Heridas de medianoche

«Caminando sin parar
muchas veces sin dormir,
y para qué»
– Tanguito

Bajé del bus con una idea que maquiné ebrio durante el viaje: caminar a casa escuchando a Tanguito. Era medianoche en un barrio equis de San Juan de Lurigancho y no tenía audífonos. Pensé que sería un buen plan colocar el celular en mi oído, sentirme miserable en compañía de ese trovador argentino que vivía y cantaba atormentado por sus visiones, absolutamente demente, trágicamente muerto. 

Advierto que no escribiré nada sobre sus canciones porque mi plan para escuchar a Tanguito fracasó. Sucede que, en el preciso momento en que me dispuse a sacar el celular de mi casaca, un ser terriblemente enfermo se cruzó en mi camino. Supongo que el azar ponía a prueba mi entendimiento del desamparo y la demencia sin acudir a la música de Tanguito, sin provocar una experiencia que solo existía en mi mente. 

Esta es la historia de un muchacho que no tuvo hogar. 

Al bajar del bus y cruzar la avenida, reparé en que alguien me observaba fijamente. Era un tipo que, sin exagerar, lucía como Tanguito: flaquísimo, el cabello revoloteado y algo ensortijado, la mirada para sus adentros (alcancé a tomarle una foto de espaldas). Se encontraba en silla de ruedas con una mochila vieja llena de cosas y con los cierres entreabiertos. Al pasar a su lado, casi inconscientemente, detuve el paso. Sentí que sus ojos me exigían eso que desde niños nos enseñan: dar la mano sin pedir nada a cambio. Tomé las empuñaduras de su silla y emprendimos el viaje hacia su incierto destino. “¿A dónde vas?”, le pregunté. “Más allá”, respondió. No insistí en saber más.

Durante el trayecto, me explicó que por un problema severo en la vesícula había perdido temporalmente la movilidad. No he memorizado bien los detalles, solo que fue producto de una serie de enfermedades que conspiraron contra su salud. Sus familiares intentaron ayudarlo, pero se cansaron y le dieron la espalda. Al demandar tanta atención, preocupación y dinero para curar su dolencia, su madre cayó enferma y falleció. Lo culparon por eso.

Por un momento dudé. Es fácil inventar historias y manipular a las personas. ¿Puedes contarle tu vida a cualquier extraño? ¿Puedes exponer así tus heridas? ¿Quería generar lástima para recibir mi ayuda? En fin. Yo solo quería ayudarlo a avanzar. Por ratos se quejaba al pasar por baches y veredas rotas que lo hacían saltar adolorido de su asiento. Yo trataba de tener mucho cuidado en maniobrar su silla. Decía no haber comido nada en el día. Le ofrecí un pollo bróster pero lo rechazó porque no podía alimentarse con normalidad. 

Intuía que su historia era cierta. Me reveló su nombre (empieza con A) y su cuenta de TikTok donde grababa su día a día, contando al mundo su tragedia. Me mostró en su celular lo que hacía. No me atreví a ver su contenido. 

Vivía con miedo de que su vesícula se reviente. Esto produciría una hemorragia interna y moriría en el acto. Sentía que estaba preparándose para su final porque hasta en la iglesia lo rechazaron. Esto era rarísimo, incluso el más vil de los hombres encuentra su último refugio en la religión. 

Desconfié nuevamente de su honestidad. Para ese momento, me encontraba cansado y confundido para entender razones o hilar el relato de su vida en busca de alguna inconsistencia, había contado muchas cosas y ya estábamos en la puerta de la casa que lo acogía. Buscaba sus llaves mientras yo veía la forma de despedirme. Rogaba que no hayan cambiado la cerradura porque el dueño lo quería botar. Parecía el hombre con la peor suerte del mundo. Noté que no quería quedarse solo, pero lo dejé ahí. Evité a toda costa sentir lástima. Evité volver a escuchar a Tanguito por un tiempo, hasta hoy que recuerdo y termino de escribir su historia con “Todo el día me pregunto” resonando en el parlante. ¿Qué habrá sido de este Tanguito discapacitado de San Juan de Lurigancho? ¿Me lo habrá enviado el mismísimo Tanguito para demostrarme que la música no solo es sonido?

Por César Zevallos 

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