Crónica por Diana Salazar / Foto de portada por Andrés Solar
Cuando migramos o nos mudamos, solemos compartir la historia de nuestros barrios a modo de narraciones: hablar del barrio es hablar de tu familia extendida, de tus inicios, de tus familiares y amigos con los que creciste y ya no ves o ya no están, de la construcción de una vida. Así inició nuestra conversación. Mientras almorzaba con César y Erick en el mercado, surgió la curiosidad. “¿Cómo era vivir aquí?”, debo haberle preguntado a César. Hablamos de la alameda Palestina, de su abuela, de sus experiencias de niño y adolescente que recorría extendidamente Caja de Agua.
Llegamos al Parque del Maestro. Siendo las 2:05 p.m., cinco minutos después de la hora pactada, empezaron a llegar pequeños grupos de personas. Todas alegres y dispuestas. Antes de las 2:15 p.m. éramos casi 20. Nos dividimos en grupos para tomar el camino hacia la escalera que nos llevaría al cerro San Cristóbal, pues éramos más de 40 personas. Casi una peregrinación. Una peregrinación bajo el pretexto de escuchar música en colectivo.

Reunidos todos al pie de la escalera, empezamos a subir. Llegamos al primer mirador para tomar un descanso, recuperar el aliento y contemplar el panorama que ofrece el cerrito. César llegó al final, trayendo chicha de jora para compartir. Las manos se multiplicaron para que todos puedan refrescarse. Ver a todos tomando fotos, riendo, conversando, compartiendo, muchos sin conocerse, otros reencontrándose, me hizo pensar en el calor que el apu nos regalaba. Aunque la tarde estaba nublada, la energía desbordaba.
César a la cabeza dirigió la segunda parte de la subida. Decidimos no ir por la pista, sino escalar el cerro mismo para llegar a la cima. Mientras emprendíamos la caminata cuesta arriba, me ubiqué detrás de Ceci. Ya por la noche, le comenté y agradecí porque me había detenido a observar que ella escogía y calculaba dónde pisar. Esto hizo que me guíe por sus huellas, para poder tener un trote más seguro. Ceci me comentó que ama caminar. Incluso, cuando estuvo mal del tobillo, no pensó en dejar de hacerlo; por el contrario, se curó haciendo lo que más le gusta: trepar cerros.
Tanto Ceci como César me hicieron pensar en que hablar de tu historia no solo se hace de forma oral: es llevarlo en el cuerpo, en tus pasos, en la forma de experimentar con tu entorno. Ceci no solo me guió, sino que me contó las otras muchas veces en que había hecho lo mismo. César no solo marcó la ruta, nos contó todas las experiencias, voces y sentires que lleva consigo de su vida en Caja de Agua.

Pienso que la salida del 12 de septiembre fue una forma de contarnos sin palabras todo lo vivido, una forma de conocer no una sino muchas historias de niños y adolescentes cuya forma de disfrute era recorrer su barrio: ¿cómo aprendieron esa ruta? ¿cuántas veces subieron? ¿con quiénes se encontraron? ¿qué hacían arriba?, me pregunto ahora. Siento que las palabras no me alcanzan para ilustrar los escenarios que me suscita pensar en la caminata como una conversación. Recuerdo la voz de Centeno gritando “¡La gente de Caja de Agua!”. ¿Habrá subido Centeno, quien vivió toda su vida en este barrio, por esta ruta?
El sábado último, fuimos más de 40 personas impetuosas que transitamos por las faldas del cerro San Cristóbal, hacia lo más alto. Cada persona trajo consigo una parte de su vivencia: aquellos que caminaron cerros en otros conos o en los andes, aquellos que alguna vez vinieron en Semana Santa, aquellos que fueron por la ruta del Rímac. El cerro San Cristóbal nos recibió y, con ello, albergó las historias que cada pisada llevaba consigo.

Mientras iniciaba la sesión de escucha y me preparaba para tomar algunas fotos, me percaté del diálogo entre los cuerpos de las personas y las formas de los cerros vecinos. Casi como un trazo dibujado, muchas líneas y curvas del cerro armonizaban con los hombros, las cabezas, los espacios entre ellos. El cerro no nos habla, pero nos deja muchos mensajes. No nos toma las manos, pero está uniendo el espacio entre uno y otro cuerpo. Se mimetiza contigo, sigue la línea de tu cuerpo: eres parte de él.
Después de la sesión de escucha y las presentaciones musicales, llegó el segundo compartir. Las humitas se han vuelto un corazón en el lenguaje de Espacio Sonido. Algo pasó, algo cambió. Recuerdo la primera vez que César sacó una humita de su mochila en Terapia Bar, alrededor de las 2 a.m. Fue tan imprevisto, pero tan genuino, que nos emocionamos y disfrutamos del gesto y el alimento. Hoy por hoy, es un alimento esencial de nuestros espacios. Es también un recordatorio de las manos trabajadoras que sostienen la vida, los organismos y los afectos.

Al cierre, aún con el cansancio, había mucho ánimo de continuar compartiendo. Ya de vuelta, el Parque del Maestro —importante espacio de organización en San Juan de Lurigancho— fue testigo de los abrazos, las palabras, las ideas y las promesas de reencontrarnos. Ya luego conversamos con César sobre la suerte de que todo el grupo haya podido llegar bien. Y aunque pensamos en algunas precauciones, la convicción y el disfrute de todo el grupo por hacer el recorrido nos movilizó rápidamente hacia la cima. Pensamos también que el apu nos acompañó, nos dio fe y fortaleza. Como semillas, fuimos transitando y llevando con nosotros un espíritu renovado en busca de otro corazón para descansar y conversar.
Abiertas las latas de cerveza y el celular pasando de mano en mano para poner la siguiente canción, Gian y César notan que desde una de las esquinas del parque donde nos hemos sentado a prolongar este encuentro, se puede ver la cruz. Una gran cruz, marcada por las luces y el contraste del oscuro cielo. Nos sorprendió verla y sentir el cerro tan cerca, habiéndonos tomado tanto tiempo subir y bajar. Aún así, se sentía como si al cruzar la pista y llegar al otro lado del parque pudiéramos encontrarnos nuevamente con la experiencia vivida.

“Música para cerranos” fue una excusa para escucharnos en otros espacios de la ciudad. Para visitar el barrio y las historias de nuestros amigos. Para compartir esperanza y música, agua y caminatas, humitas y chicha; pero, sobre todo, para encontrar nuevas sensibilidades que nos permitan habitar nuestras realidades y construir nuestros horizontes. Lo que aparenta ser una salida de vistosos panoramas, fue en realidad un reconocimiento de la presencia y compañía que nos ofrecen nuestros apus. Se sientan junto a nosotros, son borde y sostén, nos atraviesan, nos separan y nos unen. Siempre nos guían.
Hay que olvidar las penas del alma, sentir el calor del amor.

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