Categoría: Crónica

  • El extrañamiento final (adiós Espacio Sonido)

    El extrañamiento final (adiós Espacio Sonido)

    Por Erick Garay

    A mind can blow those clouds away.
    George Harrison, “All Things Must Pass”

    La última sesión de escucha de Espacio Sonido, Extrañamientos vol. III, albergó dentro de sí una pregunta y una certeza, ambas en curioso diálogo y alimentándose una de la otra como un ouróboros conceptual. Las dos se manifestaron con palabras al final de las sendas secciones del evento. Cuando acabó la primera sección, el setlist, la pregunta fue ¿cuál es el hilo conductor temático —que sí lo hubo, pero que no se nos reveló— de tal curaduría musical? Cuando acabaron las presentaciones en vivo, la certeza fue —César mismo, la cabeza del equipo, lo dijo— Espacio Sonido ha muerto. Era el fin de todo. Era el final de este medio/colectivo/proyecto/anhelo/relinche/sonido gutural.

    Sayo en la guitarra y Luis en el teclado, lo que queda de Fútbol en la escuela. (Foto: David Rojas – k4renology)

    Déjenme contestar la pregunta del setlist ahora mismo (igual, es solo mi suposición). Yo creo que el eje era el erotismo. La sensualidad. Ese placer a partir de sabernos corpóreos y desear sentir esa corporeidad, otra y nuestra, en el momento exacto de su dulce diálogo. El eros. Es curioso, pero Espacio Sonido decidió despedirse, morir, hablándonos —desde la música— de la pulsión de vida. ¿Qué nos decía esta invitación en el mismo momento del adiós? Aquí algunas impresiones en una crónica de una muerte solo al final anunciada.

    Antes de las canciones, hubo una suerte de introducción: un audio de una voz femenina entre esperanzadora y reprensiva. “Te vi entrar”, oigo, algo de “me gustas”, al fondo: ¿una música como de cantina?, y en la propia voz, un subtono de llanto, “¿te gustaría conocerme más?”, pregunta. ¿A dónde vamos?

    La gente asimilando el set de Habø. (Foto: fxll_fxmxdxs)

    Mmm, mmm, mmm, oh, oh, oh. Así abrió el setlist —ya tal cual— “Body Language”, de Kali Uchis. Ya las luces estaban apagadas, ya las personas se echaban o sentaban cómodas en el Centro de Estudiantes de Arte, de la Facultad de Letras de San Marcos. I wanna go if you wanna go. Era una invitación a hacer el viaje —sin saber qué nos esperaba al final, al otro lado—, a dejarnos llevar por la música y sentir. Estoy enferma y cansada de hablar, cantaba una voz arrulladora y sensual. El resto está en el lenguaje del cuerpo… ¿No? Esta podría ser una manera de definir la música: como el lenguaje del cuerpo, de los cuerpos, las vibraciones que generan las cosas al interactuar entre sí. Esta canción transmitió un lenguaje calmo y divertido a la vez, con la vaporosidad que se encuentra al desprenderse de los pesos y jugar, en ese descubrimiento del erotismo como una interrogante de irresistible formulación y búsqueda de respuesta. I wanna know who you are… Así, just come closer…

    Como un corazón acelerándose, descubriendo el placer de esa velocidad en aumento. Eso me pareció “Stuck in My Skin”, de Luxsie, la segunda pista. Un sonido entre espacial y electrónico, urgente y disimulado, con reverberaciones, ecos, y una voz como un componente aunado a una gama de sonidos de un caudal crecido. La artista estaba presente. En una invitación a los demás sentidos, encendió una vela de una pareja besándose con un palillo de incienso. El olor de este lo fue esparciendo por diversas partes del lugar del evento.

    Presentación de ensueño de Luxsie (Foto: David Rojas – k4renology)

    Aletargado, dejándome llevar jalado del brazo. Y una voz remarcando que ella me ama. Y luego su contrario: she loves me not. Y así, dos certezas opuestas conviviendo en un entramado que te mece entre el arrullo y la nostalgia. Es “Green Hazed Daze”, de A.R. Kane. La canción se tensa, un placer doloroso, unas punzadas cerca al final, pero la voz que no se deja acallar, mi brazo sintiendo aún la presión, aunque la mano que lo aferraba ya no esté, o eso parezca.

    Más personas llegando, sombras en el techo, figuras en las paredes. Rostros conocidos. Pero volvamos a la música.

    Una voz que difícilmente se pueda confundir: Cerati. ¿Soda Estero? En ese momento no tenía la certeza. Qué importaba. Era un trayecto del camino por los sonidos del rock. La batería potente. Las guitarras. Por ahí unos leitmotivs electrónicos. Con el sol de abril / y sin saber por qué / Estoy sudando en nuestra fe / que no para de crecer… “Nuestra fe”, Soda Estero. La voz se va, los instrumentos nos envuelven, algunos coros lejanos, sampleados, luego la voz vuelve… El poder de nuestra fe.

    Atención al sonido. (Foto: fxll_fxmxdxs)

    Y mientras que en “Dissolved girl”, de Massive Attack, una voz femenina parece confiarnos en un canto entre susurros que “cree que está perdida de nuevo” o “necesito un poco de amor para aliviar el dolor”, en “Dale mambo y reggae”, de DJ Warner y DJ Motion, la voz es un instrumento percusivo que nos trasmite un deseo corporal con la urgencia de satisfacerse. La voz se corta, se repite, se juega con ella en una sucesión accidentada, donde el sonido se come el significado, en una pulsión sexual vuelta ritmo. En la canción de Massive Attack, en algún momento la cantante nos dice, misteriosamente: Podría fingir, pero todavía quiero más, antes de darle paso a una explosión de instrumentos. En “Dale mambo…” me parece que hay algo similar, pero desde la diversión de la ingenuidad: ese deseo adolescente de placer erótico interminable, esa conjura con perreo —con música— de la finitud que es el orgasmo —la petit mort—. ¿Vamono pal suelo? ¿Pero en qué sentido? Vamono pal, vamono pal, vamono pal. Por cierto, alguno que otro aprovechó esta canción para “tomar aire”.

    Las últimas cuatro canciones fueron: “Is It Cold in the Water?”, de Sophie, que fue como una dichosa incertidumbre que uno descubre en los terrenos del amor (en mis apuntes: ¿qué viaje es este? / de pronto me siento algo perdido/ I’m falling); “Sex Drive”, de Tricky, dura y festiva y caótica y algo onírica, como si el eros fuera una droga de la que he tomado una sobredosis; la dulce y sexy “Cherish”, de Yves Tumor y el dichoso jazz “Goodbye Pork Pie Hat”, de Charles Mingus…

    Luxsie se toma muy en serio el erotismo. (Foto: fxll_fxmxdxs)

    Me recuerdo ahora echado en el piso del lugar, con los ojos cerrados, moviendo las manos, sin pensar en nada concreto, y creo que esta crónica tiene algo de artificio, porque el viaje que hice fue sin nombres de canciones o artistas, sin tener la certeza de si había terminado una composición y empezado otra, sin llenarme la mente de palabras, sino de sonido y sensaciones. Recuerdo que terminó la música —el susodicho jazz— y la sensación que me quedó la traduje al lenguaje de las ideas como “un calmado final”, y luego: “un aquietado erotismo”. Ahora, es inevitable, sí se me vienen palabras. Este es otro lenguaje, y podría decir, por ejemplo, que la composición de Mingus fue como el goce calmo luego del sexo, que no teme, como antes hemos notado, el término, sino que dichosamente se regocija en él, se estira en él, como si ese deseo estuviera dándose un descreído bostezo…

    Estas son palabras, figuras.

    Es la manera que he intentado, las veces que he escrito para Espacio Sonido, de transmitir lo que es para mí la música. ¿Lo habré hecho bien? ¿O estoy simplemente intentando infructuosamente traducir de una lengua a otra, donde la dificultad no radica en encontrar el término equivalente de otro, sino en que el elemento de una cultura, entendible en su lógica, se pueda visualizar, al menos intuir, en otra, con su lógica también particular?

    Habø, el onírico, en acción (Foto: David Rojas – k4renology)

    Son cosas que uno se pregunta cuando de pronto se da cuenta de que algo ha acabado. Ahora sé que Espacio Sonido ha muerto. En ese momento no lo sabía. En ese momento, se dio paso a las presentaciones: una igual de estimulante mitad del evento con los músicos Habø, Luxsie y, como su cantante dijo, “lo que queda” de Fútbol en la Escuela. Le ahorraré al lector más y más impresiones —palabras, palabras—, y lo invito a que escuche el lenguaje de esos artistas, en grabaciones o en vivo.

    ¿Qué queda por decir ahora? Se acabó la sesión de escucha, se acabaron los Extrañamientos y se acabó Espacio Sonido. Y yo aquí debería acabar esta crónica ya. Una crónica de una experiencia musical creada, de seguro, con la conciencia de su finitud. Pero es como si, al recordar Extrañamientos vol. III, no estuviera dejando que se acabe, ni que se acaben las sesiones de escucha, ni que se acabe Espacio. Y es como si algo en este proceso de escritura, si aún hay unos cuantos al otro lado… sea un modo de contagiar el espíritu de las sesiones de Espacio Sonido, de los mismos fines de Espacio Sonido, o el espíritu inconforme que lo animaba y animaba a sus miembros y cómplices.

    Hermoso mural de Diana Sánchez en el Centro de Estudiantes de Arte (Foto: David Rojas – k4renology)

    Tal vez el fin de Espacio haya sido contagiarnos su dichosa rabia, en un último afecto erótico con el que nos decía adiós. No todo es música, me dice César, cuando le pregunto si realmente Espacio ha muerto. Y es cierto. Esta vez fue la excusa para crear desde ella, escribir, reflexionar, moverse, hacer música misma… ¿Cuál serán las próximas excusas? ¿Qué creaciones nos esperan? Quiero pensar que Espacio Sonido se ha expandido. O, en todo caso, que sus límites se han diluido en algo mayor, pero cuyo recuerdo aún nos interpela, como en el silencio que te da la palabra cuando acaba una canción y que sientes la necesidad de llenar. ¿Qué diremos ahora? ¿Dónde se encontrarán nuestras palabras, nuestras acciones, nuestros impulsos? La mente, al menos, ya está atenta, despierta, estimulada. La reflexión es inevitable; también, la búsqueda, la expansión, la dicha. Tal vez quede, estos primeros días, una leve sensación de ausencia. Tal vez se nuble un poco el porvenir. Pero confío en las mentes, en unas mentes que pueden apartar todas las nubes.

    Fotografía de portada: Diego Vargas

  • Ninguna ola se repite, ningún pogo se repite

    Ninguna ola se repite, ningún pogo se repite

    He decidido terminar este texto. Después de tantas vueltas, ya es hora… Me doy cuenta de que es verdad, me enamora la idea. Idealizo. También es cierto que me apasiona la justicia, y creo que esta es una razón poderosa para convencerme de terminar este texto… ¿Qué lleva consigo la gente que asiste a un concierto de punk rock? He descifrado las capas del acto de observar, y en ese proceso he encontrado una voz que se libera de su propio encierro, resonando entre los atrapados.

    Mira a las personas,
    Se mueven solas,
    Sus almas dirigen
    la ira que guardan.

    Son cuerpos golpeándose unos a otros, algunos fingiendo que lo hacen, es una danza que simula querer destruirse. Unos cuantos se abrazan en plena batalla, y si alguien cae al suelo, rápidamente lo levantan. Humanos en su estado más puro, llevando al límite sus emociones. El rin es circular, el pogo es el espectáculo de los visitantes. El show se ejecuta en el escenario, mientras la cultura se crea en el público.

    El ritual ha comenzado, uno liberador. Mandy, vocalista de Mutante, empezó la misa con una declaración: Tengo una luz que me guía, mi madre desde el cielo. Su madre se encontraba en su centro, presente en cada palabra, y él se hallaba listo para sostener las almas que pedían consuelo. Un consuelo secreto. El público ardía esa noche. Las capas se hacían cada vez más evidentes. Mandy había reunido las palabras correctas: Lanza lo que quieras que algo bueno sacaré de tu maldad. Presiento que ha tocado el límite, que se ha visto frente a la oscuridad, que lo han golpeado. Mandy me cuenta que los días pesados se curan con el mar. Ninguna ola se repite. Ningún golpe se repite. Así es la vida, pienso. Sobrevivir se ha convertido en la lucha esencial del ser humano. El hombre-cura se desgarra, entrega su cuerpo y voz, y la cultura que abraza la herencia de un país de juguete, se fusiona con el sonido del rock peruano.

    Todos estamos atrapados en esta sociedad. Nos encontrábamos como prisioneros en el corazón del Centro de Lima, sacándonos las máscaras, o la mierda. Y Mandy estaba allí, en el escenario, exorcizando al público. El niño que soñó con ser cantante, que encontró refugio en el punk y el metal, está presente, siendo creativo, descifrando al público, interpretando la música, sanando como el mar, surfeando la vida.

    Presiento que uno no sabe con exactitud cuándo se convierte en artista; simplemente sucede. Tal vez primero se intuye, luego se procesa a través de experiencias y esfuerzo, y finalmente se trabaja para encontrarse y comprender el verdadero poder del escenario.

    Entré al backstage y le dije a Mandy: Eres un artista que abraza a mucha gente. Me mira, fuma un poco de hierba, respira y me agradece. Me cuenta que practica el budismo, que conoce a mi antigua banda, me anima a no abandonar la escena, a no rendirme, y me revela que un artista se vale del corazón que posee. Me explica que la envidia secreta existe y que uno la siente cuando tiene el tercer ojo perceptivo. Hablamos poco, pues debía prepararse para subir al escenario y hacerlo de nuevo. Como las olas, que no se repiten; como los pogos, que nunca vuelven a ser iguales.

    d.

    Agradecimiento especial a Impala Producciones y fotografías por Daniel Quiñones Mollo.

  • In memoriam Togepi

    In memoriam Togepi

    Sin autor (escrito por todxs)

    Cuando el silencio se apoderaba de todos nosotros, alguien inmediatamente reclamaba su presencia (solía ser Víctor). ¿Mano, lo trajiste? Entonces entraba en escena. 

    Togepi, era su nombre. Dafne lo bautizó de esa manera, debido a su tamaño y apariencia pokemónica. Un parlantito verde que adquirimos en el verano del 2020 (cuando Espacio Sonido nacía como un proyecto personal de César), sin sospechar que se ganaría ese cariño que solo se ganan ciertos objetos, porque solo uno sabe en qué circunstancias estuvo presente y cuánta tristeza causa el haberlo perdido.

    Podemos describir larga y detalladamente las cualidades atípicas de Togepi, y aún así nos quedaríamos cortos. Para empezar, Togepi fue un observador participante de todas las ideas y proyectos conjuntos que nacieron en nuestras tantas reuniones nocturnas. Julián recuerda que la primera vez que asistió a esas reuniones, éramos César, Shirley, Erick y Togepi, sentados en el parque de la alameda 28 de Julio. De esta manera, podríamos afirmar que, aunque nuestro pequeño amigo robot carecía de un sistema óptico, pudo “ver” a cada uno de los miembros de Espacio Sonido —desde los más antiguos hasta los más nuevos, desde los que perduramos hasta los que se fueron— y a todos les dio la bienvenida. 

    Como buen hincha de Universitario de Deportes (todos nosotros lo somos, en mayor o menor medida), Togepi era pechador, jamás se amilanó frente a otros equipos de mayor envergadura, quienes veían en Togepi una amenaza latente, porque podía interrumpir, resquebrajar el orden a su antojo. En bares, en conciertos, en marchas, en parques, ahí estaba, entonando una melodía frente a la ensordecedora disonancia de la ciudad. 

    Conscientes ya de que no era un parlante cualquiera, era cuestión de tiempo para que Togepi se convirtiera en un bohemio más de la banda, y así fue: bebía el trago residual que dejábamos caer cuando estábamos ebrios y nunca faltaba a los juntes, verlo y escucharlo era tan estimulante como las drogas que elegíamos para la jornada o los temas que uno tras otro arremolinaba en nuestras mentes retorcidas, lúcidas y prestas al goce. 

    De hecho, en todo el registro visual que tenemos de Togepi, siempre aparece al lado de una chata de ron o de botellas de cerveza, que no solo lo chalequeaban de las inclemencias humanas, sino que amplificaban su sonido al generar una acústica propicia, rígida, compacta.

    Y en sus últimas intervenciones semanas atrás, sólo sabía reproducir chicha de la buena, empilando aún más nuestra tendencia al desquicio y sinsentido, pero también recordándonos el barrio donde crecimos y su gente, una cultura urbana despreciada por ciertos músicos con ínfulas estúpidas. 

    Lo cierto es que Togepi no solo era un intelectual borrachoso, hincha a muerte de la U y fiel seguidor de Los Ovnis de Huancayo, Carlos Ramírez Centeno, Fútbol en la escuela y la neopsicodelia peruana; era sobre todo un guerrero incansable, más recio que una piedra: se cayó en cantidad y formas innumerables. Como todos los valientes, llevaba en su armadura de metal, algunas cicatrices producto de las sendas caídas a las que fue expuesto, y sus no pocos intentos de suicidio: si lo abandonábamos unos minutos, las vibraciones del sonido lo hacían avanzar poco a poco hacia el desfiladero y ya estaba rebotando en el piso.

    Es verdad, lo he pillado bailando borrachoso al filo de una mesa de bar. Recuerdo haberle celebrado esa payasada, cuenta Dafne.

    Aunque nunca dejó de funcionar pese a ello, en uno de esos arranques suicidas, Togepi cayó y al instante emitió un ruido blanco y repetitivo que transgredió la melodía original que tranquilo entonaba, no había forma de callarlo porque extrañamente el botón de encendido/apagado dejó de funcionar en ese momento. 

    Un tiempo estuvo así, convertido en un cadete del noise. Fue genial su nueva faceta, era más rebelde que todos nosotros juntos y que cualquier intervención ruidista, ya que Togepi aparentemente estaba cuerdo, reproduciendo canciones comunes y, cuando menos lo esperabas, denseaba con ruido, jamás necesitó un concierto ni anunciarlo en redes. Sin embargo, tras unas semanas de merecido descanso, un día logró rehabilitarse, así nomás, como si nada hubiera pasado.

    Pasaron los años y, naturalmente, Togepi envejecía. Poco a poco se fue quedando calvo: la carcasa frontal que filtraba el sonido, se fue deteriorando hasta desaparecer por completo. A decir verdad, así lucía más cool porque, si mirabas fijamente su cabecita descubierta, el sonido palpitaba en la pequeña bocina circular que estaba en el centro del parlante. Podías ver en su interior, su amor por la música.  

    A todos nos parecía que tenía algo de inmortal. Porque siempre llegaba a salvo, siempre se salvaba de las más atrevidas travesías. Parecía haber sido un silencioso lector de Kafka, un amigo lejano de aquel Odradek creado por el checo que rebotaba cándidamente por la casa de su dueño, sabiendo que le sobreviviría a él y también a sus hijos. Sí, Togepi parecía poder ser inmortal y sobrevivirnos. Al menos hasta este último fin de semana en que lo perdimos, no sabemos si para siempre… 

    ¿En dónde estará ahora? ¿En qué manos, en qué calle, en qué distrito? ¿Estará en alguna mochila, casa, mototaxi? ¿Estará en la Cachina, destrozado y moribundo, o en alguna alcantarilla ahogándose sin dejar de resonar hasta el cortocircuito? ¿Alguno de sus componentes habrá terminado en otro parlante, o tal vez se habrá vuelto enteramente un desperdicio? ¿O a lo mejor estará como siempre estuvo, relinchando a morir hasta el amanecer, como le enseñamos todos, como él nos enseñó?

    Donde quiera que estés. Te extrañaremos siempre, Togepi.