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  • Ave de metal: Catervas en “La Noche”

    Ave de metal: Catervas en “La Noche”

    Crónica por César Zevallos
    Fotografías cortesía de Discos Astromelia

    En una crónica lo que busco es retratar de manera honesta la realidad, sensibilizar sobre sus aspectos problemáticos o, por lo menos, lo que me parece sorprendente. Sin embargo, debo confesar que me enfrento a un problema: no pude oír bien la primera presentación en vivo del sexto álbum de Catervas. Por diferentes razones, no experimenté el sentimiento que mis expectativas dictaban, no pude oírlo como quería. Pensé que para escribir sobre una agrupación de ese calibre (nada menos que los estandartes peruanos del dream pop contemporáneo, uno de los exponentes más importantes de nuestro rock, con numerosas presentaciones en televisión nacional, y notables apariciones en el circuito mediático mainstream y alternativo), se vuelve una exigencia sentir un goce intenso, sentirlo honestamente. Una conexión como la que puede encontrar un seguidor fiel o alguien más familiarizado con su trayectoria de más de dos décadas; no es mi caso. Por eso creí conveniente acudir al silencio [1], no escribir por convicción y acto último, guardar el recuerdo del concierto en el fuero interno porque a quien le interesa, pero pocas cosas son tan cómodas y autocomplacientes como cerrar la boca ante algo que voluntariamente desconoces. Busco el movimiento, busco la palabra. Por eso esta crónica está aquí, por una razón que encuentro interesante: si bien nace de una imposibilidad, de ninguna forma es una impostura, porque busqué algo que siempre quiero hallar (y asir) en la música, el arte y la vida, todas juntas en complicidad: una revelación. Eso me basta para contar lo que pienso de aquella vez.

    El último álbum de Catervas, titulado «Laberinto», marca un hito estético en la trayectoria de la banda de los hermanos Reyes

    El concierto tuvo lugar en el conocido bar “La Noche” de Barranco, el 8 de febrero de 2023. Fue uno de los más esperados en el plano local a inicios del año, por el feeling que despierta Catervas, una banda que ha encontrado un camino fértil para persistir con su propuesta de rock alternativo y experimental, de aura heavy, etérea, de ensueño, y esta vez con el aporte de un artista como Mario Silvania [2] en la producción  musical. No recomendaría a nadie perderse la oportunidad de presenciar su música, siempre cambiante. La banda de los hermanos Reyes hace rato que es capaz de sintetizar elementos de diferentes géneros musicales como el synth pop, dream pop, ambient, neopsicodelia, shoegaze, post punk, y así se puede seguir enumerando, hasta volverlos uno solo, o sencillamente ejercerlos de forma individual. Ser espectador de un velada que promete intimidad, mirar desde afuera cuando una obra de nombre Laberinto (un hito estético en la carrera de Catervas) fluye por un cauce diáfano que acaba de forjar y abrir para nosotros, que algo tan abstracto sea capaz de crear su propia materialidad, al lado tuyo.

    Cuando terminó el concierto, casi a la medianoche, sentí que se trató de una experiencia fallida. Se lo dije entre risas a un amigo: esperaba oír Laberinto en su plenitud, sin saltos ni omisiones (por supuesto, en el orden original del disco), pero solo interpretaron una intro pequeña de “Ecos del Atlántico” y cuatro de las diez canciones del álbum, para después tocar sus éxitos anteriores (“Latir por ti”, “Garabatos”, “¡Boomerang!”, entre otros). Hace poco me dijeron que las bandas suelen hacer eso en vivo, por algún motivo muestran solo una parte del repertorio esperado cuando presentan un nuevo disco. Supongo que pequé de inocente e inexperto.  

    En la primera presentación en vivo de «Laberinto» se pudieron oír sus primeras canciones, sin embargo no el disco en su plenitud, como se esperaba

    No pretendo cuestionar la calidad de Catervas. Su puesta en escena me pareció espléndida. Alcanzaban un interesante nivel de virtuosismo, su comunicación era bastante efectiva, iban concentrados y seguros, en clara sintonía. Estaba viendo, por primera vez, a una de las bandas más experimentadas, inquietas y reconocidas del rock peruano. Es solo que, como dije, no pude oírlos bien, no logré filtrarme en su música (como hubiera sucedido con alguna otra banda familiar), tal vez porque me desconcentré cuando ya no se trataban de canciones de Laberinto y disfruté parcialmente aquello que ofrecían (casi todo nuevo para mí). Ese puede ser un indicio para entender el problema: los había escuchado poco [3], no anticipaba su música, no tenía cómo hacerlo. Aparecía como una masa apabullante y colorida de melodías, todas frescas y atractivas. No me emocionó como esperaba, no captó completamente mi atención: ¿Cuándo una experiencia artística se vuelve satisfactoria? ¿Qué la procura o constituye? ¿Si uno busca la sorpresa, se predispone a no encontrarla? ¿El problema seré yo? ¿Qué hay del resto?

    Recuerdo que el público, además de estar muy atento, o por lo mismo, conocía las canciones; el movimiento de sus cabezas, sus miradas fijas y agudas, el ritmo en los cuerpos, el calor humano en un ambiente calmo y perfecto para una presentación que prometía. En ciertos momentos, Pedro (guitarra y voz) respondía a las peticiones, accedió a tocar algunas. Expresaba su cariño por el público. Fue como un encuentro de viejos amigos, amigos que conocían Catervas mucho más tiempo (quién sabe cuánto) que yo. Esa apuesta por complacerlos (quién no haría lo mismo…) abrió una brecha: el concierto puede resultar grandioso para sus seguidores de antaño, quienes conocían sus álbumes anteriores a Laberinto, y por lo tanto esperaban oír sus clásicos, pero no necesariamente para un oyente explorador. Creo que la banda debió apuntar a este tipo de oyentes, de pronto más jóvenes que el resto, porque presentaban Laberinto, un disco que explora provechosamente nuevas sonoridades con respecto a las anteriores producciones, un hito que como tal marca un derrotero inédito en las aventuras de Catervas y que, al juntarse con las canciones pasadas, generó un cambio abrupto en la estética que esperé contemplar. Es un conflicto que surge cuando se contrasta la experiencia de la música de estudio con la música en vivo, ¿cómo superarlo?

    Y es que también, ¿por qué omitir “Aura” o “A Través del Silencio”, tan bellas y melódicas? O, por otro lado, ¿por qué reducir el tiempo de “Ecos del Atlántico” (una de sus canciones con el temple de un himno), hasta convertirla en una intro, una versión de sí misma, con el pretexto de abrir el concierto y preparar a los oyentes? Tal decisión puede ser una estrategia más bien efectista que orgánica: sirve, atrapa, genera unas expectativas, además es linda y recuerda a uno de los puntos más atrevidos y densos de Laberinto, pero ofrecer solo un bocado puede ser también la promesa de lo irrealizable, aquello que no tenemos la gracia de oír. Quizá el concierto fue eso: una versión de la banda, algo alejado de lo que creí su esencia. (¿Existe o no la esencia). Eso puede cambiar, de mi parte, con nuevas escuchas y nuevos conciertos, con el ejercicio de un sentimiento. Y también, de parte de la banda, con un concierto dedicado exclusivamente al álbum en cuestión, para conocer ese lado oculto, si algún día surge ese privilegio.

    Presiento que ese concierto representa, por ahora, una estética negada hacia mí, que para otros puede ser lo opuesto, una afirmación, lo cual es igual de válido. Pienso en la imagen de un ave de metal, un ser vivo capaz de volar pero con el peso de cargar un exoesqueleto fríamente diseñado contra los golpes, las inclemencias. Metal que esconde el calor animal dentro, encanto oculto. Queda en uno desarmar ese montaje. Y ya he empezado: disco por disco, de Laberinto hacia abajo, para conocer más a Catervas y encontrar otras rutas de vida. Qué sorpresas habrá…

    Notas:

    1. Si bien el silencio aún no me ha paralizado, sugiero profundizar en este concepto como una opción honorable, y no como producto de una desidia, desánimo o desperfecto (como se suele creer). Tienen la novela Bartleby y compañía, del escritor español Enrique Vila-Matas, para explorar la vida de los escritores que renunciar a serlo, podrán conocer dónde y cómo se localiza el silencio en la historia de la literatura y cómo la pulsión negativa (no escribir) resulta en un nuevo terreno de posibilidades para renovar la creación literaria, es decir, para escribir. 

    2. Es necesario conocer la figura de Silvania en la música peruana, los mundos que lograron crear gracias a una música de corte impresionista y romántico: oír Silvania es como dibujar el paisaje de tus sueños (los más bellos) y volverte un personaje de ese paisaje, vivir tu propia ficción. Silvania (conformado por la dupla Mario y Cocó) estuvieron activos desde inicios de los 90’s, aunque no tienen el mismo nivel de difusión que My Bloody Valentine o Slowdive en el género shoegaze, siempre han destacado por su espíritu y personalidad claramente diferenciados, tan relevante como sus contemporáneos. Mario ahora lleva adelante Silvania, sin Cocó, quien falleció en el 2008. Prometemos entrevistar pronto a Mario. 

    3. La melomanía puede tener un fin bonito, pero puede usarse como una forma pretenciosa de diferenciarse de aquel que no pudo dedicar gran parte de su tiempo a oír música. El problema, es que se suele asumir que el otro carece de una sensibilidad acorde. Confío en que el desconocimiento, la capacidad de descubrir, y saberte cada vez más ignorante, te aproxima a nuevas ideas y experiencias. En el caso de Catervas, hasta antes de entrar al concierto, había oído “b-2ble-p”, esa canción de cruda melancolía que aparece en el recopilatorio peruano de post rock y shoegaze Crisálida Sónica de 1997, “Latir por ti”, que es una de las más populares, y alguna otra de discos anteriores.

    Setlist de Catervas en “La Noche” de Barranco (8 de febrero del 2023):

    “Ecos del Atlántico” (intro pequeña), “El Sonido”, “Espejismos”, “Mírame”, “Melomaniac”, “Cristales”, “¡Boomerang!”, “Latir por ti”, “Atemporal”, “Dibujándonos”, «Covida», «Imposible hoy», «Elastica», «(Aquella) luz», «Enter Asesino», «Garabatos», «Tacto».

    Extendemos nuestra gratitud al sello Discos Astromelia por gestionar nuestro ingreso al concierto y por las fotografías. Ellos han publicado uno de los discos que, como lo dijimos en nuestro especial de reseñas 2022, tiene canciones que pintan como futuros clásicos del dream pop peruano. Enhorabuena.

  • El buitre abrió las alas

    El buitre abrió las alas

    Crónica por Víctor Pérez

    ‎

    Describir el placer de una experiencia feliz, por más intensa que sea esta, no tiene sentido para mí. Me aburre, me gasta, se trafica mucho con las trampas de la memoria. Además, surge siempre una imposibilidad: no se puede comunicar el placer. Si escribo, por ejemplo, “jamás había sentido tal regocijo durante un concierto”, el placer que yo refiero es intransferible, único en mi experiencia sensible. De modo que ni yo mismo lo puedo evocar, aún insistiendo en los túneles de la memoria. Sí, puedo dar fe de “ése placer”, eso es seguro, ¡lo viví!, pero las características del mismo e implicancias, me resultan ajenas, y cada vez más con el curso de los días. Por otro lado, aun así consiguiera transcribir de manera fidedigna el proceso orgánico de la experiencia (el contexto, el paisaje, mi clima emocional; en suma, el recorrido integral del placer) nadie podría prodigarse físicamente la sensación que ya experimenté, a través de una simple lectura, de ninguna manera.

    ¿Es que exigimos demasiado a las palabras? ¿O no exigimos lo suficiente? Entre más intensa y satisfactoria la experiencia, más difícil el trabajo de comunicar, y por tanto, menos ganas de escribir. Dicho esto: realmente JAMÁS había sentido tanto placer durante un concierto, como lo que viví semanas atrás en la galería Martín Yépez del Centro de Lima, durante la presentación de Ertiub, al punto que he considerado seriamente cuánto placer soy capaz de soportar.

    Para que se entienda, no es la primera vez que asisto a una de sus presentaciones; digamos que los he oído con la regularidad necesaria como para saber anticipar las características de las mismas: 1. Eventos discretos, usualmente gratuitos, comunicados con no mucha antelación. 2. En espacios subterráneos, nocturnos, o claustrofóbicos (galerías, casas culturales, huacas). 3. Una alineación triangular: Buitre, en la guitarra, Sun Cok en el bajo, y Neto en la batería. 4. Un set list sólido, inamovible, que inicia con el torrente melancólico de “Off” y que culmina con el track tal vez más entrañable para sus seguidores: “Caricia Mental” (¿alguna vez podré oír “Escapando solo sobre el mar” en vivo?). Y una presencia hermética, que los envuelve en un halo de misterio por no tomar la palabra ni siquiera para presentarse o despedirse (una bella voz pregrabada lo hace por ellos). De manera que la presentación de esa noche no tendría que haber sido distinta, a no ser porque se trataba de uno de sus primeros conciertos luego de casi tres años de silencio pandémico; porque fue la primera vez que los oí tomar la palabra (Sun Cok agradeció los 20 años), o porque tal vez yo mismo era diferente.

    De plano, diré que, como un hombre feliz, he olvidado detalles de la experiencia; como si lo experimentado hubiera ocurrido muchísimos años atrás y no apenas hace unas semanas. Pero puedo darme algo de contexto: sé que llegué a la galería suavemente alcoholizado por el vino dulce de una ceremonia anterior. Que recorrí una exposición de arte contemporáneo que me afectó muy poco. Y que, en general, percibí que básicamente todos estábamos “haciendo hora” frente a las pinturas, en la espera de la banda. Más tarde llegaron mis amigxs; D. observó: “Hay demasiada gente blanca”. Luego salimos por un momento del espacio para tomar un poco de aire o reunirnos con gente de otro color.

    Aquí es donde empieza la experiencia definitiva, donde los recuerdos parecen proyectados sobre una sábana en llamas, en constante ascensión. Cuando retornamos a la galería, la banda ya estaba casi instalada; nos unimos al ciego tumulto, rostros humanos que intentaban permanecer sobre sus cuerpos que se desvanecían. Me pareció que el espacio también empezaba a distenderse. El sonido, en cambio, se abrió feroz: “Off”, el primer track, había iniciado, sucediéndose canción tras canción, sin interrupciones. Esto es un fragmento de lo que escribí el día siguiente:

    “Recuerdo la silueta de Sun Cok contra la luz del proyector, la estilizada sombra de sus dedos caminando sobre las cuerdas del bajo. Pero especialmente recuerdo a Buitre, el pensamiento de que en verdad parecía la genuina encarnación de un gallinazo descomunal lanzando gruñidos salvajes a través de su guitarra, por lo que en cierto punto del concierto imaginé que había desplegado unas alas gigantescas desde la espalda, al punto que tuve que decirlo en voz alta: ‘el buitre ha abierto las alas’ a fin de confirmar en una sonrisa ajena que –en efecto- solo se trataba de una alucinación mía.”

    Desde luego, estaba drogado; esa noche fue la primera vez que los oí en ese estado. Ya ahora, cada vez más lejos de ese día, puedo entender que si bien no podemos recuperar el placer, se puede pensar sobre el placer. Parafraseando a Victoria Santa Cruz, cuando cesa la acción, nos queda siempre el análisis.

    Nunca había pensado a Ertiub, nunca tuve esa necesidad, uno no piensa lo que ama. Hoy lo hice, mientras andaba por el camino que conecta la puerta 1 de la Universidad San Marcos y la avenida Faucett (es preciso que mencione este lugar, fue aquí donde oí hablar de ellos por primera vez); sin embargo, aún cuando quise profundizar en los aspectos estilísticos de la banda, solo pude hallarme a mí mismo descubriendo la íntima presencia que ha tenido su música en mi vida. Es que Ertiub fue para mí el encuentro con la vanguardia, una vanguardia que realmente podía entender, o en otras palabras, que me afectaba de manera directa, sin pretensiones. Una vanguardia con sentido, con alma. ¿Tú sabes lo que significa para un muchacho sin más influencia que el pop o el rock alternativo de la radio, con amor vivo a las canciones de Libido y Mar de copas, escuchar de pronto “Caricia Mental”? ¡Dónde! ¡Cuándo! ¡Cómo es posible que esto también sea la música! Es que es inenarrable… su sonido, el carácter audiovisual de su puesta en escena… pero sobre todo, descubrir que los sonidos que oía con rencor, sonidos de una ciudad que me negaba a conocer por miedo a lo hostil, podían adquirir un sentido y volverse música.  El llanto de un niño, la sirena de una ambulancia, un huaynito ayacuchano, la interacción telefónica entre una trabajadora sexual y su cliente, etc… , ahora incorporados estéticamente sobre la atmósfera que evoca una guitarra, líneas de bajo poderosísimas y una percusión que podía virar sin ningún problema desde ritmos del jazz hasta el rock más duro y vertiginoso.

    Me parece que en gran medida esto es Ertiub: una mirada a veces amorosa, a veces desencantada, hacia las posibilidades del desorden; sonidos que se amalgaman, se interceptan, se violentan, se destruyen, son extraídos de la realidad y conducidos a través de la música en atmósferas sonoras o disrupciones. Lo que remite necesariamente al propio desorden de la ciudad, una Lima que se mezcla a sí misma de manera infinita. Estética del caos. La música para conducir el desorden y otorgarle un sentido. O en su defecto, recurrir al sentido inverso, es decir, ir desde la armonía hacia el profundo caos, como en la versión en vivo de “Caricia Mental”1 [1]. El sonido de Ertiub es la interacción entre el orden y el caos, el amor y el miedo, la esperanza y la desesperanza.

    Asimismo, una mirada atenta, que puedo comparar a la de los gallinazos, quienes miran la ciudad desde los cielos (¿cuánta ciudad cabe en sus ojos?), y a la vez, urdir en lo pútrido, lo obsceno, a propia voluntad. Un animal que devora las imágenes y los sonidos de la urbe, sigilosamente, en silencio. Aunque arroje también una postura crítica, no desde la concientización forzada o la superioridad moral: mirar simplemente, mirar sin juzgar, entender.

    Reconozco que Ertiub está demasiado dentro de mi fuero interno. Y hay cosas que están en mi alma que ni siquiera puedo ni me interesa comunicar. Sospecho que la crónica aquí termina para ustedes. No para mí.

    ‎

    Fotografía de portada: Oscar T. Kobayashi Seki

    Notas

    1. De hecho, en este track queda manifiesto de forma más evidente lo que refiero líneas atrás. Los dos riffs reconocibles que arman la canción, representan una antítesis. Por una parte, un riff ciertamente oscuro, rabioso, urgente, y luego un rasgueo cercano más bien a la ternura, a la luz, al amor. Finalmente, la desaparición de ambos sonidos en un desorden voluptuoso, desde donde emergerá eternamente el himno del país. ↩︎
  • Una crónica a destiempo

    Una crónica a destiempo

    Crónica por Julio Hermoza
    Diseño de portada por Víctor H. Llerena

    El tiempo se pasa rápido
    parece que el mío se está acabando
    “19 años” – 6 Voltios

    El 2 de marzo de 2013, Alexis, Mapache y Emilio no lo sabían pero tocaban juntos por última vez. Un concierto accidentado y varios conflictos de por medio hicieron que al día siguiente Mapache y Emilio dijeran hasta aquí nomás y abandonaran 6 Voltios. Nueve años y una pandemia después, los tres músicos vuelven a subirse juntos a un escenario. La excusa: un concierto-reunión por los 25 años de la banda chikipunk más emblemática del Perú.

    ***

    —Tanto pensar y razonar estoy seguro que van a destruirte, ahora estás usando drogas tan solo para aliviar —canta Alexis Korfiatis, 39 años, guitarrista de 6 Voltios. Aunque cantar es un decir, porque Alexis hace cualquier cosa menos cantar. Vocaliza. Articula sonidos. Emite cadencias sonoras. Pero jamás canta. —Ahora sé lo que sientes, yo a veces me siento igual, pero tienes que encontrar otra salida — continúa Alexis, casaca roja, jean negro, su característica voz ronca y leñosa. A unos metros de él se encuentra Emilio, el bajista. Y detrás de ambos está Mapache, el baterista, quien baqueta en mano y pedal en pie aumenta progresivamente la velocidad con que golpea la tarola y el bombo, originando un pogo cada vez más frenético y violento del que ya no puedes —ni quieres— salir.

    Es 2 de julio de 2022, sábado, 11:55 p.m. Estás con tus patas en el interior del Plaza Arena: un recinto de 15 mil m², en Surco, donde los miembros fundadores de 6 Voltios —Alexis Korfiatis (guitarra y voz), Mauricio “Mapache” Llona (batería y coros) y Emilio Bruce (bajo)—  están realizando un concierto-reunión luego de nueve años sin subirse juntos a un escenario.

    Como se recuerda: en marzo del 2013 y luego de la bochornosa actuación de Alexis en un concierto realizado en Ate, Mapache y Emilio decidieron dejar oficialmente 6 Voltios.

    ***

    Entre 1998 —año en que debutan y alcanzan el segundo lugar en el Concurso Hamilton Rock— y  2013 —año en que dos de sus miembros fundadores abandonan la banda—, los 6 Voltios publicarían cinco álbumes de estudio: Desde El Sótano (1999), Generación Perdida (2001), Tan Solo Una Vez Más (2002), Día Plástico (2003) y Descomprensión (2006).

    Todos estos discos, a excepción del primero que posee ciertos dejes ska y reggaes — herencia directa de Asmereir—, se bambolean entre los terrenos musicales del punk rock melódico y el pop punk más mainstream. Entre el sonido de sus referentes locales —Futuro Incierto, Asmereir— y el de sus referentes extranjeros —Bad Religion, The Vandals, No Use for a Name, Millencolin, Blink-182, The Offspring, entre otros.

    En lo concerniente a las letras de sus canciones, los 6 Voltios exploran las mismas obsesiones de Asmereir: el desamor, la imposibilidad de madurar, el sentirse extraviado y alienado en una sociedad donde es imposible encajar.

    Atrás quedaba la mirada madura y crítica, junto con las narrativas contestatarias, que tanto había caracterizado a los subtes ochenteros. Ahora eran otros tiempos —tiempos del posconflicto, del regreso a la “democracia”, del fin de las utopías— y los chikipunks parecían no estar dispuestos a reflexionar sobre otra cosa que no fueran los manidos tópicos adolescentes.

    Esto último totalmente entendible teniendo en cuenta que el movimiento chikipunk no era otra cosa que adolescentes hablando sobre sus problemas adolescentes con la más pura honestidad adolescente —sin filtros ni mediaciones adultas.

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    En Desde el Sótano, el álbum debut de los 6 Voltios, se pueden hallar 4 canciones que —sin dejar de lado los tópicos adolescentes (abuso de drogas, desamor, soledad)— se aproximan a una temática que no es exclusividad de ningún rango etario: el dolor existencial.

    Track #2: “Otra Salida”. El conocimiento como fuente de dolor. Tanto pensar y razonar / Estoy seguro que van a destruirte. (…) / Ahora sé lo que sientes. / Yo a veces me siento igual.

    Track #3
    : “Sonreír”. El dolor provocado por el tedio y el hastío existencial, es decir, por el acto mismo de vivir. Últimamente ya nada me ha motivado. / Y no puedo saber por qué vivir. / Ya nadie tiene la fórmula. / Para hacerme sentir bien. / Un paseo por la muerte. / Creo que será mejor. / Mucho mejor que aquí.

    Track #5
    : “Nube Triste”. El dolor atávico como desencadenante de trastornos psicológicos: disociación, despersonalización y comportamientos asociales. No me trates de hablar. / Hay momentos en que los que solo quiero estar aislado, aislado en mi nube. / Estoy viviendo en la muerte. / En un mundo distorsionado. / Sin nada que temer y tampoco nada que hacer. / Estoy sentado en mi nube triste otra vez. / Y vuelo por los aires, más allá.

    Track #12: “Loco”. El dolor que, de tan velado e interiorizado, suele confundirse con la locura. Y quedé loco, como un enfermo mental. / Y no espero que entiendas todo mi dolor. / Pues siempre supe que nunca podrías.

    Todas estas canciones fueron grabadas y lanzadas en 1999, pero compuestas un par de años atrás: entre 1997 y 1998, cuando Alexis Korfiatis —responsable de las letras, y, por tanto, del éxito de 6 Voltios— tenía 14 y 15 años.

    ***

    “Todos los días siempre lo mismo, siempre la misma mierda. Esta maldita rutina me está hinchando los huevos”, entona Alexis Korfiatis mientras coge vehementemente el micrófono con su mano derecha. Tiene 15 años y la voz agudísima: la típica voz de pito de los adolescentes. Muchos años después, producto de la edad y el consumo excesivo de tabaco y otras drogas, su voz se volverá áspera, ronca, leñosa, y perderá fuerza. Pero para eso todavía falta mucho. Es 1998, hace calor y los 6 Voltios están debutando en el Concurso Hamilton Rock. 

    ***

    “Que levante la mano, por favor, quién quiere chuparme la pinga”, dice un Alexis errático y desaforado, antes de comenzar a tocar. Tiene 30 años, el torso desnudo y varios gramos de coca encima. “Esta canción se la dedico a ustedes, hijos de puta, porque son una maldita generación perdida y me llegan al pincho”, continúa Alexis y ejecuta los primeros acordes de la emblemática canción “Generación perdida”. Los segundos pasan, y a la guitarra de Alexis se le agregan la batería Mapache y el bajo de Emilio. Son tres minutos de puro punk rock melódico. Aunque decir “melódico” es naturalmente una ironía: la voz y la guitarra de Alexis suenan tan sucias y desprolijas que están más cerca del hardcore punk ochentero —Autopsia, Eutanasia, SdM— que de sus afines chikipunks —Diazepunk, Dalevuelta, 40 Gramos.

    Es marzo del 2013 y los 6 Voltios están tocando en el Festival Rock en Ate. Aún no lo saben —no hay forma de que lo puedan saber—, pero dentro de varios minutos Alexis descubrirá que Mapache, cansado de su procacidad e insolencia, ha abandonado abruptamente el concierto y en su lugar ha dejado en la batería a un aficionado que no para de cometer errores; entonces, indignado y totalmente fuera de sí, debatiéndose entre el descontrol y el nihilismo chikipunk, Alexis arrojará su guitarra, pateará desquiciadamente los amplis y, al igual que Mapache, abandonará también el escenario.



    Cinco días después, el trío de punk rock/pop punk lanzará un comunicado oficial donde anunciará “la salida de la banda de Mauricio y Emilio por diferencias irreconciliables con Alexis”. A partir de esa fecha, la formación original nunca más volverá a subirse junta a un escenario. Eso sí, 6 Voltios —como nombre, como marca— seguirá activa gracias a Alexis y dos músicos jóvenes que entrarán en reemplazo de los anteriores. Incluso continuará girando por el interior del país y engrosando su discografía: Para tu Cabeza (2013), Alto Voltaje (2014) y Desde el Ático (2022). Aun así, sin Mapache y Emilio la banda ya no transmitirá lo mismo. Y los primeros en darse cuenta de esto serán sus viejos fans, los que conocieron a 6 Voltios en los inicios del nuevo milenio, los mismos que hace unos meses compraron sus entradas online tras enterarse que la formación original —9 años y una pandemia después— iba a juntarse por única y última vez en un concierto-reunión por los 25 años de la banda.

    ***

    El concierto-reunión de 6 Voltios tiene la peculiaridad de estar dividido en dos zonas: Zona VIP y Zona General. Las diferencias entre ambas zonas son básicamente tres. Uno: la entrada para Zona General —la que tú y tus patas compraron— cuesta cincuenta soles menos que la otra. Dos: mientras en la Zona VIP el público mayoritario bordea los cuarenta años, en la Zona General se concentra un público relativamente más joven —uno con mayor densidad capilar antes que corporal. Tres: mientras que en VIP uno puede apreciar el performance escénico de los músicos, junto con el despliegue de luces, colores y pantallas que los acompaña (2 pantallas horizontales y 3 verticales); en la Zona General a duras penas se distingue el par de pantallas horizontales —dos bichos fosforescentes alumbrando en plena noche cerrada.

    Hace unas horas tú y tus patas estuvieron ahí, en la Zona General, intentando amplificar la experiencia del concierto con alcohol barato y pogos ritualísticos.



    Pero eso fue hace rato, es decir, ayer. Ahora ya es 3 de julio, 1:02 a. m., domingo. Y gracias al descuido de los vigilantes —que debían evitar que los de Zona General se cuelen en la zona más exclusiva— en este instante te encuentras aquí, en Zona VIP, a solo unos cuantos metros de Alexis y compañía, que están tocando la que a tu parecer es una de sus mejores canciones: “19 años”. Diecinueve años de edad. / Viviste cosas que te hicieron caer al piso. / Encontraste en quién confiar. / Buenos amigos, buenos recuerdos. El pogo cada vez se vuelve más bestial, más encarnizado. Si sigues aquí es porque ya no puedes salir de esta marea humana que arrasa con todo lo que encuentre a su paso. Da igual si es un fotoperiodista buscando el instante decisivo bressoniano o una parejita melosa subiendo un nuevo estado a Instagram, esta marea lo barre todo. No me jodas, no me presiones. / Hazlo por mí, solo déjame tranquilo. / No puedes ver que me estoy enseñando a vivir. / Estoy aprendiendo a vivir paso a paso de mis errores. Haces un pequeño esfuerzo para ubicar a cualquiera de tus patas, pero no los distingues. Realmente, a estas alturas ya no puedes distinguir a nadie. A lo sumo puedes sentirlos corporalmente: a través de los codazos, rodillazos y combos en la cara que de cuando en cuando te comes. El tiempo se pasa rápido. / Parece que el mío se está acabando. / Y si creíste que no iba a cambiar / Mírame ahora: sano y en línea. / Es hora de cambiar. Una nariz sangra luego de estrellarse contra un codo, unos dientes se rajan producto de un puñetazo, las bisagras de unos lentes —tus lentes— salen disparadas por los aires. Varios celulares y billeteras son sustraídos subrepticiamente por uno o múltiples ladrones de poca monta. Un hombre cae en medio del círculo humano que gira y gira sobre su mismo eje. Los 6 Voltios dejan de tocar: el círculo humano se detiene.

    ***

    Que se acerca a su fin, aunque nadie lo anuncia ni lo enuncia, es algo que se puede intuir. Ya sea por el agotamiento —el tuyo, el de los músicos— o por la hora —02:00 a. m.—, uno puede presentir que el concierto-reunión de 6 Voltios está a punto de acabar. 

    —Este concierto más que ser un concierto, es como una fiesta, una reunión, una celebración. —dice Alexis y, junto con Mapache y Emilio, interpreta su segunda canción más conocida: “Wirito”, la cual los puso en el radar musical veintitrés años atrás, allá en 1999, luego de que Manuel Sanguineti decidiera pasarla por su radio de rock, Doble Nueve. El cómo llegó dicha canción a los oídos de Sanguineti es algo que no saben ni los propios músicos. Tú, por supuesto, tampoco lo sabes. Lo único que sabes es que hace frío, que estás cansado y que, una vez acabada la canción “Wirito”, los 6 Voltios han comenzado a tocar la archimegaconocida “Lejos”. Estoy cansado. / Tan aburrido. / Ya no me importas. / Ya no quiero estar aquí.

    Minutos más tarde los 6 Voltios anunciarán el fin del concierto y los asistentes comenzarán a retirarse del local. Unos cuantos —los que perdieron sus pertenencias durante el pogo ritual— se quedarán durante varios minutos más, buscando infructuosamente sus cosas entre el mar de plástico y tecnopor que parece querer inundar todo el Plaza Arena.

    Tú también estarás ahí con ellos. Aunque no buscando un objeto, sino a tus patas. Los buscarás durante diez o quince minutos. Tiempo suficiente para percatarte de que cualquier búsqueda que emprendas estará destinada al fracaso absoluto: eres miope, perdiste tus lentes en el pogo y tu celular está sin batería.

    Ni bien abandonas el local, te subirás al primer carro que te lleve a casa. En el trayecto, producto del cansancio y el alcohol, te quedarás dormido y volverás a tus diecisiete, dieciocho años. A tu etapa universitaria. A la época en que tu vida se resumía en tocar covers de 6 Voltios, y escapar de clases para llegar puntual a los “ensayos” con tu banda. O al menos hacer el intento. Porque en honor a la verdad, nunca llegabas a la hora. Daba igual si se trataba de una sala de ensayo en Carabayllo o un lupanar lumpen en Huachipa, tú siempre eras el último en llegar. Siempre tarde, huevón. Siempre a destiempo. Como esta crónica.