Categoría: Ensayo

  • Todo x decir (vol. 2)

    Todo x decir (vol. 2)

    Si la escritura posee, como sugiere Gilles Deleuze, una pintura y una música propias, es decir, visiones y audiciones de una historia producidas por la capacidad inventiva de la palabra, ¿por qué se cree que el acto de escribir se encuentra subordinado al acto de crear música? Esto se evidencia específicamente en cómo hoy se escribe sobre música: al organizarse para esta, la escritura suele priorizar su rol informativo y el análisis formal por encima de la explicación de una problemática o la creación de una fábula, cediendo así su relevancia y ocupando inmediatamente una posición inferior. Esto contribuye a una valoración basada únicamente en su funcionalidad al querer representar, traducir o dilucidar la música con palabras. No hay una valoración de la escritura por sí misma, síntoma de su creciente desprestigio en un mundo que la arrincona cada vez más. ¿Fue siempre así?

    Para empezar, el lenguaje y la música comparten un vínculo muy estrecho en la evolución del ser humano. Jean Jacques Rousseau y Charles Darwin han coincidido en que, antes de verbalizar sus pensamientos o expresar sus pasiones mediante el lenguaje, nuestros antepasados utilizaron el ritmo y una vocalización similar a la música. Hay quienes creen en la existencia de una especie de sistema de comunicación anterior a la música y al habla en base a sonidos compartidos por humanos y animales. Nosotros logramos desarrollar estructuras lingüísticas y musicales sujetas a sus propias sintaxis, las cuales son procesadas e interpretadas por los mismos mecanismos cerebrales. Lenguaje y música son muy semejantes a nivel estructural, parecen haber sido lo mismo en tiempos ancestrales. 

    En nuestros días, música y escritura se desenvuelven según su propio lenguaje, sin necesitar la una de la otra para manifestarse en la realidad. Puede entonces que resulte imposible representar en palabras lo que la música expresa con sonidos en su lenguaje abstracto. Puede incluso que, como pensaba Stravinski, sea una ilusión creer que la música exprese algo. En ese caso, la música no solo sería intraducible, sino incomprensible, no se podría escribir sobre ella y encontrar significados ajenos a su propia estructura formal sería un sinsentido. Sin embargo, esta es una postura deshumanizante que exige conocer el lenguaje musical para poder escribir y expresar ideas sobre ella. Los significados de la música, como cree Julio Mendivil, son auténticos y tremendamente diversos en los pueblos del mundo y en cada persona que habita una cultura musical específica.

    Precisamente, cuando la escritura interviene en la música, lo suele hacer en busca de los significados que se establecen en la relación con el ser humano y la sociedad y el carácter emotivo en los mismos, más allá de si procuren el bien o el mal. Es lo que hace la etnomusicología y ciencias sociales afines. Es lo que en buena cuenta caracteriza al periodismo musical de Espacio Sonido. Inspirados en lo que vivió Simon Reynolds en la prensa musical británica de su tiempo, nuestra intención es hacer de la escritura un aventurado experimento, embriagarnos de palabras, especular usando como excusa una reseña, una crónica o un ensayo sobre música. La escritura por sí misma, concebida desde el delirio, desborda cualquier materia vivible o vivida. Para superar esa relación de subordinación, nos proponemos fundir escritura y música en un coito primigenio que procree una nueva entidad sensorial. Es este un asunto de decisiva importancia para la creatividad artística, el periodismo, la literatura, y por supuesto, la música misma. 

    Nuestro primer intento es nuestra primera publicación escrita: Los 17 discos peruanos más piolas del 2025, un compilado de reseñas escritas que sienten a la música como motor y fijan a la literatura como destino. Lo presentaremos oficialmente en el evento cultural “Todo x decir” (segunda edición), una propuesta híbrida con recital poético, concierto de bandas y cantautores, ejercicios de escritura con música instrumental (como en la primera edición) y una mesa crítica para comentar el libro. Se realizará en Terapia Bar (jr. Carabaya 926) el viernes 05 de junio a las 8 p. m. Dirigido a periodistas, artistas, escritores, poetas, músicos y toda aquella persona que busque el coito entre música y escritura. Es, además, un evento profondos para la celebración del cuarto aniversario de Espacio Sonido con un megaconcierto de alcances inimaginables. 

    Line up

    Cantautores: Dafne Castañeda, Sayo Arriarán (Fútbol en la escuela) y Solobones
    Bandas: High Wantan y Misterio García
    Solista instrumental: Juan Camba y Les replicants
    Recital poético: Fernando Waroto, Daniboi, Diana Salazar y César Zevallos

    Colaboración

    Entrada: S/ 10
    Libro: S/ 30 (stock: 10 unidades)
    Entrada + libro: S/ 30 (al adquirir esta oferta, obtienen 50 % de descuento en el ingreso al próximo evento de Espacio Sonido)

  • Maradona, astro musical

    Maradona, astro musical

    Ensayo por César Zevallos

    Yo ya no existo sin pasado
    entre la oscuridad y la luz
    “Maradona blues”, Charly García

    Life

    Llámenme fanático (es genial, créanme), pero el fútbol nunca, nunca más volverá a tener a un rockstar como su mayor exponente. Sí: fútbol, rockstar. Ahora resultaría imposible por la inmensa mayoría de futbolistas adocenados por el sistema, pero tiempo atrás eran palabras que entraron en una fecunda complicidad… cuando una mítica figura humana se desplazaba en los mejores estadios de fútbol, disparando flechas de anhelo en cada movimiento. Apuntando a lo más alto: una vida de placeres y peligros que asedian la búsqueda de lo real. Como un músico que lleva su vida en una permanente gira de conciertos, bajo el peso de ofrecer júbilo y catarsis a un público sediento que se hacía más y más grande, y pedía más y más demostraciones de amor. Gloria eterna para quién sea capaz de soportarlo.

    Todas sus aventuras, infortunios y caídas estaban permitidas; aunque eso haya implicado saberse con licencias para proferir oprobios a quienes discrepaban con él y cometer algunos errores gruesos, como lo haría cualquiera. De tanta humanidad irrigando por las arterias, cómo no dejar que el alma arda, aunque pueda causar un dolor irreparable: arder tanto hasta volver oscuro tu propio destino. Incluso así, ¡amar la libertad de hacerlo por encima de todo! Ser auténtico con tu esencia y tus palabras, para cumplir un sueño, que era también el sueño de las multitudes. Eso era único. ¿Quién en este mundo podía realmente descartar el tú debes por el yo quiero? Nietzsche hubiera admirado a Diego Armando Maradona. Por eso quienes lo tratan solo como futbolista, no ven la polisemia de su personalidad, lo subestiman groseramente: Maradona no solo fue el futbolista más talentoso de todos los tiempos, sino la encarnación de la voluntad de poder. Si Pelé cantaba y tocaba la guitarra con destreza y encanto, Maradona era la música misma, paseaba por la vida como un sonido: vibrante y omnipresente, transgresor como él mismo, aunque muchos no hayamos logrado saber de dónde venía y hacia dónde se dirigía. Tal vez ni él mismo. 

    Is life

    En los lugares que visitó, generaba un ambiente ardiente y fervor por las altas expectativas de su sola presencia. Verlo jugar era mágico, nunca defraudó. Escucharlo hablar en los medios de comunicación, siempre sacaba una sonrisa o dejaba una lección de rebeldía y humildad, un chiste, una anécdota graciosa, una frase para la historia. Son conocidas sus polémicas, denuncias y embestidas contra lo que consideraba inaceptable. Pero su relación con la música, estaba en un nivel distinto. 

    Maradona siempre estaba dispuesto para las fiestas: como buen atleta, sabía mover el cuerpo para someter voluntades. Y era, además, un sujeto avezado y dionisiaco. Amanecidas, sexo, música, alcohol, drogas, sobre todo cocaína, mucha cocaína. Era su cóctel, su dieta preferida. En una de esas aventuras nocturnas, se topó con los hermanos Gallagher, de Oasis, en el bar de un hotel en Buenos Aires en 1997. Liam cuenta que vieron a Maradona haciendo pataditas con la tapa de una botella, flanqueado por un montón de tipos nada amigables y con la compañía de algunas mujeres de la noche. Al rato, después de que el guía intérprete de los Gallagher se comunicara con Maradona para que lo conozcan, se dieron con la sorpresa de que los había amenazado con dispararles si se iban con alguna de esas chicas. Solo pudieron tomarse una foto con Diego y salir, prácticamente huir, rápidamente. 

    Como pasa con los ídolos populares, no podían faltar los artistas que se inspiraron en su vida para componer una canción. “Live is life”, de Opus, fue uno de los casos más conocidos. Esa canción se convirtió en el soundtrack de su versión más saludable. Un cántico vital, un tanto cursi, que se oye en el estadio cuando entrenaba con el Nápoli, club italiano donde lo quisieron tanto o más que en Argentina. Esa energía para alentar, aplaudir, jugar con el balón al ritmo de la música. Calzaba perfecta para las previas a un partido de fútbol. 

    Quien sí tuvo una intención, aunque no planeada, fue Charly García, otro rockstar argentino de talla mundial. “Maradona blues” fue el tema que compuso junto a Claudio Gabis, inmediatamente después de enterarse de que Maradona fue tachado para seguir compitiendo en el Mundial Estados Unidos 1994. Charly cuenta que un bajón se apoderó del estudio de grabación. Era crear como paliativo o atravesar un mal viaje, quizá el peor de todos. Por suerte, ofreció un blues simpático que recuerda al ocaso de una tarde de verano. La canción era tan, pero tan buena que el mismo Charly la eligió, el día de su cumpleaños, para rendir un tributo televisado a Maradona.

    Hasta que apareció, seis años después, el himno mayor: “La mano de Dios”, cantada por Rodrigo Bueno y compuesta por Alejandro Romero en homenaje al gol que Maradona anotó (con una manazo) a Inglaterra, el gol más sinvergüenza de la historia y el más importante de su carrera. Una cumbia con la frescura y exuberancia del rock. “La mano de Dios” es como un viejo cofre: dentro de sus duras cavidades, esconde la historia de una persona, sus secretos, su obra en vida. Maradona, al saber que la letra resume su trayectoria completa, la cantó, en primera persona, en el documental de su vida: Maradona by Kusturica del cineasta Emir Kusturica. En presencia de su esposa, sus hijas y los amigos que nunca faltan en los momentos felices, Maradona rápidamente es secundado por el séquito que siempre lo acompañó, pero ahora en el canto. El canto de todos. Porque “La mano de Dios” solo tiene sentido para cantarse en colectivo. Como bien lo hizo Rodrigo cuando visitó a Diego en Cuba, en medio de su proceso de rehabilitación por una sobredosis de cocaína; para cantarle, abrazarlo cabizbajo y finalmente besarlo, con orgullo.

    Aquella no fue la primera vez que Maradona se animó a cantar. Antes, ya lo había hecho con el dúo Pimpinela. “Querida amiga” es la prueba de que no era simplemente un aficionado: Diego era un artista. El sentimentalismo era su fuerte, ¡cantó un tango! Otra vez, se trató de su historia de carencias y adversidades. “El sueño del pibe” es, a mi parecer, la prueba más convincente de que Maradona, de no ser futbolista, hubiera sido un rockstar a tiempo completo. Es decir, lo fue, sí. Pero, si lo hubiera sido en sentido estricto, no se hubiera reído como lo hizo al final de ese tango, con la risa de quien está contento por cometer una travesura, salirse con las suyas, hacer música como un momento feliz, de tantos otros, y nada más.

    ¿Es posible decir que Maradona fue un astro musical? ¿Que, así como entregó su vida al fútbol, lo hizo con la música? Aunque la evidencia diga lo contrario, puesto que no llegó a desarollar una carrera musical, el espíritu de Maradona ha sido tocado por melodías fibrosas que templaron el vigor en su espíritu. La música siempre ha orbitado alrededor de su vida, estuvo atada a su personalidad. Maradona fue música para los espíritus que no oían a nadie, ni a su propia voz. Que viva por siempre Maradona.

  • Ocho ensayos cortos sobre “Angel” de Massive Attack

    Ocho ensayos cortos sobre “Angel” de Massive Attack

    Ensayo por Agustín Ricci
    Diseño de portada por Víctor Pérez

    1. De no describirlo en forma de canción, identificaría “Angel” como un lugar. Como un espacio cerrado difícil de soportar. De esos lugares tan sofocantes que te obligan a pensar en huir. Salir corriendo en busca de la salida más cercana. Pero en “Angel” todas las puertas están cerradas. Todos los huecos están tapados. Y el ambiente es tan compacto que invade el cerebro en forma de ritmo. Lo duro es que, aunque oscura, “Angel” sigue siendo seductora: hay veces que necesitamos sentirnos dentro de estos lugares.

    Un lugar parecido a este tipo de ambiente son las cárceles. Sin embargo, es muy difícil que alguien quiera estar dentro de una cárcel de forma voluntaria. Los muros de las celdas asfixian, pero carecen de esa sensación que acompaña a la oscuridad de “Angel”: la incertidumbre de una remota alegría. El aire acabando. La necesidad de estar dentro. Esperando a lo que ocurra en los siguientes segundos. Si cambia en algo el ambiente. Si se calma. Si prosigue. No. Una cárcel no es lo preciso. Creo que un lugar más preciso sería una pista de persecución. En el momento justo donde ganaste unos metros a los perseguidos para ingresar a un espacio amplio, tan abierto como un campo al aire libre. Y sin ninguna salida al alcance.

    2. Mezzanine, disco donde está incluido “Angel”, representó una etapa de cambio para Massive Attack. Mezzanine es un disco preponderante en distorsiones y ritmos eléctricos, abrasivos y violentos. En comparación con sus discos anteriores ―Blue lines y Proteccion―el ambiente detrás de las canciones se siente distinto. Tonalidades ya no se encuentran, texturas nuevas aparecen; el sonido está cuajando a una dirección nueva. La parte más oscura y pesimista, latente en cada una de sus canciones anteriores, tomó el control de la nave. Además, es la época donde su ambición escénica crece, con una mayor cantidad de músicos de apoyo y un vanguardista juego de luces. Sin embargo, los cambios no fluyeron en todas las direcciones. Trascendió que Andrew Vowles abandonó la banda en desacuerdo por la dirección creativa que tomaba el proyecto.

    Productor y DJ, Vowles fue el miembro más enigmático del grupo. Casi no existe archivo de sus entrevistas escritas y, en las pocas apariciones en televisión de Massive Attack, sus intervenciones constan en asentir con la cabeza mientras su cuerpo se posiciona en dirección contraría al entrevistador. Pero si Daddy G (Grant Marshall) aportaba la influencia del reggae y la 3D (Robert Del Naja) la del punk, Mushroom era el hip hop.

    Un hip hop en ciernes que absorbió a los 15 años como el fondo musical de su escuela del Bristol negro. Franqueada por skinheads y coches antidisturbios, los parlantes de las camionetas apeadas afuera del colegio le mostraron a Vowles que existía un ritmo capaz de contener orgullo y rebeldía negra. Su camino de exploración por este inusual género lo llevó a la tienda de discos Revolver, donde inquietado por la cantidad de referencias a algo llamado “The Wild Bunch”, preguntó al encargado lo que era, a lo que Grant Marshall respondió: Yo soy The Wild Bunch. Así inició su participación en la agitada escena underground de su ciudad. Construyendo una identidad como miembro del colectivo ―que luego se partiría para dar lugar a Massive Attack y Soul ii Soul, entre otras agrupaciones―; adquiriendo sus primeras experiencias como productor; observando de cerca los vaivenes en el inusitado éxito y rápido derrumbamiento del proyecto.

    A Vowles le dicen Mushroom por la cantidad de hongos que solía consumir en su juventud. Una adicción que quizás no solo le dió su nombre, sino también su personalidad. Mushroom es un tipo que parece siempre absorto. En las presentaciones rehuía al performance, su rostro no dejaba de mirar en dirección al suelo o decidía solo sentarse en una parte del escenario sin hacer nada. Daba la impresión de cierta incomodidad. De alguien escondiéndose de las luces. De alguien soportando poco la presencia invasora del público. Escribo en tiempo pasado porque de Mushroom solo puede hablarse en tiempo pasado. Luego de su salida de Massive Attack se alejó por completo de los escenarios y las entrevistas. Es extraño que un miembro principal de una banda famosa desaparezca así sin más del ojo público. Ni una entrevista escrita, ni una aparición corta en un podcast, ni una tímida sesión de fotos, ni siquiera cuentas en redes sociales. Una foto en Instagram del 8 de diciembre del 2018 es su último rastro. Parece que un músico japonés lo encontró en su ciudad y le invitó a comer. 

    3. Podría no ser una persecución, sino la caminata en una especie de desierto. Con la promesa de nada más que conservar tu vida, aunque la meta final sea un nuevo desierto.

    4. En mi familia está la historia de un hombre que tuvo que recluirse en el monte. No es una historia que se cuente con orgullo, casi ni se cuenta. Sin embargo, creo que de alguna forma hay cierta mística en no dejarse atrapar. La cárcel está llena de tipos que no aceptan sus culpas, pero que se dejaron atrapar. Aceptar que la cagaste y no dejar que te atrapen, huir a otro tipo de reclusión de manera voluntaria; es una forma de aceptar el castigo social, más no la forma. La vida en el monte puede ser tan monótona como la de una celda, tan solitaria como la de una celda ―imagina no hablar con nadie por meses enteros―, por algo las cárceles más duras son las que imitan el aislamiento de un campo desértico. ¿En qué habrá pensado cuando el bote subía sobre el río y toda actividad humana le empezaba a parecer lejana? Esto será ahora el resto de tu vida, se habrá comentado en segunda persona, ya acostumbrándose a tener a su consciencia de única compañía. Puede que haya sentido alivio. O quizás solo desesperanza. Al saber, que una vez pisado el monte, se acaban los lugares a donde huir. 

    5. ¿Tendrá alguna relación con el mal estado de ánimo preferir este tipo de canciones? Puede que no. Que solo queramos perdernos en un ritmo bien elaborado. Prestar demasiada atención es lo que complica el juego. El efecto secundario es que puede avivar una necesidad de más. Correr el riesgo de desencadenar más de esas tonalidades oscuras, absorbentes, densas. Perderse en el mundo de nuestras peores emociones. Pero, ante todo eso, ¿hay algo de malo en no buscar dopamina por algunos minutos?

    6. Rap, electrónica, rock, reggae, soul, pop. Las artistas de género pueden convertirse en algo predecible luego de décadas de discos producidos. Se aprende a conocer las estructuras de las canciones, el momento en que llegará el coro, en el que la letra se tornará confrontacional, el espacio para respirar, los segundos que necesitan de nuestra mayor atención. Es entonces cuando descubres una canción por casualidad y piensas: ¿Qué se supone que es esto? ¿A qué suena? Para encontrar una respuesta la primera dirección a la que recurrimos casi siempre es buscar la etiqueta. Si son raperos, rockeros o un conjunto de DJ. Luego, etiquetado ya el artista, nos adelantamos a la sorpresa. Imaginamos cómo deberían lucir, qué tipo de letras encontraremos en sus otras canciones, su manera de hablar, de comportarse en el escenario, sus opiniones, sus lugares de procedencia. El género musical puede definir fondo y forma. Proyectos y personalidad. Existen las excepciones, claro, aunque es realmente difícil hacerle frente al poder de la totalidad. Los que crean nuevos géneros, o hacen lo suficiente para volver a su música algo complicado de clasificar, no encuentran estas presiones. ¿O alguien le indicó a Robert del Naja como tenían que lucir los músicos de la escena de Bristol? Justamente uno de los puntos más radicales de Massive Attack es su modo de escapar a los papeles asignados por la industria. Sus discos toman forma a través de colaboraciones, sus integrantes carecen de personalidades extrovertidas, toman parte en conflictos políticos, son el resultado de un proceso local: los ritmos mezclados del inmenso mundo de Bristol. 

    7. Se puede decir que Horace Andy es el cuarto ―o el tercer, luego de la partida de Mushroom― miembro de Massive Attack. Presencia constante en cada uno de los cinco discos, las tonalidades de su voz han contribuido en la creación de sus extrañas atmósferas. Ya era una leyenda de la música jamaiquina cuando conoció por primera vez el proyecto ―además de una influencia sustancial en el estilo de Daddy G―, sin embargo su nombre no era tan conocido en el mainstream inglés. La colaboración con Massive Attack le daría una nueva legión de seguidores, aunque volvería su voz irreconocible hasta para sus propios oídos. El Horace Andy solista es un músico de interpretaciones cálidas y narraciones de corte social. El Horace Andy de Massive Attack es un ángel. La melodía dulce de una voz inquietante. El mensaje de amor que trastorna a los oyentes. Pocas veces un ‘love you’ suena tan parecido a una plegaria.

    8. “Angel” es una canción que obliga a pensar su significado. A primera instancia el título siembra pistas, pero a medida que la narración avanza las respuestas sólidas se deterioran. En “Angel” una voz se aferra a un supuesto ángel como la solución a sus ruegos. La especulación que ha girado en torno a la letra es que trata sobre la adicción. En ese lugar se estarían los ojos del lado oscuro, cuya mirada neutraliza a cada hombre que apunta. ¿“Angel” es entonces la medicina o la droga? ¿Los esfuerzos por salvarse o la aceptación de la renuncia? Incluso con la canción en los segundos finales es complicado encontrar una respuesta. Quizás todo sea demasiado ambiguo y los ruegos se mezclen en una misma imploración, en una oración en el último segundo antes de perder toda esperanza, antes que el ruido crezca tanto que anule todas las salidas.