Relato y diseño de portada por Erick Garay
Embistiendo llegó el toro, llegó bailando minué…
“De España nos llegó Cristo”, César Calvo
Y la dura luz de los reflectores que le cae verticalmente al cuerpo, y ese cuerpo que escapa, en cada giro de su movimiento perpetuo, de la explicitud de esa luz, y la textura de ese cuerpo que remece su superficie de piel pálida y prendas y leve sudor, primero aislado y minúsculo en cada poro que esa luz revela y esa danza esconde y ese humo que lo envuelve vaporiza, y que de a pocos va juntándose en hilillos y riachuelos, y luego en caudales de ríos que resbalan por su cuello y su cuerpo y su pelo, y de nuevo la luz sobre su cabeza coronándolo, como un halo, como la aureola de un santo un santo profano sin credo sin más credo que ese del movimiento y la música que sale ¿de dónde?, ¿de él, de sí mismo?, ¿o de mí? De España nos llegó Cristo, canta una voz sin cuerpo, nos llegó Cristo, canta sin boca sin pulmón, pero también el patrón… Y baila, baila, él baila allá o acá en el escenario pero más cerca también, porque dónde hay espacio si la oscuridad nos envuelve o me envuelve solo a mí y lo veo, y brilla su cuerpo ya ahora más sudoroso, y se marcan los volúmenes de sus brazos y resalta su gesto seductor y adusto que desaparece tras una vuelta o un salto o un giro veloz que empieza en una pierna y termina en un antebrazo, y se transforma en un vaivén constante de sus caderas, donde comienza recién su escasa vestimenta, una negra y satinada tela que recibe los impulsos de sus piernas y ese constante discurso de la belleza de ese río sinuoso y oscuro o prístino que es su cuerpo, y su carne. Porque está allí, y la música sigue, y esa música con su cuerpo es uno solo que me dice esto que parece como dicho en las profundidades por una boca abstracta que vive dentro de mí, esa música que es su baile y sus manos inquietas y sus hombros remarcados y su abdomen contrayéndose por la embestida de algún toro también abstracto y a la vez tan nítido que es todo. Sobre la mar de mi sangre, un toro bravo llegó… Sobre la mar de mi sangre, un toro bravo llegó… Ya no está la certeza de cómo ni exactamente cuándo llegué aquí —este anfiteatro o escenario o habitáculo improvisado que ahora es mar de sombras— ni cuándo él empezó a hablar directamente con su piel a la mía, oscura, oscurecida, ni qué hubo antes ni qué motivo me trajo aquí. Sé o intuyo o presiento que yo soy ese toro del que habla la canción, y ese esclavo de alguien que no comprendo y que no he dejado de sacarme cadenas tras cadenas, y que tal vez soy mi padre y mi abuelo y así hasta el origen de una casta que canta y baila y se mueve como se mueve él y si de España nos llegó Cristo, también el patrón. El patrón igual que a Cristo, al negro crucificó… Crucificado en algún madero móvil —¿tú?—, sin términos, el azote como injuria en el lenguaje de la piel, cómo te crucifica algo o alguien allí bajo esa luz que parece que te pare y que te retuerces y donde un grito del cuerpo se transmuta y surge y surge y allí también yo grito para callar ¿qué?, como un éxtasis emergido del agua, de mi sangre que es tu sangre en un momento minúsculo donde soy yo el que baila y tus ojos son mis ojos y donde yo mismo me miro bailar porque soy tú, pero oigo los látigos contra mi cuerpo y mi piel rasgándose y abriéndose y mostrando a carne viva esta afrenta incendiada que soy, y yo mismo soy mi padre que me latiga y me escupe, ¿no lo ves?, ¿no sientes ahora mismo cómo clavan su vista en mi cuerpo, me remarcan con el hierro candente la señal atroz del patrón de arriba? Y no dejas de moverte, no dejas de gemir con cada vuelta, de embestir con cada pirueta, de atacar e incrustarte con cada arranque… Sobre la mar de mi sangre, sobre la mar de mi sangre, un toro bravo llegó. Embistiendo llegó el toro, llegó bailando minué. ¿Qué heraldo del deseo eres? Es deseo, es claro, ¿por qué enterrar la palabra en lo más profundo de mi cuerpo? Qué mensaje traes a mí de rebeldía por primera vez dicha, ¿dicha?, ¿ya dicha? Nos llegó Cristo. Un Cristo de la piel, una moral del deseo… Pero también el patrón. El castigo, ¡el yugo! He de crucificarme en ti, igual que Cristo, tú eres Cristo agonizando y proclamando a la vez un evangelio ininteligible con el que te enfureces porque no lo entienden, y allí la luz y tu pelo y tus ojos y el fulgor de dos estrellas en tu pecho, entre ese huerto de vello donde he de postrarme a rezar, porque a la vuelta, si doy la vuelta, si miro abajo, ¿es ese el camino a mi viacrucis? ¿Pero desde hace cuánto tiempo dejamos de ser tú el misti que me aherrojaba como bestia y yo el bracero esclavizado al algodonal sin sol? Tú eras el otro, y yo también lo era, y ahora tú danzando ese baile, tu piel que se la ha ganado, y yo aquí observándote, desde el otro lado, despertando en cada instante y cada vez más certeramente, y aún con culpa, mil veces con culpa, ¿y por qué habría de desearte, si eres el otro, el patrón y el toro que me ha crucificado como a mesías? Embistiendo llegó el toro, llegó bailando minué. Embistiendo llegó el toro, cada músculo tensado allá bajo la luz y también acá, alrededor de mi cuerpo, un amasijo de carne que envuelve la mía forzándola hasta volverse esta última también amasijo. El tondero violento ¿aún tondero? con cada una de tus acometidas detrás de un inofensivo minueto. Llegó bailando minué. Llegó meneando los cuernos, los cuernos más grandes que él. Meneando los cuernos, los cuernos más grandes que yo. ¿Te imaginas? Ya no estás solo bailando y yo observándote o creándote a ti y a tu baile y al impulso afrentado que soy y a la oscuridad lacerada por la luz abrasiva de arriba y la niebla que se levanta con tus taconeos o que se desprende de tu cuero o que se refuerza con tu respiración entrecortada, o la mía. ¿Son las banderillas en mis pulmones, deteniéndome? Me imagino que este baile es de ambos, en un recinto abstracto tan abstracto que parece que no existiera ese límite del adentro del afuera no existiera el adentro o el afuera mismo ni la luz o la oscuridad ni el cuerpo la entidad por sí misma pero sí es un cuerpo es una masa de carne que palpita que se queja que resopla y gime sin boca y araña sin garras y sujeta sin manos ni pies solo una bola de carne que se descubre a sí misma con furor y violencia y un mínimo de misericordia pero no la suficiente no la suficiente como para detenerse como para parar como para dejar de girar sobre el centro de todo que también gira que es su propio eje y donde ni siquiera la muerte tiene cabida porque no existe nada más allá de ella de esa bola ese grito que con su gritar se escarba a sí mismo hasta su inicio su raíz su incógnita aunque tenga que destruirse sin hallarla sin contestarla y se machaca a sí mismo y se da golpes sin puño y patadas sin piernas y arremetidas coitales sin ingles donde el estrado es la cama y la mesa ritual o la arena dura de coliseo que nos raspa nos emerge fuentes de ríos de sangre de sangre de sangre… Pero emerges, emerges siempre, maldita sea, tus fuertes brazos y tus puños y tus hombros y la surcada espalda y la comba dura y pulida de tus muslos. Con sangre de cuatro siglos forjé una bandera roja… Con sangre cuatro siglos. Así que este nuevo centenar de años es solo una máscara, una máscara de una cara que gritaba desde más atrás. Forjé una bandera roja. ¿Puedo yo? Forjé una…, ¿puedes tú forjar esa bandera? Tú sí, allá, moviéndote como alegoría de un fuero, de ese fuero que grita libre y que siempre muta, porque yo, porque yo encadeno en cada instante no no yo no he encadenado yo no me he encadenado ni te he encadenado a ti aunque tú te desencadenes y yo no te he crucificado aunque sí que me hayan crucificado a mí, y quién quién quién esa bandera roja siempre haciéndose siempre tiñéndose con la sangre que mana y las sangres de todas las sangres que manan y mi padre es a la vez el toro y el matarife yo heredo su sangre y el derrama mi sanguaza al yo verte, al verte y aferrarme a tu cuerpo con mi sexo erguido porque no hay baile no hay esa estilización de la atroz cópula que es esto que es esto que deseo y me cae ahora un látigo de siglos. Mas con cada uno de tus movimientos aspiro e hincho los pulmones, no heridos, y despierto. Hincho los pulmones como se hincha un estandarte. Con sangre de cuatro siglos, ¡forjé una bandera roja! ¡Y a mi modo lo toreé! ¡A mi modo lo toreé! El toro que fuera dueño de mi tierra y de mi piel, supo que panal robado da llanto en lugar de miel… Cuál es la miel dímelo, tu cuerpo danzando contra las sombras o mi cuerpo en paz con el tuyo y con los míos y ya no importa la piel y quién no podría bailar lo que bailas si solo a ti te pertenece esta pieza inusual de esta canción y claro la miel en la canción es otra cosa panal robado es el trabajo hurtado al pueblo que en vez de hacer miel hace llanto pero ahora mi llanto es la incapacidad de aceptar este deseo prístino que ahora puedo llamar tal pero que cuando acabe el baile tu baile allá y mi vista en las sombras acá será un deseo que no podrá decir su nombre porque este es un instante de lucidez la lucidez de la piel la clarividencia del pálpito la reverberación sin santo la reverberación de la carne y oigo las oraciones de mi madre que suenan igual y no sé cómo lo sé a cuando rezaban mis antepasados pero también los tuyos y los de todos y esto se llama así tiene nombre tiene nombre y no lo ocultes porque siempre se castigará Sodoma aunque ya no crea y nunca vuelva a creer ni mi misma sangre y en todo el mundo esto no sea un conflicto es decir verte moverte y desearte y querer ser uno con tu cuerpo pero para mí sí es un conflicto sí es un problema y reabrirá sus fauces cuando dejes de moverte de remover y levantar polvo del terreno frágil de mi cuerpo sí bailas bailas un tondero más bien alterado que repercute y repercute, insubordinado, emancipado, inexpugnable. Y así te deseo, así me aferro, así hablo y soy y así no hablaré ni me aferraré ni seré ni esto será nada y ese ser ambiguo que gira en ese cuarto que no es cuarto y se hiere a sí mismo y sangra y palpita vivo e inmortal no será más que yo mismo solitario inmóvil desahuciado y desecho mudo y a millas de ti, y yo no pude liberarme desdigo lo que antes se ha dicho, borro el trazado del pasado sin yugo y yo no quito este yugo mío
y navegando hasta España
sobre la mar de su sangre
el toro bravo se fue
el toro bravo se fue…
Al ingenio de César Calvo
y al corazón de Gonzalo Rose,
in memoriam
Coda: este relato recibió una mención honrosa en el XXI Concurso Bienal Nacional de Cuentos Germán Patrón Candela y fue publicado por primera vez en el libro del mismo nombre, con los cuentos galardonados, editado en Trujillo, Perú, en octubre de 2023.
