Obituario por César Zevallos
Cuando mi tío recuperó su libertad, cualquier día era un fin de semana. Le gustaba vacilarse, comprar cajas de cerveza en compañía de sus amigos y, supongo, de otras drogas. Todas las mañanas levantaba al barrio con su equipo de sonido. Nadie se quejaba, le guardaban cariño (eso espero). En su sala, separada de mi habitación solo por un muro, desfilaban bandidos de toda calaña. De Bayóvar, de Huáscar, de La Victoria. Sus risas eran gritos, sus gritos exigían botellas, las botellas se vaciaban con rica chicha: Chacalón, Vico, Centeno, Los Ecos. Estas leyendas, sin embargo, no eran lo más destacado de su setlist, faltaba algo para terminar de convertir su casa en una cantina con todas sus letras. Algo más imponente, algo que los acerque de manera más directa a sus sentimientos dañados. Lo encontraron en una voz, la angustia contenida en una voz, una vida herida de muerte por la inclemencia.
Déjenme vivir mi vida, yo no soy malo con nadie
déjenme vivir mi vida, yo no soy malo con nadie.
Si soy borracho, si soy un perdido, si soy mujeriego, si soy un bandido
yo hago en mi mundo, yo soy vagabundo.

Los altibajos de esa voz excesiva, su fuerza en reclamar una libertad que veía negada o un amor mal correspondido, su dolor en expresarlo, gritarlo, arrancarlo de sus sesos, hacerlo añicos… Difícilmente lo volví a ver en un cantante. Hoy el Perú amaneció con la noticia de que esa voz se apagó para siempre. Iván Cruz ha fallecido a los 77 años, después de pegarse el gusto y la desavenencia de tener una vida dedicada a los excesos y las drogas duras.
No sé si son muchas o pocas las personas que han visto la oscuridad en todas sus matices. Creo que Iván Cruz, en algún momento de su vida, fue una de ellas. Cuando la vida le entregaba esos placeres que buscaba y creía cada vez más en su estatus de rey del bolero, su rol familiar se fue en caída libre. Y cuando se dio cuenta del dolor provocado, o en lo irreparable de sus acciones, sintió (estoy casi seguro) solo una bruma espesa cubrir sus ojos, momentos de agonía en vida, sinsentidos estampados en todas las paredes. Una tempestad perpetua. El autosabotaje en su máxima expresión.
No sé por qué me matas
no sé por qué no vienes
estoy muy solo y triste
sentado en esta pieza
con ganas de llorar
Como muchas almas perdidas, se rindió a la religión en busca de consuelo. Por muchos años, Iván Cruz se lució como un ser humano renovado, alardeando su transformación espiritual con la misma intensidad que lo hacía cuando era vagabundo y aventurero. Incluso formó su propia iglesia y llegó a asegurar que había encontrado a Dios, así, a secas. ¿En qué punto el dolor nos hace negarnos? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar de la vida para que nos entregue lo que creemos necesitar?
Al parecer, nada fue suficiente. Vencieron sus ganas de sentirse vivo. El año pasado, 2022, lo expusieron en un programa de farándula a nivel nacional brindando solo, en una bodega de barrio. Como si esperábamos verlo en televisión para comprobar si es verdad tanta promesa de cambio y juzgar su fracaso a nuestro propio criterio. Tonterías. Solo él sabía lo que significa emprender una lucha contra sí mismo. La polémica termina ahí. O no: alzar un vaso de ron en memoria de Iván Cruz, lo que muchos hacemos esta noche en su memoria.


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