Categoría: Ficción

  • ¿Cómo imaginamos el evento “No hay sombra en ningún lugar”?

    ¿Cómo imaginamos el evento “No hay sombra en ningún lugar”?

    Inspirados en el cuento “Subconsciencia (Film)” del escritor peruano Alberto Hidalgo, realizamos un ejercicio imaginativo con el programa de nuestro mini fest “No hay sombra en ningún lugar”, al estilo de un guion cinematográfico. Las escenas a continuación no necesariamente se ajusta a la realidad, tampoco merecen la pena ser cumplidas a cabalidad (o sí).

    1. (PRELUDIO) Te despiertas. Intentas moverte. Pero no puedes, te adhieres a la experiencia inconfundible del verano limeño: la sensación soporífera de que el tiempo deja de avanzar y queda suspendido en el aire caliente. El sol entra en tu habitación, en tu cuerpo, en cada grieta del asfalto y la memoria.
    2. (7:00 P.M.) Buscas la sombra, la frescura, la posibilidad en el centro de Lima. Caminas hacia Terapia Bar, jirón Carabaya 926.
    3. (INT. TERAPIA BAR) Observas todo. Alguien te saluda y te agradece por estar ahí. Ves a algunas personas moviéndose, concentradas en sus asuntos. Aunque no lo creas, padecen de la misma enfermedad al alma que tú, que Vultur, que Ribeyro, que Pessoa: la molicie.
    4. El ecran proyecta una sesión de Morbo, grabado por La Caja Sesiones
    5. (LEYENDA): “Espacio Sonido me llega al pincho, mano. ¿Qué chucha se creen? ¿A qué hora empieza todo? Yo solo he venido por la música y el cine. Ya vuelvo
    6. (SE REPITE LA ESCENA 4).
    7. De pronto te sientas. Buscas entablar una conversación amistosa.
    8. (8:00 P.M.) Compras una chela para darte valor. El ecran muestra imágenes varias del taller “Manual de Supervivencia Cinematográfica para Estudiantes”, dictado por Giancarlo Espinoza en la Casona de San Marcos.
    9. Epifanía: tú también puedes hacer cine.
    10. (8:30 P.M.) Inicia el primer corto: Alimañas de Cecilia Ita.
    11. Notas con claridad el talento detrás del evento. Te convences de que es mejor moverse, a esperar que cada partícula de tu cuerpo sea absorbida por el absurdo.
    12. (8:50 P.M.) Continúa el segundo corto: Perros Guardianes de Miguel Cóndor (finalista del UNIFEST 2026). Dices en voz alta: “carajo, ¿esto lo hicieron estudiantes?”.
    13. (9:05 P.M.) Sigue el tercer corto: Chiquita de Ibet Luna. Piensas: “más directoras de cine peruanas, por favor”.
    14. (9:25 P.M.) Estreno exclusivo de 40 grados de Giancarlo Espinoza.
    15. Los anfitriones piden aplausos e intentan activar un conversatorio, pero, por más que lo intentas, por más chelas que tomas, no puedes hablar. Alguien alza la mano, toma el micrófono y …
    16. … es Mónica Delgado, quien tras analizar la semiótica de los cortos y cifrar la lucha de clases en cada fotograma, asevera con vehemencia que somos SUS estudiantes. Los comunicadores sanmarquinos presentes en el bar, asienten con la cabeza. Nadie se opone. 
    17. Interviene Juan Ramón Ribeyro, sobrino de Julio. Critica el corto 40 grados porque no ha respetado el cuento original de su tío, “La Molicie”. Sus comentarios se pierden entre el bullicio. Botellas caen al piso. Aplausos. Silbidos de júbilo. 
    18. (9:50 P.M.) Audioespacial comienza la velada musical: Bifurcación proyecta visuales cósmicos y Habo emite ondas sonoras envolventes. Ambos están ebrios por culpa de César.
    19. (Visión caleidoscópica) César tambalea. Escribe con los ojos cerrados. Piensa en el ceviche como forma de trueque.
    20. (10:20 P.M.) San Germán en el escenario. La gente se aglomera. Se oyen gritos desaforados. Vultur abandona la puerta para ir a primera fila. La gente de la calle, que observaba de lejos el concierto, se decide a entrar por la fuerza. Giancarlo intenta cobrar. César lo disuade. Terapia Bar revienta.  
    21. Ruido. Caos. Liberación.
    22. Sonidos ininteligibles.
    23. (11:05 P.M.) Es el turno de High Wantan. Giancarlo enciende el joint. Todos remedan el acto. Bifurcación cae al piso (la primera de varias caídas en la noches).
    24. Como 19, pero elevado al cuadrado. 
    25. (LEYENDA) “Mañana tengo una boda a las 8 a.m. Seré el testigo, aunque no crea en el amor ni en la religión católica. Me quedaré hasta el final aquí. Me quedaré aquí hasta el final”.
    26. (11:50 P.M.) Continúa Perro con chompa. La gente sigue entrando. Terapia Bar está a tope. Las cervezas se destapan solas. Todos están poseídos.
    27. (LEYENDA) “No manyo a esos vatos. Lo único que sé es que Perro con sarna, sería un nombre más elegampi”.
    28. Medianoche. Droga. Droga. Droga. Droga. Droga. Droga. Droga. Droga. (Julián grita esta lírica de Makanaky con voz horrísona, rayando en el desquicio, el paroxismo. Se bota un gaaa e inmediatamente alguien lo mira con asco, sin saber que se trata del autor de la ¿mejor? crónica de espaciosonido.com, “Antropología de un GAAA”).
    29. Vultur toma el micro y anuncia que se acerca el último número musical del evento. Pide a todos su mayor atención.
    30. (12:35 A.M.) Daf + Lof suben al escenario entre la algarabía y las voces que celebran y se sobreponen unas a otras, similar al barullo del terminal pesquero de Villa María del Triunfo a las 5 a.m. Dafne (Daf) y Ricardo (Lof) se sientan sobre la alfombra mágica de Aladino.
    31. Nadie sabe que se está grabando un corto en estos momentos.
    32. Epifanía 2: puedes hacer cine, pero te agilas, te gana la molicie.
    33. Bifurcación se pone neciazo porque le gorrearon su chela.
    34. César lo calma contándole un chiste. Habo se desentiende del asunto. Vultur y Julián, cagándose de risa, coordinan la grabación de un cortometraje con el primo forajido de César como protagonista.
    35. Daf y Lof están en pleno cénit de su set. El trance se apodera de todos.
    36. Una señorita, en sus tempranos veintes, hace un comentario lúcido: “Daf y Lof son una fusión entre Boards of Canada y The Chemical Brothers”.
    37. (1:20 A.M.) Dios hace su aparición en Terapia Bar. Señala a los organizadores con el dedo, achinando los ojos y moviendo ligeramente la cabeza.
    38. Dios da la bienvenida al after party con recital poético, performance, debates, striptease (invertido) y ouija en vivo para invocar a Aristóteles Picho, Óscar Catacora, Miles Davis, SOPHIE e Iván Cruz.
    39. (UNIFEST SE FUE DE SABÁTICO) Cuelgan del techo al director de Perros Guardianes, en una insólita señal de respeto y amor al periodismo. Lo agarran de piñata. La gente hace cola para darle con el mazo. Miki, el director, lo disfruta.
    40. (EXT. TERAPIA BAR – AMANECE). El sol se esconde entre densas nubes azules. La brisa y la luz marcan una tregua. Pasan las horas y se vuelve un perseguidor. Algún día se extinguirá, no antes que nosotros.

    Programa guionizado por César Zevallos

  • Embistiendo llegó el toro

    Embistiendo llegó el toro

    Relato y diseño de portada por Erick Garay

    Embistiendo llegó el toro, llegó bailando minué…
    “De España nos llegó Cristo”, César Calvo

    Y la dura luz de los reflectores que le cae verticalmente al cuerpo, y ese cuerpo que escapa, en cada giro de su movimiento perpetuo, de la explicitud de esa luz, y la textura de ese cuerpo que remece su superficie de piel pálida y prendas y leve sudor, primero aislado y minúsculo en cada poro que esa luz revela y esa danza esconde y ese humo que lo envuelve vaporiza, y que de a pocos va juntándose en hilillos y riachuelos, y luego en caudales de ríos que resbalan por su cuello y su cuerpo y su pelo, y de nuevo la luz sobre su cabeza coronándolo, como un halo, como la aureola de un santo un santo profano sin credo sin más credo que ese del movimiento y la música que sale ¿de dónde?, ¿de él, de sí mismo?, ¿o de mí? De España nos llegó Cristo, canta una voz sin cuerpo, nos llegó Cristo, canta sin boca sin pulmón, pero también el patrón… Y baila, baila, él baila allá o acá en el escenario pero más cerca también, porque dónde hay espacio si la oscuridad nos envuelve o me envuelve solo a mí y lo veo, y brilla su cuerpo ya ahora más sudoroso, y se marcan los volúmenes de sus brazos y resalta su gesto seductor y adusto que desaparece tras una vuelta o un salto o un giro veloz que empieza en una pierna y termina en un antebrazo, y se transforma en un vaivén constante de sus caderas, donde comienza recién su escasa vestimenta, una negra y satinada tela que recibe los impulsos de sus piernas y ese constante discurso de la belleza de ese río sinuoso y oscuro o prístino que es su cuerpo, y su carne. Porque está allí, y la música sigue, y esa música con su cuerpo es uno solo que me dice esto que parece como dicho en las profundidades por una boca abstracta que vive dentro de mí, esa música que es su baile y sus manos inquietas y sus hombros remarcados y su abdomen contrayéndose por la embestida de algún toro también abstracto y a la vez tan nítido que es todo. Sobre la mar de mi sangre, un toro bravo llegó… Sobre la mar de mi sangre, un toro bravo llegó… Ya no está la certeza de cómo ni exactamente cuándo llegué aquí —este anfiteatro o escenario o habitáculo improvisado que ahora es mar de sombras— ni cuándo él empezó a hablar directamente con su piel a la mía, oscura, oscurecida, ni qué hubo antes ni qué motivo me trajo aquí. Sé o intuyo o presiento que yo soy ese toro del que habla la canción, y ese esclavo de alguien que no comprendo y que no he dejado de sacarme cadenas tras cadenas, y que tal vez soy mi padre y mi abuelo y así hasta el origen de una casta que canta y baila y se mueve como se mueve él y si de España nos llegó Cristo, también el patrón. El patrón igual que a Cristo, al negro crucificó… Crucificado en algún madero móvil —¿tú?—, sin términos, el azote como injuria en el lenguaje de la piel, cómo te crucifica algo o alguien allí bajo esa luz que parece que te pare y que te retuerces y donde un grito del cuerpo se transmuta y surge y surge y allí también yo grito para callar ¿qué?, como un éxtasis emergido del agua, de mi sangre que es tu sangre en un momento minúsculo donde soy yo el que baila y tus ojos son mis ojos y donde yo mismo me miro bailar porque soy tú, pero oigo los látigos contra mi cuerpo y mi piel rasgándose y abriéndose y mostrando a carne viva esta afrenta incendiada que soy, y yo mismo soy mi padre que me latiga y me escupe, ¿no lo ves?, ¿no sientes ahora mismo cómo clavan su vista en mi cuerpo, me remarcan con el hierro candente la señal atroz del patrón de arriba? Y no dejas de moverte, no dejas de gemir con cada vuelta, de embestir con cada pirueta, de atacar e incrustarte con cada arranque… Sobre la mar de mi sangre, sobre la mar de mi sangre, un toro bravo llegó. Embistiendo llegó el toro, llegó bailando minué. ¿Qué heraldo del deseo eres? Es deseo, es claro, ¿por qué enterrar la palabra en lo más profundo de mi cuerpo? Qué mensaje traes a mí de rebeldía por primera vez dicha, ¿dicha?, ¿ya dicha? Nos llegó Cristo. Un Cristo de la piel, una moral del deseo… Pero también el patrón. El castigo, ¡el yugo! He de crucificarme en ti, igual que Cristo, tú eres Cristo agonizando y proclamando a la vez un evangelio ininteligible con el que te enfureces porque no lo entienden, y allí la luz y tu pelo y tus ojos y el fulgor de dos estrellas en tu pecho, entre ese huerto de vello donde he de postrarme a rezar, porque a la vuelta, si doy la vuelta, si miro abajo, ¿es ese el camino a mi viacrucis? ¿Pero desde hace cuánto tiempo dejamos de ser tú el misti que me aherrojaba como bestia y yo el bracero esclavizado al algodonal sin sol? Tú eras el otro, y yo también lo era, y ahora tú danzando ese baile, tu piel que se la ha ganado, y yo aquí observándote, desde el otro lado, despertando en cada instante y cada vez más certeramente, y aún con culpa, mil veces con culpa, ¿y por qué habría de desearte, si eres el otro, el patrón y el toro que me ha crucificado como a mesías? Embistiendo llegó el toro, llegó bailando minué. Embistiendo llegó el toro, cada músculo tensado allá bajo la luz y también acá, alrededor de mi cuerpo, un amasijo de carne que envuelve la mía forzándola hasta volverse esta última también amasijo. El tondero violento ¿aún tondero? con cada una de tus acometidas detrás de un inofensivo minueto. Llegó bailando minué. Llegó meneando los cuernos, los cuernos más grandes que él. Meneando los cuernos, los cuernos más grandes que yo. ¿Te imaginas? Ya no estás solo bailando y yo observándote o creándote a ti y a tu baile y al impulso afrentado que soy y a la oscuridad lacerada por la luz abrasiva de arriba y la niebla que se levanta con tus taconeos o que se desprende de tu cuero o que se refuerza con tu respiración entrecortada, o la mía. ¿Son las banderillas en mis pulmones, deteniéndome? Me imagino que este baile es de ambos, en un recinto abstracto tan abstracto que parece que no existiera ese límite del adentro del afuera no existiera el adentro o el afuera mismo ni la luz o la oscuridad ni el cuerpo la entidad por sí misma pero sí es un cuerpo es una masa de carne que palpita que se queja que resopla y gime sin boca y araña sin garras y sujeta sin manos ni pies solo una bola de carne que se descubre a sí misma con furor y violencia y un mínimo de misericordia pero no la suficiente no la suficiente como para detenerse como para parar como para dejar de girar sobre el centro de todo que también gira que es su propio eje y donde ni siquiera la muerte tiene cabida porque no existe nada más allá de ella de esa bola ese grito que con su gritar se escarba a sí mismo hasta su inicio su raíz su incógnita aunque tenga que destruirse sin hallarla sin contestarla y se machaca a sí mismo y se da golpes sin puño y patadas sin piernas y arremetidas coitales sin ingles donde el estrado es la cama y la mesa ritual o la arena dura de coliseo que nos raspa nos emerge fuentes de ríos de sangre de sangre de sangre… Pero emerges, emerges siempre, maldita sea, tus fuertes brazos y tus puños y tus hombros y la surcada espalda y la comba dura y pulida de tus muslos. Con sangre de cuatro siglos forjé una bandera roja…  Con sangre cuatro siglos. Así que este nuevo centenar de años es solo una máscara, una máscara de una cara que gritaba desde más atrás. Forjé una bandera roja. ¿Puedo yo? Forjé una…, ¿puedes tú forjar esa bandera? Tú sí, allá, moviéndote como alegoría de un fuero, de ese fuero que grita libre y que siempre muta, porque yo, porque yo encadeno en cada instante no no yo no he encadenado yo no me he encadenado ni te he encadenado a ti aunque tú te desencadenes y yo no te he crucificado aunque sí que me hayan crucificado a mí, y quién quién quién esa bandera roja siempre haciéndose siempre tiñéndose con la sangre que mana y las sangres de todas las sangres que manan y mi padre es a la vez el toro y el matarife yo heredo su sangre y el derrama mi sanguaza al yo verte, al verte y aferrarme a tu cuerpo con mi sexo erguido porque no hay baile no hay esa estilización de la atroz cópula que es esto que es esto que deseo y me cae ahora un látigo de siglos. Mas con cada uno de tus movimientos aspiro e hincho los pulmones, no heridos, y despierto. Hincho los pulmones como se hincha un estandarte. Con sangre de cuatro siglos, ¡forjé una bandera roja! ¡Y a mi modo lo toreé! ¡A mi modo lo toreé! El toro que fuera dueño de mi tierra y de mi piel, supo que panal robado da llanto en lugar de miel… Cuál es la miel dímelo, tu cuerpo danzando contra las sombras o mi cuerpo en paz con el tuyo y con los míos y ya no importa la piel y quién no podría bailar lo que bailas si solo a ti te pertenece esta pieza inusual de esta canción y claro la miel en la canción es otra cosa panal robado es el trabajo hurtado al pueblo que en vez de hacer miel hace llanto pero ahora mi llanto es la incapacidad de aceptar este deseo prístino que ahora puedo llamar tal pero que cuando acabe el baile tu baile allá y mi vista en las sombras acá será un deseo que no podrá decir su nombre porque este es un instante de lucidez la lucidez de la piel la clarividencia del pálpito la reverberación sin santo la reverberación de la carne y oigo las oraciones de mi madre que suenan igual y no sé cómo lo sé a cuando rezaban mis antepasados pero también los tuyos y los de todos y esto se llama así tiene nombre tiene nombre y no lo ocultes porque siempre se castigará Sodoma aunque ya no crea y nunca vuelva a creer ni mi misma sangre y en todo el mundo esto no sea un conflicto es decir verte moverte y desearte y querer ser uno con tu cuerpo pero para mí sí es un conflicto sí es un problema y reabrirá sus fauces cuando dejes de moverte de remover y levantar polvo del terreno frágil de mi cuerpo sí bailas bailas un tondero más bien alterado que repercute y repercute, insubordinado, emancipado, inexpugnable. Y así te deseo, así me aferro, así hablo y soy y así no hablaré ni me aferraré ni seré ni esto será nada y ese ser ambiguo que gira en ese cuarto que no es cuarto y se hiere a sí mismo y sangra y palpita vivo e inmortal no será más que yo mismo solitario inmóvil desahuciado y desecho mudo y a millas de ti, y yo no pude liberarme desdigo lo que antes se ha dicho, borro el trazado del pasado sin yugo y yo no quito este yugo mío

    y navegando hasta España
    sobre la mar de su sangre
    el toro bravo se fue
    el toro bravo se fue…

    Al ingenio de César Calvo
    y al corazón de Gonzalo Rose,
    in memoriam

    Coda: este relato recibió una mención honrosa en el XXI Concurso Bienal Nacional de Cuentos Germán Patrón Candela y fue publicado por primera vez en el libro del mismo nombre, con los cuentos galardonados, editado en Trujillo, Perú, en octubre de 2023.

    Una de las interpretaciones de “De España nos llegó Cristo”, en voz de Susana Baca. 
  • Mute

    Mute

    Relato por Víctor Pérez
    Diseño de portada por Jariksa Caballero

    a César, a Dafne

    Hace mucho que no oigo a la ciudad. Que no le presto atención a sus sonidos. Supongo que a veces los detesto. Si hay música, está huyendo en los parlantes de una moto que veloz desaparece; si no la hay, en realidad está allí, pero oculta y deformada, en canciones que se aglutinan unas sobre otras. Los sonidos de la calle se mueven de esa manera, hundiéndose, ahogándose constantemente entre sí.

    Sin embargo, esa mañana fue distinta. Salí a callejear por los alrededores de parque Bicentenario como no lo hacía hace mucho, y noté con asombro que los fruteros de la esquina traían sus equipos de sonido en silencio. No había “What is love” ni “The Rhythm of the Night” a tope de volumen, solo una escueta conversación y, de fondo, el típico barullo del mercado modelo. En el frontis de la iglesia ocurría algo similar: no oí el clásico “Hossana, Hossana” y ningún otro canto sagrado se ofrecía al cielo. Más tarde, al abordar el autobús que iba al Centro, la radio estaba apagada.

    Sé que en alguna otra ocasión ese silencio me habría confortado, pero entonces me pareció inverosímil. Ni siquiera la única mototaxi que vi durante el día, amplificaba un reguetón… y lo extrañé. Era un día sin música… un día extraño, ajeno. Por lo demás, solo seguí mi paso, pensando en que era una extraña cadena de casualidades, pero no debía poner mayor atención.

    Tal vez impulsado por una mínima sospecha o intuición, me desvié hacia el Jirón de la Unión, a fin de hallar a los músicos ciegos que sin duda estarían desentonando alguna vieja canción de Pedro Suárez Vértiz. En efecto, estaban allí, con el cuenco sin monedas entre las manos: ninguno cantaba.

    Esto es raro, pensé. No parecían estar demorando su turno de descanso, si es que lo tenían. ¿Se trataba de una nueva prohibición municipal, en un extremo absurdo del copyright? ¿O es que acaso bastaba una sola moneda para que se eche a andar otra vez la enorme rueda de la música? Arrojé el centavo más insignificante que encontré en mi bolsillo, y esperé… ¿Podría la ciega distinguir el valor de una moneda con solo oír su sonido? Lo intenté de nuevo con un par de monedas. Fue en vano, la mujer había decidido ignorarme. No de la manera natural y condonada de los ciegos. Cómo explicarlo… era algo que estaba fuera de ella. En general, había una actitud lacerante en cada una de las cosas que hacía presencia en mis sentidos: los coches, el humo, las máquinas, y desde luego la gente. Me fui, no más confuso que irritado, con el pensamiento sombrío de que bien podría haber recuperado mi dinero perdido con un poco más de cinismo.

    Caminé, más tarde, hacia una iglesia evangélica donde antes funcionaba un cinematógrafo. Caminé hacia los bares lícitos de Quilca y hacia los peores. Crucé el jirón donde se apilaban una serie de pub nocturnos (algunos entrañablemente claustrofóbicos). Debía ser una broma. Era como si algo estuviera ocultando la música del mundo, pero nadie parecía notarlo. Y tal vez debí aceptar esa ausencia, como he aceptado cualquier otra. En cambio, empecé a sentir una terrible curiosidad por cada individuo que veía pasar con auriculares. Me preguntaba si la música al menos transigía a través de ellos. En las combis, reclinados junto a la ventana, podía verlos: su débil expresión de goce, sus ojos cerrados como para la muerte. No habían gestos rítmicos en sus manos ni cabezas, pero la música tenía que estar allí.

    En un paradero pude distinguir a dos muchachas compartiendo sus audífonos in ear, aunque a decir verdad eso parecía ser lo único que compartían; ambas miraban en direcciones opuestas y sus miradas lucían, por lo menos, distantes. También vi a un guardia de seguridad acomodándose un diminuto auricular en una sola oreja, lo que me dio la impresión de que intentaría oír un partido de fútbol o un magazine político sin que lo molesten. Aunque a quienes pude divisar se hallaban dispersos, realmente eran pocos. Cansado de buscar la música entre las calles, intuitivamente dirigí la mirada al cielo; en la cima del Backpacker’s Hostel distinguí una figura quieta que portaba unos enormes audífonos amarillos. Tenía las manos apoyadas sobre el muro que lo separaba del vacío y aunque no podía verlo con claridad, creo que miraba hacia el horizonte con pereza.

    Daban ganas de abordarles, detener su paso y preguntar: ¿Qué canción estás oyendo? Si es que acaso las oían. Pero a esa hora, en que las fábricas y oficinas se habían vaciado por completo, quién podría detenerlos. ¿Y para qué? Digo, si de alguna forma, no sé cómo ni con qué tecnología, pudiera saberlo…

    Me sentía muy pesado aquella tarde, incapaz de percibir un pulso, un ritmo, siquiera una voz agraciada. En cambio, los sonidos que sí oía: crujidos metalúrgicos, máquinas aulladoras, la voz general de la ciudad, se percibían como si el sonido más grave, en su extrema gravedad, se hubiera doblado hacia el silencio.

    Por un instante imaginé a las canciones como bestias sagradas e invisibles que migraban lentamente hacia los confines de la ciudad; alejándose, alejándose en el horizonte, al tiempo que sus largas sombras se proyectaban sobre el camino. “Come to me” de Björk era un delicado dragón con alas de faisán, y al volar sus plumas se desglosaban suavemente, cayendo sobre las pistas agrietadas o sobre las manos de un niño que atento las recogía. “Seven forty seven” de Boards of Canada, era una serpiente de luz o de agua que ascendía hacia el cielo nocturno en un movimiento ondulante para encontrar el centro de la noche. Y la parte 5 del álbum Long Season de Fishmans me parecía que era un cardumen inquieto, que saltaba alegremente entre las luces del tráfico vehicular a hora pico.

    Noté que las canciones sí aparecían en mi memoria, pero no como sonidos, sino como nuevas criaturas que iban agregándose a mi ilusorio bestiario, mientras seguía en lo que parecía ser una nueva excursión sin propósito. ¿Intuirían estas criaturas mi creciente desesperación por poseerlas, y por tanto me estaban huyendo? ¿O es que el alma humana –y en mi sopor, me parecía lo más convincente- árida y arrasada por las hostilidades de la vida urbana, había dejado de ser el hábitat natural para ellas? Las canciones se deslizaban etéreas entre callejones que empezaban a oscurecer, y yo seguía siendo demasiado corpóreo para seguirles el rastro….

    —¡Muévete, huevonazo!— Lo oí perfectamente. Alguien gritó desde el interior de su automóvil cuando de seguro adelanté mi paso para cruzar una doble vía. Y yo reí como un demente durante varios segundos, porque en verdad su voz me pareció en extremo aguda, contrastada con lo que había dicho. Luego de reírme me sentí extraviado.

    Desatento a mis circunstancias, afectado quizá por el cansancio y el humo de un cigarrillo ajeno, me encontré al morir de la tarde otra vez al pie del Backpacker’s Hostel con auténticas ganas de mirar la ciudad desde su más alta perspectiva, lejos del ruido. Dudé un instante, pero no había ningún guardia en la puerta, por lo que seguí sin problema hacia las escaleras de mármol. Parecía que no había gente o que todos los huéspedes dormían. De más está decir que tampoco oí ninguna canción. Sin embargo, a medida que me acercaba al último piso, sentí cómo crecía un ruido pesado.

    La puerta que me separaba de la azotea estaba entreabierta, y desde su abertura logré distinguir a un hombre de inquietante estatura, que llevaba puesto un chaleco de contención. Se encontraba de espaldas, pero por sus audífonos supe de inmediato que se trataba del hombre que había visto horas atrás. Otra vez se aceleró mi curiosidad, junto a mi pulso cardiaco.

    Sé que advirtió mi presencia por la sombra que proyecté frente a él, pues a pesar de que estaba excitado, no hice ningún ruido al cruzar la puerta. El tipo viró hacia mí y dijo sin enfado: “Por favor no se acerque, estoy trabajando”. Después volvió a ponerse los audífonos que se había quitado para hablar. Y entonces comprendí: se trataba de un equipo aislante de sonido. Luego cogió una máquina taladradora y en seguida siguió destruyendo un muro bajo.

    A pesar de que la amabilidad de su invitación parecía honesta, no sé por qué alcancé a sentirme avergonzado. Antes de bajar las escaleras, decidí acercarme hacia un borde que daba a la calle, y permanecí quieto por un tiempo corto, no sé por qué; creo que quise encontrar belleza en la vista general de la ciudad. Y la encontré. Ni siquiera advertí cuando el hombre se detuvo y dijo:

    —Muchacho, ¿querías decirme algo?… El cielo está verde… Qué cansancio, ¿no?
    —Sí, estoy cansado— repliqué, devolviendo la sonrisa que el hombre había dibujado al final de sus palabras.

    Mientras descendía las escaleras, tal vez en el punto justo donde se perdía el ruido de la máquina taladradora, me descubrí silbando una canción que no conocía. Antes de abandonar el edificio sentí la mirada injuriosa de un guardia, y me callé. Perfectamente distinguí en ese instante cómo una criatura invisible salió de mi pecho para ondular en el cielo ahumado y desaparecer.

    Desde entonces la he seguido.

    Setlist: “What is love”- Addaway, “The Rhythm of the Night” – Corona, “Come to me” –Björk, “Seven forty seven” – Boards of Canada, “Part 5” – Fishmans.

  • En las ruedas de la lechuza

    En las ruedas de la lechuza

    Subí al bus.

    “Lechuciiitaaa… caprichoosaaa… con su caaantooo… noo me deja ni doomir”. “Lechuciiitaaa… caprichoosaaa… con su caaantooo… noo me deja ni doomir”. 

    Todo estaba copado… Pero, al fondo, en la última fila, había un asiento vacío. Fui avanzando y mientras más me acercaba me di cuenta de que la persona que dormitaba a lado de ese lugar parecía un mendigo. Entendí por qué la señorita del sitio contiguo no quiso tomar esa butaca. No seas pendejo… O sea, ¿cagón eres porque se ve sucio?, ¿no te acuerdas cómo chucha te miraban cuando regresabas de trabajar con tu viejo?… ¿No te acuerdas cuando lijabas y pintabas?, ¿no te acuerdas que en Miraflores te miraban como choro? Pero… parece pe. Mira su pelo saliendo debajo de la gorra, su ropa… ¿Y?, ¿acaso no andabas así a veces?, qué chucha…

    Me senté. Miraba de reojo. 

    En realidad, era una señora que se había quedado dormida. “Lechuciiitaaa… caprichoosaaa… con su caaantooo… noo me deja ni doomir”. “Lechuciiitaaa… caprichoosaaa… con su caaantooo… noo me deja ni doomir”.

    No parecía oler mal. 

    Me acomodé mejor y estiré un poco las nalgas. No dejaba de mirarla. Me acordé del pan que no había comido. La gente no quiere la compasión de nadie, webón. Y, ¿si tiene hambre? ¿Te ha pedido comida? No. ¿Entonces, pe?, ¿no andas diciendo que los que vienen de Lima se creen salvadores?… ¿Entonces?… Tú no eres esos ONGeros de mierda que los mira como mendigos. Esa webada es pa’ asistencialistas blancos liberales que les jode que un marrón sea presidente. 

    «Hola». Se removió del asiento. «Buenas tardes, señor». El carro siguió rodando. Dejábamos la parte central de Chinchero y avanzábamos sobre lo que seguramente parecía una gigante culebra negra echada sobre un mar verde. Pequeñas casas nos iban despidiendo y los espejos de los puquiales y las lagunas pintaban como impresionistas la naturaleza que les miraba los ojos. «¿De dónde se viene?». «De Cachimayo, pero subí en Chinchero». «¿Y hasta dónde se va?». «Urubamba…». «Y, ¿de dónde es usté?». «De Lima, de San Juan de Lurigancho». «Ah, ¿sí?…». Frunció un poco el ceño y se removió en el asiento para luego acomodarse su gorrita. «¿Qué?, ¿no parece?…». Se sonrió… «Mi mamá es de Ayacucho y mi papá de Cajamarca». La expresión de sus ojos cambió repentinamente. Parecía prestarme mayor atención. «Y, ¿usted hasta dónde se va?». «Hasta Urubamba también». «¿Es de allá?». «Sí». «Y, ¿siempre vivió ahí?». «Sí, de ahí soy». Sus canas me recordaron la apariencia de mi abuela y me sentí confiado para preguntar incluso aquello que podría incomodar. No supe por qué. «Ah ya. Y, ¿qué edad tiene ya?». «Unos… setenta y tres años». «Ah ya… ». La pampa parecía un enorme lomo de pez dorado cuyas aletas dorsales se movían por el capricho del viento. 

    Me habría gustado escuchar las historias de la Nany y de mi abuela… hablar de su juventud, de su niñez. Creo que habrían sido libros que me podrían haber gustado mucho. Sí… ya fue… No te culpes…“Párece que ya supiera… párece que adivinara… Párece que ya supiera… la hora de la verdaaad”. “Párece que ya supiera… párece que adivinara… Párece que ya supiera… la hora de la verdaaad”.

    «Y, ¿cómo era Urubamba antes ah?». 

    Huaypo, si se quiere, se ve como un charco de agua donde una tortuga gigante sumergida solamente enseña su caparazón cubierto de árboles regados y alimentados por una densa neblina. «Aaah… era un pueblito. No había mucha gente. La carretera era cascajo no más». «Ah ya… ». Sus ojos grises por los años se tornaron brillantes hacia el vacío. «Una amiga urubambina me contó que antes donde está el hotel Tambo del Inca era abierto… Era de la gente… Me dijo que la gente iba a pescar incluso… hace unos 25 años». «¡Uuuu…! Antes era bonito. Eso era abierto. De niña… de chiquilla me iba a bañar allá luego del colegio… Varios iban. Sí… se pescaba. El agua era clarita. Truchas habían». «Ah… qué bonito debió ser… Mi amiga me dijo que hubo un trato corrupto ahí y que por eso todo ese terreno se lo agarró el Tambo». «Sí… Estamos jodios… ¿Qué será? Se aprovechan… Acá, por ejemplo, la gente se va arrepentir va ver… Ese aeropuerto no deberían hacer. Ese Vizcarra corrupto. Pero, hay algunos que sí; otros que no están de acuerdo. ¿Usté qué piensa?». ¿Ves, pendejo? La tía no era un mendigo. ¿Cómo chucha piensas darle el pan? Nadie aquí estira la mano. No sé pe. ¿Cómo chucha iba a saber? Parecía. Bajando por el mirador de Racchi, se aproxima una enorme pampa que se ve desde arriba. Parece una réplica de Huaypo. Está la tortuga gigante con sus árboles encima, pero rodeada de chacras que simulan una enorme manta hecha por retazos de diferentes telas que pertenecen a la misma paleta de colores. O también resulta una chompa extendida tejida por lana de colores diferentes. Cuando es tiempo de lluvia, se tiñe de verdes. Cuando hay frío, cambia a amarillos, marrones, dorados y anaranjados. «Sí… puede generar consecuencias negativas… El parque arqueológico por las vibraciones… No sé… No soy especialista, pero veo que aquí amanece muy nublado en estos meses por ejemplo…. Y que yo sepa los aviones necesitan que el cielo esté despejado para aterrizar… No sé cómo harán. Además… hace un par de semanas me fui pe… a Huchuycusco a caminar desde aquí en Chinchero pa’ bajo… y encontré una pampa bonita que se parece a la tierra de mi mamá, pero con varias lagunitas y puquiales. Bueno, mi mamá me enseñó a llamarlas así. Y… ‘ta jodido… Había guayatas, así les llaman a esas aves blancas, ¿no?… Había guayatas y otras aves que he visto en el camino y… creo que el aeropuerto va a afectar todo eso. No deberían hacerlo. Además, mire todo ese terreno que se están mochando. Debió ser una pampa bonita. Y… ¿cómo era Chinchero antes?».

    “Párece que ya supiera… párece que adivinara… Párece que ya supiera… la hora de la verdaaad”. “Párece que ya supiera… párece que adivinara… Párece que ya supiera… la hora de la verdaaad”.

    Era Pramadera: de pampas extensas; con puquiales y lagunas; con ovejas como piedras amontonadas; con casas lejanas una de otra, con el cielo muy cerca de las manos… Sí, es igualito… Oe, a veces las canciones acompañan, ¿no?… Siempre… ¿De quién será la que suena? Tiene estilo chacalonero. Escucha esos efectos de la guitarra… ese toque con los dedos… no con la plumilla… esos preámbulos largos a las letras. Puede ser ah… No sé… Ya llegando a casa la busco… Debe llamarse… No sé pe… ¿Qué título le pones?

    «Antes no era así Chinchero…. No había tanta gente. No había casas. Pero, ya no me acuerdo bien… Ahí por donde está la iglesia dejaban los burros, me acuerdo… y por ahí hacían la feria. Las mujeres siempre iban así con su vestimenta, todas…». «Y, ¿los hombres?…». «Con su pantalón deee… ¡Ay! ¿Qué se llama? No me acuerdo… Así como el tocuyo era y su poncho…». «Ah ya…». Me miraba y se acomodaba la gorrita que tenía. «De chiquilla, yo venía hasta aquí a intercambiar papa por mis peras, manzanas, blanquillos, así… Y me llevaba mi papa en mi kipi». «¿Caminando se iba?». Me gustaba que fuera muy expresiva cuando pronunciaba algunas palabras. Parecía que cantaba. «Síii… No había carros… Creo que había uno solo, así como un bus, pero uuufff… ¡Essse demoraaaba! Mejor era caminando». «Ah… O sea, ¿hay camino de herradura desde Urubamba? Pero, ¿qué?, ¿es el de Urquillos hacia acá o el de Huchuycusco?». «No, no… Por Racchi hay un camino que baja. Por ahí veníamos cargando en burro también nuestras cositas… Pero, había que salir tempranito…».

    “Aquel díaaa… cuando mueraaa… en mi tumbaaa… en vano vasa lloraar”. “Aquel díaaa… cuando mueraaa… en mi tumbaaa… álguito voya llevar”.

    ¡Qué intensa, mano, ah! Sí, causa… Buena letra… Buena música. Dan ganas de chupar y… irse a la mierda, a la firme. La caminata que hacía mi abuelo desde Chilcapampa hasta el potrero para conseguir leña debió ser así de larga… de sacrificada. Sí… seguro… 

    Las arrugas de la señora eran como los surcos que uno ve en cerros de donde se alimentan las lagunas. Me contó que vendía hortalizas en Cusco, mientras nos acercábamos ya a Collanas, por Sara Sara, cuando la carretera desciende hasta el valle. 

    “Llévare loquetomado…. Llévare loquegozado… Llévare loquesufrido… Esaes la pura verdaaa…”. “Llévare loquetomado…. Llévare loquegozado… Llévare loquesufrido… Esaes la pura verdaaa…”.

    ¿Te acuerdas de Jimmy?… Sí… ¡Puta mare!… El Pocho… Qué habrá sido, ¿no?… ¿Te acuerdas de tu sueño?… Ese donde aparecía su cara en un desierto… y el árbol marchito… o quemado… y esas casas sucias y hasta las webas… Sí… A veces, lo extraño… No sé… Es lo mismo que con Carlos… Se fue muy rápido. Me acuerdo que la quimio le quitó los pelos de los webos… ¡Puta mare!… Así decía… No le duró mucho su recuperación… ¡Quién chucha va a entender la despedida de Jimmy pe, mano! Nooo… Ni cagando… Esa vaina hay que vivirla… sentirla… 

    Sentí la necesidad de poder compartir con la señora. Me había mostrado un mapa que ya nadie vería y me confirmó la manera como imaginé Chinchero. «¿Pasajes?…». «Yo pago. No se preocupe». «… Noo, joven…». «De verdá… yo pago». Dibujó una sonrisa ligera. «Disculpe, señora. No le pregunté su nombre». «María, me llamo».

    Soundtrack: “La lechuza” – Grupo Génesis

  • Las tardes en San Marcos

    Las tardes en San Marcos

    Relato y diseño de portada por Víctor Pérez

    En 1994, varios años después de la desintegración de Se busca (banda de la escena under peruana), Rafo Ráez presentó lo que sería su primera producción firmada únicamente con su nombre: Si pudiéramos vivir.

    Dentro de esa maqueta, luego de 35 minutos con 34 segundos de hondos desenfados (los poemas musicalizados de Lucho Hernández y de Bertolt Bretch, la primera versión de “Doctor Merengue”, la oscuridad de “Y van años”, etc) suena una melodía en arpegios de guitarra y liberada de palabras, que lleva por título el nombre de un lugar y —por qué no— el de un tiempo: “UNMSM”. Bajo el influjo de ese mismo sentimiento, escribí un relato en clave prosa poética:

    ‎En las tardes de San Marcos, cuando el cielo declinaba sus pañuelos de oro luz, había un camino para mí, ávido de dudas y de amor a lo real.

    Bajo nubes de cuarzo yo solía caminarlo. Desde la huaca confinada hasta el final de la avenida.

    Allí se hendían mis certezas bajo el peso de mis dudas; una pregunta en cada paso, hasta verme claudicar.

    Y están conmigo esos días. Ningún rostro fue ignorado, ninguna luz. Y así me gusta la vida, cuando camino junto a los árboles que revientan las veredas —serenamente— con sus pasos de raíz.