La semilla de algo importante

Escribe Matías Loayza

¿No es la música lo que muchas veces nos ha salvado del ruido? Ahí, a oscuras, apagamos las pantallas para desangrarnos en el silencio, como acto final; un ritual sin palabras en el que el sonido fue el bisturí que abrió la herida colectiva para regenerarla, aún sin saberlo. 

Desde sus inicios, las sesiones de escucha de Espacio Sonido se convirtieron en un refugio donde el sonido actuaba como puente entre desconocidos. Para mí, recién migrado a Lima, un lugar así fue como hallar una casa en el exilio, donde un coro anónimo resuena más allá de las cuatro paredes.

El sábado 12 de julio en La casa de mamus, sucedió Anti[terapia] en la 2da feria profondos del colectivo Psicopolítica: una escucha colectiva en silencio, apenas iluminada por una tenue luz roja y el caos lejano de la ciudad. Veníamos de conversaciones sobre resistencia política en un país injusto, un teatro testimonial sobre el dolor que se impregna en el cuerpo y poesía insurgente a micro libre. Al formar aquel círculo, nos preguntamos: ¿qué nos convoca aquí? Me parecía hermoso, porque daba vida.

Playlist

Alguien se dejó caer entre las almohadas que habitaban el lugar. Y entonces, sin transición ni mayores explicaciones, Dafne puso el primer track. El grito sonoro arrancó del cuerpo de cada participante un torrente de imágenes y sensaciones: duelo, rebeldía, asombro. Al centro, nosotros: corazones latiendo al unísono, preguntándonos si veíamos las mismas películas con los ojos cerrados. La Naturaleza de Asia Menor, me hizo recordar esa adolescencia rota que hemos vivido los que nos sentimos al borde. Y en esa penumbra, la música me regaló un hogar inesperado.

A estos lugares nos lleva la música. A la soledad de tu cuarto, ahora transportado a una cúpula llena de gente, gente como tú. Recordé a mi mejor amigo. Si estuviera vivo habría amado sentir esta música locamente hipersensible. Sentí sus risas comprimidas en ese sintetizador, su ausencia danzando a mi lado. En cada acorde, la herida palpitaba, pero también la certeza de que no estábamos solxs. ¿Cuántos aquí han perdido a alguien y en quién(es) piensan cuando corren estas canciones?

01-06-85 de Kai Whiston, rompió el velo. La música abstracta salía de un parlante que le hablaba directamente a quien cerraba los ojos a mi costado y movía las manos como si tocara una batería imaginaria y a quien veía caerle una lágrima y sonreía como si recordara algo que olvidó desde mucho antes.

Luego, el sonido mutó a Despertar de un refugio de Tanguito, y pensé en una Lima hecha por lxs migrantes, en lo punzante de habitar su egoísmo, en esa dulce resistencia nacida de la sensibilidad de esta música salida de las vísceras. El tipo de música que suena cuando vemos frente a nuestros ojos una guerra caer. Resistencia sonora en una distopía que nunca estuvo más cerca. 

Cuando acabó Déjame de Roséll, y con él la sesión de escucha, alguien susurró “no prendan las luces, déjenlas así” y asentimos. Nos hemos fundido en el rojo de esta ciudad por un momento de la eternidad y conversamos sobre almohadas repartidas en el suelo como amigos que se encuentran después de años, aunque no se conozcan. 

Lo dijo alguien después: “Siento que me fui de aquí, y fue como meditar, estar en calma”. “Siento que volví a mi casa, a la época donde no teníamos luz y poníamos velitas para hacer la tarea”. “Siento que recordé”.

Con ese eco flotando en el aire, César y Dafne mediaron las preguntas que surgían y empezaban a responderse aún en el silencio del pasillo donde estábamos, no podíamos ver(nos), pero sí que podíamos. Las palabras que se comparten al final son como un tejido vivo; “¿y qué les pareció?”, es una pregunta que inspira con sencillez. Una de las participantes intervino, a modo de sugerencia: “me hubiera gustado que nos den instrucciones sobre qué hacer, en un momento (recién en la tercera canción) me di cuenta que debía escuchar, no sabía muy bien qué debía sentir”, a lo que la respuesta de Dafne fue tremendamente coherente y natural “en realidad no necesitas nada; a veces también es el hecho de habitar la incertidumbre, de no saber, y eso que hiciste era el propósito”.

Habíamos tejido un puñado de historias íntimas, un eco de dolor y corpóreo alivio. Tenían un poder profundamente curativo. Cada arrastre de cuerdas, cada golpe seco, nos recordó que lo marginal, lo roto, tiene su propio armazón de belleza. 

Le dije a César: “Siento que esto es valioso”. ¿Cuánta gente se juntaba en un espacio cerrado a escuchar música, analizarla, procesarla, sentirla, compartir lo que le movió e inspirar a alguien más antes de irse a casa (si es que la tendría) y cómo serían sus circunstancias o su contexto? ¿Le haría el día más feliz o más soportable? 

¿El Perú (solo) necesita terapia? Quizá la cura no está en pastillas ni tratamientos individuales, sino en espacios comunitarios de escucha. Pienso que el Perú necesita mejores condiciones humanas. Y realmente, ¿qué es terapéutico? Hubo formas de sanar las cosas mucho antes de las biblias académicas de la salud mental. Tal vez confiamos demasiado en la terapia, tanto que hemos caído en centralizar todo el peso de nuestra regeneración en ella. Verlo como la respuesta. La “cura”. Cuando hay una herida social y coyuntural que excede lo que se puede drenar únicamente en salas blancas.

Anti[terapia] desmontaba la “salud mental” apolítica: reivindicaba la sanación que surge desde lo colectivo. Aún sin proponérselo, o tal vez sí: era musicoterapia no institucional, una contranarrativa al discurso dominante. No había expertos; solo cuerpos dispuestos a sentir. 

¿Qué tiene nuestra sensibilidad de hermoso y valioso? Que transforma genuinamente, aunque nos disparen perdigones y leyes antitodo. Nos reunimos a escuchar(nos) desde adentro para transformar ese proceso hacia afuera. A cada persona que estuvo presente en las sesiones de escucha, les unía el pensar en un Perú que no duela y en música que permita hablar de todo esto. Por eso creo que lo que se hace desde lo crudo, lo denso, lo incómodo, lo dramático, lo tanático, lo tétrico, es una respuesta legítima al contexto en el que vivimos. Es humano. Sobre todo para quienes sentimos intensamente y encontramos un espacio donde eso no es mal visto, sino que se reconfigura como potencia creadora.

Tal vez esa es la función de algo como Anti[terapia]: crear nuevas formas de responder al sistema. Porque somos quienes no obvian el dolor, la rabia, el miedo. Somos el espejo. Atravesamos todas estas emociones y descubrimos cosas interesantes, que pesan mucho menos cuando no estamos solxs. 

Por eso creo en estos espacios como regeneración y comunión espiritual ―sin ese tinte blanqueado e inaccesible― sino humano, puramente humano.

Salí pensando en cuántos como yo encontraron aquí un hogar.

El sonido es un espejo del corazón. De tu alma. Es el reflejo del mundo interno del artista y que cuando se comparte, nos deja una semilla para siempre.

Me parece maravilloso. 

Me parece que es la cura. 

Me parece que estas cosas mueven algo y hacen algo grande en las personas.

“Es algo que siento no debería quedarse aquí, sino que es la semilla de algo importante”, me dijo César al terminar todo. También lo pienso. Como probablemente tú también. 

Me quedé con esto: “escuchamos, compongamos, hagamos, sintamos desde ese ser denso/sensible/humano porque tal vez eso sea la cura, la antítesis, el remedio para este mundo tan enfermo”.

Anti[terapia] no cierra: germina en cada corazón que aceptó el bisturí del sonido. Porque sólo enfrentando la herida en comunidad podremos, tal vez, aprender a vivir con ella, sanarla. 

Fotos y video por Xiomi Arce

Tracklist:

INQB8TR – Bark Psychosis
Acido TuErtiub
La Naturaleza – Asia Menor
01-06-85 – Kai Whiston
Ultraviolet – Soli City
Despertar de un refugio – Tanguito
Déjame Rosell