Crónica por Julio Hermoza Diseño de portada por Víctor Pérez
I. UN GAAA REFRENADO
Cuando César, los ojos rojos, una chata de ron en la mano, me propuso contactar a la profe Delgado para organizar una sesión de escucha en nuestra vieja facu de Letras, yo le dije que sí, que llego, llego, recontrallego, causa, sin saber que, lastimosamente y por partida doble, no llegaría. No llegaría a la reunión virtual que posibilitó la realización de la sesión de escucha. Ni mucho menos llegaría a la sesión de escucha en sí.
Aunque esto último, hablando en rigor, de momento es solo una hipótesis: una conjetura carente del peso ontológico de las certezas.
Me explico: el evento “Extrañamientos” volumen II —ese es el nombre de la sesión de escucha— se está realizando ahora mismo, tal como se tenía previsto, en el aula 14A de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; y yo, por mi parte, sigo en el interior de este bus, de pie e incómodo, comiéndome el embotellamiento infernal que suele producirse a estas horas (6 p.m.) en la avenida Universitaria, lo que me lleva a suponer que no podré llegar a la sesión de escucha, del mismo modo que tampoco pude llegar a la reunión virtual en la que César, la profe Mónica y Víctor —un amigo en común— terminaron trazando las directrices finales de este evento. No obstante, como indicaba líneas arriba, este supuesto es solo una realidad ficcional y contingente, sin asidero aún en el mundo fenoménico; lo real, lo único brutalmente real, es el hecho de que sigo encerrado en un vehículo de mierda que no se mueve y que, por extensión, tampoco avanza. En eso se parece a mí, ¿o soy yo el que acaso se parece a él?, reflexiono, existencial, los dedos apretando el pasamanos, las piernas adoloridas de tanto estar parado.
***
Son las 7:30 p.m. y finalmente acabo de llegar al 14A. El salón está completamente cerrado. La puerta, sin embargo, tiene una rendija desde la que se puede ver el interior. Eso hago: ingreso la mirada por la rendija y reparo en que el salón donde se está realizando la sesión de escucha está totalmente lleno. Un éxito rotundo por donde se vea, pienso. Y acto seguido saco el celular y, en el grupo de WhatsApp que tengo con César y Víctor, dejo un mensaje pidiéndoles que me abran la puerta. Víctor escribe: lánzate un gaaa por la rendija. Me gusta su propuesta, de hecho lo evalúo durante un rato, pero las personas que están a mi costado, y que al igual que yo parecen haber llegado tarde al evento, me terminan disuadiendo.
Como en la puerta había un comunicado en el que se nos advertía a los tardones como yo que no toquemos la puerta a efectos de no interrumpir la experiencia de los escuchas, decidí ir al baño y luego, como quien no quiere la cosa, caer un rato a Tubos, donde según tenía entendido se estaba realizando una suerte de tocada punk. Así es como he terminado aquí, friccionándome con desconocidos, en medio de un pogo que aunque no es tan salvaje sí es peligroso porque a tan solo un par de metros hay un hoyo excavado en la tierra, vaya a saber dios a quién chucha se le ha ocurrido dejar un foso así, sobreexpuesto como una herida abierta, me digo, pensando en lo inseguro y riesgoso que podría resultar para la comunidad sanmarquina toparse con dicho agujero en una zona tan poco iluminada como Tubos… Y justo cuando voy a cruzar la variable A (el hoyo recién excavado) con la variable B (las pocas condiciones lumínicas de Tubos) y obtener unos hallazgos interesantísimos (¿?), un tipo muy joven me empuja exactamente en dirección al hoyo, provocando a su vez que yo, por pura reacción en cadena, termine abalanzándome sobre una chica aún más joven que él; pero precisamente porque la chica es muy joven, y la juventud y la flexibilidad suelen ir de la mano, ella realiza un pequeño amague y sale bien librada: cae de pie en tierra firme. Yo, por el contrario, como joven ya no soy, y la flexibilidad jamás ha sido una de mis virtudes, caigo de lleno en el hoyo. A los pocos segundos, casi al instante, unas manos amigas me ayudan a salir del hoyo y me reintegran rápidamente al pogo, a esa danza frenética que a estas alturas ya perdió todo su sentido comunitario y festivo: acabó el tiempo del rito colectivo, comienza el tiempo de la vendetta. O al menos así es como yo lo visualizo en mi mente: me veo a mí mismo buscando al pendejazo que me empujó al hoyo y haciéndole exactamente lo mismo, solo eso, fin, yo feliz, pacificado nuevamente conmigo mismo. Lo cierto, sin embargo, es que, como mencioné arriba, joven ya no soy, y después de la caída las piernas ya no me dan para seguir pogueando, así que tras sopesar pros y contras decido absolver de toda culpa a mi agresor y dirigirme a la facu de Letras.
Estoy nuevamente parado afuera del 14A: la puerta completamente cerrada. Luego de escribirles a César y a Víctor que me dejen entrar al salón, deciden al fin abrirme. Ingreso al aula. La atmósfera del lugar, junto con la tesitura de los participantes y el espíritu que gobierna todo el espacio, me sobrecogen y me maravillan a partes iguales, sobre todo porque las estelas que los sonidos dejan a su paso se encuentran en constante…
[Aquí se corta la narración. He decidido no seguir relatando los pormenores de la sesión de escucha, porque aunque dicho evento colmó enteramente mis expectativas y satisfizo mi alma en grado sumo, la intención del presente texto es acercarme tangencial y no directamente al evento. No obstante, si usted estimado lector está buscando leer artículos, crónicas o pequeñas estampas impresionistas sobre lo que fue propiamente dicho “Extrañamientos” vol. II, puede omitir el desenlace de este relato y pasar directamente a los otros textos. Les aseguro que gozan de mejor salud y poseen una calidad literaria muy superior a esta ¿crónica?]
II. UN GAAA LIBERADO
Es medianoche, la sesión de escucha culminó hace dos horas, y los ingenieros con los que estuvimos compartiendo cervezas y reflexiones acaban de retirarse. Ahora solo quedamos tres, somos los mismos del inicio: Víctor, César y yo. Como ya no tenemos un itinerario claro y no sabemos a dónde ir, decidimos enrumbar a Pando en busca de más alcohol o lo que sea que encontremos por el camino. La consigna es sencilla: celebrar y evadirnos. Celebrar por el rotundo éxito de “Extrañamientos” vol. II. Y evadirnos de la monotonía de los días laborales, de nuestra condición de asalariados precarizados.
Mientras nos dirigimos a nuestro reciente destino —Pando 9° etapa—, pienso en los ingenieros con los que estuvimos chupando: en lo monotemático de sus bromas, en la liviandad de sus reflexiones. Aun así, o precisamente por ello, la experiencia nos terminó resultando muy entretenida a todos nosotros. O mejor dicho, a casi todos nosotros. Porque definitivamente a Víctor todos esos ingenieros solo le resultaron irritantes. Tan irritantes como la docena de borrachos que ahora mismo acaban de salir de la puerta 2 de San Marcos y que tengo frente a mí, me digo. Y acto seguido, como si me leyera el pensamiento, uno de ellos se me acerca y me pregunta: ¿Lumbreras tenía razón o no? Rápidamente lo examino, y como su rostro se me hace familiar, le respondo con extrema naturalidad. No, le digo, no tenía razón. Repentinamente se acerca otro borracho y lanza otra pregunta: ¿Y Ruth Shady? A este no lo miro ni mucho menos le respondo: continúo caminando. César también hace lo mismo, aunque a diferencia mía, él camina en línea recta. Víctor, por el contrario, detiene la marcha y se queda estático. Contra todo pronóstico, el que usualmente sería el primero en apartarse del epicentro de la locura y el desquicio, esta vez decide quedarse ahí, inmóvil, fijo en su eje, y enfrentarlo, el rostro pétreo, la mirada torva. Pasan los segundos y el borracho que anteriormente había referenciado a Ruth Shady le agarra el hombro a Víctor y se dispone a hablarle. Mala decisión, pésima decisión: antes de que pueda siquiera ordenar sus pensamientos de borracho, Víctor abre la boca y le lanza un GAAAAAAA estrepitoso en toda la cara. Ese GAAAAAA que sale disparado a unos decibeles elevadísimos, y que me retrotrae a los kamehamehas que solo un Gotenks supersaiyajin 3 podía lanzar por su tracto vocal, condensa no solo el estrés y la desazón de un trabajador precarizado (como todos nosotros), sino principalmente la aversión hacia la humanidad entera por parte de este nuevo Víctor poseído por el espíritu makanakiano.
Unos segundos más y otro GAAAAAA aún más enérgico y horrísono que el anterior se vuelve a oír. Todos nos reímos, menos Víctor. A los borrachos, por su parte, se les acaba de pasar la borrachera. Huyen aterrados. Todos en dirección a la misma avenida: una avenida cuyo nombre evoca al lugar al que me mandan los fachos y ultraderechosos cada que les demuestro que sus argumentos de mierda no resistirían un análisis mínimamente riguroso. Vaya ironía, digo en voz alta. O quizá solo lo digo para mí mismo. A estas alturas eso ya no importa: acabamos de llegar a Pando, es de madrugada y solo espero encontrar una novedad que me haga pasar el rato. Un nuevo extrañamiento. Sí, eso es lo que busco, concluyo.
Quienes presenciaron “Extrañamientos” vol. 2, escribieron breves impresiones sobre lo vivido. Como repositorio del calor humano reunido en torno al sonido, aquel viernes de hielo. Como una liberación de la experiencia comprimida en el espacio. Para crear una memoria de la experiencia musical colectiva que Espacio Sonido organizó. Para reimaginar creativamente, siempre, la práctica de la escucha musical, tan escasa en Perú.
Jonathan Estrada (Solobones): ¿Qué se pensaría de escuchar música tendido en el suelo, en algún salón arrinconado de un claustro cuatricentenario? ¿Qué se pensaría de que aquel espacio esté acondicionado con unas ralas lucecitas y algunos edredones desparramados en el suelo? ¿Qué se sentiría al ingresar y escuchar vibrante y enclaustradamente a Damo Suzuki, de la banda alemana Can, berreando esos 18 minutazos de “Halleluwah”, del más que inquietante y ya clásico Tago Mago? Asumo que los actos subversivos han pasado de dejar pintas en las paredes y proclamar vivas a un cachetón megalómano, y hoy el orden se resquebraja realizando un acto tan bello y sencillo como escuchar. Menos mal existe la irreverencia de la mocedad, menos mal existe San Marcos, menos mal existe un espacio que vincula el sonido, al acto más honesto de resistencia…
Surhama Cazorla: El evento se percibió como una galería de arte, al cerrar los ojos podías transportarte de exposición en exposición. Cada paso te sumergía en un nuevo universo de sonidos, visiones y sensaciones musicales que se entrelazaban en una experiencia multisensorial. El ambiente era acogedor y cálido, me hizo sentir cómoda y bienvenida desde el primer momento. Como un colectivo amable, las miradas de los presentes parecían decir: “Hola, ven, siéntate y abrígate con tu mantita”, creando una atmósfera de inclusión y seguridad.
Erick Garay: Vuelvo a un salón sanmarquino luego de siete años. Esta vez es diferente: no hay sillas, ni pizarras ni docentes. El ambiente ha sido intervenido para una experiencia distinta de la de la cátedra más estándar. Invita a echarse en el suelo alfombrado, apoyar la cabeza en alguna almohada, hojear algún libro iluminado por esa cálida luz de pequeñas bombillas mientras la música previa al evento se sucede en los parlantes. Minutos antes, me había encontrado con gente que no veía hacía años, en Tubos, en los pasillos de la facultad. Van al salón en cuestión, el de la sesión de escucha. Una vez allí, cuando la gente va llenando el espacio, siento un elemento adicional de calidez en el ambiente. Amigos míos, o amigos de mis amigos. Me siento cómodo, parte de un grupo. No quiero decir, aclaro, que la mayoría fuera gente conocida, al contrario, eran desconocidos, pero la idea de estar todos allí, reunidos simplemente para escuchar música, le daba un tono de complicidad tranquila a lo que vendría.
En algún momento se apagaron las luces. Cerré los ojos. Los mantuve así. Poco a poco mi pensamiento fue abandonando las palabras, las ideas, para dejarse llevar por una corriente de sonidos, de música; no pensaba, por ejemplo, “ha acabado una pista y ha empezado otra”; había silencios largos y cortos, o no los había, en una sucesión única de sonidos. Y mi pensamiento estaba ya en pausa. Mi mente, tan pegada siempre a las palabras, necesitada de ellas para procesar el mundo, para transmitir mi experiencia de él, las había abandonado, tranquilamente, naturalmente. Ahora que lo escribo, no recuerdo haber experimentado eso en mucho tiempo. Ocurrió en las pistas sin voz —tal vez en el primer bloque, de música internacional, aunque ya no estoy seguro—; no había voces que trajeran significado, el sonido era el significado mismo. Tampoco me importaba de dónde se creaba la música, si era electrónica, o de qué instrumento o artefacto se emitía. Me sentía rodeado de un manto, en un lugar donde solo hubiera sonido, donde solo tuviera el sentido auditivo y no extrañara en absoluto los otros. Y yo estaba avanzando en esas ondas, a las siguientes, y a las después de ellas… Es difícil decirlo con palabras. Bueno, estas, en algún momento, volvieron. No sé si de mi mente o del exterior —como con alguna composición donde intervenía la voz humana. Pero el cambio no fue brusco; fue más bien la suma de elementos que volvían, que me recordaban que también eran parte del todo. Fue como cuando una marea mansa te regresa a la orilla, y te recuerda la textura de la arena, o el peso de tu cuerpo en una superficie no acuosa.
Maricielo Pérez: El bloque peruano me hizo volar. Es increíble cómo fluyeron las emociones, desde la ensoñación de Rafo hasta la indignación de El Dedos. Desde mi lugar, echada en el piso, con la oscuridad a favor de mi timidez, me movía en ese espacio e ideaba escenarios con personas extrañas. Fue mágico.
Gabriel Carbajal (h a b ø): Llego. Toco y entro. Observo; el tacto de lo que veo. Personas sentadas esperando el trance, ese, el de abrir las puertas inmersivas de sus cerebros. El ambiente es cálido en contraste con el frío concreto del servicio público, se infiltran ruidos pero el ambiente es cálido aún. Extraña la sensación de espera, mente abierta, miedo al lado, viento helado. Sigo el tacto de lo que veo, todo listo; segundo bloque, el de los peruanos, me salté el primero por comprar un vino seco; viento helado en el ambiente cálido y empieza como tocando, así como yo entrando, pero inmersivo a mi mente sonando. Flota sobre el piso, cruza con tu escucha e irrumpe en tu cuerpo el inconforme sentir de la realidad impregnada, resignada; terminó y ese fue el mensaje.
Luz Cáceres (luxsie): Las ondas suaves y arrebatadoras de “Extrañamientos” vol. 2 rompieron la cápsula de mi letargo. Me cautivaron y liberaron simultáneamente con su trance melancólico y sensual. Entre los pies y el techo que se extendían en blanco, la música abrió mi mente a cambios abruptos que resonaban y se dibujaban en mis pensamientos. Experimenté una satisfacción profunda en mi desarrollo espiritual, integrándome en lo desconocido y desafiando convenciones. Frecuencias, ritmos y timbres me llevaron a una nueva síntesis compuesta de múltiples capas de percepción y emoción. No hubiese sido posible sin la manifestación/conexión colectiva.
Matías Loayza: Creo que la música es un puente con la capacidad de conectar memorias en una sala donde nadie se conoce, aún en tiempos de profunda división: “Extrañamientos” lo reafirmó, fue una experiencia que encontré en el frío distante de Lima como un lugar de regeneración, una forma de resistencia frente a la estandarización; desde la autenticidad, la disidencia y la sensibilidad. Era música nacida en la disrupción, una climática escalera sensorial. Me recuerda a quiénes fuimos antes de la era digital, cuando podías sentarte en la oscuridad a escuchar, entre el pulso visceral, el ruido suave de una radio antigua y los discos de una banda local llamada Insumisión. Sonaba un rap como de los 90 escrito por gente inconforme al sistema, un ancla al recuerdo de la migración y los audífonos de cable en la ventana del micro. Lof Less hizo vibrar la guitarra con un arco de violín, un pulso de ensueño. Y durante Las Horas de Valeria Aragón sentí esa intersección vivencial entre imagen, palabra y sonido; en palabras de uno de los chicos: era como estar dentro de un cortometraje. Es valioso escuchar música con otrxs en silencio, porque es un lenguaje implícito.
Pienso en el valor de este espacio como la ruptura de creencias tradicionales sobre “hacer música de verdad”, y en que lo único que la define es su capacidad de transmitir. Quienes tocaron fueron la inspiración de un otrx. Y eso es maravilloso. Atreverse a compartir, tal vez por eso llegamos allí. Pienso en cuánta gente necesita esto un segundo de su vida para poder seguir. Agradezco esas horas infinitas. Porque esa es la forma en que la música tendría que escucharse: sintiendo. Y porque es el motivo principal del porqué hacemos lo que hacemos. Creo que la música es hogar. Es movimiento, necesidad, urgencia. Tener algo muy grande que expresar. “Extrañamientos” fue la celebración de todo ello, y espero que siga siendo el tejido vivo de quienes deciden no encasillarse en moldes establecidos, desde el amor por hacer (y ser).
César Zevallos: “¿Qué es lo que tratan de transmitir?” Al finalizar la sesión para dar paso a las intervenciones en vivo, esa pregunta me encontró desarmado. No la esperaba, pero intenté responderla. “Buscamos inquietar, estimular…”, algo así respondí, no lo recuerdo. Y no es inexacto, porque intentamos generar ese tipo de dudas. Pero me quedé con la necesidad de ahondar en mi respuesta. En la inmensidad de las sensaciones que se escapan en el espacio, ¿cuál es el hilo conductor, a dónde se supone que uno debe llegar en esta travesía? Creo que la duda iba por ahí. La pregunta, por lo tanto, no cuestionaba la finalidad de la sesión, sino que trataba de entender el extrañamiento que ha generado en esta persona, cuyo nombre desconozco pero sé que es amigo de Víctor. Pienso que ha esperado encontrar un mapa para guiarse entre tantos sonidos reverberando; identificar si lo que siente, es lo que nosotros buscamos, si la experiencia es correcta o se ajusta a nuestros objetivos. El problema (¿o la principal virtud?) es que el sonido no puede verse, no se puede determinar alguna especie de objetividad en su apreciación, de modo que ofrecer como respuesta un mapa, una ruta, sería completamente inútil y hasta burdo. Por eso el sonido me parece mucho más sugerente y atractivo que la imagen. Por eso, 4ever extrañamientos, 4ever Espacio Sonido. Nada más.
Dafne Castañeda: Cuando suelo escuchar música o buscarla, lo hago desde la soledad, la mayoría de las veces. Tengo muchas sensaciones y emociones cuando soy testigo de los sonidos que suceden en el presente, al oír una canción. Me he preguntado si todos somos capaces de eso, de procesar la escucha conscientemente. “Extrañamientos” es asistir a un lugar para dedicarle tiempo a la escucha. Me alegra que haya sucedido. Me alegra ser testigo de eso.
Romper con el orden de una canción es algo que experimenté ese día, al final del evento junto a Ricardo (Lof Less). Solo nos propusimos pensar en máquinas grandes, espacios vacíos, países vacíos, ciudades vacías, la noche, el frío, la oscuridad y la ausencia humana. No había una canción, no había letra, no había que agradar; sin embargo, nos abrazamos a la armonía y al sonido que trae una máquina funcionando. ¡Eran nuestras mentes funcionando! Recuerdo que terminamos el jam porque nos cansamos y era mejor terminar que aparentar. Ese día amé la electrónica y a mí también, un poco más.
Crónica por Robert Villena y Ricardo Barreto a.k.a. Lof Less
Roger Waters llegó a Lima con su gira “This Is Not a Drill” (Esto no es un simulacro), el cual retumbó el Estadio Nacional con canciones propias del exmiembro de Pink Floyd y tracks de álbumes como Wish You Were Here, Dark Side Of The Moon, Animals y, por supuesto, The Wall. Precisamente este último álbum cumplió su cuadragésimo cuarto aniversario de haber sido lanzado en el Reino Unido el pasado 30 de noviembre. Un día antes, desde Espacio Sonido y junto a un conocedor grupo de oyentes de Pink Floyd, formamos parte de ese viaje que ofreció Waters en su tercera visita al país. Aquí hacemos un repaso de la experiencia ofrecida en su proclamada gira de despedida.
La espera por una tercera chance
Tuvo que pasar más de 10 días para que, después de anunciar a países como Chile, Argentina y Uruguay, finalmente pudiera confirmarse durante mayo de este año, una fecha en Lima, Perú. La locación establecida en esta tercera oportunidad fue el coloso José Díaz. De acuerdo con Jorge Nieto, director general de Kandavu ―productora encargada de traerlos―, este fue un pedido técnico del propio Roger, quien solicitó un escenario 25% más grande que su anterior presentación en el Estadio Monumental (1) Estas y otras gestiones tomaron alrededor de siete meses.
Con la confirmación de la fecha, cientos de seguidores peruanos, incluyéndonos, cancelamos las evaluaciones de ir a visitarlos en algún país aledaño. Si bien es cierto, para el 2023, la idea de que Water visite el país era posible, esto no siempre fue así. Para el 2007, el cliché de una presentación en Lima solo sería posible “cuando los chanchos vuelen”. Esto en un contexto en el que bandas como los Rolling Stones, U2 o New Order habían pisado suelo sudamericano, pero decidieron no acordar con Perú.
“Sucede que hablar de milagro en el caso de esta visita no es exagerado. La visita de Waters a Perú será única si consideramos lo que nos han hecho creer desde siempre: que somos un país negado para los grandes espectáculos del rock”, señalaba ‘Somos’ días previos a su presentación aquel 12 de marzo del 2007.
Divinidad y esplendor
La despedida de Roger Waters requería de elementos físicos en sus presentaciones que transmitieran majestuosidad en cada una de las más de 20 canciones de su gira. En Estados Unidos y Europa, así como en México, “This Is Not a Drill” contó con una gran pantalla en forma de cruz de 650 metros cuadrados. Si bien la calidad en el espectáculo no cambió, esto no ocurrió en Lima ni en otras ciudades de Latinoamérica, debido a que el show fue realizado en estadio abierto.
No obstante, para Waters es importante contar con estos elementos que realcen las emociones de los asistentes. “Siempre realizo grandes shows en arenas y estadios. Acabamos de hacer 64 fechas en EE. UU. todas en lugares cerrados. En estos lugares la puesta en escena es diferente a todo lo que hayan visto. Al aire libre sería un poco diferente. Porque adentro colgamos todo a lo largo de la arena y al aire libre no puedes colgar nada. La gente no estará decepcionada si de verdad les interesa el espectáculo y yo estoy interesado en el espectáculo, por eso lo hago apropiadamente”, comentaba en una entrevista durante su última visita a Perú en el 2018 (2).
Así, en Lima se contó con 4 grandes pantallas que sirvieron para presentar narraciones e ideas mediante las que Roger se comunicaba con su público durante el concierto. Entre ellas, breves párrafos sobre pasajes de su historia con Syd Barrett cuando eran jóvenes. Además de narrar los principales casos de abusos de autoridad y crímenes bélicos contra civiles, periodistas y activistas sociales. No recordamos algún show donde el artista se comunique con subtítulos a través de la pantalla, que narre lo que sucederá, en sí, el concepto del concierto. Esto generó la sensación de que estábamos conversando con “el viejo Roger”, sus anécdotas y puntos de vista de la realidad.
Un punto por reconsiderar para próximos eventos es la colocación de zonas con sillas. Durante las primeras canciones de la noche del 29 de noviembre, los asistentes al concierto estuvieron en duda entre mantenerse de pie y sentarse. No faltaron aquellos que se emocionaban y necesitaban saltar, y los que, por el contrario, exigían que no les taparan la vista. En lo sucesivo, el público se levantaba de sus asientos, y cada vez menos era la queja de los que querían presenciar sentados un concierto de rock.
No hay Roger Waters sin mensajes
Parte de la experiencia de la presentación en esta gira es la muestra de una clarísima posición política antiguerra. Esto se expresó en diferentes momentos en las cuatro grandes pantallas con las que contó el evento, así como en los discursos de Waters. Desde lo internacional, se mencionó a personajes como los expresidentes de Estados Unidos: George Bush, Barack Obama, Donald Trump y hasta el actual mandatario Joe Biden, quienes fueron tildados como “Criminales de Guerra” mientras “The Bravery of Being Out of Range”, sexta canción del show, seguía su curso.
Minutos antes, en “The Powers That Be”, además de los casos más controversiales de fuerzas “del orden” asesinando civiles y activistas políticos como Anna Frank, Sophie Scholl, Stanislav Tomáš o más contemporáneos como George Floyd, se mencionó al nombre de Jhonatan Erik Enciso Arias, uno de los fallecidos a causa de la exagerada represión policial en Andahuaylas. “Ser indigena” como causa de muerte, es el rótulo que acompañó al nombre de uno de los más de 60 asesinados durante el actual régimen autoritario de Dina Boluarte.
“Run Like Hell” termina con unas grabaciones de dos francotiradores ubicados en un helicóptero estadounidense durante una de las tantas batallas en Bagdad, quienes solicitan autorización para disparar. Este ataque tuvo como resultado la muerte de siete civiles y de Namir Noor-Eldeen y Saeed Chmagh, dos periodistas de Reuters, cuando sus cámaras fueron aparentemente confundidas con armas. Estos materiales fueron recuperados por el programador, periodista y activista Julian Assange, quien actualmente se encuentra en prisión por haberlos obtenido en primer lugar y publicarlos en su web Wikileaks. Roger Waters se ha pronunciado (3) a favor de las acciones de Assange, e incluso ha participado en manifestaciones en pro de su liberación (4).
Si bien no ocurrió en Perú, durante su gira además ocurrieron algunos traspiés con el alojamiento de Roger en Argentina y Uruguay, donde rechazaron las solicitudes de reserva en los hoteles, cuyos dueños lo acusaron de antisemitismo por sus fuertes pronunciamientos respecto a los ataques de Israel a Palestina. “Quiero resaltar que la diferencia entre las personas que no me dejan hospedarme y el resto de este lobby (…) es que yo creo en los derechos humanos universales (…) los de todos mis hermanos y hermanas alrededor del mundo sin importar su etnia, religión o nacionalidad. Y eso incluye obviamente a mis hermanos en Palestina”, dijo en su presentación el 22 de noviembre.
La experiencia y el minuto a minuto
Para algunos de nosotros, este era el tercer concierto de Roger y quizá también el último. Teníamos en claro cuál sería el setlist, desde que inició el “This Is Not a Drill Tour” en el 2022, pues la gira no ha tenido grandes variaciones en la lista de temas a tocar. No obstante, en algunas de sus fechas ha incluido canciones propias como “The Pros and Cons of Hitch Hiking”, “Amused to Death” (5) o “Is This the Life We Really Want?” (esta última sí fue incluída en Perú y Latinoamérica).
El show comenzó, por supuesto, con la ya conocida advertencia sobre la posición política del músico: «Si eres de los que dicen ‘amo Pink Floyd, pero no soporto la política de Roger‘ harías bien en irte a la mierda». Poco después comenzó a apreciarse la más reciente versión de “Comfortably Numb”, cuyos primeros segundos nos recibieron con sonidos de truenos. En los visuales de este tema destacaban las tonalidades azules claras, mostrando un mundo distópico, ciudades en ruinas, sombras de seres humanos que nos hizo figurar estar dentro de una película.
Esta versión de una de las canciones ícono de The Wall fue lanzada durante noviembre del 2022, y replantea casi todos los elementos del track original, entre ellas las partes interpretadas por David Gilmour, así como el mítico solo del guitarrista. Además, el espíritu de la canción tiene un tono más oscuro, según el propio Waters. “Lo puse un paso más abajo, en La menor, para hacerlo más oscuro y lo arreglé sin solos. Excepto sobre la secuencia de acordes del final, donde hay un solo vocal femenino desgarradoramente hermoso de Shanay Johnson, una de nuestras nuevas cantantes”, señaló en uno de sus pronunciamientos luego de la pandemia.
Posterior al espectáculo de fuegos artificiales que trajo consigo “The Happiest Days of Our Lives”, “Another Brick In The Wall” (partes 2 y 3) pintó de rojo todo el Estadio Nacional, mientras un Roger eufórico cantaba y señalaba al público, indicando que “solo somos unos ladrillos en la pared”. Todo este discurso se sigue manifestando además en las siguientes canciones: “The Powers That Be” perteneciente al Radio K.A.O.S., mientras imágenes de crueles casos de abusos policial son presentadas acompañadas del groove de la canción mediante las líneas potentes del bajo; “The Bravery of Being Out of Range”, que inicia con el discurso de despedida de Ronald Reagan, expresidente de EE.UU. a quien Roger acusa también de ser un criminal de guerra por el genocidio del pueblo maya de Guatemala cuando fue mandatario (6), y cierra este bloque con “The Bar”.
Para el siguiente segmento, Roger menciona que tocará unas viejas canciones “cuando estaba en una banda”. Explota “Have a Cigar”, que tocaba por primera vez en Lima, y que pese a conocer a detalle el el setlist, no pudimos identificarla a precisión. Es que, para el tour, hubo un cambio de tonalidad, llevándolo a sonar más grave. Sin embargo, para el segundo 15, el sintetizador ingresa justo al tiempo que en pantalla aparece Waters reventando el gong en el mítico registro de Pompeya.
“Wish You Were Here” es recibida por suspiros, risas, lágrimas, gratitud, gente grabando, bebiendo, tomando fotos y conectándose a videollamadas. Fue realmente un momento especial para muchos, un deseo hecho realidad. Mediante las pantallas, Waters nos cuenta escenas de su historia con Syd Barrett, apoyado en imágenes y videos de la época que rememoran su amistad. En el outro de la canción menciona un pasaje donde Syd “se fue para no volver”. Sentencia con un aforismo: “cuando pierdes a alguien que amas, sirve para hacerte recordar que esto no es un simulacro”. En ese momento la sustancia y el concepto de la gira fue revelado. ¿Un llamado tal vez a no vivir enajenados? “This is not a drill, this is reality”.
Sucede de forma mágica y sublime “Shine on you crazy diamond” (partes V-IX). No hemos sido testigos, sin temor a la exageración, de otra performance tan excelentemente ejecutada. Durante los casi 10 minutos en los que se expresó esta canción, probablemente más de uno fue desplazado hacia el espacio o alguna dimensión inexplorada. Jon Carin (que acompaña a Waters hace más de 20 años y que también ha trabajado con Gilmour/Pink Floyd en sus giras) fue el acompañante en la slide guitar, ejecutando el solo que parece nunca terminar de subir, que lisérgicamente hasta ese momento el concierto llega a su punto más alto, convirtiéndose en una experiencia mística con imágenes surreales en rojos incandescentes y texturas líquidas. La canción concluye con la aparición del saxo con un solo sacado de una fábula, donde los mitos se vuelven realidad, cerrando todo este espacio en una escala siniestra y enigmática, mientras que los ojos inmensos de Barrett aparecen en las pantallas.
El único tema del Animals esa noche fue “Sheep” y la pudimos identificar por los balidos que Waters emitía antes de iniciar. A la par, los subtítulos en la pantalla hicieron referencia a Aldous Huxley y, principalmente, a George Orwell y su Rebelión en la granja, novela en la que la banda, y especialmente Roger, basó la mayor parte de la composición del álbum. Estalla la canción con el músico abriendo los brazos, proclamando: “Hopelessly passing your time in the grassland away (…)”. Para ese momento, el hombre de 80 años y 3 meses, sabe que tiene que darlo todo en esa canción. Por el lado derecho del escenario aparece el tradicional inflable con forma de oveja gigante sobrevolando, las cámaras apuntan hacia el globo mientras algunos lo aprecian maravillados y otros aún se encuentran en un trance inexplicable.
“In The Flesh” y “Run Like Hell” continúan luego de un breve receso del evento. En esta primera canción, sorpresivamente revientan los fuegos artificiales en cada riff que inicia el compás, mientras Roger aparece esta vez sentado en una silla de ruedas. La segunda canción inicia con la aparición de “Algie”, el cerdo inflable del Animals y va acompañada de proyecciones con altos niveles de violencia sobre bombardeos y destrucción de ciudades, productos de guerras en el oriente del planeta. El ruido, para este momento, resultó tan o más fuerte que la propia canción, por lo que logra desconectarnos de la música por un momento. “Lo lograste, Roger”, pensamos.
El sonido de la caja registradora anuncia el inicio del bloque de TheDark Side of The Moon con “Money” y la pulcritud de los músicos se refleja en cada sonido del fonograma de 1973 en todo el estadio. La voz principal la realiza Jonathan Wilson, que por su apariencia nos rememora a un Gilmour joven con el cabello largo. Algunos cerdos de traje bailan con billetes en las pantallas tornadas de verde. El solo principal fue realizado por ambos guitarristas al unísono, hacen de esta experiencia algo apoteósico, resalta la presencia de Dave Kilminster, quien en sus presentaciones utiliza una fender telecaster, a diferencia de Gilmour, quien utiliza una fender stratocaster. El uso de esta guitarra logra que el sonido Kilminster otorgue un tono personal a la interpretación. Es el turno para “Us And Them”, que inicia con una conexión con la canción anterior, tal cual ocurre en el álbum. Entran los teclados y luego cae el bajo con el arpegio, los golpes de estas frecuencias activan nuestros latidos, bajando también las revoluciones, para entrar en un trance, un mantra que repite el título de la canción: us and them.
En seguida inicia “Any Colour You Like”, el resultado es una clase maestra de rock psicodélico. Podría considerarlo como el momento lisérgico más alto de la noche. Resalta de nuevo el gran Jon Carin para deleitarnos con los sintetizadores, gran trabajo que nos dejó Richard Wright. Los pedales de efectos como el phaser y delay se unen a las guitarras que recorrieron y acariciaron onduladamente nuestros cerebros, en un solo donde Kilminster se luce una vez más. A la par las pantallas nos muestran imágenes de diferentes manifestaciones artísticas, donde el ser humano se expresa mediante danzas que reflejan la multiplicidad de culturas. “Brain Damage” anuncia el cierre del bloque, se registran suspiros de calma y también de la sensación de que el epílogo del concierto está cada vez más cerca.
De pronto, tres triángulos gigantes formados por un láser blanco aparecen en el escenario. Waters recita cálidamente los versos finales: “All that you touch, All that you see…”, que fueron la llegada del último clímax de la noche. Repite los versos en un reprise, y en ese instante se apagan las luces generales y explotan los colores por medio de láseres gigantes, iluminando todo el estadio, terminando en un arcoiris que se apreciaba mucho más desde las tribunas. Así culmina “Eclipse”, con los acordes finales: “but the sun is eclipse by the moon”, y resplandece una wifala gigante, todos aplauden y las cámaras reflejan nuestros rostros, la magia y la verdad fueron posibles en ese momento.
Se encienden las luces nuevamente, Roger grita “thank you” a todo pulmón extendiendo los brazos como si abrazara a todo el estadio. Agradece a todo el equipo técnico que hizo posible la construcción de tan magnífico escenario, el sonido y toda la maquinaria que pudimos espectar. Tocará un par de temas más, uno de ellos será del último álbum que hizo con Pink Floyd, The Final Cut. Antes de iniciar la canción pronuncia un discurso respecto a la masacre en Gaza y señala que la igualdad de derechos humanos es la única manera de poner fin a la guerra. Inician los acordes de “Two Suns In The Sunset” y las revoluciones bajan en el estadio, se presencia un aura de calma y la despedida acaece sobre todos nosotros. “The Bar pt. 2”, debe seguir su curso, pero antes de ello llama a todos los músicos hacia adelante, cada uno con un vaso en las manos con la intención de realizar un brindis con todo el público, extienden los brazos y salud. Roger luego se acerca al piano, algunos toman un trago adicional antes de colocarse en sus posiciones y el epílogo de la noche aparece.
Adiós, Roger
“This Is Not A Drill” será recordado por la calidad del espectáculo brindado por Jonathan Wilson y Dave Kilminster, quienes estuvieron en las guitarras, Jon Carin en los teclados y Gus Seyffert en el bajo. Shanay Johnson y Amanda Belair, en los coros, Robert Walter en los teclados, Joey Waronker en la batería, Seamus Blake en el saxofón y por supuesto Roger Waters. Todos ellos cierran la noche ejecutando “Outside The Wall”.
Los aplausos suceden, el público agradece eufórico, se escuchan sollozos mientras se asimila la despedida, pero también de liberación por haber experimentado una catarsis de más de dos horas. Roger se dirige a cada lado del escenario para extender los brazos y despedirse, mientras deslumbra jovialidad en su caminar, toda la banda termina dirigiéndose hacia el lado derecho y van saliendo uno a uno, pero en las pantallas vemos lo que transmiten cámaras internas, el camino hacia el backstage donde los vemos por última vez.
Probablemente esta sea la última vez que podremos tener a Roger Waters brindando un show en el Perú y podamos apreciar todo el talento de un miembro de una de las bandas que han marcado historia. El tour por Latinoamérica terminó el pasado 09 de diciembre en Quito, Ecuador, y durante todo su paso por la región, levantó polémica por sus posiciones políticas respecto a temas sociales ocurridos en cada país y también por uno de los conflictos más destructivos en la historia universal, el de Israel-Palestina. Estemos de acuerdo o no, Waters nos recuerda la importancia de la responsabilidad de la influencia que tiene un artista al pronunciarse sobre eventos que puedan afectar a una sociedad y, sobre todo, si involucra la violación de derechos humanos. Mismos hechos que ocurren actualmente alrededor del mundo (y en nuestro propio país), que nos invitan a salir de la caja y a escapar de los dispositivos que nos atrapan para poder darnos cuenta de que esta es la realidad y no un simulacro. “Shine on” a donde vayas, Roger.