Reseña por César Zevallos
Es inevitable que mi experiencia personal con la escucha de este disco no interfiera con mi opinión del mismo: Hunky Dory fue mi mantra, la primera vez que me medicaba con música. De esa música a la que uno acude para salvarse, recomponerse, escapar momentáneamente del dolor, el tedio, olvidar el amor fallido o crear uno nuevo.
Llegué a este álbum por curiosidad hacia David Bowie. Es el músico favorito de tu músico favorito, mundialmente querido y aclamado; quienes se precien de sumergirse en la música, lo recomiendan, le tienen cariño y recuerdan su muerte como un momento muy especial, como la pérdida de un ser querido y cercano. Lo comprobé cuando entrevisté el artista peruano Alfonso Noriega, quien hace música electrónica como El Otro Infinito; me confesó que el día que murió Bowie, fue uno de los días más maravillosos de su vida. Con el mismo cariz, alguna vez un compañero de la universidad, vistiendo un polo de Ziggy Stardust, me mostró su conmoción por la grandeza de Bowie al publicar su último disco, Blackstar, el mismo día de su muerte. Así habrán muchas personas, todas con diferentes anécdotas pero el mismo sentimiento.
En efecto, no escucharlo no es una decisión inteligente. Solo me quedó elegir el punto de partida para comenzar la travesía. Decidí hacerlo por la primera gran producción de David Bowie: Hunky Dory. Porque ahí está “Eight Line Poem” (un manto de fibra que aplaca el fuego y la furia), “Kooks” (sentimiento paternal, amar sin esperar nada a cambio), “Quicksand” (salir a luchar sabiendo que serás derrotado). Porque, además, conocer el inicio de la evolución musical brinda un mejor panorama para entender las obras posteriores. Y Bowie tenía gran cantidad de material a lo largo de décadas, todos con un estilo perfectamente diferenciado y con su propia personalidad.
Hunky Dory dispone a un estado de alegre calma que permite colocar en perspectiva las experiencias acumuladas, observar los ascensos y las caídas que uno experimenta. Ese sonido agudo y lúdico característico del álbum se convirtió en luz reveladora, tristemente agresiva, del destino que uno construye sin ser plenamente consciente. Tiene un sentido de esperanza y renovación, junto a una soberana dosis de melancolía, que se edifica a partir del entusiasmo que Bowie imprime en todas las canciones. Este disco tiene pasajes plenos de armonía, muy atractivos también por esos atributos más bien graciosos en las entonaciones (curiosa forma de performar) de Bowie. Transmite un optimismo nada exasperante con narraciones genuinas y siempre entretenidas, utilizando una plataforma sonora sencilla, sólida, impecable y bastante accesible. Hunky Dory es adorable. Conmueve.
Publicada en 1971, Bowie sienta una de las primeras innovaciones a la estructura tradicional del rock. Sus intenciones lucen frescas hasta hoy. Es más que solo piano rock o glam rock: la guitarra y el piano, junto al saxofón, operan a la vez como protagonistas y complementos de texturas mayores, se mueven hacia territorios de encuentro entre el art pop y el art rock. Muy estilizado. Pero no se trata solo de una cuestión estilística, sino emotiva. Hunky Dory ofrece argumentos profundos para mandar al carajo las advertencias del fracaso de nuestra civilización o, sencillamente, de nuestra propia vida. Fill your heart with love today, don’t play the game of time.
No dejemos que el miedo siga creciendo.


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