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  • Roséll: “Me parece absurdo considerar que todo tiene solución”

    Roséll: “Me parece absurdo considerar que todo tiene solución”

    Entrevista por César Zevallos
    Fotografías por Karen Espejo

    Una guitarra calma de tintes pop y grunge. Una voz entre melódica, tierna y furiosa fluye con naturalidad y canta a sus más hondas inquietudes: al idilio caduco, a la inconformidad con la vida, al futuro incierto, a la “imposibilidad”.

    Él es claro desde el inicio: No soy como tú, no puedo estar bien todo el tiempo. Su voz palpita y se amplifica en su única compañía, la guitarra acústica, que pone en la palestra su sensibilidad: He profanado el altar de mi amor, me he convertido en un lobo predador. El pesar y la culpa se apodera del EP, más aún cuando se une la incertidumbre: no tengo ningún camino, no tengo a dónde ir, voy buscando un objetivo, voy buscando algún fin. Sí, hay visos de honestidad que lo dejan desarmado. Entonces la muerte resuena como salida: Déjame apretar el gatillo, mi vida cuelga de un hilo

    Pero Roséll está aquí, con nosotros, o allá: desde Urubamba, en Cusco, a donde viajó después de publicar Momentos y vivir una serie de eventos que lo agotaron de sus vínculos personales en Lima. Ahora es docente de letras en el Andino Cusco International School y en su tiempo libre me aclara los pormenores de su EP, sus procesos de introspección y autocrítica, sus problemas y las motivaciones que lo llevan a componer, los pensamientos que asaltan su mente. 

    Roséll ahora radica en Cusco

    Han pasado 4 años desde el lanzamiento de tu EP Momentos, ¿qué ha hecho Roséll en estos años?

    El lanzamiento de Momentos fue el 24, o 25, de noviembre de 2018 en la Casa de la Literatura Peruana. Creo que fue lo mejor del proyecto Roséll porque tocamos en auditorio lleno, con un formato de banda que nunca había hecho, siempre me presentaba yo únicamente con mi guitarra. Se vendieron varios discos auténticos, cada portada era diferente porque los hacía a mano, de modo artesanal. Al año siguiente, me fui a Urubamba (Cusco), en febrero de 2019. Antes de eso, me salieron algunas entrevistas, una sesión de fotos en un estudio llamado Lima 36 gracias a Erick Cuentas, una persona bastante activa de la Red Cultural de San Juan de Lurigancho. En octubre de 2019, me presenté en unas tocadas en Urubamba, en una edición de la feria cachinera en el teatrín del Instituto Garcilazo, en algunos cafés, en un festival para recaudar fondos para la asociación Sol y Luna. Ese mismo año toqué, con el pie fracturado, en Los Olivos en un live session organizado por Giancarlo Claudet, y también en El Paradero Cultural, fue una presentación muy agradable que, nuevamente, gestó Claudet, a quien le debo un montón.

    Luego vino la pandemia, dejé de tocar, me dediqué de lleno a mi faceta de docente. Fueron años duros… Perdí mucha gente en 2020, entre familiares y amigos. Uno de ellos era un compañero muy cercano con quien estudié Literatura en la Universidad San Marcos y con quien trabajé en la UPC. Ese año se acabó mi relación anterior, pero también comencé la que tengo actualmente y con la que me voy a quedar. 2020 fue un año de mucha transformación… Ahora considero que las personas que me rodearon años antes, entre 2017 y 2018, que eran de UPC (donde era tutor de redacción), ex compañeros de universidad y la pareja que tenía en ese entonces, era un círculo bastante tóxico que no me ayudaba para nada. Fue una relación desastrosa, incluso mi ex publicó un testimonio que me hizo quedar como un maltratador. Fue bastante duro, me costó superarlo. Ahora lo entiendo mejor, tuve que reflexionar mucho por la forma de conducirme. En 2019, donde ya vivía solo, mi proceso de maduración me ayudó un montón y fue de golpe, y justamente chocó en mis 30 años, es ahí cuando conozco a Karen, mi actual pareja. Ella estaba en una onda bien positiva, constructiva, lúcida. Tenemos una relación bien sólida y planes de casarnos, hemos atravesado experiencias que han intensificado la relación. En ese interín fui componiendo canciones, una de ellas se llama “Despierta”, que le compuse a Karen. 

    En 2021, en una noche que no podía dormir, me asaltaban pensamientos acerca de la muerte. Es un tema que sigue en pulsión para mí. ¿Cómo nace esto? Porque un tío muere en 2021 y recuerdo que leía las publicaciones de mis primos lamentándose. Eso me parece inútil. Un muerto no tiene Facebook. Es algo que rebota, que no tiene llegada, es una palabra desconsolada, que queda en el aire, sin correspondencia. Es la imposibilidad, un tema que también me acompaña, la muerte, los fantasmas mentales (y creo que las personas tenemos muchos)… Hay lugares que uno no quiere visitar. Por ejemplo, cuando me acuerdo de episodios con mi ex pareja es como una habitación que se abre, pero yo la cierro, y no es solamente por no pasar por ahí, sino que ya lo reflexioné. Hay lugares que siguen llenos de telarañas, vidrios rotos… La muerte de mi tío me hizo pensar en todo eso. Esa noche me acordé de 20 poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda y me pregunté si podía escribir 21 poemas. ¡Y dije “claro”! Aunque tengo problemas de concentración, lo cual me impide a veces componer, por lo general salen cosas de golpe y lo pulo muy rápidamente. Decidí, entonces, escribir un poemario y lo terminé, de hecho lo postulé al Premio Copé, pero no gané (risas). Anteriormente, ya tenía poemas sueltos que había compartido en la Casa de la Literatura Peruana y otros recitales. En ese momento, quería grabar con el guitarrista de Mauser, banda local de metal, pero me puse muchas limitaciones por el covid. Decidí esperar. Cuando tienes el impulso de crear, no estás quieto, por algún lado tiene que salir algo, y salió el poemario que titulé Habitaciones clausuradas, aún es inédito. Es la primera vez que he sido mucho más consciente y meticuloso al escribir poesía. Es ahí cuando retomé mis lecturas de Octavio Paz, Jorge Eduardo Eielson, José Watanabe. Formulé dos proyectos más de poesía, los tengo en mente como estructura. 

    Te veo más cerca a la poesía que a la música…

    Ahora estoy como docente y buen lector. Las lecturas que estoy analizando con mis alumnos son Hamlet y El beso de la mujer araña, estoy empezando a leer a Alice Munro… De tercero a cuarto de secundaria, soy docente de Comunicación. De quinto a ‘sexto’ (llamémoslo así) de secundaria, enseño Lengua y Literatura. Soy profesor del Bachillerato Internacional del Andino Cusco International School, dicen que es el mejor colegio particular de Cusco. 

    —Después de Momentos, ¿has compuesto algo? 

    Sí. Hay una canción que habla mucho de mí y de lo que me pasó. Se titula “Me necesitaba encontrar”. Habla de un viaje en el que me encuentro a mí mismo, de ir a las montañas. Me gusta mucho el giro que tiene. Estéticamente hablando, ya empezaba a tener experimentaciones diferentes cuando había terminado de publicar Momentos. Recuerdo que había leído un poema de William Yeats titulado “The Stolen Child” y me pareció una suerte de antelación de lo que iba a venir después, o de lo que ya estaba empezando a suceder. Me gustó mucho la versión en inglés y quise hacer una canción con el siguiente estribillo: Come away, O human child! / To the waters and the wild / With a faery, hand in hand/ For the world’s more full of weeping than you can understand. Eso lo musicalicé, eso sería mi coro. Las estrofas pienso completarlas en castellano. Ya están listos los acordes y las notas. Quiero ir hacia esa onda de Eddie Vedder en su disco Into the Wild, ese feeling viajero, de carretera, ese sonido de guitarra de los 70’s, tipo Neil Young. 

    Roséll fue vocalista de las bandas Lupanar (grunge) y Crimen (metal), ambas de San Juan de Lurigancho, su barrio

    —¿Qué razones te empujaron a publicar un EP de estilo acústico y con letras bastante intimistas?

    El impulso de libertad creativa y discursiva. Mis líneas ideológicas no necesariamente estaban relacionadas con Lupanar y Crimen, mis ex bandas. En Crimen compuse una canción llamada “Gritos de libertad”, que seguía el mismo tópico que propuse en Lupanar. Quería libertad al momento de presentarme, dirigirme al público, incluso de criticar y llamar la atención, la libertad de hacerlo a mi modo. Había algunas canciones que escribí a lo largo de los años y que no coincidían con mis anteriores bandas por cuestiones estilísticas. 

    Me acuerdo que en 2017 debía publicar el EP, pero no pude. En enero de 2018 empiezo a cocinar bien el lanzamiento, ya estaba concibiendo la idea de dibujar las portadas y me pareció que guardaba sintonía con las ferias artesanales independientes que surgieron por ese entonces. Después, contacté a la persona responsable de los eventos en la Casa de la Literatura Peruana y aceptó mi propuesta. Estaba feliz. Me dio un viernes de noviembre de 2018, horario estelar, yo puse los equipos y los técnicos. Todo fue muy hermoso porque quisieron apoyarme. Hubo gente que regaló su trabajo porque creyó en mi proyecto. Se grabó la sesión, pero lamentablemente no la tengo. Fue un despliegue bastante serio que yo antes no había tenido. Me gustó. Fue como un unplugged. Me hubiera gustado tener una presentación así con Lupanar, tenían el suficiente nivel musical para hacer algo así. 

    —¿Crees que hay una sobrevaloración de la felicidad, que se ha vuelto una especie de imposición que resulta tóxica para las personas?

    Sí. De hecho, fue parte de mi discurso el año pasado para mis estudiantes. Y por eso me gané un memorándum (risas). Me hartaba el discurso de la coordinadora de psicología, me parecía absurdo considerar que todo tiene solución, que hay un sistema de valores que te demanda cumplir con ciertos requisitos, y dentro de eso está la estabilidad emocional, el hecho de no parar con el dolor. Y sí, resulta tóxico. Te agota. 

    Tus letras me dejan la conclusión de que estás inconforme con la vida, ¿es así permanentemente? ¿O solo es una cuestión de momentos? 

    Fue un tema permanente antes, por las personas que me rodeaban. Yo creo que está bien atravesar momentos desagradables, pero la gente que me rodeaba estaba muy disconforme y herida, eso se contagia y no puedes salir. A partir de que intensifico mi proceso de introspección, me di cuenta que estas crisis no tenían por qué embargar toda mi vida porque lo siguiente es el suicidio… Al respecto, en Urubamba tuve un episodio muy gris: empecé a consumir marihuana para tapar huecos, fueron dos semanas muy intensas, me di cuenta que estaba tapando vacíos, y me di lástima a mí mismo, me acordé de lo que me decía mi papá y mamá. Me levanté de eso. Es diferente consumir porque tú lo controlas a que consumas porque evitas cuestiones psicológicas. 

    Hay cuestiones políticas que me generan mucha insatisfacción emocional. Sé que me enfrento a todo un sistema. Lo digo porque tuve una faceta de activismo político en 2016, lo cual me dio mucha más conciencia sobre ciertos temas, y al tener conciencia me hace reflexionar más, y eso me sume en una crisis, pero trato de salir de eso. Son episodios que ahora manejo de mejor manera. 

    —¿Crees que la música debe tener un rol político? ¿El arte puede caminar ajeno al deterioro profundo de la vida del peruano?

    Siempre regreso a algunos textos. Hay unos ensayos en Contra el secreto profesional de César Vallejo donde habla acerca de estética y ética. Él hace una crítica no solo a las vanguardias, sino a esta literatura que él cataloga de servil. Vallejo señala que el artista no tiene un rol propagandístico, sino que debe estar fuera para formular una crítica con mucha perspectiva, y no estar bajo una doctrina. Creo que me acerco a eso. Si bien en las canciones de Lupanar y Crimen hay una línea política y crítica social marcadas, he tenido la sutileza de ser sugerente en las letras. Disto mucho de sonidos de, por ejemplo, La Resistencia, una agrupación de hip hop que hizo una canción contra Alan García, que ya murió, entonces, ¿qué pasa con esa canción? Algo que dialogábamos mucho en las clases de Literatura era que cuando uno compone tiene que ser muy cuidadoso al escoger las palabras porque se puede contextualizar demasiado. En ese sentido, otra experimentación que hice fue cambiarle la letra a una canción de Victor Jara llamada “El derecho de vivir en paz”, esta es la recomposición: hombre libre, a dónde vas / tus huellas no se borrarán / el tirano no te alcanzará / tu estrella brilla cada vez más / y los ríos no cesarán. Yo he querido escribir esta canción como un homenaje a Jara, pero en ninguna parte lo menciono, para mí él tiene que ser una idea abstracta que pueda estar vigente en cualquier tiempo. Si compongo con palabras muy contextualizadas, la canción muere. En cambio, como dice Victor Jara, la canción que es valiente es la que nunca muere. Ser sugerente es lo que me ha enseñado la poesía. 

    —Un comentario en YouTube dice así sobre Momentos: “tu música es una invitación a explorar nuestro mundo interno, a encontrarnos y reconectarnos con nuestra intimidad”. Podría afirmar lo mismo porque hace meses pasé por una ruptura amorosa, y al descubrir y escuchar tu EP la vibra de esos momentos de pesar no fue únicamente molestia, sino más bien reconfortante en cierta medida. ¿Qué piensas sobre estas experiencias de escucha?

    Gracias por traer a colación eso. Creo que ese es el gran ‘pago’ por, más que componer, publicar. La composición es una cuestión muy natural en mí. Me llena de mucha satisfacción esta recepción crítica de escucha, siento que manifiesta la vigencia de las canciones. Hace unas semanas comentaste tú, y hace meses, otra persona tuvo un comentario similar. Las canciones de Momentos me hacen recordar la experiencia poética. Tal vez porque no soy un músico muy popular puedo pensar que estas personas, dentro de las cuales estás tú, decidieron ir a una especie de biblioteca, sacaron un libro que sería Momentos, y leyeron un poema que necesitaban en ese momento preciso. Resulta una feliz coincidencia que permite que estas composiciones vivan y sean interpretadas libremente. Me agrada porque se acerca a lo que es el arte. 

    Por otra parte, he tenido experiencias más complejas. El año pasado hice tres sesiones de live session para explicar la canción “Perdóname”. ¿Por qué? Conversando con mi pareja, me hizo dar cuenta que esta letra era, según ella, una “solicitud de una licencia para seguir causando dolor”. Si tú revisas la letra, realmente esa canción no es un perdón, es una letra que dice y se desdice. La escribí cuando era tóxico. Uno está tan sumido en que, sutilmente, tu manera de componer puede generar dolor a otras personas. Yo asumía que era una letra de perdón, pero me equivoqué. En este caso, yo fui mi propio receptor, tuve una nueva interpretación de mi letra. En una sesión de esos live session, unas amigas de mi ex pareja empezaron a comentar la publicación, a tomarse el derecho de hablar por ella sobre que yo era un abusador. Pero estaba en la madurez de comprender muchas cosas que me incomodaban, sí, pero que ya no me hacían daño. Esas personas tenían la mirada del Rosell del 2014 o 2015, y yo creo que las personas podemos cambiar. En una presentación en vivo, no recuerdo si en Lima o Cusco, utilicé esas reflexiones como parte de mi show para que las personas comprendan y critiquen las letras, que no sean receptores muy empáticos o pasivos.

    —¿Qué artistas han influido en tu obra?

    Collective Soul, Blind Melon, Amén, Older Sister, una banda argentina de grunge. Chris Cornell solista, la faceta de Eddie Vedder en Into the Wild, Stone Temple Pilots, sobre todo en el Tiny Music… En una segunda etapa, Sui Generis, he retomado también Spinetta y Artaud. Neil Young. El infaltable Jeff Buckley. Esa onda de guitarra jumbo clásica setentera. 

    —“Noche” probablemente sea el cénit del EP, tu sentir se puede palpar en carne viva con más facilidad que en las demás canciones, ¿qué habita en las noches de Roséll? 

    Imposibilidad. Esa canción nunca iba a salir…

    En Cusco, donde radica, Roséll está retomando su actividad artística en diferentes eventos

    —¿Cómo así?

    En los devaneos de la juventud, en 2014 tal vez, conocí a una chica y le compuse esa canción porque hubo algo que me confundió, no recuerdo qué. Estábamos saliendo, ambos en plan ilegal y desleal, porque teníamos pareja. Decidí componer esa canción como final a esa historia. Pero “Noche” me acompañó por buen tiempo, porque me sucedió algo similar con otra chica, un par de años después, tampoco podía ventilar esa relación porque no era formal. Me sentía mal porque estaba haciendo daño a otra persona. “Noche” transmite ese sentimiento de remordimiento, de no ser honesto, de lidiar con algo que es incorrecto, es una lucha de la razón y lo que a veces te gana. Haces daño conscientemente. No me sentía feliz, no soy como las personas que no saben siquiera que están causando daño, o si lo saben, que tienen la actitud del psicópata, que no tiene remordimiento. La pasaba mal, eso no estaba dentro de mi esencia, sentía que siempre me iba a pasar factura a la conciencia, es algo que te arrastra…

    —“Futuro incierto” cobra un relieve más fuerte y áspero en la actualidad, en el que la gente sufre un proceso de desconcierto e incertidumbre por la pandemia…

    Tú como receptor estás recontextualizando esta letra, justamente porque tiene ese desprendimiento de la realidad, puede aplicarse a modo de extrapolación al contexto de la pandemia. Esa letra fue compuesta en 2010 cuando atravesaba una crisis emocional, no podía estudiar ni leer bien, estaba bien tirado al abandono. Ese año escribí dos canciones: “Futuro incierto” y “Déjame”, ambas parte de Momentos. Yo deseaba morir… Si algunas personas se sienten representadas con esa letra es porque estos episodios forman parte de la naturaleza humana.

    —Cuéntame cómo decidiste dibujar diferentes portadas de tu EP para las personas que lo adquirían

    Admiro a Jorge Eduardo Eielson. Él exploró en artes plásticas, además de la poesía. Otro de mis referentes es César Calvo, quien tiene una producción de poesía musicalizada. Siendo honesto, yo quise estudiar artes plásticas, no literatura, pero por cuestiones económicas no lo hice. Pensé que no sería mala idea tener una propuesta artesanal de disco, en un contexto en el cual ya no es valorado por sí mismo porque todo es streaming actualmente. Consideré que tener una propuesta física era un modo de resistencia, de ir en contra de la corriente. Eso me ayudó a cumplir mi sueño de vender cosas mías, de pequeño lo quería hacer. Cuando estudiaba en el colegio Fe y Alegría, en San Juan de Lurigancho, teníamos un taller de pintura en vitral, y recuerdo que intentaba vender mis pinturas en el mercado, pero nunca me las compraron. Tenía esa frustración. Este EP Momentos me permitió eso. Me tomaba bastante tiempo crear cada dibujo, pero me satisfacía entregar un objeto auténtico que tuviese mucho de mí a todas las personas que quisieron escuchar mi música. Era una manera de contar un discurso a través del dibujo y la música.

    ¿Qué palabras te merecen los actuales cantautores peruanos?

    Yo creo que algunos hacen cosas que ya se están haciendo y otros son muy honestos. Por ejemplo, hay un cantautor llamado Jimmy Dorothy, de Los Olivos, que tiene una producción respetable, pero tiene una tendencia hacia el indie, lo cual no me gusta. Tiene una canción llamada “Tierno Beso de un Adolescente Argentino de 14 años” en el que su registro vocal es muy parecido al de Santiago Vega. Otro caso: Danitse, me suena a Lafourcade. En cambio, veo que Rafo de la Cuba tiene más personalidad, por más que su estilo musical sea distinto a los que mencioné. La Lá también me gusta mucho, me hace recordar mis épocas en el coro de la iglesia. De Dafne Castañeda me gusta la agresividad de su voz, tiene actitud, de todas las mujeres que he escuchado me gusta porque sale de ese registro vocal suave. Su voz es imponente. Roxie, si bien no tiene esa agresividad, tiene la melodía del canto coral, es muy técnica. 

    —¿Tienes en mente futuras producciones? 

    He dejado de tocar y estoy más concentrado en poesía. Creo que me tengo que tomar un tiempo para reflexionar. Quiero hacer narrativa acerca de muchos problemas que percibo en el valle de Urubamba: apropiación cultural, explotación a las personas por parte de extranjeros, el problema de las ONG’s que resultan una pantalla de corrupción. Con respecto a la música, tendría que pensar en qué momento grabar, reunirme con mi bajista para empezar la intención de publicar algo. Si es así, publicaré algunos singles. Ahora estoy feliz con mi vida, con mi pareja, con las caminatas acá en el valle, mis momentos de hogar. Creo que si me apresuro en publicar algo sería una cuestión de ego, de estar activo en redes, y eso no es algo que me motive. Eso no significa que no pueda presentarme en tocadas. En resumen, estoy en stand by con la música. 

  • En busca de la trascendencia

    En busca de la trascendencia

    Era enero de 1970. Unos meses más y The Beatles estaría disuelto. Era cuestión de tiempo. Los integrantes empezaban a trabajar en proyectos en solitario y la tensión dentro de la banda crecía hasta niveles intolerables. Paul McCartney publicaría en abril su álbum McCartney, y John Lennon ya había lanzado el sencillo “Instant Karma!” y preparaba canciones para un álbum suyo (el John Lennon/Plastic Ono Band, de diciembre de ese mismo año). En esas sesiones, a las que había invitado a George Harrison para colaborar, y quien a su vez había llevado a su amigo Phil Spector, productor estadounidense (fallecido el año a causa de la pandemia), famoso por su característico “muro de sonido”, le sugiere a Harrison que también se ponga a trabajar en un proyecto en solitario. Harrison tenía material, mucho material. Lo había estado acumulando durante los últimos años de la banda, en proyectos de álbumes en los que no conseguía colocar muchas de sus composiciones, en favor de canciones de Lennon y McCartney, algo que evidentemente le generaba desazones (“Wah-Wah”, por ejemplo, pista tres del álbum que comentamos ahora, la compuso luego de abandonar, al menos temporalmente, la banda en 1969, y está dedicada claramente a los otros Beatles). La hermosa canción «All Things Must Pass» fue ensayada en las sesiones del Let It Be, pero fue descartada de la lista final. 

    Cuando Harrison le enseñó a Spector el material que tenía, este se quedó fascinado con la cantidad y la calidad de las composiciones. “¡No tenían fin! Tenía, literalmente, cientos de canciones, cada una mejor que la anterior. Toda esa emoción se intensificó cuando me las enseñó. No creo que nadie las hubiera escuchado, a lo mejor Pattie [esposa de Harrison en ese momento]” [1]. Muchas de esas canciones terminaron en el All Things Must Pass, su primer álbum en solitario tras el fin de The Beatles.

    George Harrison falleció el 29 de noviembre de 2001, a los 58 años.

    Pero, ¿cuáles son esas canciones y qué las une? ¿Cuál era esa estética en ellas que no encajaba en los dos últimos proyectos musicales de The Beatles? ¿Hacia dónde viraba la música de Harrison? Sin duda se acercaba cada vez más a la espiritualidad, hacia lo místico y la creencia religiosa. La psicodelia de los sesenta, su movida contracultural y la propia experimentación de los Beatles los llevó no solo a nuevos sonidos y registros musicales, sino que también los acercó a formas diferentes de entender el mundo, la vida, la espiritualidad (lo que los llevó, por ejemplo, a la India en 1968). Harrison se acercó más que ninguno a un misticismo que creencias no occidentales le mostraban. Y aunque algunos aspectos estéticos de esos acercamientos los fuera dejando paulatinamente de lado en su arte, como su renuncia a continuar tocando el sitar —ya que, como él mismo dijo, tenía que “buscar mis antecedentes, mis raíces” [2]—, el ahondamiento en esa espiritualidad y en sus creencias personales no lo dejaron jamás. Albergar eso dentro de sí, crecer a través de ello, era una manera de alejarse de ese mundo hedonista en el que vivía y del que gustaba, aunque con tensiones, en esos libertinos y libres años sesenta y setenta. “George estaba muy comprometido con la espiritualidad india y en cómo podría liberarle de las cosas materiales que todos disfrutábamos. (…) En cierto modo trataba de no tener nada que ver con esas cosas, incluso en un sentido físico” [3], comenta Eric Clapton. Él buscaba algo más profundo, algo capaz de conectar con la esencia de las cosas, del mundo, con la paz y el bienestar, el huir de la ilusión del mundo de los sentidos; todo ello está en cada letra y cada interpretación de su All Things Must Pass.

    Para expresarlo se valió de una variedad de registros musicales: guitarras con slide, coros estilo góspel, ambientes orquestales, folk, reverberaciones, hard rock, mantras hinduistas. Estos atributos sonoros le ayudaron a envolver en una atmósfera intimista y plácida a las temáticas de sus canciones.

    Las composiciones calmadas que le cantan al amor romántico (“What Is Life”, “If Not for You”) —calma que se intercala con la euforia en “Let It Down”— se aúnan a aquellas que celebran o piden reforzar el amor hacia la deidad o la totalidad, que quizá para Harrison es lo mismo: “My Sweet Lord”, con su influencia góspel y sus coros de mantras indios, “Hear Me Lord” o “Awaiting On You All” y sus matices irónicos (“And while the Pope owns fifty one percent of General Motors / And the stock exchange is the only thing he’s qualified to quote us / The Lord is awaiting on you all to awaken and see”; Y mientras el Papa tenga el 51% de General Motors / Y la bolsa de valores sea la única cosa que pueda ofrecernos / el Señor está esperando a que despiertes y mires). El amor egoísta se lamenta magistralmente en “Isn’t It a Pity”, canción influenciada en las tensiones entre George Harrison y Eric Clapton por los acercamientos amorosos entre este y su esposa. La tristeza creciendo oculta en nuestros corazones se advierte en “Beware of Darkness”, la importancia de encarar el reto de la vida en “Run of the Mill”, el fortalecimiento de la esperanza en “Behind That Locked Door”. Harrison disfruta las emociones, vive sus intensidades y sus calmas, pero no se deja arrastrar por ellas. En “All Things Must Pass”, por ejemplo, acepta la tristeza de los momentos grises, pero no pierde de vista el prometido retorno de los tiempos mejores.

    En suma, All Things Must Pass es más que un puñado de canciones pegadizas y agradables, se trata de un trabajo de maduración conectado por la fibra viva de un hombre cimentado en su espiritualidad y su visión de la vida. Ese trasfondo, con sus certezas, sus dudas, sus celebraciones, es lo que hace quizá que el álbum se sienta palpitar y respirar en su búsqueda permanente de una conexión con el todo, de un paso más emprendido en el arduo camino hacia la trascendencia y su vastedad.

    Por Erick Garay

    Nota:

    [1], [2] y [3]: citas extraídas del documental George Harrison: Living in the Material World, de Martin Scorsese.

  • Dafne Castañeda: “¿Qué soy? No puedo descifrarlo, pero sigo preguntando”

    Dafne Castañeda: “¿Qué soy? No puedo descifrarlo, pero sigo preguntando”

    Entrevista por Víctor Pérez

    Viernes 01 de abril, 2022

    Ha terminado el concierto en el Centro Cultural de España. Dafne desciende las escaleras del escenario a media luz, con una flor (tal vez un tulipán) en la mano. Por unos momentos en la tarima permanecen un micrófono, una silla de madera y su guitarra. Algunos amigos y el público la abordan para saludarla o tomarse fotografías. Yo espero…

    La primera vez que oí de ella, me la presentaron bajo el rótulo del nuevo baluarte de la música peruana, a propósito de Posguerra, un álbum catalogado como uno de los mejores lanzamientos del año 2020. Por supuesto, desconfié un poco del tono categórico que había en tamaña afirmación, y postergué algunos días la escucha del disco, distrayéndome, más bien, con algunas canciones de su primer EP Una banda que no se formó. Pero supongo que fue inevitable, luego de oír “Canción para andar bajo la lluvia”, que me volcara de manera creciente hacia la totalidad de sus proyectos, y a la exploración definitiva de Posguerra.

    ¿Quién es esta joven cantautora, más allá de los intentos por clasificar sus rasgos musicales (pop, electrónica, new folk, hyperpop, etc)? ¿Por qué algún oyente la describe con admiración “como una mujer que hace observaciones de su mundo interior”?

    Un par de fotografías más. Y ahora sí, el público se dispersa. Tenemos unos minutos antes de que nos inviten a abandonar el lugar. Afuera sus amigos la esperan para celebrar, pues hoy es su cumpleaños, de manera que es un gesto aún más grato el hecho de que nos conceda esta entrevista.

    —¿Cómo te has sentido en esta presentación? ¿Usualmente estás en este tipo de escenarios?

    No es muy seguido, la verdad. Pero disfruto mucho cuando pasa. He tocado con guitarra y voz varias veces. Y siempre es como un enfrentamiento. Porque siento que me gustaría usar más instrumentos en el escenario. Pero creo que la guitarra y la voz es lo mínimo, y para mí vale un montón también, es como reunirte con los amigos y cantar para ellos. Por eso acepto hacer acústicos, porque me gusta esa forma punky de hacer con la voz los arreglos de producción. Me divierto mucho.

    —¿Sabes de qué depende el que te sientas más conectada con el público en el momento en que estás cantando?

    El público es aterrador. No soy muy extrovertida, pero me gusta expresar. Hay como un choque, porque cuando canto las canciones que escribo, revivo los momentos; es como irme a otro tiempo, y no sé cómo puede aparecer un público en ese momento. Entonces trato de, en la inseguridad, pensar “espero no les dé un bajón” o de no caer pesada porque sé que tengo un discurso a veces bastante denso, me voy por la melancolía y la introspección. La gente también es crítica, me han dicho cosas que me han puesto insegura en cuanto a lo que estoy haciendo. Pero cada uno es único, irrepetible, y eso es lo que me mantiene en el escenario, en mi centro. Al final, no me gusta obedecer, cuando me dicen “canta de esta forma” o “no vas a pegar con esto”, pienso que tengo que creer en mí, me pongo a analizar esto porque necesito darme fuerzas sola. La escena local es así, estás solo, no hay de dónde sostenerse, no hay dinero para comprarse instrumentos y no es que todo sea ganar dinero pero hay que hacer esto sostenible. Son cosas que a veces te hacen retroceder, pero al final es la expresión lo que vale, y siempre ir mejorando, eso siempre lo tengo presente, el entrenar la voz o algo que me nazca hacerlo, por ejemplo improvisar, algo que hago mucho en vivo. La improvisación es algo original, exclusiva de la persona que lo haga. Todo eso pienso antes de una presentación, que no debería minimizarme por tocar en acústico, o porque no tengo una voz muy sostenida. No pienso en que hoy me voy a ganar al público, entro con mucho temor y nerviosismo.

    —¿De alguna forma te separas de ellos?

    Cuando ensayo, pienso en el público, me meto como si estuviera en el escenario. Me medio preparo para el miedo, porque sea como sea hay nervios. Esta vez, no se podía ver la cara de las personas (ríe), eso fue bastante loco.

    —¿Estableces contacto visual con el público?

    A veces lo hago. Cuando siento que hay palabras intensas. Por ejemplo, cuando toco “Si alguien pregunta”.

    Últimamente hay más conciertos en vivo, ¿piensas que esta dinámica te anime a explorar nuevas formas de acercarte al público?

    Creo que aparecerá con el tiempo. Yo creo que es como cuando invitas a alguien a tu casa. Está en la puerta. Luego en tu sala. Y después de repente usa tu baño. De pronto, ya está dentro tu casa. Eso es lo chévere. No me gusta ser invasiva, en lo que pasa en su mente, pero siento que tengo algo para ofrecerles humildemente.

    —Recuerdo que en alguna entrevista mencionas que te gusta entretenerte sin molestar a nadie

    De verdad que sí. Paso mucho tiempo sola, y me gusta. Es curioso porque he crecido con una familia muy numerosa. Estoy acostumbrada a la bulla, pero siempre en mi modo solitario.

    —En tus composiciones hay algo que no es usual en la música de la escena peruana: te haces preguntas, hay mucho diálogo contigo misma. ¿Crees que más allá de la soledad, hay otro factor que haya influido en esa manera en que te vinculas contigo misma a la hora de crear?

    Yo he aceptado que soy muy curiosa. Y puedo hablar de algo que me llame la atención, desde lo más primitivo. Realmente me gusta hacerme preguntas. Me gusta descifrar cómo es la vida en sí, conocer gente y cómo es la realidad de un sistema. Me gusta saber lo que significa ser yo haciendo música. Y digo ‘ser yo’ porque soy mujer, marrón, sin economía, sin padres pudientes, sin contactos. Todo eso vuela siempre en mi cabeza. Yo creo en mí, creo en la gente que está acá y que puedo hacer cosas increíbles, como ustedes. Este mundo mezquino, este sistema para pocos… todo eso siempre me ha generado mucha curiosidad. Cada vez es más complejo, ¿qué soy? No puedo descifrarlo, pero sigo preguntando. Ahí está todo. Es inevitable no hablar de la vida y no conversar con uno mismo, el ser humano es experimentador, explorador.

    —¿Te sientes más acompañada ahora que en el pasado en esos cuestionamientos? ¿Crees que eso pueda cambiar la forma en la que creas?

    Con Posguerra experimenté eso. Me metí más a conocer la música electrónica, cómo puedes manipular el sonido. Porque más allá de crear algo, estás tomando el control de ti. Siento que eso me ha ayudado mucho. Hay una evolución, y la seguirá habiendo.

    —Ahora que cada vez más gente se va interesando en tu trabajo, ¿sientes algún miedo en las cosas que vayan a venir?

    Tengo ciertos problemas para ser responsable. Me gusta estar a mi ritmo. Eso me ha traído bastantes problemas. Incluso hay gente que se ha alejado de mí por eso, y es doloroso. Creo que estoy preparándome para eso. Siempre habrá un temor porque es natural del ser humano, pero ¿qué es lo peor que puede pasar? No sé…

    —¿Tienes referentes culturales que sientas que son un soporte para ti?

    Siempre digo Violeta Parra y Mercedes Sosa porque las siento muy cercanas. Si vemos la vida de ellas, no es muy distinta a la de nosotros. Nina Simone es una persona única. Atahualpa Yupanqui tiene una sensibilidad increíble; dentro del mundo machista, ver a un señor con terno hablando tan tiernamente de su tierra, sus historias… Yo de verdad siento que estoy ahí. Victoria Santa Cruz es muy despierta, hay una entrevista que tiene con Marco Aurelio Denegri donde ella prácticamente lo sabe todo, es adelantada a su tiempo. Creo que estos personajes que no son extremada ni estéticamente famosos (para la estética estándar de la industria musical de hoy en día) son seres humanos importantes. 

    —Literalmente tú ves su alma en lo que crean…

    Sí. Bjork y Arca también son una gran influencia. Me llama mucho la atención cómo estas personas siempre buscan sentirse libres. Eso es básico para el arte. Tú tienes que sentirte libre para poder controlar tu cuerpo, tu voz…

    —Pareciera que la gente es cada vez menos libre. ¿Crees que eso puede afectar el cómo se vinculan con la música?

    Es que la industria lo que hace es llamar tu atención, sea como sea. Hay una sobreexposición del arte que no permite que la persona busque, y se limite a recibir algo de la televisión, radio, Internet. Yo creo que la música que hagas llegará en el momento adecuado, tengo fe en eso, más allá de las fórmulas comerciales.

    —Hay también una renuncia hacia lo triste, las dudas, en la música popular o la música que más se te impone…

    Cuando dicen que la música es entretenimiento, lo considero válido. No tengo nada en contra de los hits mundiales. ¡Me gustaría componer uno! Sería muy interesante. Pero son muchos factores, además de la industria, que no la conozco por completo. Por ejemplo, cuánto se invierte en cultura en un país. Más allá de si algo puede funcionar, hay que ver las cosas a largo plazo.

    —¿Hay canciones que te has guardado para ti?

     Sí, de hecho (risas). Tengo muchas canciones.

    —¿De qué depende?

    De repente puede ser demasiado profunda. Eso es lo bonito, de que también puedes tener cosas que obsequiarte. Es una forma de querer también. A veces cuando uno expresa lo que siente, yo creo que debe haber un segundo filtro por parte del creador. Uno tiene que escuchar lo que ha hecho en diferentes momentos, y tomar una decisión. Esas canciones no han pasado mis filtros para publicarlas.

    —¿Qué tipo de filtros son?

    Son filtros muy personales. Sinceramente, es cuestión de tiempo. De repente necesito estar más segura y publicarlas. Pero mi actitud antes ha sido de lanzar algo y desaparecer (risas). Es inevitable, me pasó con Posguerra. Yo sentí que no quería ver a nadie, no quería que me digan nada. Sin embargo, es una experiencia que he disfrutado mucho.

    —Cuando has escuchado nuevamente tus anteriores trabajos, ¿sientes en algún momento que tú no has creado esas canciones? ¿O te sientes muy dueña de lo que has hecho?

    No, para nada. A veces me lo tienen que recordar. Por más que crea que es por un tema de autoestima, no sé por qué, evito escucharme, evito ‘hincar’ ahí. Hay momentos que las personas me lo recuerdan, cuando tengo algún bajón. Eso es interesante, quiero mejorar esa satisfacción.

    —Creo que fue Ribeyro el que dijo “prefiero ser una buena persona a ser un buen escritor”

    Totalmente. Pueden haber ideas, y las entiendo. Creo que hay que ponerse a hacer cosas con una conciencia bien realista de lo que sucede acá. Bueno, no soy una persona que sale mucho de su casa, entonces no puedo dar un panorama de lo que pasa en la escena, pero veo que va por un buen camino. Pero esta idealización de ser el artista de los ránkings no es tan importante.

    —Si no creces como persona, no es importante 

    Sí, eso es importante, ser buena persona. Poder llevar una vida justa.

    —Algunas de las canciones de Posguerra surgieron de un viaje que hiciste a Pichanaki. Cuéntame de ese viaje, ¿cómo se convirtió en un lugar fértil para la creación?

    Me fui a la selva central, a Pichanaki, no recuerdo el año. Viví allá por tres años. Fue mi primera experiencia saliendo de mi casa. Me fui con mi enamorado. No tenía nada, fue un cambio bastante brusco. Pero estaba muy curiosa por todo lo que iba a vivir. Tuve experiencias muy buenas, y muy malas también (risas). Y tuve mucho tiempo para componer. En Pichanaki escribí ‘Si alguien pregunta’, la primera canción del disco. Pichanaki me enseñó a ver Lima de otra forma, a apreciar su belleza y entender a la gente. Eso me importaba un montón, yo trabajaba de mesera en una pizzería en Pichanaki. Necesitaba ‘volar’ sola, sin ver a la familia. Tuve perros allí (risas). Me enseñó un montón. No es nada que no se pueda vivir ahora, estoy acá y me siento como en Pichanaki, con esa tranquilidad. Me gustaría volver allá o ir a otro lugar que no sea Lima a explorar algo musicalmente.

    —¿Qué otras canciones surgieron en Pichanaki?

    En el 2017 hice un EP llamado Una banda que no se formó. Antes de irme a Pichanaki, tocaba en Fábula, una banda de punk melódico (chikipunk). Nos separamos porque había responsabilidades más serias como buscar un trabajo (risas). Hice este EP porque quería hacer una banda, pero mis habilidades sociales no me permitieron (risas). Tiene canciones bastante íntimas, con una estructura no convencional, con escritos cantados. Todo ese EP lo compuse en Pichanaki. Vine a Lima para producirlo, en una semana. Pero tengo más cosas como composiciones con guitarra. Pero está en mi banco de audios de celular en celular.

    —Entiendo que algunas de las cosas que te influyen para propiciar tu creación es un espacio cercano a la naturaleza

    Siempre ha coincidido con eso. Me estresa mucho el tráfico, siento todos los sonidos en mi cabeza, siempre he renegado por eso. Cuando llegaba a casa de trabajar, solo quería estar tranquila, podría dormir pero tocaba la guitarra y, con suerte, me salían un par de temas. Recuerdo eso como una contradicción: si uno ya tiene mucho tiempo libre y puede tener el espacio para componer, uno extraña cuando tienes el tiempo ocupado, es algo que estoy aprendiendo a controlar. Creo que es el ritmo de la ciudad lo que me ha hecho ser así. Lo experimentaré cuando vuelva a vivir por Lima, no lo sé.

    —¿Actualmente tienes más tiempo libre para crear?

    Sí. Ha sido bastante forzado por la pandemia. Las cosas se han direccionado de una forma. Todo el 2020 ha sido bien revelador. Estaba asustada y no quería publicar nada, entré en pánico, pero salió Posguerra.

    —Esos tiempos en que trabajabas y desfogabas creando, ¿han terminado?

    Así de intenso, sí. En ese trabajo hacíamos horas extras y no nos pagaban por eso. Era pesado.

    —¿Piensas que podrías regresar a eso o ya estás viviendo de la música?

    Siempre estoy haciendo eso. Para mí es importante hacer cosas manuales, cosas diferentes. Me estimula más. Apoyar en una parrillada, por ejemplo. Claro, no creo que vuelva a esos horarios tan intensos, espero que no, pero hacer otras actividades me regresa un poco a esta naturaleza urbana. Y también vengo de una familia que es muy exigente, que me empuja a trabajar mucho, ser profesional. Por un lado, entiendo el mensaje positivo de mis padres, pero lo tóxico no. Uno se siente agradecido también cuando mueves el cuerpo. Puedes hacer cualquier cosa más, caminar, coger plantas, no necesariamente trabajo dentro de un sistema laboral.

    —¿Cómo llegaste a cubrir la parte económica de tus producciones?

    El primer EP lo cubrí yo. Posguerra fue una propuesta de Catenaria Discos. Yo estaba financiando el disco en primer lugar. Antonio Espinoza escuchó lo que estábamos haciendo con Daniel Quiñones, le gustó mucho y me propuso eso y yo acepté. De hecho, creo que hubiéramos tenido Posguerra el año pasado o este año, si es que eso no salía (risas). Con Antonio hay un montón de libertad, el equipo de Catenaria es bien paciente y aprecian mi trabajo.

    —¿Sientes alguna presión para crear? ¿Hay planes para un próximo álbum?

    Sí, tengo suficientes cosas como para sacar un álbum. Y esto de la presión… Quiero estar mejor preparada. Si lo hago por una presión, saldría algo que las demás personas estarían buscando. Pero si lo hago esperándome a mí, sería algo más real de repente. No sé. Tampoco siento que tengo que publicar algo ahora. Tengo un single que saldrá a mitad de año.

    ¿Cómo es tu proceso creativo? 

    Casi siempre es improvisación con la guitarra. Dejo que hable y yo contesto. Es una relación un poco extraña. Hay momentos en que en la calle se me ha ocurrido algo, y tomo notas en el celular, lo uso mucho para eso. Cuando hago música es un acto de amor propio, cuando toco el instrumento que me gusta o cuando canto. Hay vibración, resonancia que crea un efecto en mí y, lo más precioso, crea efectos en otras personas.

    —¿Sueles recordar los momentos en los que empezaron a nacer tus canciones?

    Sí. Es más, cuando las toco, puedo revivirme en esos momentos. Eso es lo que más me gusta (risas). Siento que es una especie de puesta en escena, porque cuando tú estás hablando puede que tu mente esté en otro lado. Me acuerdo totalmente cuando compuse «Si alguien pregunta», lo primero que hice fue la última parte. La vez pasada encontré un cuaderno donde estaban los apuntes para «Antes de nacer». «Contra el viento» la compuse en mi casa, en Santa Rosa. Esta canción y «Lo digo de verdad» se hicieron en el proceso de producción de Posguerra. «Frío 2020» estaba compuesta antes, pero la versioné para este disco.

    —¿Cómo ves tu proyecto musical a largo plazo? ¿Hay algo en lo que dirías “esto no puedo dejar de hacer mientras esté viva”?

    Hacer música es lo que quiero hacer toda mi vida. De repente el diseño gráfico también. En realidad, me gusta crear. Me salen muchas cosas de la improvisación, es inevitable, es como comer.