Por Victor Hugo Llerena
Foto por Jorge Ingaruca
Texto leído durante la presentación del libro “Los 17 discos peruanos más piolas del 2025”
Me encuentro escribiendo lo que diré durante la presentación del primer libro de Espacio Sonido, apenas unas horas antes de estar (aquí) frente a ustedes. Aún no sé si he llegado tarde, si me oirá mucha gente (si me ignorará mucha gente). O si he procrastinado al punto de no tener más remedio que inventar una excusa para no presentarme.
No estoy aquí. Como dije, estoy lejos de esta noche, en un parquecito de Pando, algo drogui, aún sin la preocupación de no haber concluido ni editado estas palabras.
La verdad, no tengo ganas de escribir. Días atrás César me hizo la invitación y acepté porque estimo a Espacio Sonido, y porque de verdad pensé que podía hacer esto. Después de todo, ellxs ya hicieron el trabajo difícil: escribir esas 17 reseñas inclasificables, extraerlas del mundo de las ideas y convertirlas en un artefacto tangible, obstinadamente real. Yo solo tengo que presentarlas.
Suspiro. Miro al cielo. Me rasco los ojos. Me rasco el webo. Las hormigas han invadido mi cuerpo tendido sobre la hierba, como si estuviera muerto. Qué bien se sentiría ahora no tener que escribir, pienso. Qué bien se sentiría no cumplir esa promesa. Qué bien se siente ser falla, incluso siendo picado por los insectos.
La sensación es fugaz, de cualquier modo, inestable, como cualquier placer. Y pronto la culpa abre un espacio en el centro puro del lenguaje, subsumiendo cualquier excusa que pretendo construir para desembarazarme de mi obligación.
El día que César me invitó dijo: “Mano, tú debiste escribir en este libro”. Y yo le dije que era perfecto no haber escrito en él, porque así podía asumir el honorable deber de presentarlo. Ahora queda apenas una hora y no he escrito nada.
Todo hubiera sido más fácil si hubiera dicho que no desde el primer momento, pienso. Mejor aún: todo sería más fácil si no existiera Espacio Sonido. No. Todo sería más fácil si no existiera yo. Si no existiera el lenguaje, que al fin y al cabo es lo mismo.
Pero voy a portarme como un adulto, me digo, sabiendo perfectamente que no es cierto, por la amistad, por la presión social. ¡Voy a escribir esa presentación!
Listo. Hasta ahí llegó mi determinación. La arrugo como un papel garabateado y la arrojo junto conmigo a la papelera de mi cama
***
Nueve de la noche. Tengo un mensaje de César. Pregunta si usaré diapositivas durante mi presentación. Me dan ganas de responderle: “manito, se me hizo tarde, creo que no voy a llegar uu”. Pero ya es imposible. He llevado esto demasiado lejos como para echarme atrás a estas alturas cuando el evento ya está en marcha. Le respondo que sí, que todo está en orden, que estaré allí.
En realidad, quisiera decirle otra cosa: No voy a presentar el libro.
Voy a hacer algo mejor que eso: lo voy a ocultar.
Si cada libro supone una ceremonia de presentación, ¿por qué este, tan inusual y heterodoxo como es, no habría de tener un ritual diferente, una ceremonia de ocultación?
La idea me parece honesta. Hundir el libro en el mundo de los muertos como un huaco funerario y dejar que el tiempo opere en él y en todos nosotros, hasta que miles de años más tarde los saqueadores de turno abran la tierra y el artefacto les salte en la cara con sus 48 páginas polimórficas como la criatura inquieta y salvaje que es.
Lo imagino: arqueólogos, etnógrafos e historiadores del arte, preguntándose quién es el hombrecito de la portada. ¿Las dimensiones del libro tienen alguna relación con él? ¿Por qué alguien haría un ranking de 17 discos y no uno de 20? ¿Acaso hay un enigma cuidadosamente cifrado allí?
Sí, que descubran quién fue Mauricio Ruiz alias Truko, qué sucedió un 15 de octubre de 2025, y por qué era tan fácil matar a un artista de la palabra y con cuánta indiferencia en este país.
Que se enteren también qué es un Perú, qué es un Callao, qué es Boterin. Y solo entonces quién fue Yerzy. Que descifren si pueden el significado de malianteo, barreteo, puntero. Que se rompan los sesos intentando entender qué chucha es un GAAA.
Pero quisiera ir más allá. No solo ocultar el libro: ocultar también mis palabras de ocultación en ese lugar inconmensurable donde se sumergen todas las cosas que no ocurren nunca o dejaron ya de ocurrir, un mundo de muertos, un uku pacha: no como erradamente lo imaginaron los españoles (mundo de abajo), sino como lo que es: adentro. Uku es adentro.
Ocultemos el libro entonces en ese lugar. Ocultemos también estas palabras de ocultación, adentro. Y hagamos de cuenta que no dije nada.
Nota:
Uku es la palabra con la que los habitantes del antiguo Perú se referían al cuerpo y a la interioridad. En ese sentido, Uku pacha puede entenderse no solo como el mundo de los muertos, sino como un mundo interior, lo que sugiere que los muertos habitan dentro de uno mismo y que la frontera entre la vida y la muerte es menos nítida de lo que solemos imaginar.
