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  • Nostalgia de un emo treintón

    Nostalgia de un emo treintón

    Por Yerson Collave

    Emo treintón. Dos palabras que pueden definirnos, o que al menos lo hacían en ese momento. Con latas de cerveza, ropa negra, corbatas rojas y zapatillas, varios grupos se reunían en un parque cercano al Estadio Nacional, antes de ver —por primera vez, en muchísimos casos— a My Chemical Romance, una de las bandas que marcó la vida de tantos jóvenes a inicios de los 2000 en todo el mundo, cuando el emo era un movimiento cultural que preocupaba a nuestros padres.

    Ese domingo, mientras el carro avanzaba por la avenida Wilson, pensaba en una de mis canciones favoritas de MCR, esa que se preguntaba si, cuando fuéramos mayores, seríamos los salvadores de los quebrantados, de los golpeados y de los condenados. Pero hoy, 18 años después, muchos nos seguimos haciendo la misma pregunta que cuando teníamos 15 años, el corte de cabello escolar y un cancionero en blanco y negro que en letras grandes decía: Welcome To The Black Parade. Y esa fue quizás la canción más esperada de la noche en el concierto que inició la gira mundial de la banda.

    ¿Podemos vencer a nuestros demonios?, como decía la canción. Tenemos nuevos, más complejos, más terrenales. Pienso. Creo que los abrazamos ese domingo, en medio del verano limeño.

    Hay algo especial en la nostalgia, vaya. Es tan poderosa que puede hacer que miles se desvelen, duerman pocas horas con tal de escuchar a la banda que logró reflejar cómo nos sentíamos, que reutilicemos pitillos que ya no nos quedan. Es la época de la nostalgia, y ya nos tocaba a los emos llenar el Estadio Nacional.

    La ceremonia emo de ataviarse de negro se repitió; para algunos pasaron años sin hacerlo. Nos pintamos las uñas de negro. Algunos ya no teníamos cabello suficiente para el flequillo. Delineamos nuestros ojos y colocamos una corbata roja en nuestros cuellos. Todo listo para gritar las canciones en inglés que de adolescentes no entendíamos. Todo estaba listo.

    Al retornar a casa en una cúster con las canciones de Corazón Serrano a todo volumen, varias cervezas después, pensaba en qué batallas habíamos enfrentado los miles de emos en estos casi 20 años desde que escuchamos por primera vez “Helena”. Me di cuenta de que no había podido contra el demonio de la muerte, y que no podré. Es irremediable su llegada. Para mi grupo emo llegó pronto; se manifestó hace cuatro años cuando Jorge, uno de mis mejores amigos del colegio, quien me presentó las canciones de MCR, falleció. Él amaba esta banda, la conocía solo como puede conocer un adolescente la música que ha descubierto. Él era un adolescente que además compartió su descubrimiento con quienes quería, y yo estaba entre ellos.

    Y, entonces, varias escenas aparecieron en mi cabeza: Jorge y yo, seguramente, nos habríamos encontrado cerca de casa, vestidos ambos de negro, para ir al concierto. Él habría llegado tarde, como siempre. Me habría molestado un poco. Estoy convencido de que no nos habría alcanzado el tiempo para vestirnos como hubiéramos querido. Pero habríamos estado juntos, bebiendo antes del concierto para no pagar cervezas tan caras; le habría contado sobre mi semana en el trabajo; él, de manera estridente, se habría reído de mí por “ya ser un tío”, luego —con otro tono de voz— me habría contado cómo iban las cosas con su novia. Y, durante todo el concierto, habríamos gritado y llorado. Esta vez tuve que hacerlo solo. Me la debes, Coco.

  • M(emo)rias

    M(emo)rias

    Crónica por Yerson Collave
    Diseño de portdada por Víctor Pérez

    Ese día el cuello me dolía. Era suficiente motivo para intentar llorar mientras los demás me veían en el patio de recreo. Expresar, casi vomitar los sentimientos en público, era parte esencial de ser emo, y yo lo era. Mis dos mejores amigos lo eran. Miles de adolescentes en la primera década del 2000 lo eran. Y la música nos unía.

    Un día antes, encerrado en el cuarto que compartía con tres de mis hermanos, había puesto a todo volumen los discos piratas de mis bandas preferidas del momento: Panda y Simple Plan. Agité tanto la cabeza que los músculos del cuello se inflamaron. Tenía 15 años y mi primera novia había roto conmigo. Una canción en especial acompañaba esas horas: “Mi huracán lleva tu nombre”.

    La música había cambiado todo el espacio que habitaba en casa: afiches y ropa negra, delineador y pintauñas, mochila a cuadros y una pila de discos ‘Princo’. Por momentos, el sonido de la batería y los gritos —como los llamaba mi madre— traspasaban las paredes y conversaban con los boleros y huaynos que ella escuchaba en la cocina. Una charla que se tornó habitual en momentos en que me cuestionaba muchas cosas y lo único que sostenía mi adolescente corazón eran mis dos amigos, las chicas y también los chicos que me gustaban en secreto.

    Había renegado del fútbol y toda la performance masculina. Podía expresar, entonces, mi fragilidad con la estética del movimiento emo: los pantalones ajustados, los ojos delineados de negro, las uñas pintadas, el flequillo… y gritar con las canciones nuevas que hallaba cada día en un recién lanzado YouTube. Y lo más importante: tenía derecho a llorar. “Helena”, de My Chemical Romance, me recuerda esos días.

    La música me unía a mis dos mejores amigos. Solíamos ‘quemar’ o grabar canciones que habíamos descargado a través de Ares, un popular programa donde encontrabas desde pornografía hasta películas recién estrenadas. Esas piezas tenían nuestro sello personal, y las intercambiábamos en un acto de solidaridad poco frecuente. Cada vez que nos sentábamos en una cabina de internet, la búsqueda de nueva música era una tarea obligatoria y frenética: teníamos solo una hora. Los lunes eran días de hablar de las nuevas melodías.

    Éramos un grupo que, con el tiempo, se hizo una comunidad mucho más grande, con egos que se inflaban porque descubríamos las canciones de los artistas más rebuscados del hardcore Así pasamos de unas pocas bandas en español a bandas como Alesana o System of a Down. ¿Eran bandas emo en verdad? A quién le importaba.

    En esos días, pasamos de hablar entre nosotros sobre música para hacerlo en las llamadas comunas, grupos de muchachos y muchachas emo que se reunían en lugares públicos. Mi comuna lo hacía en un pequeño parque de San Juan de Lurigancho, en Lima, cerca de una comisaría. Allí debatíamos sobre quiénes sabían más de música y quiénes descubrían nuevas bandas; a veces nos inventábamos nombres. En ese espacio surgieron los primeros enamoramientos, las primeras riñas, las primeras borracheras, los primeros encuentros sexuales. A veces, todo al mismo tiempo. Alguien llegaba siempre con una radio a pilas que había sacado de su casa a escondidas, y, en tiempos en que pocos tenían un mp3, escuchábamos nuevas bandas en cedés e incluso casetes. Contábamos centavos para la chanchita: así comprábamos las baterías doble A de la radio y nos alcanzaba para el trago corto. Todo nuestro mundo se resumía en la confección y compra de nuevas prendas, cada uno tenía su propia marca: algunos usaban colores específicos, siempre en conjunción con el negro. El mío era el verde, mis amigos usaban el morado y el rojo. La banda sonora de ese tiempo era, para mí, “Ambrosia” de Alesana. Aún tengo el disco, aunque ya no reproduce ninguna canción. 

    Y lo cierto es que nadie en ese momento tenía claro qué música era emo y cuál no, y eso nos llevaba a debates interminables, nuestros principales argumentos salían de foros en línea, portales de emos mexicanos escritos en Blogspot. Pero nos enlazaba el rechazo a lo que todos comenzamos a llamar ‘emo comercial’, representado por bandas como Panda, mi favorita hasta ese momento, por eso muchos dejamos de hablar de ellos. El término poser (posero) se hizo ofensa. En casa, por supuesto, no podía escuchar semejante ruido. Eso aportaba al clima subterráneo de esta nueva etapa del emo, al menos como nosotros lo entendíamos.

    Éramos eufóricos, aunque los demás nos veían como gente triste. Nos apasionaba nuestra música y estética. Cada color y forma tenían un porqué, aunque nadie se cuestionaba el origen de nada. También reíamos. Éramos adolescentes. 

    No hablábamos mucho de la muerte, aunque muchos lo creyeran así. El dolor era el principal hilo conductor de nuestra ‘filosofía’, de nuestra música, es cierto. Pero ¿qué es más universal que el dolor para motivar la composición de una canción?

    Éramos adolescentes, que más allá de llorar y escuchar música triste, también se revelaban, como sucedió en 2008 cuando los emos reunidos en la Glorieta de Insurgentes, en México, decidieron defenderse de los ataques de los jóvenes punk, ante la sorpresa de un país entero que veía un peculiar enfrentamiento por televisión.

    Pero esa vorágine de nueva música y prendas ajustadas, borracheras en parques y peleas con punketos en la calle, lágrimas públicas y exposición mediática, terminaron intempestivamente para muchos de nosotros cuando acabaron los días de colegio. Dejé de ver a mis amigos, el empujón a la vida adulta nos golpeó en la cara, pero la música nunca se fue y la amistad tampoco.

    Han pasado casi 15 años desde entonces. Muchas cosas han sucedido. Mis amigos y yo cambiamos el pantalón ajustado y los polos de colores por la formalidad de la camisa y pantalón de tela bien planchados. Ahora la vida familiar, los hijos, la profesión, las deudas, el tráfico y la presencia de la muerte son temas recurrentes en nuestras limitadas charlas.

    Hace unos meses, cuando visitamos el cementerio donde se encuentra uno de mis mejores amigos de aquella época de flequillo, no hallamos mejor manera de recordarlo que poniendo en el altavoz del celular una canción de Panda. Encendimos un cigarro y abrimos una cerveza frente a su tumba. Él sabía mucho más de la cultura emo que todos nosotros. Y estábamos allí, llorando por un motivo común, sin fingir. Tras su partida, retorné a varias canciones, que hoy acompañan mis días de oficina. Soy un emo que ya creció.