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  • Certificado de ceguera: el sentido auditivo como protagonista

    Certificado de ceguera: el sentido auditivo como protagonista

    Espacio Sonido realizará este viernes 25 de abril al interior de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la sesión de escucha Certificado de ceguera, pensada para que el sentido auditivo cobre protagonismo en la exploración musical que fomentamos en lxs participantes.

    En esta sesión colectiva se desarrollará una dinámica para privarse de la visión, con el fin de cuestionar su hegemonía como sentido sensorial predominante, considerado como el que establece nuestro lugar en el mundo que nos rodea, cuando en realidad, dada la orientación frontal de la mirada, es el menos envolvente de los sentidos.

    Entendemos a la escucha como una acción humana que no necesita supeditarse a la imagen ni a la observación del entorno. Así, Certificado de ceguera transgrede la forma de escuchar música en la ciudad, marcando una importante diferencia con sesiones, recitales, conciertos y otros formatos musicales donde la experiencia se configura a partir del espectáculo visual y factores extramusicales. Este es un camino para construir una renovada valoración cultural del sonido.

    La dinámica que proponemos es un acto lúdico para quienes desean descubrir no solo nueva música, sino también nuevas experiencias sensibles con lo real.

    Espacio Sonido ofrecerá una curaduría de música internacional y peruana de artistas poco conocidos, junto a sets de beatmaking e improvisación sonora en vivo, a fin de evocar sensaciones reveladoras, inquietantes y memorables en lxs participantes. Habrá un espacio de diálogo e intercambio de perspectivas, mediado por nosotros.  

    El encuentro será a las 4 p.m. en la puerta 2 de la UNMSM , cruce de las avenidas Venezuela y Universitaria. Nos reuniremos para ingresar juntxs y llegar a la locación. Será una sesión al aire libre, por lo que se recomienda ir con abrigo y bebidas calientes.

    Inscríbete aquí y no olvides dejar tu número telefónico para crear un grupo de WhatsApp donde coordinaremos la llegada e ingreso a la universidad. ¡Lxs esperamos!

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  • El extrañamiento final (adiós Espacio Sonido)

    El extrañamiento final (adiós Espacio Sonido)

    Por Erick Garay

    A mind can blow those clouds away.
    George Harrison, “All Things Must Pass”

    La última sesión de escucha de Espacio Sonido, Extrañamientos vol. III, albergó dentro de sí una pregunta y una certeza, ambas en curioso diálogo y alimentándose una de la otra como un ouróboros conceptual. Las dos se manifestaron con palabras al final de las sendas secciones del evento. Cuando acabó la primera sección, el setlist, la pregunta fue ¿cuál es el hilo conductor temático —que sí lo hubo, pero que no se nos reveló— de tal curaduría musical? Cuando acabaron las presentaciones en vivo, la certeza fue —César mismo, la cabeza del equipo, lo dijo— Espacio Sonido ha muerto. Era el fin de todo. Era el final de este medio/colectivo/proyecto/anhelo/relinche/sonido gutural.

    Déjenme contestar la pregunta del setlist ahora mismo (igual, es solo mi suposición). Yo creo que el eje era el erotismo. La sensualidad. Ese placer a partir de sabernos corpóreos y desear sentir esa corporeidad, otra y nuestra, en el momento exacto de su dulce diálogo. El eros. Es curioso, pero Espacio Sonido decidió despedirse, morir, hablándonos —desde la música— de la pulsión de vida. ¿Qué nos decía esta invitación en el mismo momento del adiós? Aquí algunas impresiones en una crónica de una muerte solo al final anunciada.

    Antes de las canciones, hubo una suerte de introducción: un audio de una voz femenina entre esperanzadora y reprensiva. “Te vi entrar”, oigo, algo de “me gustas”, al fondo: ¿una música como de cantina?, y en la propia voz, un subtono de llanto, “¿te gustaría conocerme más?”, pregunta. ¿A dónde vamos?

    La gente asimilando el set de Habø. (Foto: fxll_fxmxdxs)

    Mmm, mmm, mmm, oh, oh, oh. Así abrió el setlist —ya tal cual— “Body Language”, de Kali Uchis. Ya las luces estaban apagadas, ya las personas se echaban o sentaban cómodas en el Centro de Estudiantes de Arte, de la Facultad de Letras de San Marcos. I wanna go if you wanna go. Era una invitación a hacer el viaje —sin saber qué nos esperaba al final, al otro lado—, a dejarnos llevar por la música y sentir. Estoy enferma y cansada de hablar, cantaba una voz arrulladora y sensual. El resto está en el lenguaje del cuerpo… ¿No? Esta podría ser una manera de definir la música: como el lenguaje del cuerpo, de los cuerpos, las vibraciones que generan las cosas al interactuar entre sí. Esta canción transmitió un lenguaje calmo y divertido a la vez, con la vaporosidad que se encuentra al desprenderse de los pesos y jugar, en ese descubrimiento del erotismo como una interrogante de irresistible formulación y búsqueda de respuesta. I wanna know who you are… Así, just come closer…

    Como un corazón acelerándose, descubriendo el placer de esa velocidad en aumento. Eso me pareció “Stuck in My Skin”, de Luxsie, la segunda pista. Un sonido entre espacial y electrónico, urgente y disimulado, con reverberaciones, ecos, y una voz como un componente aunado a una gama de sonidos de un caudal crecido. La artista estaba presente. En una invitación a los demás sentidos, encendió una vela de una pareja besándose con un palillo de incienso. El olor de este lo fue esparciendo por diversas partes del lugar del evento.

    Aletargado, dejándome llevar jalado del brazo. Y una voz remarcando que ella me ama. Y luego su contrario: she loves me not. Y así, dos certezas opuestas conviviendo en un entramado que te mece entre el arrullo y la nostalgia. Es “Green Hazed Daze”, de A.R. Kane. La canción se tensa, un placer doloroso, unas punzadas cerca al final, pero la voz que no se deja acallar, mi brazo sintiendo aún la presión, aunque la mano que lo aferraba ya no esté, o eso parezca.

    Atención al sonido. (Foto: fxll_fxmxdxs)

    Más personas llegando, sombras en el techo, figuras en las paredes. Rostros conocidos. Pero volvamos a la música.

    Una voz que difícilmente se pueda confundir: Cerati. ¿Soda Estero? En ese momento no tenía la certeza. Qué importaba. Era un trayecto del camino por los sonidos del rock. La batería potente. Las guitarras. Por ahí unos leitmotivs electrónicos. Con el sol de abril / y sin saber por qué / Estoy sudando en nuestra fe / que no para de crecer… “Nuestra fe”, Soda Estero. La voz se va, los instrumentos nos envuelven, algunos coros lejanos, sampleados, luego la voz vuelve… El poder de nuestra fe.

    Y mientras que en “Dissolved girl”, de Massive Attack, una voz femenina parece confiarnos en un canto entre susurros que “cree que está perdida de nuevo” o “necesito un poco de amor para aliviar el dolor”, en “Dale mambo y reggae”, de DJ Warner y DJ Motion, la voz es un instrumento percusivo que nos trasmite un deseo corporal con la urgencia de satisfacerse. La voz se corta, se repite, se juega con ella en una sucesión accidentada, donde el sonido se come el significado, en una pulsión sexual vuelta ritmo. En la canción de Massive Attack, en algún momento la cantante nos dice, misteriosamente: Podría fingir, pero todavía quiero más, antes de darle paso a una explosión de instrumentos. En “Dale mambo…” me parece que hay algo similar, pero desde la diversión de la ingenuidad: ese deseo adolescente de placer erótico interminable, esa conjura con perreo —con música— de la finitud que es el orgasmo —la petit mort—. ¿Vamono pal suelo? ¿Pero en qué sentido? Vamono pal, vamono pal, vamono pal. Por cierto, alguno que otro aprovechó esta canción para “tomar aire”.

    Las últimas cuatro canciones fueron: “Is It Cold in the Water?”, de Sophie, que fue como una dichosa incertidumbre que uno descubre en los terrenos del amor (en mis apuntes: ¿qué viaje es este? / de pronto me siento algo perdido/ I’m falling); “Sex Drive”, de Tricky, dura y festiva y caótica y algo onírica, como si el eros fuera una droga de la que he tomado una sobredosis; la dulce y sexy “Cherish”, de Yves Tumor y el dichoso jazz “Goodbye Pork Pie Hat”, de Charles Mingus…

    Me recuerdo ahora echado en el piso del lugar, con los ojos cerrados, moviendo las manos, sin pensar en nada concreto, y creo que esta crónica tiene algo de artificio, porque el viaje que hice fue sin nombres de canciones o artistas, sin tener la certeza de si había terminado una composición y empezado otra, sin llenarme la mente de palabras, sino de sonido y sensaciones. Recuerdo que terminó la música —el susodicho jazz— y la sensación que me quedó la traduje al lenguaje de las ideas como “un calmado final”, y luego: “un aquietado erotismo”. Ahora, es inevitable, sí se me vienen palabras. Este es otro lenguaje, y podría decir, por ejemplo, que la composición de Mingus fue como el goce calmo luego del sexo, que no teme, como antes hemos notado, el término, sino que dichosamente se regocija en él, se estira en él, como si ese deseo estuviera dándose un descreído bostezo…

    Luxsie se toma muy en serio el erotismo. (Foto: fxll_fxmxdxs)

    Estas son palabras, figuras.

    Es la manera que he intentado, las veces que he escrito para Espacio Sonido, de transmitir lo que es para mí la música. ¿Lo habré hecho bien? ¿O estoy simplemente intentando infructuosamente traducir de una lengua a otra, donde la dificultad no radica en encontrar el término equivalente de otro, sino en que el elemento de una cultura, entendible en su lógica, se pueda visualizar, al menos intuir, en otra, con su lógica también particular?

    Son cosas que uno se pregunta cuando de pronto se da cuenta de que algo ha acabado. Ahora sé que Espacio Sonido ha muerto. En ese momento no lo sabía. En ese momento, se dio paso a las presentaciones: una igual de estimulante mitad del evento con los músicos Habø, Luxsie y, como su cantante dijo, “lo que queda” de Fútbol en la Escuela. Le ahorraré al lector más y más impresiones —palabras, palabras—, y lo invito a que escuche el lenguaje de esos artistas, en grabaciones o en vivo.

    ¿Qué queda por decir ahora? Se acabó la sesión de escucha, se acabaron los Extrañamientos y se acabó Espacio Sonido. Y yo aquí debería acabar esta crónica ya. Una crónica de una experiencia musical creada, de seguro, con la conciencia de su finitud. Pero es como si, al recordar Extrañamientos vol. III, no estuviera dejando que se acabe, ni que se acaben las sesiones de escucha, ni que se acabe Espacio. Y es como si algo en este proceso de escritura, si aún hay unos cuantos al otro lado… sea un modo de contagiar el espíritu de las sesiones de Espacio Sonido, de los mismos fines de Espacio Sonido, o el espíritu inconforme que lo animaba y animaba a sus miembros y cómplices.

    Tal vez el fin de Espacio haya sido contagiarnos su dichosa rabia, en un último afecto erótico con el que nos decía adiós. No todo es música, me dice César, cuando le pregunto si realmente Espacio ha muerto. Y es cierto. Esta vez fue la excusa para crear desde ella, escribir, reflexionar, moverse, hacer música misma… ¿Cuál serán las próximas excusas? ¿Qué creaciones nos esperan? Quiero pensar que Espacio Sonido se ha expandido. O, en todo caso, que sus límites se han diluido en algo mayor, pero cuyo recuerdo aún nos interpela, como en el silencio que te da la palabra cuando acaba una canción y que sientes la necesidad de llenar. ¿Qué diremos ahora? ¿Dónde se encontrarán nuestras palabras, nuestras acciones, nuestros impulsos? La mente, al menos, ya está atenta, despierta, estimulada. La reflexión es inevitable; también, la búsqueda, la expansión, la dicha. Tal vez quede, estos primeros días, una leve sensación de ausencia. Tal vez se nuble un poco el porvenir. Pero confío en las mentes, en unas mentes que pueden apartar todas las nubes.

    Fotografía de portada: Diego Vargas

  • El extrañamiento no termina

    El extrañamiento no termina

    Quienes presenciaron “Extrañamientos” vol. 2, escribieron breves impresiones sobre lo vivido. Como repositorio del calor humano reunido en torno al sonido, aquel viernes de hielo. Como una liberación de la experiencia comprimida en el espacio. Para crear una memoria de la experiencia musical colectiva que Espacio Sonido organizó. Para reimaginar creativamente, siempre, la práctica de la escucha musical, tan escasa en Perú.

    Jonathan Estrada (Solobones): ¿Qué se pensaría de escuchar música tendido en el suelo, en algún salón arrinconado de un claustro cuatricentenario? ¿Qué se pensaría de que aquel espacio esté acondicionado con unas ralas lucecitas y algunos edredones desparramados en el suelo? ¿Qué se sentiría al ingresar y escuchar vibrante y enclaustradamente a Damo Suzuki, de la banda alemana Can, berreando esos 18 minutazos de “Halleluwah”, del más que inquietante y ya clásico Tago Mago? Asumo que los actos subversivos han pasado de dejar pintas en las paredes y proclamar vivas a un cachetón megalómano, y hoy el orden se resquebraja realizando un acto tan bello y sencillo como escuchar. Menos mal existe la irreverencia de la mocedad, menos mal existe San Marcos, menos mal existe un espacio que vincula el sonido, al acto más honesto de resistencia…

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    Surhama Cazorla: El evento se percibió como una galería de arte, al cerrar los ojos podías transportarte de exposición en exposición. Cada paso te sumergía en un nuevo universo de sonidos, visiones y sensaciones musicales que se entrelazaban en una experiencia multisensorial. El ambiente era acogedor y cálido, me hizo sentir cómoda y bienvenida desde el primer momento. Como un colectivo amable, las miradas de los presentes parecían decir: “Hola, ven, siéntate y abrígate con tu mantita”, creando una atmósfera de inclusión y seguridad.

    Erick Garay: Vuelvo a un salón sanmarquino luego de siete años. Esta vez es diferente: no hay sillas, ni pizarras ni docentes. El ambiente ha sido intervenido para una experiencia distinta de la de la cátedra más estándar. Invita a echarse en el suelo alfombrado, apoyar la cabeza en alguna almohada, hojear algún libro iluminado por esa cálida luz de pequeñas bombillas mientras la música previa al evento se sucede en los parlantes. Minutos antes, me había encontrado con gente que no veía hacía años, en Tubos, en los pasillos de la facultad. Van al salón en cuestión, el de la sesión de escucha. Una vez allí, cuando la gente va llenando el espacio, siento un elemento adicional de calidez en el ambiente. Amigos míos, o amigos de mis amigos. Me siento cómodo, parte de un grupo. No quiero decir, aclaro, que la mayoría fuera gente conocida, al contrario, eran desconocidos, pero la idea de estar todos allí, reunidos simplemente para escuchar música, le daba un tono de complicidad tranquila a lo que vendría.

    En algún momento se apagaron las luces. Cerré los ojos. Los mantuve así. Poco a poco mi pensamiento fue abandonando las palabras, las ideas, para dejarse llevar por una corriente de sonidos, de música; no pensaba, por ejemplo, “ha acabado una pista y ha empezado otra”; había silencios largos y cortos, o no los había, en una sucesión única de sonidos. Y mi pensamiento estaba ya en pausa. Mi mente, tan pegada siempre a las palabras, necesitada de ellas para procesar el mundo, para transmitir mi experiencia de él, las había abandonado, tranquilamente, naturalmente. Ahora que lo escribo, no recuerdo haber experimentado eso en mucho tiempo. Ocurrió en las pistas sin voz —tal vez en el primer bloque, de música internacional, aunque ya no estoy seguro—; no había voces que trajeran significado, el sonido era el significado mismo. Tampoco me importaba de dónde se creaba la música, si era electrónica, o de qué instrumento o artefacto se emitía. Me sentía rodeado de un manto, en un lugar donde solo hubiera sonido, donde solo tuviera el sentido auditivo y no extrañara en absoluto los otros. Y yo estaba avanzando en esas ondas, a las siguientes, y a las después de ellas… Es difícil decirlo con palabras. Bueno, estas, en algún momento, volvieron. No sé si de mi mente o del exterior —como con alguna composición donde intervenía la voz humana. Pero el cambio no fue brusco; fue más bien la suma de elementos que volvían, que me recordaban que también eran parte del todo. Fue como cuando una marea mansa te regresa a la orilla, y te recuerda la textura de la arena, o el peso de tu cuerpo en una superficie no acuosa.

    Maricielo Pérez: El bloque peruano me hizo volar. Es increíble cómo fluyeron las emociones, desde la ensoñación de Rafo hasta la indignación de El Dedos. Desde mi lugar, echada en el piso, con la oscuridad a favor de mi timidez, me movía en ese espacio e ideaba escenarios con personas extrañas. Fue mágico.

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    Gabriel Carbajal (h a b ø): Llego. Toco y entro. Observo; el tacto de lo que veo. Personas sentadas esperando el trance, ese, el de abrir las puertas inmersivas de sus cerebros. El ambiente es cálido en contraste con el frío concreto del servicio público, se infiltran ruidos pero el ambiente es cálido aún. Extraña la sensación de espera, mente abierta, miedo al lado, viento helado. Sigo el tacto de lo que veo, todo listo; segundo bloque, el de los peruanos, me salté el primero por comprar un vino seco; viento helado en el ambiente cálido y empieza como tocando, así como yo entrando, pero inmersivo a mi mente sonando. Flota sobre el piso, cruza con tu escucha e irrumpe en tu cuerpo el inconforme sentir de la realidad impregnada, resignada; terminó y ese fue el mensaje.

    Luz Cáceres (luxsie): Las ondas suaves y arrebatadoras de “Extrañamientos” vol. 2 rompieron la cápsula de mi letargo. Me cautivaron y liberaron simultáneamente con su trance melancólico y sensual. Entre los pies y el techo que se extendían en blanco, la música abrió mi mente a cambios abruptos que resonaban y se dibujaban en mis pensamientos. Experimenté una satisfacción profunda en mi desarrollo espiritual, integrándome en lo desconocido y desafiando convenciones. Frecuencias, ritmos y timbres me llevaron a una nueva síntesis compuesta de múltiples capas de percepción y emoción. No hubiese sido posible sin la manifestación/conexión colectiva.

    Matías Loayza: Creo que la música es un puente con la capacidad de conectar memorias en una sala donde nadie se conoce, aún en tiempos de profunda división: “Extrañamientos” lo reafirmó, fue una experiencia que encontré en el frío distante de Lima como un lugar de regeneración, una forma de resistencia frente a la estandarización; desde la autenticidad, la disidencia y la sensibilidad. Era música nacida en la disrupción, una climática escalera sensorial. Me recuerda a quiénes fuimos antes de la era digital, cuando podías sentarte en la oscuridad a escuchar, entre el pulso visceral, el ruido suave de una radio antigua y los discos de una banda local llamada Insumisión. Sonaba un rap como de los 90 escrito por gente inconforme al sistema, un ancla al recuerdo de la migración y los audífonos de cable en la ventana del micro. Lof Less hizo vibrar la guitarra con un arco de violín, un pulso de ensueño. Y durante Las Horas de Valeria Aragón sentí esa intersección vivencial entre imagen, palabra y sonido; en palabras de uno de los chicos: era como estar dentro de un cortometraje. Es valioso escuchar música con otrxs en silencio, porque es un lenguaje implícito.

    Pienso en el valor de este espacio como la ruptura de creencias tradicionales sobre “hacer música de verdad”, y en que lo único que la define es su capacidad de transmitir. Quienes tocaron fueron la inspiración de un otrx. Y eso es maravilloso. Atreverse a compartir, tal vez por eso llegamos allí. Pienso en cuánta gente necesita esto un segundo de su vida para poder seguir. Agradezco esas horas infinitas. Porque esa es la forma en que la música tendría que escucharse: sintiendo. Y porque es el motivo principal del porqué hacemos lo que hacemos. Creo que la música es hogar. Es movimiento, necesidad, urgencia. Tener algo muy grande que expresar. “Extrañamientos” fue la celebración de todo ello, y espero que siga siendo el tejido vivo de quienes deciden no encasillarse en moldes establecidos, desde el amor por hacer (y ser).

    César Zevallos: “¿Qué es lo que tratan de transmitir?” Al finalizar la sesión para dar paso a las intervenciones en vivo, esa pregunta me encontró desarmado. No la esperaba, pero intenté responderla. “Buscamos inquietar, estimular…”, algo así respondí, no lo recuerdo. Y no es inexacto, porque intentamos generar ese tipo de dudas. Pero me quedé con la necesidad de ahondar en mi respuesta. En la inmensidad de las sensaciones que se escapan en el espacio, ¿cuál es el hilo conductor, a dónde se supone que uno debe llegar en esta travesía? Creo que la duda iba por ahí. La pregunta, por lo tanto, no cuestionaba la finalidad de la sesión, sino que trataba de entender el extrañamiento que ha generado en esta persona, cuyo nombre desconozco pero sé que es amigo de Víctor. Pienso que ha esperado encontrar un mapa para guiarse entre tantos sonidos reverberando; identificar si lo que siente, es lo que nosotros buscamos, si la experiencia es correcta o se ajusta a nuestros objetivos. El problema (¿o la principal virtud?) es que el sonido no puede verse, no se puede determinar alguna especie de objetividad en su apreciación, de modo que ofrecer como respuesta un mapa, una ruta, sería completamente inútil y hasta burdo. Por eso el sonido me parece mucho más sugerente y atractivo que la imagen. Por eso, 4ever extrañamientos, 4ever Espacio Sonido. Nada más.

    Dafne Castañeda: Cuando suelo escuchar música o buscarla, lo hago desde la soledad, la mayoría de las veces. Tengo muchas sensaciones y emociones cuando soy testigo de los sonidos que suceden en el presente, al oír una canción. Me he preguntado si todos somos capaces de eso, de procesar la escucha conscientemente. “Extrañamientos” es asistir a un lugar para dedicarle tiempo a la escucha. Me alegra que haya sucedido. Me alegra ser testigo de eso.

    Romper con el orden de una canción es algo que experimenté ese día, al final del evento junto a Ricardo (Lof Less). Solo nos propusimos pensar en máquinas grandes, espacios vacíos, países vacíos, ciudades vacías, la noche, el frío, la oscuridad y la ausencia humana. No había una canción, no había letra, no había que agradar; sin embargo, nos abrazamos a la armonía y al sonido que trae una máquina funcionando. ¡Eran nuestras mentes funcionando! Recuerdo que terminamos el jam porque nos cansamos y era mejor terminar que aparentar. Ese día amé la electrónica y a mí también, un poco más.

    Fotografías por Maricielo Pérez