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  • La música andina es mucho más que añoranza

    La música andina es mucho más que añoranza

    Opinión por César Zevallos
    Fotografía de portada por Stifs Paucca

    La música andina y el escenario político actual

    Si te movilizaste en contra de Dina Boluarte, conoces la canción. Sabes que es un himno de combate. “Dina asesina”, un discurso fuerte y sincero. Para el musicólogo Julio Mendívil, las características de la melodía provienen de un carnaval ayacuchano, y las letras fueron escritas por músicos de Juliaca y Puno. “Dina asesina, el pueblo te repudia” ha recorrido diferentes partes del Perú en las manifestaciones antisistema de diciembre del 2022 en adelante. Convoca gratamente a multitudes. Y con la inminencia de una tercera toma de Lima, puede volver a renacer en la capital, marcar el pulso de la calle. De hecho, hace poco lo hizo, aunque fugazmente: los sikuris de Huancané (Puno) la cantaron en un pasacalle frente a Palacio de Gobierno. Donde nunca dejó de latir fue en regiones, ¿cómo olvidar que niños y adolescentes la entonaron en desfiles escolares, en Puno y Áncash? La pedagogía debe ser crítica o no ser.

    Pero, aceptémoslo. La canción más genial, demoledora en su denuncia, es un carnaval con sabor a rito festivo e irreverente. “Dina Boluarte jijuna gran puta, quien te ha dicho que eres presidenta”. Nada menos. Una condena alucinante, brutalmente honesta, contra la dictadora Boluarte, quien la semana pasada fue citada a la Fiscalía para responder ante la Procuraduría General del Estado y los abogados de las víctimas de represión policial y militar durante las marchas. Simplemente, no dijo nada. El dolor y la rabia persisten, aunque se pretenda ocultar los motivos. Pero ese carnaval… es brillante, hace más esperanzador el firmamento. La fuerza telúrica del oprobio, es a veces lo único que pueden tener los desposeídos. Agita, hierve, moviliza. Nada más vigoroso y contagiante que ese violín. “Nadie te quiere, nadie te ha elegido, usurpadora cara de palo”. Te hace reír y zapatear. Te domina y consuela. Es una canción mayor, épica, aunque los reclamos se siguen invisibilizando en la arena política y los medios de comunicación cómplices. 

    Quienes resisten a los grandes discursos institucionales, son las figuras actuales del huayno. No hay mejor ejemplo que Yarita Lizeth. En enero de 2023, la popular cantante puneña donó cincuenta mil soles a las familias de las víctimas y a los hospitalizados, producto del enfrentamiento con policías y militares en la toma del aeropuerto Inca Manco Cápac, en Juliaca (Puno). Después, prestó su bus de gira a ciudadanos que iban a marchar a Lima. Esto es solo una muestra reciente de cómo la música fortalece los lazos entre personas, en escenarios de reivindicación de causas justas. Algo que actualmente no consigue ningún otro género musical, en Perú. La presencia de la música andina en reclamos políticos, así como la sensibilidad de sus artistas por el dolor del otro, es clara y contundente.

    Hechos y experiencias sobre música andina

    Con el fin de rendir un homenaje sincero a la música andina, que hoy se celebra oficialmente en Perú recién desde 2006, entrevistamos a personas que se expresan e identifican con este género musical. Pueden ofrecer acercamientos interesantes sobre su importancia social y el vínculo emotivo latente: Julio Mendívil, uno de los más importantes investigadores de la música andina desde la etnomusicología; Fiorella Espinoza, comunicadora social y difusora de festividades de música andina en La Antiturista, y Luis Puga, estudiante ayacuchano de Historia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 

    De entrada, y sin ánimos de romantizar, el investigador Julio Mendívil sostiene que esa capacidad de conmover que tiene la música andina no es exclusiva. Lo comparte con todas las músicas del mundo. “A mi juicio, no tiene ningún valor que la haga diferente, lo que tiene son características que son difíciles de determinar, porque la música andina está constantemente cambiando”.

    ¿Desde cuándo asociamos a la música andina con una esencia inmutable? Es un tópico frecuente, el rechazo a trastocar y expandir la esencia. Porque se cree que la música andina tiene características que la hacen especial, precisamente una esencia. Mendívil reconoce que su hallazgo más importante como investigador, ha sido desmentir esa falacia, porque no hay forma de determinar dicha esencia. “La música andina no tiene ninguna característica esencial ni tampoco ningún vínculo histórico que se mantenga a través de los siglos, como pretende la gente. Se tiende a hablar mucho de música milenaria, música ancestral. Estos términos tienen un valor puramente ideológico, no musical. No sabemos cómo era la música andina hace mil años. Por más que algunos de los instrumentos se mantengan, no sabemos cómo se tocaban, qué tipo de melodías se hacían. Eso es lo más importante que he podido determinar. Solo sabemos muy poco de la música andina a través de los siglos, solo lo que escribieron los españoles, que son impresiones escuetas porque, como se remiten a la palabra, y no siendo conocedores de la teoría musical europea, no estaban en condiciones de describir la música andina de una manera entendible para los estudiosos hoy en día”.

    Lo que tenemos es una manifestación múltiple y colectiva, con sus atributos distintivos en cada región, provincia, ciudad y distrito de la sierra peruana. Es lo que más valora la comunicadora social Fiorella Espinoza, quien en su canal de YouTube La Antiturista muestra sus vivencias y pensamientos acerca de las festividades andinas peruanas. “Mucha de la música que disfruto, suelen ser canciones extensas interpretadas por un grupo de personas. Si bien alguien lidera, todos se unen cantando, ya sea a nivel vocal u orquestación. Me siento dentro de un conjunto, me saca de lo individual. Como La Antiturista trata de viajes y descubrir sus costumbres y fiestas, era inevitable no tener otra mirada de la música andina. Ya me iba fuera de lo que encontraba en YouTube. Los pocos casos que conocía se iban ampliando cuando en el mismo lugar donde viajaba podía sentir cómo se integraba la gente, qué otros actores más aparecían en la reproducción de esta música. Quizá el modo en que llega a nosotros en Lima u otras partes del Perú, es una producción musical similar a lo que solicita la industria musical global, que son canciones cortas, con un coro pegadizo. Eso se me fue borrando porque la música era parte de una semana de fiesta. No es que había tres minutos de música, eran mínimamente veinte minutos. Te sumerges de otra manera, no solo con la misma música, sino con las danzas que acompañan, es otra experiencia. Y con las costumbres, las tradiciones que también se marcan dentro de esa música”.

    Esa experiencia colectiva enriquecedora, es parte de la identidad ayacuchana del universitario Luis Puga. “Me permite ser libre. Me permite identificarme con mi comunidad, las personas de mi pueblo. Me permite sentar raíces. Eso no solo me hace sentir tranquilo, sino avanzar, poder ver nuevos caminos, cuestionarme, defenderlos”.

    Consultamos a los entrevistados por sus artistas andinos favoritos. Por supuesto, eso no significa que los consideren como los mejores. Hace bien Mendívil en precisarlo, ya que es una pregunta que incide directamente en el gusto personal. Él estudió charango en la Escuela del Folklore y, después, comenzó a trabajar con los maestros Jaime Guardia y Raul García Zárate, quienes le adentraron en la música ayacuchana. “Desde ahí mi contacto con la música andina fue más consciente”. En su crecimiento musical también lo acompañaron Nelly Munguía, los hermanos Humala y Manuelcha Prado. Sin embargo, las nuevas generaciones le resultan ajenas “porque no tengo ese lado afectivo con ellos, no he compartido vivencias con ellos como lo hice con los otros”.

    Fiorella Espinoza y Luis Puga tienen en común el favoritismo por dos artistas: Naranjita de Sucre y Amapolita de Chipao. Ambos lo conocen por sus papás y mamás, desde la infancia. En el caso de Luis, también está entre sus preferidas Alcanforcita de Huayana, y por el lado de Fiorella, debido a su experiencia con La Antiturista, encuentra más encanto en lo colectivo que en la figura individual. “Si bien hay una voz guía, los demás se acoplan, todos terminan protagonizando, o se anula el protagonismo. Se hace un canto coral”

    Asimismo, no solo comparten gustos, sino ideas acerca del desinterés y la percepción limitada de Lima acerca de la gran variedad de estilos en la música andina. Fiorella cree que en la capital se asocia a la música andina únicamente con el huayno o la tunantada. Pero, al parecer, no es un problema netamente limeño. “Siendo yo ayacuchano, soy consciente de que hay muchas canciones y estilos musicales que no conozco del mismo Ayacucho. He logrado explorar desde mi provincia de Parinacochas, parte de Lucanas, algo de Cangallo, de Huancasanco, pero no sé mucho de Huanta o La Mar. Si mi perspectiva personal es sobre una pequeña región, imagínate la gran variedad que hay por el Perú…”.

    A pesar de ello, Lima es fundamental para el desarrollo de la música andina. Julio Mendívil lo explica con claridad. “Desde hace cuarenta años, la mayoría de la producción de música andina tiene lugar en Lima. Los cantantes e intérpretes más importantes del país, los que tienen más presencia a nivel de mercado, están en Lima. Es una ciudad llena de clubes provinciales. Se toca música ancashina, andahuaylina, ayacuchana, arequipeña, cusqueña, del Valle del Mantaro. (…) No hay ningún lugar en Perú donde se pueda apreciar más variedad de música andina que en Lima, es un lugar donde se forma un crisol de culturas musicales en el Perú”.

    De hecho, Fiorella Espinoza y Luis Puga coinciden en cierta manera con el investigador y charanguista Mendívil. Para la comunicadora social, Lima no es nada ajena a la música andina. Desde la migración, que inició en los 50’s, en Lima se fueron forjando diferentes clubes y asociaciones donde replicaban su música, eso permitió su difusión”. Lo comprueba el estudiante de Historia cuando menciona que en muchos lugares de Lima hay espacios donde se expresan, no son muy conocidos. He visto hogares, sobre todo en los conos, en los que se celebran cumpleaños, festividades como el día de los muertos, o entierros, donde el arco y el violín han estado presentes, así como marcos musicales de otras regiones, como la música wanka. También he visto gente expresarse desde el estilo cusqueño, puneño”.

    Si, como observa Julio Mendívil, la música andina compite por tener representación nacional, ese cuestionamiento hacia el poder hegemónico, a nuestro parecer, no tendría por qué obstaculizar tal propósito, más bien acercarlo. Nos resulta una decisión saludable, un buen viento de aire fresco entre el hedor, camuflado como silencio. Si no, ¿cuánto más vamos a soportar el divorcio descarado entre arte y denuncia política de poblaciones históricamente marginadas? ¿Puede la música acelerar la caída de una dictadura?