entendían como una invitación a consumirse en la ruptura de sentimientos románticos, a dejarse caer en un vacío doloroso con heridas frescas que se producen en las sombras de un pasado inmediato.
Convencido de que esta sensación trasciende mi espacio más próximo, indagué en las experiencias de escucha de diferentes personas que viven en Lima y ubicaban a Souvlaki en los estratos más altos de su amor por la música. El resultado de mi búsqueda me dejó sorprendido porque todos se sentían tocados de forma más o menos similar, ¿o es solo mi interpretación?
Lourdes Heredia, administradora y melómana como todos sus familiares, narra que, a sus catorce años, conoció accidentalmente a Souvlaki cuando buscaba música de Siouxsie and The Banshees en la rercordada Ares, plataforma de descarga de archivos como videos y música.
“Me gustó esa onda nostálgica y melancólica. La parte instrumental me encantaba, y luego al buscar la traducción de letras, me recontra pegué. Le tengo un súper feeling porque me recuerda mis años de adolescencia donde me pasaba el día escuchando Slowdive, incluso me tiraba la pera para dedicarme a escuchar su música. Aunque sea un sonido nostálgico, sombrío y melancólico, eso me causa felicidad, y lo comparto cada vez que puedo. Cuando hablo de música con mis amigos, es imposible no mencionar a esta banda y ese disco”.
Para el periodista Agustín Ricci, quien también es miembro de Espacio Sonido, Souvlaki fue una introducción al shoegaze. Le permitió conocer bandas con una estética similar y, sobre todo, reparó en que “estaba buscando ese tipo de sonido y al final lo había encontrado”. Tal revelación guarda relación con la primera vez que escuchó el disco en su integridad, hace dos años, momento en que “emocionalmente atravesaba un proceso personal en el que cargaba al disco de mucho significado, y creo que todavía es así”.
“Souvlaki” de Slowdive se publicó el 17 de mayo de 1993
Víctor Pérez, artista visual, escritor y director creativo de Espacio Sonido, recuerda claramente cómo conoció a Souvlaki. “Hacíamos un trabajo de la universidad en grupo. Seguro nos encontrábamos todos conversando y enseguida me di cuenta que estaba oyendo un sonido inusual. Tú, César, habías reproducido ‘When the sun hits’. No te pregunté en el momento, pero más tarde le pregunté a Fiorella, ‘¿qué banda estaba oyendo César?’. Ella me dijo ‘Slowdive’ y seguro me deletreó el nombre de la canción para que pudiera encontrarla en YouTube”.
Le pregunté sobre qué le suscitaba Souvlaki. Se explayó de esta manera: “Fue muy sorprendente que cada canción de ese álbum agitara algo en mí, o más bien, me serenara de maneras diferentes. Es como si hubiera encontrado dónde poner toda esa nostalgia inexplicable. Ahora, algunos años después, la nostalgia está justificada, y sus canciones me llevan a momentos en los que confirmo, he sido feliz. Se trata sin duda de un viaje en el sentido opuesto al tiempo, de un viaje al pasado. Hay una cita de Ribeyro, que divaga en torno a cómo se experimenta un viaje en tren cuando te sientas en el sentido opuesto a la marcha. Cuando te sientas en el sentido habitual y miras por la ventana, los postes, las casas, las señales, siempre vienen hacia ti ¿no? Pero cuando te sientas en el sentido opuesto, parece más bien que todo huye, se dispara y se desprende hacia lo lejos. ‘Así, en la vida —escribió Ribeyro— algunas personas parecen viajar de espaldas: no saben a dónde van, ignoran lo que las aguarda, todo los esquiva, el mundo que los demás asimilan por un acto frontal de percepción es para ellos solo fuga, residuo, pérdida, defecación’. Souvlaki, como una nave espacial, me lleva hacia los bríos de la vida que ya he vivido. Y no puedo sostener ningún fragmento, ninguna imagen. Todo se estira y desprende. Finalmente pierdo las imágenes de mi memoria y quedo flotando, suave y manchado de azul”.
No todos amaron de inmediato ni profundamente a Souvlaki. Entre ellos, Mitchel Lanazca, difusor de música en el canal Nuevo Voltaje, reconoce que la primera vez no le gustó porque lo suyo era más el rock alternativo noventero y el grunge. Aunque admite que lo redescubrió por Sonic Youth: “Quería conocer bandas con sonidos más etéreos y espaciales, ahí descubrí a My Bloody Valentine, Portishead, Swans y, por supuesto, Slowdive”. Admite que no había escuchado algo similar hasta ese momento, “saber que este álbum es la representación del dream pop me motivó a descubrir más bandas con ese sonido. Me transmite esperanza hacia la música, me hace sentir en paz conmigo mismo”.
Wilder Gonzáles, no músico desde 1995 en Lima y director del blog Perú Avantgarde, tiene una perspectiva histórica para la recepción de este disco en la Lima de los 90’s. Cuenta que lo escuchó por primera vez en 1993, al mismo tiempo que descubre a My Bloody Valentine, Chapterhouse, Swallow o Spacemen 3.
“Souvlaki lo tenía grabado primero en cinta de cromo ya en el año 1993, grabado de la edición de vinilo inglesa cortesía de la tienda de Eduardo Lenti en Los Pinos (Miraflores). De ley que fue de los artefactos que más me encandilaron por aquel entonces, así que me lo pedí en cinta original yankee y para sorpresa venía con foto del grupo y bonus tracks electrónicos”, explica Wilder. El vínculo fue instantáneo, él lo sentía como un “sonido etéreo, volador, más ruidoso y psicodélico que cualquier disco de Cocteau Twins”. El CD que tenía de Souvlaki, lo cargaba siempre al caminar o cuando frecuentaba Ancón con sus amigos del cono norte.
Neil Halstead y Rachell Goswell, cabezas de la banda, tuvieron un romance, que terminó antes de grabar «Souvlaki».
“Hoy, si bien el shoegaze ya es un sonido bastardeado y carcomido por el capitalismo y el marketing, aún brotan por ahí los neojóvenes en búsqueda de una esencia o del elixir musical, así que Souvlaki sigue siendo un gigante de su tiempo. Diría que lo que más atrae de Souvlaki y Slowdive en general es esa magia y belleza que uno puede tocar con el corazón. Las pruebas sobran, ‘Avalyn’, ‘Catch the breeze’, ‘Melon Yellow’, etc. El contrapeso de las melodías etéreas con las capas de ruido guitarrero, desde luego, son un plus. Pero ello es algo que era usual en la época. Recomiendo escuchar el tema ‘Gravity’ de la banda Moonshake para aquilatarlo”, sostiene Wilder.
Es indudable el poder de este álbum para evocar esas imágenes dulces, lentas e hipnóticas. Creo que los miembros de Slowdive son portadores de mensajes celestiales: bienaventurados quiénes se dirigen hacia lo alto de esa estación espacial Souvlaki para visionar cómo este álbum trasciende cualquier aspecto terrenal y se convierte en un refugio cálido frente a la crudeza de la vida.